ORIENTACIONES PASTORALES

2007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AGENTES DE EVANGELIZACIÓN

EN MISIÓN PERMANENTE

 

 

Cómo convertirnos en discípulos y misioneros de Jesús en la Ciudad de México

 

Orientaciones Pastorales 2007

 

CONTENIDO

 

INTRODUCCIÓN [1-4]

 

I. FIRMEZA PARA CONTINUAR NUESTRA TAREA [5-25]

 

Mirando hacia delante. Necesidad de la planeación (6-11)

Reflexión, acción y evaluación pastoral (12-16)

En sintonía con la Iglesia universal (17-20)

Un nuevo impulso a la pastoral diocesana (21-25)

 

II. COMO DISCÍPULOS DE JESUCRISTO, RENOVEMOS NUESTRA IDENTIDAD CRISTIANA [26-51]

 

Cristiano quien es llamado por Jesús y le da su respuesta (26-37)

Seguir a Cristo aquí, ahora, en medio de nuestra sociedad (38-43)

El que vive el Evangelio es cristiano e Iglesia (44-51)

 

III. DISCÍPULOS EN COMUNIÓN ECLESIAL PARA LA MISIÓN PERMANENTE [52-69]

 

Dignidad bautismal y compromiso con la Misión (57-61)

Misión permanente, nuestra práctica pastoral habitual (62-69)

 

IV. DISCÍPULOS PARA LA MISIÓN. NUESTRO HORIZONTE ECLESIAL FUTURO [70-93]

 

Proceso evangelizador, camino para la Misión (74-79)

Retomar nuestras prioridades pastorales (80-93)

 

CONCLUSIÓN [94-99]

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo;

él vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos

en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria

y hasta los extremos de la tierra.

Hch 1, 8

 

1. El tercer milenio avanza rápidamente y pronto estaremos completando su primera década. Los habitantes de la ciudad de México están viviendo el siglo XXI con gran apertura al cambio social y con una conciencia crítica creciente. La complejidad de los retos se ha ido convirtiendo en el principal incentivo que impulsa la conciencia ciudadana, el ambiente democrático y la búsqueda de justicia social.

 

2. El paso de madurez en que estamos empeñados todos los habitantes de esta gran ciudad, nos apremia de una manera singular a quienes somos bautizados y miembros de la Iglesia por el don gratuito de Dios Padre. A la luz de la fe, los anhelos profundos de la comunidad humana que habita esta urbe son voz del Espíritu que nos pide un salto de calidad en nuestra práctica cristiana.

 

3. Para apresurar el paso al ritmo que el Espíritu nos está manifestando, quiero invitarles a vivir una etapa en la que pongamos especial atención en la reflexión y acción pastorales. Sabiendo que es Jesús quien nos invita a seguirle, enfrentemos con valentía los desafíos que la ciudad nos presenta y saquemos las consecuencias para la vida de nuestra Iglesia diocesana, teniendo presente que hemos recibido la encomienda de testimoniar el Evangelio a todos sus habitantes.

 

4. Concreticemos ese propósito siguiendo el espíritu de la XII Asamblea Diocesana: centrar nuestros esfuerzos en fortalecer la conciencia de ser discípulos y en desarrollar la capacidad apostólica de nuestra vocación bautismal.

 

I. FIRMEZA PARA CONTINUAR NUESTRA TAREA

 

…estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza

a todo el que les pida explicaciones.

Háganlo, sin embargo, con sencillez y respeto…

1 Pe 3, 15-16

 

5. Invito a toda la Iglesia Diocesana a que vivamos una nueva etapa en nuestro caminar pastoral como lo hemos hecho en otros momentos. En ocasiones anteriores, la programación a mediano plazo ha representado períodos de renovación alentadora para el conjunto de nuestra Iglesia local. Vivimos esa experiencia con motivo de la preparación y celebración del Jubileo de la Encarnación (cf. Hacia el Plan Pastoral de la Arquidiócesis de México. 1997-2000). Con esa misma perspectiva presenté las orientaciones pastorales para los años 2001 y 2002, el objetivo era consolidar la pastoral misionera como nuestra labor habitual (cf. La Misión Permanente en nuestra Iglesia local y Consolidar el Proceso Misionero).

 

Mirando hacia delante. Necesidad de la planeación

 

6. Con esa visión, les propongo ahora esta nueva etapa de impulso a la pastoral de conjunto. Desde 1993, cuando la Comunidad Diocesana recibió el Decreto General del II Sínodo, inició la implementación del nuevo proyecto misionero para la Ciudad de México. Profundizando en esa dirección en la que el Espíritu nos precede, abramos el horizonte de nuestro caminar hacia el año 2013 en que se cumplirán 20 años del II Sínodo.

 

7. El objetivo será la formación de los agentes de evangelización y su compromiso apostólico, para poder orientar nuestra tarea pastoral de manera más eficaz hacia los destinatarios prioritarios de nuestra Ciudad. Esta etapa constará de dos períodos de tres años cada una con una especial evaluación al culminarlos. Uno, considerando los años 2007 al 2009 y otro del 2010 al 2012. El año 2013 será el momento para realizar una amplia consulta dentro y fuera del ambiente eclesial a fin de proyectar las prioridades de una nueva etapa.

 

8. Este programa general permitirá señalar metas intermedias para avanzar de manera paulatina y firme en lo que es la "columna vertebral" de nuestro proyecto evangelizador: la pastoral misionera para inculturar el Evangelio en los ambientes de nuestra Ciudad. Quiero pedirles a todos los responsables de las distintas instancias pastorales de la Arquidiócesis que, sin romper la continuidad de sus tareas específicas, revisen la consonancia de sus programas con el espíritu y los lineamientos aquí expresados, con una gran disposición de incrementar la comunión y coordinación pastoral arquidiocesana.

 

9. A la Vicaría General de Pastoral le he encomendado que desarrolle y presente los objetivos parciales y los programas que concreticen estas orientaciones, así como la manera de darles seguimiento y realizar la evaluación respectiva. La estrategia que debemos favorecer es llevar adelante la descentralización efectiva de las tareas pastorales fortaleciendo la unidad arquidiocesana en todas las instancias de coordinación.

 

10. El signo que nos dirá si vamos en la dirección correcta será la multiplicación significativa de la participación en la planeación y ejecución de los programas concretos, especialmente de miembros de sectores ahora ausentes en la organización eclesial y que son representantes de las nuevas generaciones y líderes naturales en su contexto.

 

11. Darnos un horizonte que permita programas y estrategias a mediano y largo plazo favorecerá que en todos los niveles podamos asimilar algunos criterios comunes de planeación pastoral básica. Más que técnica de planeación, busquemos desarrollar la sensibilidad para captar lo que el Espíritu va gestando lentamente en el corazón de nuestras comunidades. Este es un objetivo prioritario y urgente porque responde a la voz de los bautizados comprometidos que constantemente escuchamos y que siguen alertando sobre el escaso espíritu eclesial de los pastores y coordinadores para respetar, apreciar, alentar y darle continuidad a la maduración de los bautizados: en la fe, en su integración a la comunidad y en asumir un compromiso de servicio.

 

Reflexión, acción y evaluación pastoral

 

12. También, esta etapa se debe caracterizar por una reflexión pastoral profunda y sistemática, de tal forma que consolidemos el cimiento de nuestra vocación cristiana y de nuestra vocación eclesial. El contenido de la reflexión tendrá como centro la espiritualidad de la Iglesia, que es una sola, se funda en el bautismo y es alimentada por la Palabra de Dios y los sacramentos, aún cuando sea vivida de modo diverso según la gracia y situación en la que el Señor ha querido a cada uno de sus hijos.

 

13. Tener enfrente una etapa de reflexión y acción pastoral significa, por tanto, una oportunidad de crecer en la conciencia de ser Iglesia. La Iglesia de la Ciudad de México está encarnada en cada parroquia, en cada grupo, en cada organización y movimiento apostólico y en cada cristiano comprometido en vivir su fe. La Iglesia son los bautizados y el potencial de la Iglesia es hacerse presente en la ciudad en el testimonio de cada bautizado.

 

14. Otro objetivo importante es continuar aprendiendo a evaluar nuestros alcances evangelizadores. Se trata de descubrir los tiempos de evaluación como momentos de gracia para escuchar la voz del Espíritu que nos habla en nuestra comunidad eclesial y en nuestro entorno urbano. El resultado de la escucha se ilumina con el Evangelio, para tener presente que la fuerza o la debilidad de una comunidad cristiana no se mide por la cantidad de actividades o por el número de grupos sino por las actitudes fraternas y de servicio.

 

15. Apropiarse de esa dinámica nos permitirá profundizar en nuestra capacidad de escucha, de revisión y de proyección. Así, por ejemplo, podremos aprovechar más plenamente acontecimientos eclesiales como la Visita Pastoral, para dinamizar el trabajo habitual de nuestras comunidades. Y también la Asamblea Diocesana, ocasión importante para pulsar el momento de nuestra Iglesia Local en todos los niveles de coordinación pastoral. Esa voz permite al Obispo marcar las prioridades y orientar la continuidad del plan diocesano.

 

16. Ahora, con estas orientaciones, les estoy proponiendo un itinerario para ponernos más decididamente en la dirección de promover, mediante la experiencia de la vida cristiana como discipulado, el compromiso apostólico de los bautizados. Esta propuesta surge como fruto de nuestra experiencia pastoral postsinodal, de los signos de los tiempos que se están manifestando en nuestra ciudad, de la XII Asamblea Diocesana, y del contexto eclesial continental y universal del cual formamos parte.

 

En sintonía con la Iglesia universal

 

17. En el contexto eclesial más amplio se reúnen circunstancias providenciales que debemos aprovechar para impulsar el camino pastoral de nuestra Iglesia local. El ambiente de reflexión al que hemos sido convocados con el inicio de la preparación a la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, y su tema: "Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida", está siendo ya una gran ocasión de enriquecimiento.

 

18. El trabajo que nos preparó a la realización de la reciente Asamblea Diocesana, así como la consulta para aportar al documento de participación de la V CELAM, nos puso en consonancia temática con las Iglesias hermanas de Latinoamérica y favoreció un clima de reflexión entre muchos de los agentes de evangelización de nuestra Arquidiócesis.

 

19. El primer período propuesto, del año 2007 al 2009, tendrá una motivación significativa con la celebración del Encuentro Mundial para la Familia que se celebrará en la Arquidiócesis de México. Esta será una oportunidad providencial para preguntarnos sobre las prioridades sinodales que aún no han impactado significativamente nuestros esfuerzos pastorales. Es la ocasión para escuchar a las familias y también a los jóvenes desde la base de nuestras comunidades, organizaciones y movimientos apostólicos. Su voz es indispensable para que nuestra pastoral parta de la realidad que se vive en la Ciudad.

 

20. También, al cumplirse aniversarios significativos para la reflexión contemporánea sobre la evangelización, especialmente los 40 años del Concilio Vaticano II y los 30 años de la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi de Pablo VI, por el camino que nosotros hemos recorrido, tenemos una ocasión para aquilatar la iluminación fundamental del II Sínodo Diocesano de la Ciudad de México.

 

Un nuevo impulso a la pastoral diocesana

 

21. Así, esta nueva etapa del caminar diocesano propone una atención sistemática e integral a la formación de los diversos Agentes evangelizadores. Para apoyar la realización de ese objetivo, les invito a impulsar una reflexión pastoral constante, que motive a todos a expresar sus inquietudes y a involucrarse en la definición del paso siguiente. También, una mentalidad de planeación que se distinga por dar continuidad y visión de futuro a las tareas presentes. De esa manera, todos los Agentes se irán compenetrando más con su vocación de discípulos de Jesús y con la tarea evangelizadora que nos corresponde realizar en la Ciudad.

 

22. Este impulso a la pastoral de conjunto requiere de una profunda espiritualidad del seguimiento de Jesús, como fundamento de todos nuestros esfuerzos eclesiales. Señalarnos esta etapa de trabajo en común es ocasión para renovar la esperanza y el entusiasmo como discípulos que experimentan una alegría profunda en su corazón porque el Señor vuelve a enviarlos a evangelizar.

 

23. Exhorto, pues, a todos los miembros de la Comunidad Arquidiocesana a renovar nuestro propósito de ser una Iglesia evangelizadora. No perdamos esa ruta, dejemos que el impulso del Espíritu de Jesús nos guíe. Afinemos nuestras prioridades pastorales y trabajemos cotidianamente con visión de futuro. Así se puede concretizar la esperanza que nos alienta a convertirnos en una comunidad de bautizados capaz de dar razón de su fe en el lugar donde el Señor nos ha colocado.

 

24. Ante un panorama cambiante y complejo como el actual, la virtud de la esperanza está sometida a dura prueba en la comunidad de los creyentes. Por eso mismo hemos de ser apóstoles esperanzados, que confían con alegría en las promesas de Dios. Él nunca abandona a su pueblo, sino que lo llama a conversión para que su Reino se haga realidad. Reino de Dios quiere decir no sólo que Dios existe y vive, sino que está presente y actúa en el mundo. Es la realidad más íntima y decisiva en cada acto de la vida humana, en cada momento de la historia. El diseño y realización de los programas pastorales deben reflejar, pues, esta confianza en la presencia amorosa de Dios en el mundo (VAL, Discurso 23-09-2005).

 

25. Sepamos vivir este momento de la historia que nos toca: ¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace 2000 años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos… (NMI n. 58).

 

 

 

II. COMO DISCÍPULOS DE JESUCRISTO, RENOVEMOS NUESTRA IDENTIDAD CRISTIANA

 

Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres.

Ellos dejaron inmediatamente las redes y lo siguieron.

Mc 1, 17-18

 

Cristiano, quien es llamado por Jesús y le da su respuesta

 

26. Para continuar la actualización del proyecto pastoral surgido del II Sínodo diocesano, tomemos la iniciación cristiana como inspiración del camino evangelizador en esta Iglesia particular. Partamos de una afirmación vital: el misterio de nuestra identidad está en Dios: antes de formarte en el vientre te conocí; antes que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones (Jr 1, 5). Esto quiere decir que antes que cualquier mediación histórica de la propia vocación en la Iglesia y en la sociedad está el conocimiento, la consagración y la constitución con que nos ha plasmado el amor de Dios.

 

27. Una segunda gracia que recibimos, generalmente antes de tener conciencia, es el ser presentados ante la Iglesia y la sociedad, como hijos de Dios.

 

28. De estas dos gracias tendría que seguir un reconocimiento de parte nuestra: lo que somos en este momento es sólo por la misericordia de Dios. La vocación en la que cada creyente de la ciudad de México se está desarrollando tiene esta base.

 

29. Jesucristo sigue vivo y camina en esta Arquidiócesis, pidiendo que descubramos su presencia y pongamos atención a su llamada para seguirlo como discípulos suyos.

 

30. El proyecto misionero en la Arquidiócesis de México, caracterizado como estado de misión permanente nos lleva a considerar la iniciación cristiana como un camino permanente de revitalización para quienes hemos aceptado nuestra identidad de hijos de Dios y nuestra participación en la obra evangelizadora de la Iglesia.

 

31. Dar razón de nuestra fe nos convierte en instrumentos del Señor. Después de aceptar su invitación, Vengan conmigo, comenzamos a seguir sus huellas y, con ello, una senda más llena de vida. Jesús viene a hacer germinar con un sentido de plenitud los dones que el Padre ya nos había dado. El Espíritu impulsa al creyente a adoptar un estilo de vida que se distingue por la entrega, la esperanza y las actitudes de amor.

 

32. Una de las singularidades del Dios que se revela en Cristo es que el primer paso siempre lo da Él. La iniciativa es suya y su motivación es el amor. Esto permite ver que la fe cristiana es don y respuesta, que en el Evangelio se concretiza en una llamada a seguir un camino de entrega por amor. Así, creer en Jesucristo es seguirle. El seguimiento comporta entablar una relación personal con Jesús y la voluntad de encarnar los valores del evangelio en la propia vida. De esta manera, la fe cristiana es la adhesión libre y personal a Jesucristo, que se ha revelado como el Dios—con—nosotros, el Dios encarnado.

 

33. El cristiano es elegido y llamado por puro amor, al recibir el bautismo se celebra y explicita su vocación, misma que será reafirmada y madurada en la confirmación y alimentada en la eucaristía. Quien vive la iniciación cristiana se convierte en alguien que tiene la capacidad para llegar a ser hijo de Dios (cf. Jn 1,12). Está llamado, también, a hacer suya aquella misión que Jesús mismo anunció en Nazaret: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos… (Lc 4,18).

 

34. Es la inserción en Cristo por medio de la fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera que origina la nueva condición del cristiano en el misterio de la Iglesia, la que constituye su más profunda 'fisonomía', la que está a la base de todas las vocaciones y del dinamismo de la vida cristiana… En Cristo Jesús, muerto y resucitado, el bautismo llega a ser una "nueva creación" (Gál 6,15; 2Cor 5,17) una creación purificada del pecado y purificada por la gracia (ChL n. 9).

 

35. La vocación bautismal es una consagración que el mismo Espíritu realiza en la persona del cristiano. El Espíritu 'unge' al bautizado, le imprime un sello indeleble (cf. 2Cor 1,21-22) y lo constituye en templo espiritual; es decir, le llena de la santa presencia de Dios gracias a la unión y conformación con Cristo (ChL n. 13).

 

36. Quien quiere mantenerse como discípulo tiene necesidad de continuar madurando su condición de creyente, renunciar a poner el fundamento de la propia vida en sí mismo y a querer realizarla con los propios recursos. La actitud del creyente va creciendo hacia una confianza incondicional hacia el Maestro. En la práctica significa una relación estrecha e indisoluble, entre conocer y encontrarse con Dios y la capacidad de conmoverse y decidirse a servir con amor a sus semejantes.

 

37. Así el cristiano "interpreta" su vocación, para hacer actual y significativo el mensaje cristiano en lo que vive y donde esté. El testimonio cristiano produce un efecto de humanidad, que es un signo comprensible universalmente. El cristiano se implica en la situación de sus semejantes, haciéndolo se convierte en testigo del Crucificado que ahora está Vivo, es el Resucitado. Cuando el cristiano asume esa actitud de encarnación, la Buena Noticia es proclamada al alcance de todos. Es en ese sentido que hoy seguimos necesitando testigos para que el Evangelio sea proclamado en el lenguaje que todo ser humano comprende.

 

Seguir a Cristo aquí, ahora, en medio de nuestra sociedad

 

38. En esa actitud de encarnación redescubrimos nuestra vocación cristiana. El cristiano mantiene viva la memoria de Cristo, no siendo un simple narrador exacto de su enseñanza, sino por ser una persona comprometida con la humanidad, causa que defiende Jesús hasta dar la vida por ella.

 

39. La reflexión de la Iglesia sobre la evangelización, que es su razón de ser, siempre ha tenido abundantes frutos para afirmar su identidad y aprender a revisar sus avances y carencias. En la perseverancia para ser fiel a su vocación, cada cristiano y todo el Pueblo de Dios deben mantenerse atentos a la comunidad humana donde el Señor los ha insertado.

 

40. Ya en 1965, en la clausura del Concilio, el Papa Pablo VI había expresado: Tal vez nunca como en esta ocasión ha sentido la Iglesia la necesidad de conocer, acercarse, penetrar, servir y evangelizar a la sociedad que le rodea, y de seguirla, por decirlo así, de alcanzarla en su rápido y continuo cambio.

 

41. Después, a diez años de distancia, el mismo Papa reconoce que las condiciones de la sociedad y las exigencias del Concilio, inducían a buscar por todos los medios el modo de llevar al hombre moderno el mensaje cristiano. Identifica la evangelización como la "misión esencial" de la Iglesia: …una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo… (Declaración final del Sínodo de 1974 n. 14).

 

42. Debemos cuidar no reducir la evangelización a alguno de sus elementos para que no resulte una definición parcial o fragmentaria. La Evangelii Nuntiandi dice que: Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: He aquí que hago nuevas todas las cosas (Ap 21,5; cf. 2Cor 5,17; Gál 6,19) (n.18).

 

43. Para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación" (EN n. 19). Porque la ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo (Idem. n. 20).

 

El que vive el Evangelio es cristiano e Iglesia

 

44. Hay que advertir que la evangelización no es unidireccional, la Iglesia que evangeliza es a su vez evangelizada e interpelada permanentemente, por el Evangelio que anuncia y al que ha de servir, por la humanidad a la que ha de evangelizar y por los signos de los tiempos. Este es un reconocimiento que tiene implicaciones en la valoración de las culturas, tema central en el II Sínodo Diocesano.

 

45. La Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescura, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio. El Concilio Vaticano lo ha recordado y el Sínodo de 1974 tocó insistentemente este tema de la Iglesia que se evangeliza a través de una conversión y una renovación constantes, para evangelizar al mundo de manera creíble. (cf. EN n. 15).

 

46. Redescubrimos nuestra vocación cristiana cuando vivimos personalmente el proceso evangelizador, que es como una rueda que gira y nos impulsa hacia delante, pues sus etapas se alimentan entre sí: recibimos el anuncio de la Buena Noticia, lo aceptamos en nuestra vida, lo ponemos en práctica y lo compartimos con nuestros hermanos.

 

47. Aunque ya seamos bautizados e incluso estemos comprometidos en el anuncio del Evangelio, escuchar nuevamente la Buena Noticia: la Palabra se hizo carne y puso sus morada entre nosotros (Jn 1,14), revitaliza nuestra fe y purifica lo que haya en nuestra vida de anti-evangelio.

 

48. La aceptación del Evangelio es la segunda etapa del proceso: … el anuncio no adquiere toda su dimensión más que cuando es escuchado, aceptado, asimilado y cuando hace nacer en quien lo ha recibido una adhesión de corazón (EN n. 23). Sin aceptación no hay evangelización eficaz y realizada. El Evangelio sólo es aceptado de verdad cuando es descubierto y asumido como camino de realización. Quien no lo acepta como tal, difícilmente podrá hacer suya la propuesta de vida que hace el Evangelio de Jesús.

 

49. Preguntarnos sobre nuestra propia aceptación del Evangelio es algo indispensable, sobre todo porque nos encontramos hoy con el hecho de que las nuevas generaciones muchas veces no rechazan el Evangelio de Jesús, sino la vida de los cristianos cuando niega el Evangelio que dicen anunciar. No debemos olvidar que, especialmente en el ámbito de la evangelización, las obras clarifican y certifican las palabras.

 

50. El tercer aspecto, quizá el más decisivo de la evangelización, es la práctica del Evangelio. Es la meta de toda evangelización. Se trata de vivir el Reino de Dios y sus valores en forma consciente y coherente. Según esto, cualquier acción acorde con el Evangelio es ya evangelización. Y, cuando esa práctica es consciente, entonces tenemos un cristiano que ha madurado su discipulado y se va convirtiendo en apóstol.

 

51. Ser discípulo de Cristo conlleva un aprendizaje constante. Lo recibido se va haciendo consciente en una experiencia de profunda alegría y gratitud. Entre más se profundiza esa experiencia, más se convierte el Evangelio en la guía de la propia vida. El que se ha convertido a Jesús descubre que después de orientar sus pasos detrás de quien lo llama, viene el "cada día" (cf. Lc 9,23) como reto de entrega cada vez mayor.

 

 

 

III. DISCÍPULOS EN COMUNIÓN ECLESIAL PARA LA MISIÓN PERMANENTE

 

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos.

El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él,

produce mucho fruto;

porque sin mí no pueden hacer nada.

Jn 15, 5

 

52. La dignidad que se deriva del bautismo recibido constituye a cada bautizado en hijo de Dios y, al mismo tiempo, en miembro del Cuerpo de Cristo. En un solo Espíritu hemos sido bautizados, para no formar más que un cuerpo (1 Cor 12,13). Llegar a ser creyente y constituir una comunidad (cf. Hech 2,44) son cosas que van inseparablemente unidas.

 

53. Somos miembros vivos del Cuerpo de Cristo, también piedras vivas del edificio que es la Iglesia. En ambas figuras hablamos de una realidad donde sus partes están vivas y participan vitalmente del ser que se forma en común, que va siendo ensamblado por la acción silenciosa del Espíritu.

 

54. Entendiendo así a la Iglesia, como un ser vivo formado por numerosos miembros, la corresponsabilidad, la participación y la diversidad de carismas que maduran en servicios a favor del bien común, son actividades necesarias para que la comunión a la que están llamados los cristianos se vaya gestando paulatinamente. Para lograr esto es necesario atender la exhortación: Tengan, pues, unos con otros, los mismos sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús (Flp 2, 5).

 

55. La identidad de la Iglesia evangelizadora está fundada en la dignidad bautismal. La elección que el Señor hace de sus discípulos lleva consigo la intención del envío a la misión evangelizadora, que se ejerce en comunión eclesial responsable y fraterna.

 

56. Evangelizar no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial. La evangelización es don para todos y todos han de ser evangelizadores.

 

Dignidad bautismal y compromiso con la Misión

 

57. Esa es la misma meta en que estamos empeñados en nuestra Iglesia local. El II Sínodo Diocesano enfocó este propósito con la finalidad de que nuestra pastoral se fuera modelando paulatinamente en una acción eclesial misionera, capaz de iniciar en la fe con sentido catecumenal, acompañar el camino de maduración de los bautizados para que se integren a la comunidad como miembros activos y desempeñen su compromiso cristiano donde estén insertos, como testigos de la Buena Noticia, como luz de Dios en la Ciudad.

 

58. Desde esa visión, tendríamos que apreciar el proceso pastoral reciente de nuestra Iglesia arquidiocesana como una "memoria viva" porque la guía del Espíritu se ha manifestado presente. El camino que hemos realizado en estos trece años ha hecho ver el contraste entre nuestros alcances pastorales y los desafíos que nos presenta la evangelización de la Ciudad de México.

 

59. Reconocer que, en gran medida, la misión evangelizadora que nos corresponde está aún por realizarse no nos debe asustar. Todo lo contrario, en este caminar el Espíritu nos va orientando para que seamos capaces de responder, cada vez con más certeza y compromiso, qué significa evangelizar en la Ciudad de México.

 

60. Inculturar el Evangelio es el reto, las actitudes de testimonio, diálogo y encarnación son la estrategia que abre el horizonte. Practicando esas actitudes, la comunidad creyente se va apropiando la capacidad de evangelizar. En ese sentido, todo lo vivido es útil de cara al futuro porque en cada esfuerzo ha estado presente el impulso del Espíritu y la respuesta generosa de muchos bautizados que desean convertirse en apóstoles de la fe.

 

61. La conciencia de ser discípulos debe seguir madurando en nuestras comunidades. Para lograrlo, es un instrumento eficaz implementar en nuestra pastoral habitual todos los momentos del proceso evangelizador. El apoyo mutuo que se sigan proporcionando las comunidades y grupos que comparten vecindad física, de carisma o de apostolado, nos hará avanzar cualitativamente.

 

Misión permanente, nuestra práctica pastoral habitual

 

62. Para muchas comunidades que realizaron la etapa misionera con motivo del Jubileo 2000, o en los años siguientes, y no supieron cómo dar el siguiente paso, quedándose en la pregunta ¿y ahora qué sigue?, es necesaria su apertura al enriquecimiento que otras comunidades les pueden brindar. Ese espíritu de comunión eclesial nos permitirá evolucionar de "las misiones" a la Misión.

 

63. Esta práctica pastoral misionera se hará habitual y eficaz en nuestras comunidades cuando sea cíclica, progresiva y permanente. Estas características hablan de la continuidad con que se deben realizar los momentos del proceso evangelizador y, sobre todo, de la conciencia de toda la comunidad creyente para acompañar a las personas que están viviendo ese camino de encuentro con Cristo. De esta manera, en nuestro proyecto pastoral diocesano, la tarea fundamental de las comunidades la podemos denominar proceso evangelizador misionero y comunitario.

 

64. Cada momento del proceso evangelizador genera la necesidad del siguiente paso, no con la simplicidad de la unión entre eslabones de una cadena, sino con la correspondencia que necesita la relación con una persona, pues lo que está de por medio es nuestro encuentro personal con Jesús. Su amor misericordioso, su elección y su llamada a seguirlo, pide una respuesta entusiasta y cada vez más entregada.

 

65. Para que se despierte ese amor en el corazón de los llamados y le respondan a Jesús, a la comunidad cristiana le corresponde acompañar la obra del Espíritu con su testimonio de fe. Éste se inicia con el primer anuncio, que se hace explícito en la catequesis, en los sacramentos y en la caridad, hasta llegar al servicio apostólico. Así el ciclo del testimonio no se detiene porque la comunidad cristiana se siente motivada por el deseo del Padre que quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2, 4).

 

66. La experiencia de cada vocación cristiana, por el carácter personal e irrepetible del encuentro con Cristo, hace que el ciclo evangelizador tenga siempre originalidad. Su secuencia, intensifica progresivamente la cercanía y el compromiso del discípulo con Jesús. En esa adhesión paulatina influye la acción del Espíritu, el apoyo de la comunidad creyente y la perseverancia de quien se ha encaminado en la senda de Jesús.

 

67. El carácter permanente del proceso evangelizador reconoce a la Ciudad como lugar de misión. La necesidad del anuncio de la Buena Noticia nos lleva a considerar que la tarea apenas está iniciándose. Consideramos la realidad de la Ciudad como signo del Espíritu y optamos como Iglesia local por privilegiar la opción misionera en nuestro proyecto pastoral.

 

68. La Misión es la razón de ser para la Iglesia, realizarla construye la comunión entre los discípulos de Cristo y, también, madura el sentido de universalidad y de servicio a la humanidad que debe motivar a los cristianos más allá de su Iglesia local.

 

69. Cuando en nuestra Arquidiócesis decimos "Misión permanente" estamos expresando el objetivo de poner en el centro de nuestra tarea pastoral ordinaria el proceso evangelizador, con sentido misionero y de índole catecumenal, teniendo como medios privilegiados el testimonio y el diálogo, para encarnar en la cultura urbana la Buena Noticia de Jesús.

 

 

 

IV. DISCÍPULOS PARA LA MISIÓN. NUESTRO HORIZONTE ECLESIAL FUTURO

 

Como el Padre me ha enviado, yo también los envío a ustedes.

Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo.

Jn 20, 21-22

 

70. Miremos nuestro horizonte futuro con gran confianza porque el principal Agente de Evangelización es el Espíritu Santo, es quien abre brecha y encabeza la realización de la Misión que el Padre encomendó a su Hijo Jesús, quien a su vez envió a sus discípulos para continuarla, prometiéndoles que les enviaría un Consolador. La acción del Espíritu, que sopla donde quiere, rebasa los límites jurisdiccionales y pastorales de la Iglesia, marcando rutas inéditas por donde ésta habrá que transitar con profunda espiritualidad para llevar la Buena Noticia donde está ausente.

 

71. Para que seamos Iglesia evangelizadora, los bautizados debemos reconocernos como discípulos, es decir, seguidores de Jesús; así, madurando nuestra opción, perseverando en seguir sus pasos, el Señor nos enviará por medio de la comunidad, convirtiéndonos en apóstoles para insertarnos como levadura, sal y luz en los ambientes de la Ciudad.

 

72. El inicio del camino postsinodal estuvo centrado en la preocupación de cómo llegar a los alejados. El proyecto misionero propuesto por el Sínodo respondió a la situación existente en la Ciudad. Era necesario preguntarnos sobre aquellos que se mantenían al margen del influjo del Evangelio.

 

73. Antes, nuestra experiencia eran los eventos misioneros extraordinarios que tenían como finalidad motivar a las personas a recibir los sacramentos y, más recientemente, también a unirse en pequeñas comunidades de reflexión. Uno de los frutos del impulso del Sínodo fue la "recuperación" de la etapa misionera para nuestra acción evangelizadora.

 

Proceso evangelizador, camino para la Misión

 

74. Ahora, hemos ido asumiendo la propuesta de la Misión en su sentido de proceso evangelizador, es decir, una tarea de siembra y cultivo que necesita atención continuada para que la semilla de la fe pueda madurar, germinar, crecer y desarrollarse hasta dar fruto. La comunidad creyente debe realizar esta tarea atenta y cuidadosa con cada persona que el Señor llama.

 

75. Ahí ha radicado la importancia de reconocer a la etapa misionera como parte del proceso evangelizador. El ejercicio concreto de misión intensiva, que hemos puesto en práctica, anunciando el Evangelio y llamando a la conversión a Jesús (cf. DGC n. 61), ha renovado el entusiasmo misionero en muchos agentes de evangelización. También nos ha permitido identificar con mayor claridad, la necesidad de proponer a los bautizados no evangelizados un itinerario de reiniciación cristiana, estructurada con sentido catecumenal.

 

76. Así mismo, para darle continuidad a la etapa misionera, es necesario comprender y valorar el sentido de la catequesis como fundamentación de la primera adhesión a Jesucristo, transmitida como experiencia viva del Evangelio, como formación para la vida cristiana y, por tanto, que inicia en el discipulado e incorpora a la comunidad al que se ha convertido, para que viva, celebre y testimonie la fe (cf. DGC 63.66.68). Por tanto, la finalidad de la catequesis hace que sea la etapa del proceso evangelizador que permite profundizar la intimidad con Jesucristo y la comunión con la Iglesia (cf. DGC 80), siendo necesaria para las distintos momentos de la vida del discípulo.

 

77. Y, también, reconocer el proceso evangelizador en su conjunto, ha logrado que aumente la conciencia de la necesidad del servicio apostólico, sin el cual no se muestra plenamente las consecuencias del Evangelio que se ha aceptado y que se quiere vivir cotidianamente, colaborando en la edificación del Reino de Dios.

 

78. Colocando al proceso evangelizador como eje del proyecto diocesano, en nuestra Iglesia local poco a poco van surgiendo y evolucionando los ministerios y servicios fundamentales, para que seamos capaces de comunicar el Evangelio en la Ciudad.

 

79. Pero el Sínodo no sólo habló de los alejados, también presentó como destinatarios prioritarios a los jóvenes, a las familias y a los pobres. Cada uno de estos destinatarios representan un punto de proyección específico para la acción evangelizadora de nuestro caminar futuro.

 

Retomar nuestras prioridades pastorales

 

80. Para que así suceda, comencemos por escuchar sus necesidades y anhelos. Siguiendo la reflexión sinodal, busquemos una mayor cercanía con los jóvenes y las familias, en especial con quienes viven en la pobreza y están alejados del Evangelio. Abramos nuestra atención no sólo a la base de nuestras comunidades y grupos, sino a todos los miembros de la sociedad urbana, sobre todo si no tienen relación con nuestro ambiente eclesial.

 

81. La actitud de escucha no es un simple recurso sociológico, sino una forma de poner en práctica el testimonio, el diálogo y la actitud de encarnación como medios de evangelización. Al mismo tiempo que actualizamos nuestro conocimiento directo de la realidad urbana, vamos afinando la sensibilidad para reconocer la riqueza de todas las personas que actúan a favor de la dignidad del ser humano y buscan el bien común. Ahí tenemos el terreno que el Espíritu ha estado preparando para la semilla del Evangelio.

 

82. Especialmente con los jóvenes debemos procurar esa cercanía que permita a la comunidad eclesial vibrar con sus expectativas y sueños, así como compartir sus sufrimientos y carencias. Identificadas con la cultura de hoy, las generaciones jóvenes son un reto para la Iglesia que quiere ser evangelizadora porque nos obliga a revisar nuestras mentalidades, actitudes y conductas para aprender a dialogar y a construir a partir de la realidad de quienes no conocen a Jesús.

 

83. En ese sentido, la orientación que el Santo Padre Benedicto XVI nos dio a los Obispos de México, con motivo de la última Visita Ad Limina Apostolorum, resulta muy oportuna para clarificar nuestras tareas diocesanas prioritarias, comenzando por el objetivo de poner especial atención en la formación de los Agentes. Al respecto, el Papa nos expresó que el reto pastoral que enfrentamos requiere una formación integral, en todos los ámbitos de la Iglesia, que ayude a cada fiel a vivir el Evangelio en las diversas dimensiones de la vida. Sólo así se puede dar razón de la propia esperanza (VAL, Discurso 08-09-2005).

 

84. Ante el ambiente social donde predomina el pluralismo cultural y religioso, corrientes de pensamiento que excluyen a Dios de la vida del hombre y que son causa de desorientación y del alejamiento de muchos de la comunidad eclesial, el Papa recomienda acompañar a los jóvenes y convocarlos con entusiasmo para que, integrados de nuevo a la comunidad eclesial, asuman el compromiso de transformar la sociedad como exigencia fundamental del seguimiento de Cristo (VAL, Discurso 08-09-2005).

 

85. Este criterio tendría que orientar nuestro programa de formación de Agentes, especialmente en el caso de las nuevas generaciones, para comprender la inculturación del Evangelio en la Ciudad con toda su amplitud. Así, la maduración de los discípulos en apóstoles significará en la Ciudad de México un verdadero envío de los bautizados a los ambientes seculares de la urbe.

 

86. El Papa continúa diciendo cómo asumir el desafío de acompañar a los jóvenes: Ellos, con sus preguntas e inquietudes y también con la alegría de su fe, siguen siendo para nosotros un estímulo en nuestro ministerio. En muchos de ellos existe el falso concepto de que comprometerse o tomar decisiones definitivas hace perder la libertad. Conviene recordarles, en cambio, que el hombre se hace libre cuando se compromete incondicionalmente con la verdad y el bien. Sólo así es posible encontrar un sentido a la vida y construir algo grande y duradero si tienen a Jesucristo como centro de su existencia (VAL, Discurso 29-09-2005).

 

87. También acerca de las familias la palabra del Papa nos ayuda a retomar una de nuestras prioridades pastorales: Asimismo, las familias requieren un acompañamiento adecuado para poder descubrir y vivir su dimensión de "iglesia doméstica". El padre y la madre necesitan recibir una formación que les ayude a ser los "primeros evangelizadores" de sus hijos; sólo así podrán realizarse como la primera escuela de la vida y de la fe (VAL, Discurso 08-09-2005).

 

88. Nuestra pastoral familiar puede tomar ese cauce de identidad y de crecimiento, con la intención de motivar y apoyar a todos los padres de familia, especialmente a los más sencillos por su instrucción o condición. De tal manera que conscientes de la encomienda que les ha dado el Padre de todos, experimenten entusiasmo por hacerse capaces de ser los primeros en comunicar el amor de Dios a sus hijos.

 

89. Sobre la realidad de pobreza en las grandes ciudades como la nuestra, el Papa reflexiona sobre las distintas clases sociales existentes a las que se debe dar atención pastoral sin discriminación. En ese contexto, pide que se atienda prioritariamente a quienes se encuentran en situación de gran pobreza, soledad o marginación, así como a los hermanos que emigran del ambiente rural al urbano (cf. VAL, Discurso 23-09-2005).

 

90. Quisiera recordarles la invitación que he hecho en años anteriores, para que todas las comunidades procuraran tener como objetivo la práctica de la caridad. Los graves contrastes de pobreza que encontramos cotidianamente en la Ciudad nos desafían a que nuestra pastoral de la caridad vaya complementando sus expresiones, para que junto a las acciones asistenciales comiencen a surgir programas de promoción humana. Cobrará un impulso especial esta pastoral cuando tengamos la madurez de unir fuerzas y recursos con las múltiples organizaciones humanitarias que trabajan a favor de los pobres. En ese ámbito que promueve la solidaridad con los más pobres, nuestro testimonio fraterno y de fe debe estar presente con mayor fuerza.

 

91. Cuando confrontamos nuestra vida de bautizados y de Iglesia con la realidad de la Ciudad de México, el valor de su gente y su compleja problemática, nos damos cuenta que el Señor, a través del signo de nuestra ciudad, nos está pidiendo mucho más. El desafío pastoral que nos presentan las situaciones concretas es providencial para que impulsemos nuestro caminar: La sociedad actual cuestiona y observa a la Iglesia, exigiendo coherencia e intrepidez en la fe. Signos visibles de credibilidad serán el testimonio de vida, la unidad de los creyentes, el servicio a los pobres y la incansable promoción de su dignidad. En la tarea de evangelizadora hay que ser creativos, siempre en fidelidad a la Tradición de la Iglesia y de su magisterio (VAL, Discurso 08-09-2005).

 

92. Retomar las prioridades pastorales que nos hemos marcado con actitud de esperanza, nos pide a todos los bautizados de esta Arquidiócesis una voluntad de renovación en nuestra vocación cristiana, profundidad en nuestro encuentro con Cristo y en la comunión entre nosotros. Nuestro rostro de Iglesia debe purificarse constantemente para lograr transparentar el de Cristo.

 

93. Asumamos que la Encarnación de Jesús nos marca un camino de búsqueda para transmitir un mensaje inculturado por medio del diálogo y de la cercanía con los habitantes de la ciudad. La fuerza y la alegría que nos comunica el Resucitado debe llenarnos de confianza para emprender las tareas en donde nos sentimos pequeños y débiles.

 

CONCLUSIÓN

 

94. Demos gracias al Señor por la riqueza de dones y carismas presentes en nuestra Iglesia Diocesana. El Pueblo de Dios que peregrina en la Ciudad de México está llamado a promover una mayor participación y corresponsabilidad de todos sus miembros, sobre todo de los fieles laicos, pues tenemos una responsabilidad de testimonio eclesial que va más allá de la jurisdicción arquidiocesana.

 

95. Mucho podemos avanzar en nuestra capacidad para acoger, acompañar, comprender y escuchar. Sólo miremos la actitud del Buen Pastor y nos daremos cuenta de que muchos hermanos y hermanas podrían encontrar el camino hacia el Señor Jesús, si aprendemos sus actitudes para recibir a todos.

 

96. Aspiremos a ser una comunidad llena de misericordia, que la preocupación por los necesitados sea lo que nos mueva a una mayor eficacia pastoral. Si buscamos la cercanía con los marginados y los que sufren, nadie se sentirá lejano de aceptar al Señor.

 

97. Sigamos adelante, la Misión que el Señor nos ha encomendado debe traducirse en compromisos concretos, que cada uno tome para seguir al Señor y para unirnos como familia en la fe. Cada día estamos siendo enviados en medio de la Ciudad. En donde estemos y lo que hagamos es oportunidad de hacer presente el Evangelio.

 

98. Que el amor maternal de María de Guadalupe y su mensaje de inculturación del Evangelio nos enseñen el camino, para que nuestra Iglesia Diocesana muestre también un rostro materno a todos los que se sientan necesitados y rechazados. Que seamos capaces de comunicar la esperanza que nos ha traído nuestra Madre del cielo.

 

99. Como fue la experiencia de san Juan Diego, el Señor es capaz de convertirnos en sus mensajeros en la Ciudad. No tengamos miedo de poner nuestra sencillez a su servicio.

 

13 enero 2007

 

 

 

 

 

 

Homilía del

Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera,

con motivo de la peregrinación de la

Arquidiócesis de México a la Basílica de Guadalupe

 

 

 

Hermanos y Hermanas en Cristo Jesús:

 

Ha resonado nuevamente la voz del Señor Jesús convocando a sus discípulos. Al pasar vio a Mateo y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió. Es la misma llamada que ha penetrado en nosotros como espada de dos filos, llegando hasta lo más íntimo de nuestra persona, hasta la médula de nuestros huesos, como dice este día la Palabra de Dios. Nosotros también seguimos respondiendo a esa llamada y por eso estamos aquí reunidos como Iglesia.

 

Venir en peregrinación al encuentro de nuestra Madre, María de Guadalupe, es un signo que habla de nuestra realidad de Pueblo de Dios que camina guiado por las huellas de Jesús. Ser seguidores de Jesús es un don precioso que debemos aquilatar y desarrollar.

 

Hace dos mil años el Señor Jesús comenzó a llamar a los que quiso para que le siguieran. Hoy, entre nosotros, continúa haciéndolo. De muchas y distintas maneras el Señor sigue hablando al corazón de quienes elige para descubrirles nuevos caminos, una nueva vida.

 

Este mismo cerro del Tepeyac hace 475 años fue testigo de otra llamada. En esa ocasión el amor maternal de María fue el medio para que la elección de Dios se manifestara al corazón de uno de los hijos de esta tierra. Juan Diego, Juandieguito, escuchó el que había sido elegido. Esa palabra que penetró su corazón cambió la vida de Juan Diego y lo convirtió en enviado. ¡Cuántos y cuántas han recibido y siguen recibiendo el auxilio del amor de Dios a través de la solicitud maternal de María! La respuesta de Juan Diego a la llamada proveniente del Dios por quien se vive, sigue dando abundantes frutos, que sólo se explican con la fuerza de Dios.

 

Así es la vocación de todo cristiano. El Señor elige a cada uno sólo por amor, nos llama por nuestro nombre, es decir, nos habla de manera especial, para que vayamos entendiendo que su amor se manifiesta de forma personal. Quiere mostrarnos que la encomienda de amor que tiene para nosotros, la necesitan y esperan muchos de nuestros semejantes. Nuestro "sí" para seguirlo y para aceptar ser enviados, nos hace partícipes de su Misión Redentora sin merecerlo.

 

Miremos en el relato del Evangelio cómo la vocación de Mateo está en el mismo contexto de la afirmación de Jesús: no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Esa es la historia de los discípulos de Jesús, esa es nuestra historia. El Señor, Palabra Viva, nos conoce, pues descubre los pensamientos e intenciones del corazón. Sin embargo, insiste en llamarnos, a pesar de nuestra pequeñez.

 

Ese don gratuito que recibimos en el bautismo es un proyecto de transformación interior que el Señor Jesús quiere realizar en nosotros por medio de su Espíritu para que podamos ser instrumentos de su misericordia y de su amor. Es ésta experiencia de encuentro con el amor de Dios lo que nos capacita. Es lo único que puede convertirnos en apóstoles de Jesús.

 

Tengamos presente que nuestra respuesta es indispensable para que la obra de Dios se realice en nosotros. Cada cristiano es el primer responsable de su propia vocación. Los principales medios a los que debemos acudir para alimentar y hacer crecer nuestra intimidad con Jesucristo son: la mesa de la Palabra de Dios, la mesa de la Eucaristía, el encuentro fraterno en la comunidad creyente y el servicio de la caridad hacia todos nuestros semejantes.

 

En el desarrollo del bautizado, el apoyo de la familia cristiana, la "pequeña Iglesia", resulta insustituible para que la conciencia de fe pueda germinar y se den las primeras experiencias de encuentro con el amor de Dios. Allí, los padres de familia son los primeros colaboradores del Señor mediante el ambiente de amor, de fe y de caridad que logren crear en su propio hogar.

 

Es claro que como Iglesia local tenemos una gran responsabilidad para poner al alcance de los bautizados los medios que les permitan profundizar en su vocación y puedan convertirse en piedras vivas del edificio que el Señor va construyendo. Es tarea de la Comunidad en su conjunto, acompañar a cada bautizado a descubrir y vivir su propia vocación y misión. Eso significa ayudar a que crezca la conciencia de lo que el Espíritu está realizando y quiere realizar en su propia persona y en el mundo. Abrir este horizonte a cada bautizado permite que maduremos como Iglesia evangelizadora.

 

Para llevar la Buena Noticia de Jesús a nuestra ciudad, es de especial importancia que la formación de los bautizados tome en cuenta su crecimiento como miembros de la Iglesia y como ciudadanos de la sociedad en que estamos insertos, pues estas realidades no deben ser dos vidas paralelas. Debemos ser capaces de vivir de tal forma nuestra fe en la cotidianidad urbana, que cada bautizado comprenda que su misión debe realizarla donde el Señor lo ha colocado. De esta manera, en la vida de la familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de las diversas expresiones culturales en la ciudad, siempre habrá bautizados que encarnen los valores evangélicos.

 

Iniciando este nuevo año y motivados por el fruto que el Señor ha producido en la sencillez de Juan Diego, quiero invitarlos a renovar nuestra respuesta de discípulos de Jesús en la Ciudad de México. El Señor quiere que seamos cada día sus enviados.

 

Para responder como Iglesia diocesana que desea ser más capaz de anunciar el Evangelio en la Ciudad de México, les invito a dar un paso adelante poniendo especial énfasis en la formación de los agentes de evangelización. A partir de esta fecha, les propongo que iniciemos una etapa de seis años, de tal manera que podamos definir metas y programas que mejoren substancialmente la formación básica, la específica y la permanente de todos los que quieren o están colaborando en la tarea de evangelización. Esta etapa pastoral tendrá un momento especial de evaluación al cumplirse veinte años de la entrega del Decreto General del II Sínodo Diocesano, en el año 2013.

 

Exhorto a todos los fieles laicos a responsabilizarse de su propia vocación y de su necesaria formación. Los signos del Espíritu que se manifiestan en la dinámica social nos exigen que todas las facetas de nuestra vida estén compenetradas por la fe en Cristo. Despertemos con mayor fuerza el deseo de participar en la obra del Señor en nuestra Ciudad. Él nos llama a estar comprometidos en esa tarea.

 

Con gran confianza, llamo a todos nuestros Hermanos y Hermanas de Vida Consagrada a sentirse parte importante en este proyecto. Sus carismas y su capacidad en la formación para la evangelización han sido, y será en el futuro, un gran apoyo para muchos bautizados de nuestra Iglesia local. Fomentemos el diálogo de colaboración para fortalecer este servicio que tenemos en común.

 

Animo a mis hermanos Presbíteros a profundizar la importancia que tiene su presencia en medio de nuestras comunidades para convocar y acompañar el crecimiento de todos los fieles, para que así puedan madurar como discípulos y misioneros de Jesús. Tengan presente que su palabra, su interés y, sobre todo, su testimonio de entrega, suelen ser definitivos en la motivación y en la respuesta de las personas que el Espíritu va integrando en la Comunidad creyente. Consideren que la participación de los bautizados en la misión evangelizadora es nuestro objetivo primordial como Iglesia local. Tengamos la certeza de que ese es el camino para hacer más eficaz nuestra labor pastoral.

 

Les pido a mis Hermanos Obispos que nos comprometamos con gran entusiasmo en este propósito de ayudar a madurar la vocación cristiana y la capacidad apostólica de todos los bautizados. Nos corresponde fortalecer la unidad con el Presbiterio y con nuestros Hermanos y Hermanas de Vida Consagrada, junto a una mayor cercanía con todos los agentes laicos. Alimentemos un ambiente de oración y de reflexión pastoral para que todos sientan suyo el proyecto diocesano. Impulsemos la corresponsabilidad y la coordinación que permitan compartir las experiencias y programas a favor de la tarea común.

 

El Espíritu, que el Señor Jesús ha enviado a su Iglesia, es nuestra fuerza en este camino.

 

Pongamos a los pies de María de Guadalupe nuestros propósitos. Ella nos ayudará a comprender el significado de ser enviados en medio de nuestra Ciudad.

 

13 de enero de 2007