ASAMBLEAS

 

V ASAMBLEA DIOCESANA

"CONVOCADOS A LA COMUNIÓN PARA LA MISIÓN"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VOZ DEL PASTOR

 

HOMILÍA

 

Este es el sentido de la narración que San Lucas hoy nos ha presentado: Jesús viene como profeta a su patria, con su gente, pero ellos lo rechazan. ¿Por qué ningún profeta es bien recibido en su patria? Porque los bienes que el profeta trae a su pueblo es como el bien de Dios: no es adulación, no es adormidera, no ofrece falsas seguridades o milagros, sino que es exigente es un llamado a la decisión ya la conversión; es como el amor de un buen papá, del papá que hace crecer a su hijo.

 

Jesús se ha colocado en la línea de los grandes profetas y así es reconocido por sus contemporáneos, Él es "el profeta" esperado desde Moisés por todo el pueblo de Israel. Es más que un profeta, Él es el Hijo de Dios; de Dios que habló, en los tiempos antiguos por medio de los profetas, ahora habla por su Hijo. Jesús es el cumplimiento de las profecías, porque sobre Él ha descendido el Espíritu del Señor, Él no sólo transmite la Palabra de Dios, sino que Él mismo es la Palabra de Dios, esa Palabra que tiene toda la fuerza y las características de la palabra profética; es juicio de Dios sobre los hombres, derriba la mentira y el reino abusivo de Satanás, para edificar el Reino de Dios que es Reino de verdad y de justicia, Reino de paz y de amor.

 

Las profecías pasan a un segundo lugar, delante de un carisma más grande y más perfecto: el amor: "Aunque yo tuviera el don de profecía y penetrara todos los misterios, si no tengo amor, nada soy... el don de profecía se acabará, pero el amor dura por siempre; nuestros dones de ciencia y de profecía son imperfectos, el amor permanece". De verdad la caridad es más grande que la profecía; el amor es más eficaz que la protesta y la contestación. La profecía llevó a Jesús a la muerte, pero la grandeza de la muerte de Cristo no consiste en que haya sido una muerte profética, sino en que fue una muerte por amor.

 

No hay profecía verdadera si no está animada e impregnada de amor, de comunión y de obediencia. El cristiano no es profeta simplemente porque reprocha o condena el mal del mundo, es profeta sólo cuando lo hace con un profundo amor al mundo; así escuchamos al gran profeta de nuestro tiempo, a Juan Pablo II, que le dice a nuestro mundo: "no es lícito matar", desenmascarando la lógica criminal del aborto y de la eutanasia que sacrifica a los más pobres y débiles; pero el Santo Padre no usa el tono de condena sino el tono de amor y de ayuda para que los hombres descubran el don precioso de la vida. Se condena el pecado no al pecador.

 

Hoy, cuando se nos presentó la Guía General para los Equipos Misioneros, nos quedó muy clara la amplitud del concepto: "Espiritualidad Misionera" y también comprendimos que el primer elemento y el fundamento de esa espiritualidad es nuestra relación con Dios: "Porque si el Señor no construye la casa en vano trabajan los albañiles". Como un aporte a los Equipos Misioneros y a todos los que de alguna manera quieran anunciar el Evangelio, a partir del 1° de Octubre, día de Santa Teresita, quiero enviarles una Instrucción Pastoral y unas cartas muy sencillas que nos ayuden en la Arquidiócesis a crear un clima de oración que dé sustento a la Misión 2000.

 

Una forma efectiva que los laicos se sientan no clientes de la Iglesia, sino miembros responsables en el que los llamemos no sólo a ejecutar sino a programar las acciones. Por esto, hace tiempo, me permití enviarles los posibles estatutos tanto para los Consejos Económicos, como para los Consejos de Comisión Pastoral. Hoy pido al P. Alberto Márquez, Vicario Episcopal para la Pastoral, me haga el favor de darme los nombres concretos de las personas que pueden conformar el Consejo Diocesano de Pastoral y a cada una de los Vicarios Territoriales formen el Consejo de Pastoral de su Vicaría.

 

El que seamos "un solo cuerpo", siendo muchos y muy diversos los miembros, sólo lo puede dar el

Espíritu; pero al don o llamada del Espíritu debemos responder con espíritu de fe y con generosidad, para hacer creíble el anuncio que pretendemos dar en la Misión 2000; para que el Año de Gracia, el Jubileo de la Encarnación, sea un año de unción del Espíritu, un año de liberación de las cadenas que nos esclavizan, un año de luz para los que viven en tinieblas y un año de libertad propia de los hijos de Dios.

 

 

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