ASAMBLEAS

 

III ASAMBLEA DIOCESANA

"PARA PROFUNDIZAR, EVALUEMOS NUESTRO

CAMINAR JUNTOS"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VOZ DEL PASTOR

 

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA

APERTURA DE LA III ASAMBLEA DIOCESANA

 

Queridos hermanos y hermanas en el SAcerdocio Bautismal, en el sacerdocio Presbiteral, en el Sacerdocio Episcopal.

 

Queridos hermanos y hermanas en la Vida Consagrada.

 

Hace unos cuantos días su servidor tuvo la dicha de asistir al Congreso Eucarístico Bolivariano, celebrado en Cochabamba. E igual que a todo mexicano, me impresionó ver que Santa maría de Guadalupe era la base de la custodia, la base del Cristo que se mostraba eucarístico ante una grande multitud.

 

Por eso el día de ayer, su servidor pudo exponer que el centro de nuestra vida mexicanano es María de Guadalupe, sino Cristo. Ella viene a mostrarlo a Él, ella viene a hacerlo presente en nuestras tierras y con toda razón le llamamos Nuestra Estrella de la Evangelización.

 

En esa tares nos encontramos. Y nos encontramos en un momento muy importante, decisivo, no original, porque eso ya lo hizo el mismo Cristo cuando los 72 discípulos regresaron de la misión a la que habían sido enviados.

 

Entonces Jesús Pastor aprovecha la ocasión y los involucra dentro de un dinamismo pastoral que bien podríamos caracterizar como una evaluación, evaluación que amplía el horizonte de lo que ya habían realizado los discípulos.

 

En las consultas previas a la planeación de esta Asamblea, se expresó un consenso: es el momento de evaluar con detenimiento el camino recorrido.

 

Después de la presentación del Decreto General del Sínodo, se han hecho esfuerzos importantes en diversos ámbitos de nuestra Arquidiócesis. Pero también persiste —y lo debemos de reconocer— desconocimiento del proyecto sinodal: existen temores, escepticismos, desalientos y agentes que se mantienen todavía al margen, como si nada se hubiera celebrado en nuestra Arquidiócesis.

 

La interacción entre las propuestas de cambio surgidas del Sínodo, los planes para concretizarlos, nuestra realidad pastoral y el cuestionante ambiente sociocultural de la Ciudad de México, nos piden responder con un dinamismo constante y una capacidad de autocrítica profunda. De ahí la frase motivadora de esta Asamblea: "para profundizar, evaluemos nuestro caminar juntos".

 

Jesús orienta la evaluación con sus discípulos, no los deja solos. Su camino difiere en mucho de lo que ellos colocaban como primordial. Los lanza a algo más profundo y a más largo plazo. El Reino que Jesús viene a predicar, el Reino de Dios, que es el centro de su actividad y de su predicación no puede reducirse a un entusiasmo o desaliento pasajero.

 

Por eso, hemanos, hermanas, no nos detengamos sólo en una revisión metodológica de nuestra práctica pastoral. Iniciemos un ambiente de reflexión más hondo.

 

La verdadera evaluación, la única que nos es útil como Iglesia, es dejarnos cuestionar por las exigencias evangélicas que el Señor Jesús propone hoy para nosotros: "Mis proyectos no son los de ustedes". Tenemos que dejarnos cuestionar por el Señor.

 

En la II Asamblea Diocesana, celebrada en febrero de 1996, reflexionábamos juntos sobre la urgente necesidad de un laicado mejor formado y más comprometido. Retomando estas exigencias, a través de la Orientación Pastoral, los invitaba a todos ustedes y a toda la Arquidiócesis a concentrar nuestros esfuerzos misioneros en la creación de Centros de Formación Pastoral para Agentes Laicos, en Acciones Específicas.

 

Dicha iniciativa ha empezado a dar sus frutos, como lo escucharemos en los elementos de evaluación que se expondrán en estos día.

 

Pero es importante que redoblemos esfuerzos en este mismo cometido para afrontar mejor los permanentes desafíos de la Evangelización, y, particularmente, para prepararnos a la Gran Misión del inicio del Tercer Milenio, a la que yo mismo los he convocado a todos ustedes y a todos los agentes de pastoral.

 

Es éste uno de los enfoques desde el cual abordaremos la revisión en las sesiones de esta Asamblea.

 

Hermanos, hermanas, si no preparamos agentes laicos para acciones específicas, difícilmente podremos celebrar la Gran Misión en la Ciudad de México, una Misión que después se pueda continuar, porque no vamos a traer agentes expernos a nuestra Arquidiócesis, a que vengan a dar un anuncio pasajero, sino queremos que ese anuncio de la Gran Misión tenga su seguimiento.

 

En la actitud de evaluar para buscar fortalecerse, se encuentran muchas de las Iglesias Particulares de nuestro continente. No estamos solos, no estamos inventando el hilo negro, como lo refleja la consulta realizada y expresada en el 'Instrumentum Laboris' de la Asamblea Especial para América del Sínodo de Obispos.

 

Esta mañana su servidor estuvo con los Obispos que representarán a México en el Sínodo de América y vemos con satisfacción que es el Sínodo que mayor respuesta ha tenido en cuanto al documento de consulta. Solamente un país dejó de contestar.

 

Hay un 96.5% de respuesta a la consulta que se hizo, a propósito del Sínodo. Creo que las Iglesias en América Latina están interesadas en este proyecto evangelizador que se nos propone a nivel continental. Éste propone: el "Encuentro con Jesucristo Vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América".

 

El 'Encuentro con Jesucristo Vivo', es el espíritu con el que también nosotros podemos encontrar las respuestas para nuestra Arquidiócesis, pues sin Él nada podemos.

 

En el documento de trabajo, de hecho, sólo se entiende la conversión a partir de Jesucristo. Sólo se entiende la comunión cuando nos hemos encontrado con Jesucristo, sólo se entiende la solidaridad cuando hemos descubierto a Jesucristo en nuestros hermanos.

 

La verdadera alegría proviene de la acción del Espíritu. En aquella misma hora Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu, acabamos de escuchar.

 

Así, el criterio de evaluación es orientar "nuestro caminar juntos" hacia donde la presencia del Espíritu de Jesús nos lleva.

 

Los signos del Señor entre nosotros son las personas y lugares que necesitan del testimonio de fe.

 

iTe doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!

 

Jesús sigue caminando delante de nosotros; es difícil seguirlo por la intensidad de su paso y, también, por la dirección que toma, pues va por caminos que nosotros no hemos transitado.

 

Seguir a Jesús, ir a su encuentro, exigencia y necesidad, porque reconocemos nuestra ineficacia pastoral para muchos ambientes, situaciones y personas de la Ciudad.

 

De esta forma, lo que llamamos "espíritu sinodal" no se identifica sólo con determinadas acciones o planes, que siempre serán limitados, sino con la acción del Espíritu de Dios que siempre rebasa nuestras expectativas y que deja al descubierto nuestras limitaciones y carencias para que recordemos que únicamente somos colaboradores en su Obra.

 

Él es el Señor, Él es el Señor de nuestra Iglesia. Esta es la dinámica que mantiene viva a la Iglesia: ser evangelizada para ser evangelizadora, es decir, estamos llamados a transformarnos por el encuentro con Cristo, la conversión y de este hallazgo es que surge la alegría de compartir el tesoro encontrado, la misericordia experimentada, la solidaridad.

 

La dicha también se encuentra en saber descubrir a Jesucristo: "iDichosos los ojos que ven lo que ustedes ven!". Si queremos luz en nuestro caminar, tendremos que volver a aceptar las exigencias evangélicas del seguimiento de Cristo y, en estos días se ha hecho evidente en los medios de comunicación, la renuncia a sí mismo, el venderlo todo para obtener el Reino, el tomar la cruz de cada día, el no querer a nada ni a nadie más que a Él, el tener conciencia de ser elegidos y destinados a dar frutos que permanezcan, el estar dispuestos, inclusive, a perder la propia vida.

 

Sólo desde este encuentro radical con Cristo puede nacer el discípulo, el apóstol y la misma Iglesia.

 

Quienes se convierten a Cristo se identifican como enviados y se descubren en un proyecto orgánico de comunión y misión.

 

"Muchos profetas —dice Jesús— y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron".

 

El vigoroso proyecto misionero que propone el Sínodo es un reflejo del Proyecto del Reino provocado por el Evangelio en los corazones convertidos a Jesús.

 

El espíritu misionero es una buena prueba que hace transparentar lo que debe cambiar en nuestra realidad intraeclesial:

 

Primero. Ante la actitud de sólo conservar lo logrado, llenémonos de entusiasmo por la misión como servicio que exige donarse todos los días; nunca damos lo suficiente para hacer presente a Jesús.

 

Hace poco tiempo, un Vicario Episcopal nos hacía la reflexión: "muchos de nuestros proyectos no salen adelante porque los agentes —y especialmente se refería a los sacerdotes— nos sentimos cansados, nos sentimos desilusionados, nos sentimos sin entusiasmo".

 

Segundo. Ante la apatía y rutina de quien nada necesita, volvamos a aceptar la misión como envío, que nos hace salir hacia los demás, no como maestros o benefactores, sino como quien lleva el tesoro en vasos de barro.

 

Pruebas evidentes de esto lo hemos visto en nuestra Arquidiócesis, cuando estamos descubriendo en los distintos grupos la necesidad de los demás.

 

Tercero. Necesitamos todos de todos, abrirnos a los carismas que el Señor ha regalado en esta Iglesia a otros. Nosotros tenemos un propio carisma y lo debemos de aportar, pero los demás también tienen un carisma que debemos apreciar, reconocer y hacer que ese carisma llegue a más.

 

Ante la frialdad e indiferencia, sigamos poniendo en práctica la misión como cercanía, al estilo del testimonio de Dios-Persona que se encarna.

 

Muchas veces valoramos los medios de comunicación: son indispensables para cumplir nuestra misión, pero nunca nadie podrá sustituir lo esencial de la estrategia evangélica.

 

El Evangelio se contagia de persona a persona, con el testimonio de la propia vida.

 

Cuarto. Ante la división, unámonos en la misión como proyecto de comunión. El reto es hacer realidad la propuesta del Sínodo: convertirnos en una Iglesia en estado de misión, en una Iglesia que sea solidaria, en una Iglesia que salga de sus propias fronteras y vaya a los demás.

 

"Nadie conoce quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar".

 

Evaluemos, pues, delante de Jesús, sin justificarnos con las acciones que hacemos para evitar dar más. No perdamos de vista a los destinatarios prioritarios de nuestra acción evangelizadora. Consideremos responsablemente lo que hemos hecho como agentes de evangelización.

 

Seamos positivos, no veamos solamente problemas. Veamos que tenemos —¡Sí!— muchas situaciones difíciles, pero tenemos muchas riquezas, muchas posibilidades en nuestra Arquidiócesis.

 

Veamos si hemos utilizado adecuadamente los medios para evangelizar que tenemos como Iglesia. Revisemos la distancia entre planes y ejecución. Estudiemos el camino para una mayor eficacia de nuestras estructuras Arquidiocesanas. Intensifiquemos los esfuerzos para que lo iniciado en la promoción y formación de los Agentes Laicos ya no se detenga.

 

Caminemos hacia un ambiente eclesial que busque la integración de todos los agentes y organizaciones de nuestra Iglesia Arquidiocesana.

 

Sólo con la respuesta de todos al Señor podremos coincidir en el proyecto de evangelizar las culturas de la Ciudad de México.

 

Les pido, hermanos y hermanas, que valoren su presencia en esta Asamblea, que valoren lo que significa su participación aquí, en esta reunión, en el trabajo de grupos, para que juntos descubramos el rumbo que quiere marcar el Señor a nuestro trabajo apostólico.

 

Espero encontrar en ustedes nuevas luces para continuar la aplicación del Plan que les propuse al principio de este año, como eco de la convocación hecha por el Santo Padre para la celebración del Jubileo de la Redención.

 

Como un signo de comunión, celebremos nuestra III Asamblea Diocesana, confiados en que el Espíritu del Señor es nuestra fuerza, para enfrentar los retos pastorales que la realidad de la Ciudad de México nos presenta hoy.

 

Celebremos esta III Asamblea, sabiendo que contamos con la protección de Santa maría de Guadalupe.

 

"iGracias, Padre, porque así te ha parecido bien!"

 

Gracias a todos ustedes.

 

A 13 de octubre de 1997

 

+Norberto Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

MENSAJE DEL ARZOBISPO

EN CELEBRACIÓN DE CLAUSURA

 

México, D. F., 15 de Octubre de 1997

 

VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DEL MENSAJE

DEL SEÑOR ARZOBISPO NORBERTO RIVERA CARRERA,

DURANTE LA CELEBRACION DE CLAUSURA DE

LOS TRABAJOS DE LA III ASAMBLEA DIOCESANA,

CELEBRADA EN EL AUDITORIO "MIGUEL DARlO MIRANDA"

DE LA CURIA DEL ARZOBISPADO, EN ESTA CIUDAD

 

Queridos Hermanos y Hermanas

en el Sacerdocio Bautismal,

en el Sacerdocio Presbiteral,

en el Diaconado,

en la Vida Consagrada,

en el Ministerio Episcopal:

 

Amenazado, como estoy, de que si salimos tarde es porque la homilía se prolongó, predicaré como predico ordinariamente: breve.

 

Estos días he gozado mucho de la riqueza, de la variedad, de lo distinto que somos en la Iglesia; gozando también con ese esfuerzo por caminar hacia la unidad.

 

Somos la Iglesia de la Trinidad, personas distintas: unidad perfecta.

 

No podemos caer en la tentación de suplantar la unidad por la uniformidad. No podemos darnos el lujo de caminar cada quien a su antojo, cuando sabemos que fuimos consagrados para formar un sólo cuerpo.

 

Esa vocación a la unidad, como acabamos de escuchar, es un esfuerzo que no termina; es un esfuerzo que siempre debe permanecer, un esfuerzo que siempre da frutos de vida eterna.

 

Dentro de esta riqueza, dentro de esta variedad de dones, dentro de esta diversidad de carismas que conforman nuestra Iglesia, vemos también un gran reto en nuestra gran Ciudad, un gran reto de salir de nuestras propias fronteras.

 

Todavía he notado en la Asamblea que ponemos quizá el acento en nuestras cosas, en nuestras realidades, al interior de la Iglesia y pocas veces nos animamos a ver la realidad que nos espera en donde el Evangelio debe anunciarse.

 

Qué bueno que veamos al interior de nuestra Iglesia y sintamos la necesidad de la conversión, que sintamos la necesidad de la unidad para que el mundo crea; pero que vayamos viendo esa realidad que debe ser transformada por el anuncio del Evangelio.

 

Para esto necesitamos mayor corresponsabilidad en nuestra Iglesia, tenernos mayor confianza, saber que la tarea de la salvación no le ha sido entregado a un sector de la Iglesia, sino a la Iglesia entera. Y todos debemos sentir esa corresponsabilidad por llevar el Evangelio a los demás.

 

Nuestra Iglesia ha sido creada para la misión, nuestra Iglesia ha sido ideada por Dios: a semejanza de Cristo, que fue enviado por el Padre, enviado a este mundo para que el mundo se salve.

 

No podemos salir al mundo dando palos de ciego. Tenemos que organizarnos, somos un cuerpo en donde cada miembro tiene una función. Tenemos que manifestar ante los demás esa organicidad que Cristo quiere que tenga su Iglesia.

 

A veces complicamos nosotros las cosas, a veces es tan complejo nuestro organigrama, que nos podemos perder y no vemos las cosas con sencillez, tal y como está en el Evangelio.

 

Debemos volver continuamente a esa claridad primera del Evangelio. Tener con claridad qué es lo que vamos a anunciar, cómo lo vamos a anunciar, quién lo va a anunciar; cuándo, dónde y también tenemos que ser realistas, porque cuando yo oía de los Consejos Pastorales, poco se mencionó el Consejo Económico. Tenemos que pensar siempre con qué vamos a anunciar, con qué medios y entre ellos están —además de los medios o recursos personales— los medios materiales o económicos.

 

En estos días hemos gozado todos, yo creo, de lo esencial que tiene la Iglesia, que es el amor, que es la caridad; ese amor, esa caridad que nos hace serviciales, ese amor, esa caridad que nos hace abiertos a los demás.

 

Muchas veces nosotros también podemos entrar en ese dinamismo del poder, en ese dinamismo de creernos mejores o más que los demás.

 

Nuestra Iglesia no se puede deteriorar por ese dinamismo del mundo. A veces nos contagiamos y creemos nosotros que nuestra misión, nuestro rol, aquel don que se nos ha dado es el mejor, el más excelente. Y el más excelente de todos los dones es la caridad y eso es lo que rompe muchas veces la eficacia de nuestra misión, porque no vivimos ese amor.

 

Pidámosle al Señor, en esta Eucaristía, que nos haga semejantes a Él en esta disponibilidad de servicio, que es la manifestación del amor.

 

Y algo muy importante que hemos sentido en estos días, también —y lo quisiera resaltar, porque ustedes así lo han hecho— es que sin Cristo, nada podemos hacer.

 

Que la eficacia sólo Dios la puede dar, que nosotros somos instrumentos en sus manos pero Él es el que da la salvación. Sólo Él es el Salvador y nosotros tenemos que estar íntimamente unidos, como la rama está unida al tronco. Así nosotros, a Él, para que podamos dar fruto —fruto de salvación— que viene del Poder de Dios.

 

Celebremos esta Eucaristía en acción de gracias por estas luces, por esta fortaleza, por este dinamismo que el Señor regala a nuestra Iglesia particular de la Arquidiócesis de México.

 

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