ORIENTACIONES PASTORALES

2008

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Formación para la vida Cristiana

Y aunque tuviera el don de hablar de parte de Dios

y conociera todos los misterios y toda la ciencia;

y aunque mi fe fuera tan grande

como para trasladar montañas,

si no tengo amor, nada soy.

 

1 Cor 13, 2

 

Orientaciones Pastorales 2008

 

+ Norberto Card. Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

 

CONTENIDO

 

Introducción [1-7]

I. Afianzando nuestro rumbo pastoral [8-27]

 

Para ser luz de Cristo en la Ciudad (10-12)

Optar por Cristo (13-15)

Actuar como Iglesia (16-21)

Dispuestos a ser enviados (22-23)

Aprender a proponer la fe en la ciudad (24-27)

 

II. Nuestro caminar diocesano y el documento de Aparecida [28-46]

 

Relanzar la misión (kerigma como medio de renovar encuentro con Cristo) (32-36)

La prioridad de los Agentes [laicos como eje] (37-41)

Renovación estructural de la Iglesia [conversión pastoral] (42-46)

III. Evangelización y formación cristiana [47-61]

 

Las etapas de formación para vivir como cristianos (50-52)

Los lugares de formación para la vida cristiana (53-55)

Los itinerarios y los responsables de la formación cristiana (56-61)

 

Conclusión [62-69]

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo Jesús:

 

1. Con gran alegría les comparto mi acción de gracias al Señor por todos los dones con los que sigue bendiciendo a nuestra Iglesia Arquidiocesana. En especial quiero referirme a la esperanzadora reflexión de la XIII Asamblea Diocesana, que tuvo su momento culminante los días 22, 23 y 24 de noviembre, pero que se inició desde meses atrás por medio de una amplia consulta a los distintos ámbitos pastorales de la Arquidiócesis, sobre el tema de la formación de Agentes de Evangelización. Esta vez, ante la imposibilidad de participar personalmente, me correspondió acompañar en la oración a todos los convocados a este momento anual de evaluación y proyección de la tarea pastoral.

 

2. La consulta realizada anteriormente permitió contar con un documento de trabajo que, sin duda, facilitó a los asambleístas reflexionar sobre los puntos claves que nos pueden ayudar a mejorar los contenidos y la organización de la formación de agentes en nuestra Iglesia local.

 

3. Para impulsar las conclusiones de la XIII Asamblea Diocesana, quiero ahora exhortar a todos los bautizados a renovar nuestra misión de testimoniar el nombre de Jesús en el lugar donde el Señor nos ha puesto. Decía el año pasado, que el potencial de nuestra Iglesia local es que hay un bautizado en cada rincón de la Ciudad de México. Pero necesitamos lograr que esa presencia sea testimonio de Cristo. Si en su vida y labor cotidiana cada bautizado fuera conciente de su vocación y misión, entonces la luz de Cristo se haría presente de manera más fuerte en medio de la urbe.

 

4. Como Iglesia que se evangeliza para poder evangelizar, debemos hacernos cada día más capaces de transmitir la fe, privilegiando los medios del testimonio, diálogo y cercanía con las personas de cada ambiente urbano. Esta opción, nos exige aprender a acompañar a quienes se inician en la fe para que puedan recorrer el itinerario que los madure, como discípulos y como misioneros de Cristo. Es decir, debemos aprender a ser una comunidad capaz de formar para la vida cristiana, para vivir como cristianos.

 

5. Las líneas de acción y los ordenamientos privilegiados por la XIII Asamblea Diocesana deben ser un impulso que dé continuidad a las etapas de mediano y largo plazo que señalé el año pasado. Esta planeación es necesaria para avanzar en un tema que no es circunstancial, sino estructural y que es un factor real de renovación para nuestra Iglesia local.

 

6. Desde la consulta previa a la Asamblea Diocesana, llama la atención la insistencia de los diversos ámbitos pastorales para que la formación tome en cuenta las situaciones concretas que enfrentan los bautizados y, también, que el itinerario formativo represente una respuesta a las necesidades de nuestras comunidades. Así es en efecto, quien anuncia el evangelio debe partir de la situación concreta que viven los destinatarios y, la formación de los discípulos y apóstoles debe estar compenetrada con la realidad de las personas a las que se quiere proponer el Evangelio.

 

7. Con ese criterio, también debemos orientar la atención pastoral de la célula base de nuestras comunidades, la familia. Se hace imperioso darle una atención más cercana y sistemática, tomando en cuenta que ahí es donde debería realizarse el primer cultivo de la fe. Desde todas las vertientes posibles tenemos que apoyar la tarea educativa que les corresponde a los padres de familia. Durante este año, 2008, estaremos preparando a nuestra Ciudad Arquidiócesis para la realización del Encuentro Mundial de las Familias. Les invito a que también sea un año de revisión pastoral profunda en el ámbito familiar, de tal forma que la prioridad marcada por el II Sínodo tenga razón de ser en un programa más orgánico, que conjugue acciones sistemáticas a nivel parroquial, aprovechando mejor el aporte de los movimientos que tienen ese carisma. Es un momento providencial para privilegiar una mayor comunión que nos ayude a mejorar la atención de las familias. Con ese espíritu y voluntad sí podemos decidir objetivos comunes y estrategias para coordinar esfuerzos. Urge que la pastoral familiar se convierta en un instrumento que dé certidumbre a nuestras comunidades cristianas.

 

 

I. Afianzando nuestro rumbo pastoral

 

8. A lo largo de 14 años nuestra Iglesia local ha venido realizando la implementación de lo propuesto por el II Sínodo Diocesano. Ha sido un camino lleno de desafíos porque el objetivo de fondo es la renovación de nuestra pastoral habitual. Los signos del Espíritu en la ciudad nos impulsan hacia un cambio profundo, pues el pensamiento, el lenguaje, los signos y las acciones de las culturas en la urbe son cada vez más ajenas al mensaje evangélico. La evangelización necesita apóstoles con profundidad espiritual y una gran creatividad que nace de su capacidad de inserción en las realidades que viven las personas. Si la vida de quien anuncia el Evangelio no es coherente, su presencia y su palabra no provocan conversión, porque su testimonio no es fruto de cambio verdadero.

 

9. En este mismo sentido, el “caminar juntos” en la Arquidiócesis de México es exigente porque propone una renovación cuyo punto de referencia es la conversión al Evangelio, tiene como estrategia necesaria la comunión, su dinamismo es la misión y su característica es la creatividad para encontrarse con la diversidad cultural, a través de la cual se expresan los habitantes de la ciudad. Esta renovación pastoral se genera en la conversión constante al Evangelio. Por tanto, para que el proyecto de formación de nuevos discípulos y apóstoles sea útil a ese “caminar juntos”, debe tener su raíz e identidad en el seguimiento de Cristo.

 

Para ser luz de Cristo en la Ciudad

 

10. La experiencia de la misión intensiva con motivo del Jubileo de la Encarnación significó profundizar en la conciencia de nuestra misión evangelizadora en la Ciudad de México. Pero ese camino de cambio en nuestra perspectiva pastoral apenas si lo hemos comenzado en estos últimos diez años de insistencia misionera.

 

11. Es un cambio en la perspectiva pastoral que enfrenta la tentación de concentrar todos nuestros esfuerzos a la atención de los cercanos, de los fieles. Esa tarea no está en discusión, sino la prioridad con que debemos asumir la misión que nos hace Iglesia de Jesús, llevar el Evangelio a quienes no conocen el Amor del Padre que se manifiesta en nuestro Salvador.

 

12. Ser luz de Cristo en la Ciudad es la vocación que hemos ido identificando para nuestra Iglesia local. Este llamado del Señor nos pone en movimiento, con la necesidad de regresar continuamente a la raíz de nuestra fe.

 

Optar por Cristo

 

13. Es doble la exigencia cristiana: seguir los pasos de Jesús y estar dispuestos a ser enviados. El discipulado prepara al apostolado y la experiencia de ser apóstol hace indispensable reconocer en qué dirección apuntan las huellas de Cristo en el camino.

 

14. Ser discípulos y misioneros significa que se está aceptando vivir la tensión radical del Evangelio y, por lo tanto, la entrega de la propia vida y proyecto a favor del Reino de Dios.

 

15. Aquí está, también, el núcleo de la formación: ayudar a la persona a reconocer la presencia y la voz de Jesús que llama a seguirlo. Y entre más se afronta el reto de tomar su senda, más vemos que sus caminos no son nuestros caminos. Cuando el ser discípulo y apóstol de Cristo deja de ser un desafío es porque hemos elegido nuestro propio camino o hemos acampado, cerrando nuestros oídos a la voz de Jesús que siempre nos propondrá dar más de lo que hemos entregado.

 

Actuar como Iglesia

 

16. Seguir a Cristo nos reúne en el camino con otros hermanos. Conforme vamos en el camino nos damos cuenta que no vamos solos, el Señor llama a los que Él quiere y va integrando la comunidad de los discípulos. Los forma en el camino, los moldea con su propia vida. Al llegar el tiempo del envío no hay dispersión, porque los guía y los mueve el mismo Espíritu.

 

17. La comunión la alimenta y la sostiene el Espíritu. La experiencia de unidad es parte del llamado al seguimiento. Las huellas de Cristo exigen voluntad de comunión. El envío necesita del vínculo de unidad con los hermanos: sean uno como el Padre y yo somos uno. Así, la maduración de los discípulos y misioneros se manifiesta en la comunión entre ellos. La comunión se convierte en la identidad del discípulo y apóstol de Cristo.

 

18. En la experiencia de nuestra Iglesia local, revitalizar el sentido misionero ha significado profundizar en las exigencias de la comunión. La gran diversidad de carismas en nuestra Arquidiócesis y lo complejo que resulta la pastoral orgánica nos ha puesto delante el desafío de la comunión, si queremos actuar como Iglesia.

 

19. En el futuro, la evolución de la comunión eclesial debería mostrarse en una conjunción de dones y esfuerzos a favor de nuevos discípulos y misioneros, formados para construir comunión, cada vez más capaces para la unidad.

 

20. Creatividad en la comunión para una colaboración más viva entre las parroquias, que podrían así evangelizar muchos sectores específicos; creatividad en la comunión entre decanatos que pueden compartir sus experiencias con mucho más fruto; creatividad en la comunión entre las Vicarías Territoriales, para que se manifieste el potencial de la riqueza que tiene la Iglesia arquidiocesana, apoyándose con más apertura; creatividad en la comunión entre las Vicarías Funcionales y sus Comisiones, para proponer programas y acciones pastorales más integrales y cercanas a las parroquias; creatividad en la comunión con las familias de Vida Consagrada, fortaleciendo la colaboración, a largo plazo, en los programas pastorales estratégicos, como la formación de agentes de evangelización y la reflexión pastoral; creatividad en la comunión para que los movimientos y organizaciones laicales ejerzan su apostolado, involucrados en los objetivos diocesanos.

 

21. El propósito de actuar como Iglesia que busca y construye la comunión debe mostrarse en nuestra organización y acción  pastorales. Eso nos hará cada vez más capaces para proponer la fe, porque vivir la comunión nos madura para el diálogo y la cercanía con quienes estamos enviados a compartir la fe.

 

Dispuestos a ser enviados

 

22. Optar por la misión significa que elegimos seguir a Cristo y construir cada día la comunión. Ese es el camino de preparación para ser enviados. Estamos iniciando el año 2008, nos estamos adentrando rápidamente en un nuevo siglo, es un nuevo milenio, otra época se está abriendo para la humanidad y para nosotros, aquí y ahora.

 

23. En esta conciencia de lo que el Señor nos va mostrando, afrontemos la pregunta si estamos dispuestos a ser enviados por Jesucristo. En los signos de su Espíritu, Él ya nos está señalando a dónde quiere que vayamos. ¿Estamos ya preparados a ser testigos del Evangelio en la Ciudad? ¿Estamos dispuestos a desarraigarnos de nuestros estereotipos para dialogar con las nuevas generaciones de la Urbe? ¿Aceptamos purificar nuestro estilo de vida para tener una verdadera cercanía con los más pobres de la Ciudad? ¿Queremos buscar las formas para apoyar a los padres de familia a ser los primeros evangelizadores? ¿Estamos decididos a impregnar de espíritu misionero nuestra pastoral? Estar dispuestos a que Jesús nos envíe, significa renovación pastoral.

 

Aprender a proponer la fe en la Ciudad

 

24. Las características de la vida de los habitantes de la Ciudad de México deben dar la orientación de cambio a nuestra pastoral. Nuestra vivencia de Iglesia, en la liturgia, en los sacramentos, en la organización intraeclesial, no puede quedarse ahí, sin ser tocada por la vida del mundo. De otra forma viviremos uno y otro ciclo litúrgico y planeación anual y el mundo seguirá cambiando, pero no incidimos en él.

 

25. Los cristianos, cada uno y en comunidad, deben regresar a sus propios ambientes, de donde vinieron, de entre las personas, donde trabajan, se divierten, luchan, sufren y se alegran. Deben volver con el Dios-con-nosotros, reencontrarlo en lo cotidiano, reconocerlo en lo de todos los días, para dar testimonio de una fe viva en el aquí y ahora de la ciudad.

 

26. Descubrir nuestro entorno como el lugar donde Dios se revela, entender la misión como la profunda capacidad de fe y esperanza para reconocerlo presente donde parecía estar ausente.

 

27.     La formación de nuevos discípulos y misioneros para proponer la fe en la Ciudad debe estar impregnada de este sentido de encarnación con el lugar donde el Señor nos envía a proclamar su Buena Noticia.

 

 

II. NUESTRO CAMINAR DIOCESANO Y EL DOCUMENTO DE APARECIDA

 

28. Hace un año reflexionaba que la V CELAM en Aparecida, Brasil, desde su preparación anunciaba esperanza. Después de la experiencia de haber participado en la Conferencia, y constatando la riqueza del Documento final, puedo compartirles que nuestro proceso diocesano se ha visto fortalecido y alentado. Sin duda, el Espíritu sigue actuando y se ha manifestado en la comunión de todas las Iglesias particulares presentes en América (Cf. DA 1).

 

29. En diferentes vertientes, el DA hace resonar y confirma nuestro itinerario pastoral postsinodal, dando una especial motivación para impulsar el despertar misionero de los creyentes. Orienta la reflexión para que cambiemos la perspectiva hacia una evangelización en términos de calidad más que de cantidad. Sin temor, mira las luces y las sombras que han estado presentes en la historia y en el momento presente de la evangelización en América. Evalúa sus errores, no sea que la Iglesia haya sido la que se ha alejado de los creyentes, más que los creyentes de la Iglesia.

 

30. La reflexión de Aparecida nos ayuda a confirmar la visión de apertura que requiere la pastoral urbana, con una aceptación de la diversidad en la Iglesia, una actitud crítica y propositiva frente a la sociedad y la necesaria presencia protagónica de los fieles laicos.

 

31. El DA tiene una visión de esperanza de la que tenemos que alimentar nuestro caminar diocesano: “proclamamos con todas nuestras fuerzas: CREEMOS Y ESPERAMOS” (DA Mensaje final n. 5).

 

RELANZAR LA MISIÓN

 

32. En 1993, el Decreto General del II Sínodo Arquidiocesano proponía un “nuevo y vigoroso proyecto misionero” como eje de renovación pastoral para nuestra Iglesia local. La misión como identidad pastoral y como dinamismo de cambio para responder a los retos de la urbe.

 

33. Ahora, Aparecida nos permite reafirmar esa opción con toda fuerza. Todos los agentes, todas las comunidades, están llamados a asumir este camino de renovación, “relanzando la misión”: “Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” (DA 365).

 

34. Esta decidida voluntad a favor de la evangelización está llena de convicción y alegría, porque “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29).

 

35. En esta dirección pastoral se manifiesta una total coincidencia eclesial, a tal grado de que la reflexión de Aparecida nos debe ayudar a revalorar la fuerza con la que el Espíritu nos ha acompañado.

Tenemos que aprovechar más la frescura del kerigma como un medio de espiritualidad pastoral para renovar nuestro encuentro con Cristo, que es la fuente de toda vocación de servicio.

 

36. Hoy en nuestra Ciudad, relanzar la misión es ir al encuentro de las diversas realidades culturales y sociales, sintonizando con las aspiraciones de las nuevas generaciones. Todos los recursos con los que contamos tendríamos que orientarlos paulatinamente en este cauce.

 

 

LA PRIORIDAD DE LOS AGENTES

 

37. En junio de 1992, el tema de la segunda semana de reflexión sinodal fue: los Agentes de Evangelización. Desde esa visión, hemos ido profundizando en la importancia de quienes están llamados a ser testigos de la Buena Noticia. “En efecto, todos somos evangelizadores; lo somos en virtud de un envío: ‘Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación’ (Mc 16, 15), y de una elección: ‘Ustedes no me escogieron a mí; soy yo quien los ha escogido a ustedes y los ha puesto para que vayan y produzcan fruto’ (Jn 15, 16; ECUCIM 1998).

 

38. Ahora, Aparecida ilumina con claridad el itinerario de formación de los apóstoles. Lo hace a partir de la experiencia de Cristo, para que sean de Él y den testimonio de su presencia encarnada. Jesús es el modelo, es el Enviado por excelencia, el que “siendo rico, eligió ser pobre por nosotros (Cf. 2 Co 8, 9), enseñándonos el itinerario de nuestra vocación de discípulos y misioneros” (DA 31). De esa manera, el número de apóstoles es relativo, lo que realmente importa es la santidad de los elegidos.

 

39. También, la diversidad de los carismas es regalo del Espíritu y todos los Agentes son indispensables para la misión, pero resultan especialmente importantes los Agentes Laicos, tanto por la urgencia de llevar el Evangelio a los ambientes seculares, como por la madurez que debemos buscar como Iglesia, acompañando a todos los bautizados a asumir su compromiso: “Hoy, toda la Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en estado de misión. La evangelización del Continente, nos decía el Papa Juan Pablo II, no puede realizarse hoy sin la colaboración de los fieles laicos. Ellos han de ser parte activa y creativa en la elaboración y ejecución de proyectos pastorales a favor de la comunidad. Esto exige, de parte de los pastores, una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el “ser” y el “hacer” del laico en la Iglesia, quien, por su bautismo y su confirmación, es discípulo y misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación” (DA 213).

 

40. Hoy en nuestra Ciudad, apoyar el surgimiento de nuevos discípulos y misioneros significa reafirmar el apoyo a los laicos. Ministros ordenados, Religiosos y Religiosas debemos cuidar esta prioridad, para que los laicos cristianos, como ciudadanos de esta Ciudad, con su presencia hagan penetrar el Evangelio en el contexto del ambiente donde viven.

 

41. El camino para impulsar la conciencia y el compromiso de los bautizados es recurrir a la experiencia, siempre nueva, del encuentro personal con Jesús, que da respuesta a nuestro presente y llena de esperanza nuestro futuro.

 

RENOVACIÓN ESTRUCTURAL DE LA IGLESIA

 

42. ¿Cómo hacer la institución eclesial más sencilla y cercana para que hoy pueda ser Buena Noticia? El primer paso es hacer atenta y sincera nuestra capacidad de escucha del Espíritu que se deja oír en el mundo y sus realidades actuales: “La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta” (DA 366).

 

43. El segundo paso es aprender a acoger, a recibir a todos, especialmente a los más pobres y sencillos: “En el rostro de Jesucristo, muerto y resucitado, maltratado por nuestros pecados y glorificado por el Padre, en ese rostro doliente y glorioso, podemos ver, con la mirada de la fe el rostro humillado de tantos hombres y mujeres de nuestros pueblos y, al mismo tiempo, su vocación a la libertad de los hijos de Dios, a la plena realización de su dignidad personal y a la fraternidad entre todos. La Iglesia está al servicio de todos los seres humanos, hijos e hijas de Dios” (DA 32).

 

44. El tercer paso es creer en la fuerza del Espíritu presente en todos los bautizados: La condición del discípulo brota de Jesucristo como de su fuente, por la fe y el bautismo, y crece en la Iglesia, comunidad donde todos sus miembros adquieren igual dignidad y participan de diversos ministerios y carismas. De este modo, se realiza en la Iglesia la forma propia y específica de vivir la santidad bautismal al servicio del Reino de Dios (DA 184).

 

45. Esta confianza en la acción del Espíritu sobre todos los bautizados, nos permite ver el potencial tan grande por desarrollar, orientando la misión evangelizadora a través de una estrategia de participación fundamental, para ser coherentes con lo que el Espíritu impulsa: Agradecemos a Dios como discípulos y misioneros porque la mayoría de los latinoamericanos y caribeños están bautizados. La providencia de Dios nos ha confiado el precioso patrimonio de la pertenencia a la Iglesia por el don del bautismo que nos ha hecho miembros del Cuerpo de Cristo, pueblo de Dios peregrino en tierras americanas, desde hace más de quinientos años. Alienta nuestra esperanza la multitud de nuestros niños, los ideales de nuestros jóvenes y el heroísmo de muchas de nuestras familias que, a pesar de las crecientes dificultades, siguen siendo fieles al amor (DA 127).

 

46. Estas actitudes de renovación pastoral tendrían que ser el núcleo de coincidencia e identidad en nuestra Iglesia local:

  • a la escucha del Espíritu en la Ciudad;
  • discípulos y misioneros al servicio de todos, yendo al encuentro de
  • todos, especialmente de los más pobres y sencillos;
  • impulsando la vocación de todos los bautizados, construyendo una Iglesia que busca vivir en comunión y participación y, apoyando un itinerario de formación que comprende la fe en Cristo como un estilo de vida, teniendo los mismos sentimientos de Jesús (Cf. Flp 2, 5).

 

 

 

 

III. Evangelización y formación cristiana

 

47. A partir del ejercicio de la misión intensiva fuimos identificando la importancia de cada momento del proceso evangelizador. El primer anuncio, la reiniciación cristiana, la catequesis y el apostolado como eslabones de una cadena que, aprendiendo a entrelazarlos consecutivamente, le dan consistencia a nuestra labor evangelizadora, porque se convierten en un proceso que va madurando al bautizado como discípulo y misionero.

 

48. Ese proceso personal de encuentro cada vez más profundo con Jesucristo es lo que llamamos formación para la vida cristiana. “Misión principal de la formación es ayudar a los miembros de la Iglesia a encontrarse siempre con Cristo, y, así reconocer, acoger, interiorizar y desarrollar la experiencia y los valores que constituyen la propia identidad y misión cristiana en el mundo. Por eso, la formación obedece a un proceso integral, es decir, que comprende variadas dimensiones, todas armonizadas entre sí en unidad vital. En la base de estas dimensiones, está la fuerza del anuncio kerigmático. El poder del Espíritu y de la Palabra contagia a las personas y las lleva a escuchar a Jesucristo, a creer en Él como su Salvador, a reconocerlo como quien da pleno significado a su vida y a seguir sus pasos. El anuncio se fundamenta en el hecho de la presencia de Cristo Resucitado hoy en la Iglesia, y es el factor imprescindible del proceso de formación de discípulos y misioneros. Al mismo tiempo, la formación es permanente y dinámica, de acuerdo con el desarrollo de las personas y al servicio que están llamadas a prestar, en medio de las exigencias de la historia” (DA 279).

 

49. Vemos claramente la interrelación entre evangelización y formación. Nuestras comunidades cristianas tienen el reto de hacer suyo ese proceso y ofrecerlo. Cuando logran ofrecerlo y acompañan a quien lo recibe, la evangelización se hace formación. “…nos preguntamos con Tomás: “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5). Jesús nos responde con una propuesta provocadora: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6; DA 101). La comunidad cristiana muestra el camino hacia Cristo.

 

Las etapas de formación para vivir como cristianos

 

50. La nomenclatura que usó el documento de trabajo y que reflexionó la Asamblea Diocesana propone como etapas del proceso de formación: la formación inicial, la formación básica, la formación específica y la formación permanente. El proceso que integran es un instrumento para el crecimiento gradual en la vida de Cristo.

 

51. Especialmente considero una reflexión luminosa ubicar la “formación inicial” como la etapa donde se ponen los cimientos del cristiano. La experiencia en esa etapa será decisiva en la intensidad y profundidad del compromiso apostólico futuro.

 

52. En nuestra experiencia diocesana, motivados para impulsar nuevos agentes, dimos el salto a la formación básica apoyando a los más comprometidos a prepararse como Agentes de Evangelización. La reflexión de la Asamblea Diocesana subraya la urgencia de que se preste mayor atención a la formación inicial para que la formación básica y la específica puedan tener un sustento más fuerte.

 

Los lugares de formación para la vida cristiana

 

53. La formación inicial tiene su lugar en la familia, las pequeñas comunidades, los grupos y movimientos apostólicos y la parroquia. Especialmente en el ámbito parroquial tendríamos que suscitar un ambiente de motivación y una organización capaz de acompañar esa etapa. “Si queremos que las Parroquias sean centros de irradiación misionera en sus propios territorios, deben ser también lugares de formación permanente. Esto requiere que se organicen en ellas variadas instancias formativas que aseguren el acompañamiento y la maduración de todos los agentes pastorales y de los laicos insertos en el mundo (DA 306).

 

54. La formación básica y la específica han sido afrontadas por instancias diocesanas intermedias: el decanato y las comisiones diocesanas. En estas etapas aún existen varias necesidades que se deben solucionar: la vinculación más clara entre ambas etapas, completar sus contenidos buscando que sean programas integrales y establecer una colaboración y coordinación entre las instancias existentes, para que los programas y su implementación tengan continuidad.

 

55. La formación permanente de los distintos agentes debe responder a un programa con una relación directa al plan pastoral diocesano. Aunque intervengan diversas instancias de distintos niveles para realizar los objetivos, tendría que existir la coordinación para que todo responda al mismo programa y espíritu.

 

Los itinerarios y los responsables de la formación cristiana

 

56. Para que el proceso de formación se lleve a cabo, necesitan estar claros los responsables de acompañar este camino. El sentido es el de una gran familia, donde se transmite la fe de padres a hijos. Aquí la comunidad cristiana debe cobrar conciencia de su responsabilidad en el testimonio pedagógico de su fe.

 

57. Es el Obispo y, en el caso de la Arquidiócesis, los Obispos, son los principales responsables de la formación de los Agentes de evangelización. “La Diócesis, presidida por el Obispo, es el primer ámbito de la comunión y la misión. Ella debe impulsar y conducir una acción pastoral orgánica renovada y vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios y organizaciones se orienten en un mismo proyecto misionero para comunicar vida en el propio territorio. Este proyecto, que surge de un camino de variada participación, hace posible la pastoral orgánica, capaz de dar respuesta a los nuevos desafíos. Porque un proyecto sólo es eficiente si cada comunidad cristiana, cada parroquia, cada comunidad educativa, cada comunidad de vida consagrada, cada asociación o movimiento y cada pequeña comunidad se insertan activamente en la pastoral orgánica de cada diócesis. Cada uno está llamado a evangelizar de un modo armónico e integrado en el proyecto pastoral de la Diócesis” (DA 169). “Los Obispos, como pastores y guías espirituales de las comunidades a nosotros encomendadas, estamos llamados a “hacer de la Iglesia una casa y escuela de comunión” (DA 188).

 

58. Los Presbíteros y los Diáconos como colaboradores inmediatos del obispo, tienen una responsabilidad especial en la formación y acompañamiento de los Agentes de evangelización. De forma especial, de ellos depende que la Parroquia vaya asumiendo su carácter formativo inicial.

 

59. También los Delegados de Pastoral y los Decanos deben ser factores de animación y coordinación para que los Párrocos, las Comunidades de Vida Consagrada y los coordinadores de movimientos laicales se unan en apoyo de las orientaciones diocesanas.

 

60. Los Religiosos y Religiosas entre más se compenetren con el obispo y el plan pastoral diocesano, más podrán colaborar eficazmente en la formación de los Agentes de Evangelización.

 

61. “Pero, sin duda, no basta la entrega generosa del sacerdote y de las comunidades de religiosos. Se requiere que todos los laicos se sientan corresponsables en la formación de los discípulos y en la misión” (DA 202).

 

 

 

Conclusión

 

62. Considero que son dos los criterios principales los que nos pueden guiar en esta nueva etapa centrada en la formación de Agentes y, que la Asamblea Diocesana ha expresado como ordenamientos:

 

Es indispensable un mayor esfuerzo de coordinación para la formación.

Se necesita una evaluación sistemática para ir dando pasos, teniendo presente la planeación propuesta el año pasado, a mediano y largo plazo.

63. Para llevar a cabo la coordinación, las Vicarías Funcionales de Agentes y de Pastoral deben dar seguimiento constante a los objetivos que se acuerden. Deberán formalizar los encuentros de coordinación sobre formación, para que a nivel diocesano, vicarial y sectorial se vayan encontrando los mecanismos de colaboración.

 

64. En este proceso que llevamos en la Diócesis, es muy importante que los planes de cada una de las Vicarías Territoriales tengan como centro la formación de agentes, dando un lugar relevante a los laicos, de tal manera que, compartiendo esos planes, se dé un enriquecimiento para todas y logremos de manera más efectiva la tan anhelada pastoral de conjunto.

 

65. Otro ordenamiento propuesto en la Asamblea, que hay que tener presente, es la creación de un equipo que, a tiempo completo, se dedique a elaborar los subsidios y materiales necesarios para la formación y la implementación de los programas respectivos. Este año será decisivo lograr ese objetivo, para que no sea un factor que retrase este esfuerzo de conjunto.

 

66. Paulatinamente se irá integrando el proyecto de formación de agentes de evangelización de la Arquidiócesis de México, para el que todos deben aportar. En la diócesis, el eje central deberá ser un proyecto orgánico de formación, aprobado por el Obispo y elaborado con los organismos diocesanos competentes, teniendo en cuenta todas las fuerzas vivas de la Iglesia particular: asociaciones, servicios y movimientos, comunidades religiosas, pequeñas comunidades, comisiones de pastoral social, y diversos organismos eclesiales que ofrezcan la visión de conjunto y la convergencia de las diversas iniciativas (DA 281).

 

67. Seamos conscientes  de que estamos empeñados en una labor a largo plazo, pero que necesita que se avance de manera inmediata en las prioridades marcadas por la XIII Asamblea Diocesana. Su Documento Conclusivo es punto de partida e instrumento de trabajo para todos los involucrados y responsables de la formación.

 

68. Emprendamos este compromiso con el espíritu de renovación que nos ha sugerido Aparecida: Todos los bautizados estamos llamados a “recomenzar desde Cristo” (DA 549).

 

69. Que Santa María de Guadalupe y San Juan Diego continúen protegiendo nuestro caminar en la Ciudad, para que sean cada vez más los que acepten ser enviados como mensajeros del Señor Jesús.

 

Basílica de Guadalupe, a los 12 días del mes de enero del 2008.

 

+ Norberto Cardenal Rivera Carrera

 

 

 

 

Homilía con motivo de la

Peregrinación de la

Arquidiócesis de México

a la Basílica

enero de 2008

 

del Sr. Cardenal

+ Norberto Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

Queridos Hermanos y Hermanas:

 

1. Demos gracias a Dios que nos permite iniciar este nuevo año a los pies de nuestra Madre Santa María de Guadalupe. Es un don que debemos aquilatar cada vez más: pues contemplar la Buena Noticia encarnada en la esclava del Señor es una lección de la que siempre podemos aprender para ser mejores instrumentos del anuncio evangélico.

 

2. Saludo con afecto a todos los laicos venidos de las distintas parroquias de nuestra Arquidiócesis; también a los laicos que integran movimientos y asociaciones apostólicas, al estar aquí manifiestan su comunión con el obispo y la comunidad diocesana.

 

Hermanos y hermanas de Vida Consagrada, les reitero mi afecto y aprecio por el servicio que realizan en favor de nuestra Iglesia local; ruego al Señor nos dé su gracia para profundizar aún más en la comunión pastoral con todos ustedes.

 

Queridos Hermanos Diáconos, queridos Presbíteros, diariamente estamos en comunión de oración; hoy, delante de María de Guadalupe, renovemos nuestra comunión fraterna y nuestra opción de servicio a la Iglesia y al mundo.

 

Queridos Hermanos Obispos, les vuelvo a manifestar mi amistad en el Señor y les invito a renovar la confianza en que la acción del Espíritu Santo nos precede siempre

en la tarea de evangelización.

 

3. Como muchos hermanos en la fe, no sólo de nuestra Ciudad y de nuestra Patria, sino de muchas partes del mundo, venimos a la casita de la Señora del cielo a agradecerle su maternal intercesión y a poner en sus manos el inicio de este nuevo año de nuestra Iglesia diocesana.

 

En el momento actual la providencia de Dios nos presenta dos horizontes pastorales que nos desafían positivamente para continuar nuestra maduración como Iglesia evangelizadora:

 

dar un paso adelante en la capacidad diocesana para formar nuevos discípulos y misioneros de Cristo para la Ciudad,

y revitalizar el servicio a las familias para que nuestra pastoral habitual tenga verdaderamente esa prioridad.

4. La Palabra de Dios que hemos escuchado nos anima a unirnos en la plegaria con la confianza de que somos escuchados cuando pedimos hacer su voluntad. Hoy seguramente nos escucha, pues queremos poner en sus manos el compromiso de apoyar a todos los bautizados a descubrir y vivir su compromiso de apóstoles de Jesús. Y, también, rogarle para que nuestras acciones evangelizadoras sean un apoyo concreto a quienes son los primeros formadores en la fe, los padres de familia.

Les invito a unirnos en esta oración al Señor, desde hoy y a lo largo de todo el año. Si estamos seguros de que escucha nuestras peticiones, también lo estamos de poseer ya lo que pedimos (1 Jn 5, 15). Trabajemos con entrega teniendo esa convicción de fe en su ayuda.

 

5. En la problemática de los ambientes urbanos y en los anhelos e inquietudes de los habitantes de la Ciudad, el Espíritu del Señor nos sigue urgiendo a evangelizar. Renovemos la voluntad y el compromiso para hacer presente a Jesús y su Buena Noticia en donde vivimos. Es necesario que todo testimonio evangelizador haga aparecer a Jesucristo, nuestra esperanza. Que la alegría que busquemos sea que su voz se deje oír en nuestra Ciudad. Y nosotros somos quienes hemos sido elegidos para hacerlo presente.

 

Que el espíritu de Juan el Bautista, el que prepara el camino del Señor, ilumine nuestro testimonio e impregne nuestra espiritualidad.

 

Que en nuestras acciones pastorales podamos decir como Juan: Es necesario que Él crezca y que yo venga a menos (Jn 3,30).

 

6. Con plena confianza en la ayuda de Dios y con mayor decisión que hasta ahora, luchemos por lograr lo que el II Sínodo nos propone: promover la integración de cada

familia y de las familias entre sí; impulsar la formación, el desarrollo y la madurez de las familias; dar un acompañamiento a lo largo de las etapas de la vida familiar; acoger fraternalmente a las parejas que viven situaciones difíciles e irregulares, particularmente a los divorciados (cfr. ECUCIM 1426). Nuestras comunidades y toda la sociedad necesitan y esperan este compromiso de parte de nosotros, como Iglesia.

 

7. Llenemos de esperanza nuestra vida y nuestra tarea para que se convierta en una convicción que no se rompa con nada. Así lo ha transmitido la reflexión del Santo Padre Benedicto XVI en su carta encíclica «Spe Salvi», no sólo tener «esperanza» sino «la gran esperanza», que se apoya en que somos definitivamente amados, suceda lo que suceda. «El gran Amor me espera» y por eso nuestra vida es hermosa. Y al estar en el mundo con ésta esperanza nos hacemos capaces de llegar a muchos, de llegar a todos. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva. (cfr. Spe Salvi n. 2-3). Con esa esperanza reafirmemos nuestro caminar juntos.

 

8. Inspirados, también, por el Documento de Aparecida, robustezcamos en nuestra Arquidiócesis la conciencia misionera para salir al encuentro de quienes aún no conocen a Cristo dentro de la Ciudad. La V Conferencia, recordando el mandato de ir y de hacer discípulos (cfr. Mt 28, 20), desea despertar la Iglesia en América Latina y El Caribe para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo (DA 548). Queremos unirnos a este despertar misionero, que se expresará en forma de una Misión Continental en todas las Diócesis de América (cfr. DA. 551).

 

9. Con ese espíritu misionero renovemos nuestro compromiso para responder adecuadamente a los problemas de la sociedad de la que formamos parte. Pero también retomemos nuestra responsabilidad de salir en busca de todos los bautizados que no participan en la vida de las comunidades cristianas. (cfr. DA 168). Estas son las consecuencias del llamamiento que el Señor nos ha hecho por nuestro Bautismo y que, con su gracia, hemos aceptado por la fe. Por ello, en el programa que estamos siguiendo en nuestra Iglesia local queremos tomar muy en serio la formación de discípulos y enviados, para identificarnos con la vida y la misión del Maestro.

 

10. Cristo Jesús es nuestra esperanza, y el encuentro con Él genera el seguimiento cristiano y la misión de la Iglesia. Queremos entender la formación de discípulos y misioneros como un acompañamiento que apoya al bautizado a introducirse en la práctica de la vida cristiana. Porque el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida (Spe Salvi n. 2).

 

11. Ahí radica también la importancia de fortalecer a la familia como lugar inicial de formación, pues es el lugar primario de humanización de la persona y de la sociedad, la cuna de la vida y del amor (Benedicto XVI, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, n. 2).

 

Es providencial que el Encuentro Mundial de las Familias lo recibamos en nuestra Ciudad Arquidiócesis. Los convoco a que nos preparemos con la oración y con la reflexión. Este acontecimiento debe ser fermento para nuevos frutos a favor de la familia en nuestra Iglesia local.

 

12. Sepamos enriquecer nuestro caminar pastoral con la reflexión de los Obispos de América Latina en Aparecida. El Documento conclusivo de la V CELAM ha venido a confirmar nuestra opción misionera en la Ciudad y nos impulsa con nuevas luces para continuar y mejorar el itinerario formativo de nuestros Agentes de Evangelización para que respondan al aquí y ahora de nuestra realidad. Para ser más fuertes en nuestra acción pastoral y para ser testigos de la unidad que el Señor quiere para su Iglesia, unámonos en la realización de nuestro proyecto arquidiocesano. Con este propósito hoy entrego a todos ustedes mi Orientación Pastoral para el presente año. Quiera Dios hacer de todo esto un servicio para seguir con docilidad las voces de su Espíritu.

 

13. Con la Iglesia de América Latina, también nosotros creemos y esperamos en que es posible construir un ambiente más humano y respetuoso de la vida y unas comunidades cristianas más participativas y comprometidas en la evangelización.

 

Para alcanzar esa esperanza estemos dispuestos a madurar como testigos del Señor que vive entre nosotros. Todos necesitamos de formación cuando se trata de seguir a Jesús al servicio del Reino de vida, justicia, paz y amor.

 

Con el ejemplo de sencillez de María, les invito a que recomencemos desde Cristo, Él es la presencia que nos renueva para seguir adelante.

 

12 enero 2008