ORIENTACIONES PASTORALES

2006

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PROCESO EVANGELIZADOR

COMO SEGUIMIENTO DE JESÚS

 

Orientaciones Pastorales 2006

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

CAPÍTULO I

 

EL PROCESO EVANGELIZADOR, CAMINO DEL DISCÍPULO

En los comienzos del discipulado — Ser discípulo como María

Los Doce y el seguimiento de Cristo

Llegar a ser cristiano

Discípulos en comunión eclesial

Discípulos para la misión

Proceso evangelizador que debe recorrer cada agente misionero

Ministerios al servicio de la misión

 

CAPÍTULO II

 

EL SEGUIMIENTO DE JESÚS Y LA PARTICIPACIÓN EN LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO

Pastoral social y proceso evangelizador

El testimonio de Jesús y la trasformación de la sociedad

Pastoral social como testimonio del discípulo de Jesucristo

Formación de agentes y estructuras para la pastoral social

 

CAPÍTULO III

 

LA EUCARISTÍA, PAN COMPARTIDO

Ideal evangélico de la primitiva comunidad

Celebración dominical de la Eucaristía, constructora de la comunidad

Compartir los bienes, expresión de comunión

Nueva imagen de parroquia

Formación de agentes para el testimonio de la caridad

 

CAPÍTULO IV

 

MARÍA DE GUADALUPE, EVANGELIZADORA DEL ANÁHUAC

El acontecimiento guadalupano, ejemplo de evangelización inculturada

Testigos inculturados

Medios de evangelización inculturada

María, signo de unidad inculturada

 

CONCLUSIÓN

 

INTRODUCCIÓN

 

1. La redención del creado fue el proyecto que Jesús cumplió, recorriendo su itinerario salvífico de encarnación, anuncio del reino, pasión muerte y resurrección. Al asumir nuestra naturaleza humana, sembró el germen de renovación de cuanto existe en las culturas. Si bien amplios sectores de la sociedad hoy viven como si Dios no existiera, ufanos de los progresos científicos y técnicos, la Iglesia siente la necesidad de continuar proclamando, por todos los rincones del planeta, que todo cuanto existe tiene su principio y su fin en Dios.

 

2. La herencia del Evangelio debe ser proclamada en modo tal, que la escuchen todas las personas de buena voluntad, con el derecho y la obligación de participar en la humanización de las realidades sociales, lo cual significará colocar a la persona humana como destinatario prioritario del desarrollo y del progreso.

 

3. Pero la misma persona tiene el derecho y la obligación de orientar cuanto diga en relación con lo social hacia la gloria del Padre creador, del Hijo redentor y del Espíritu santificador. Este horizonte de esperanza debe ser trabajado a través de la así llamada dimensión socio-caritativa de la presencia del cristiano en el mundo.

 

4. Hermanas y hermanos en Cristo, quiero presentar a la comunidad arquidiocesana la urgencia de injertarnos en el proceso evangelizador que implica el seguimiento de Jesús, y lo hago a través del presente documento. Conocerlo en sus distintas etapas, promoverlo a través de compromisos concretos será la tarea a la que los estoy convocando.

 

5. Mucho nos ayuda la feliz coincidencia de estar en los umbrales de la V Asamblea Plenaria del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, convocada por S. S. Benedicto XVI, para ser celebrada en el 2007. En sintonía con el latir pastoral de estas iglesias particulares, la Arquidiócesis de México continúa cumpliendo su encomienda de poner en contacto con Cristo vivo a todos los habitantes del Valle de Anáhuac, para despertar en cada uno de ellos el deseo de ser discípulo de Jesucristo el Señor.

 

6. ¡Qué experiencia ser su discípulo! En una visión de fe contemplo a sus Apóstoles, ya en la alegría del reino. A tantas santas y santos alrededor del trono del Cordero, con sus vestiduras más blancas que la nieve, porque fueron purificados de sus pecados y transformados por el Espíritu del Resucitado.

 

7. Pero contemplo también, en una visión de esperanza, a tantas y tantos evangelizadores que hoy día, en distintos campos del quehacer social y de la pastoral parroquial y arquidiocesana, dan testimonio de que Jesucristo está vivo y sigue llamando a otros hermanos a su seguimiento, porque la familia todavía no está completamente reunida.

 

8. Y coronando a esta muchedumbre, cuyo número no puede ser contado, contemplo a la Tonantzin y Señora, mi muchachita del Tepeyac, tan bella como la luna y hermosa como el sol, que de un modo único siguió a su Hijo, del cual recibió la corona como Reina de cielos y tierra. Confío en que, bajo su amparo, actualizaremos las exigencias de la Misión permanente para el 2006, fecha en que festejaremos jubilosamente el 475 aniversario de su manifestación a san Juan Diego, en la colina del Tepeyac.

 

9. Año con año resuenan los ecos de la voz de la comunidad arquidiocesana, a través de sus representantes por mí convocados, para seguir impulsando juntos el camino evangelizador trazado a partir del II Sínodo diocesano. He querido que la XI Asamblea, apenas celebrada en noviembre de 2005, tomara el tema de la pastoral social como dimensión esencial de la evangelización, que revitalice nuestro caminar misionero.

 

10. En la espera de que el Papa Benedicto XVI entregue a la Iglesia la exhortación que recoja las propuestas del Sínodo sobre la Eucaristía, quienes formamos parte de esta gran Iglesia particular de la Arquidiócesis de México, continuamos concretizando nuestro caminar evangelizador, teniendo como centro y culminación la Eucaristía.

 

11. Finalmente, confío en que el contenido del presente Documento será un punto de referencia que prepare y acompañe la próxima visita pastoral que me propongo realizar, comenzando en este año jubilar guadalupano.

 

 

 

CAPÍTULO I

 

EL PROCESO EVANGELIZADOR,

CAMINO DEL DISCÍPULO

 

 

En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido

Lc 24, 14

 

En los comienzos del discipulado — Ser discípulo como María

 

12. La historia del Testamento nuevo de Dios para la humanidad se abre con el testimonio de una mujer, María de Nazaret. Con ella el Espíritu inicia el camino de formación que todavía hoy siguen recorriendo los discípulos de Jesús. En efecto, bajo la acción del Espíritu Santo, María refleja todas las características de quien es discípulo según el corazón de Dios: es la mujer de la Encarnación y del ministerio del Hijo; es la señora del misterio pascual del Redentor; es la virgen orante que acompañó el momento de la Iglesia en Pentecostés; es la madre que sigue mostrando a Jesús a todos los moradores del Anáhuac y más allá.

 

13. Elegida desde la eternidad para ser santa e inmaculada en presencia de Dios, en diálogo de fe escuchó atentamente la voz del Padre y la aceptó con amor; con obediencia de corazón se abandonó a la voluntad divina y selló un pacto de disponibilidad sin límites para actuar dentro del proyecto de salvación. Agraciada por el Padre, cooperó para que la semilla del Espíritu Santo fuera tomando cuerpo dentro de ella. Y habiendo formado en su corazón y en su vientre el fruto bendito, lo dio a luz y comenzó un camino de compartir el don recibido de lo alto.

 

14. Con su Esposo José fue maestra de Jesús en la infancia. Siguió el camino evangelizador de su Hijo hasta las últimas consecuencias, uniéndose a él en la pasión, muerte y resurrección. Asociada por Dios para participar en la redención de la humanidad, fue convertida en mujer eucarística al ofrecer su sacrificio unido al del Hijo.

 

15. Y así como amó a su Hijo, amó también a los que su Hijo había amado y elegido para enviarlos como sus apóstoles. Con ellos se mantuvo unida en la oración y en la espera amorosa del cumplimiento de la promesa del envío del Espíritu Santo.

 

16. Esta mujer, convertida en madre de los hermanos de su Hijo, desde el Tepeyac nos enseña a encontrar a Jesucristo, a convertirnos a él y a ser los discípulos evangelizadores que el Padre quiere enviar a México Tenochtitlan.

 

Los Doce y el seguimiento de Cristo

 

17. Los Evangelios dan testimonio de que Jesús llamó a los que él quiso y los invitó a vivir con él y como él, iniciando así un proceso formativo de quienes serían las columnas de los continuadores de su obra evangelizadora, después de su ascensión gloriosa a los cielos y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

 

18. Los escogidos eran gente sencilla de la comarca, dedicados a trabajos para el sostenimiento de una casa o de una familia. Por lo mismo, el itinerario para educarlos como discípulos en la fe y en el apostolado iba a ser lento, laborioso y muy exigente, pues tenía que abarcar toda la existencia de cada uno y capacitarlos para algo totalmente nuevo, que iría más allá de la cultura y los confines judíos.

 

19. Por ello importaba mucho la relación cercana y constante. Paulatinamente Jesús la fue realizando con ellos y los inició en el relacionamiento con él y entre ellos mismos. Queriéndolos educar a través de la acción, hizo que lo acompañaran en sus recorridos por los distintos lugares a donde iba evangelizando. Además, dado que la misión futura exigiría saberse adaptar a los diversos auditorios, los llevó consigo para que comprobaran la acción del Espíritu, manifestada en los milagros y signos, y para que aprendieran los diversos métodos que usaba en la transmisión de los contenidos del evangelio a las distintas personas y sectores de la población. Esta relación proporcionaba a los discípulos elementos formativos en cuanto iban viendo, oyendo y tocando, tanto del maestro mismo como de los ambientes, sectores y personas por él visitados.

 

20. También los quería hombres de Dios. Por lo mismo los fue adentrando repetidamente en los misterios del reino, junto con el pueblo, y explicándoselos en privado para que entendieran su alcance. Les enseñó a invocar a Dios como Padre y el modo como hacerlo; a retirarse en lo secreto para hablar con él, sintiéndose hijos amados; les pidió que velaran y oraran con él, para saber cómo enfrentar las tentaciones y superarlas.

 

21. La personalidad del discípulo debía integrar hábitos y disposiciones para el recto modo de proceder. Por lo mismo los fue iniciando en el mundo de las virtudes como la mansedumbre, la humildad, la prudencia, la astucia, la confianza en el Espíritu Santo, la servicialidad, la caridad. A la enseñanza teórica, unía las experiencias misioneras, que luego eran evaluadas y convertidas en oportunidad para continuar el aprendizaje.

 

22. En medio de la confusión provocada por la diversidad de intereses en los grupos políticos y religiosos, las interpretaciones de las escuelas de los maestros de la ley, las normas que regulaban la vida diaria, les llevó a la simplificación profunda de la ley, con el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

 

23. Junto con la admiración que provocaba en ellos y en el pueblo, pronto aparecieron los riesgos del privilegio de andar con el Maestro y las ambiciones humanas. Aparecieron, pues, las rivalidades y se enojaron entre ellos; si por un lado manifestaban una visión humana de su experiencia, por otro lado emitían declaraciones que expresaban fidelidad o confesión de fe; el miedo se mezclaba con la alegría de reconocerlo; confiaban en él, pero deseaban una recompensa tangible. A la dureza de corazón y lentitud de los discípulos para entender, el Maestro respondía con la corrección, los llevaba a descansar con él y les anunciaba que también él pasaría por pruebas mayores que las que le habían visto enfrentar.

 

24. Pasado el tiempo, las confidencias habidas entre ellos desembocaron en algo nuevo: ya no sólo eran sus discípulos, sino que también los convirtió en sus amigos, lo cual sería de vital importancia para cuando comenzaran a ser sus colaboradores inmediatos y los responsables visibles de extender el reino hacia todas las naciones.

 

25. La culminación del proceso formativo de los futuros misioneros se llevó a cabo en la experiencia pascual. A partir de la cena de despedida, entre la tristeza y la esperanza, Jesús los condujo a las entrañas del amor de quien se inmola para el perdón de los pecados y para la salvación de todos. Con su ejemplo les enseñaba el modo y el contenido de lo que ellos mismos tendrían que poner en práctica: el "hagan esto en conmemoración mía" significaría tanto el celebrar el memorial de la Pascua de Cristo, como el que cada uno de ellos tendría que tomar libremente la propia cruz, cargarla y dar la vida por los demás a ejemplo del Señor.

 

26. Pero no todo terminaba allí. Como hombres de esperanza, tenían necesidad de alguien que les ayudara a interpretar el sentido y a conservar la memoria de cuanto habían vivido con el Maestro. Lo exigía la responsabilidad que tendrían de salir a evangelizar por todos los rincones de la tierra, convirtiéndose así, por voluntad del Maestro, en las columnas de la comunidad de los creyentes en el resucitado, o sea, la Iglesia.

 

27. Pentecostés fue el cumplimiento de la promesa de Jesús, de enviarles un Abogado Consolador: el Espíritu Santo se posó sobre cada uno de ellos, los ungió como lo había hecho con el Hijo, les ayudó a recordar todo lo que Jesús les había enseñado y los lanzó, con renovados bríos, a la misión de continuar el servicio evangelizador en bien de sus nuevos hermanos. Y junto con ellos, estaba María, la Madre del Señor.

 

28. Uniendo estas dos experiencias de discipulado, la de María, Madre del Hijo de Dios y la experiencia eclesial de los Doce, encontramos el punto central de referencia para nuestra vocación y para la vocación de quien quiera llegar a ser discípulo de Jesús y colaborador suyo en la obra evangelizadora en la Arquidiócesis de México.

 

Llegar a ser cristiano

 

29. La Tradición viva de la Iglesia nos enseña que, desde los tiempos apostólicos, el llegar a ser discípulo se realiza mediante un itinerario de iniciación cristiana que comporta varias etapas esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el Bautismo, la efusión del Espíritu Santo y el acceso a la comunión eucarística.

 

30. La próxima reunión de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano a celebrarse el 2007, en el santuario brasileño de Ntra. Sra. Aparecida, nos ofrece la pauta para que en el 2006 sigamos viviendo el proceso de la Misión permanente, ahora en sintonía con dicho acontecimiento eclesial. En este contexto entendemos que la participación en el proceso evangelizador que vive nuestra Iglesia particular debe ser reafirmada bajo la dimensión de ser discípulos de Jesucristo.

 

31. Como discípulos de Jesucristo, cada quien se acepta como alguien que ha recibido la gracia de escuchar el llamado de Dios, de contemplar su presencia misteriosa en el Verbo hecho carne, de participar a los demás la vida encontrada y de vivir siguiendo las huellas marcadas por quien ha querido ser nuestro hermano y salvador.

 

32. La comunión de vida y de misión que día a día vamos formando, será un don que desembocará en la gracia de la amistad con el Señor. Esta amistad implica aprender el nuevo estilo de vivir y de trabajar ofrecido por Jesús: amar a quien él ama, tener sus mismos sentimientos, actuar como él actuaba, anunciar lo que él anunció, vivir toda la vida como servicio y participar en sus mismos sufrimientos llevando la propia cruz. Experimentando la estrecha amistad de Cristo y con la ayuda de su gracia, avanzaremos como discípulos suyos por el camino de santidad, por el cual madura nuestra identidad y misión, con la conciencia cierta de ser peregrinos en este mundo y ciudadanos del cielo.

 

33. La comunión de vida y de misión se hace sacramento, siendo la Eucaristía la síntesis del movimiento circular entre los discípulos y el Maestro. En el sacramento de la Pascua de Cristo admiramos su presencia, nos instruye cuando nos explica las Escrituras, nos enseña a vivir conforme a la voluntad del Padre con la confianza de hijos adoptivos. En la experiencia sacramental el discípulo encuentra la presencia y la acción salvadora del Señor, y con ella la fuerza para vivir con fidelidad el seguimiento y para realizar con entusiasmo la misión confiada.

 

34. La comunión de vida entre Jesús y sus discípulos es tan importante que, cuando los miembros del pueblo de Dios se encuentran con cualquiera de nosotros, sus evangelizadores, lo que quieren experimentar es que se hallan ante discípulos del resucitado, que actuamos con la disposición de servir, como lo hizo nuestro Maestro y Señor (cf. Jn 13, 13-17) y con la transparencia de nuestra relación con el Maestro y Pastor, del cual seguimos siendo discípulos.

 

35. Esta dimensión de servicio al estilo de Jesús y de actuar siempre como sus discípulos debe ser una constante en la formación de los candidatos al sacerdocio y al diaconado y en la formación permanente de los presbíteros, miembros de la vida consagrada y laicos.

 

Discípulos en comunión eclesial

 

36. Comunión de vida con Cristo y comunión entre los discípulos de Cristo son dos gracias que crecen al participar en la misión del redentor en nuestras comunidades parroquiales, ambientes y sectores de la ciudad.

 

37. La dimensión eclesial de la comunión entre el Maestro y sus discípulos, viene presentada con una rica gama de contenidos en la oración que Jesús dirigió a su Padre. En ella, los discípulos van compartiendo la vida eterna en varias etapas: conocer al Padre y a su enviado Jesucristo; recibir y aceptar las enseñanzas impartidas; ser objeto del cuidado divino mientras peregrinan por el mundo; participar de la plenitud de la alegría del Señor al ser santificados en la verdad y enviados como misioneros para el mundo; ser dignos del amor del Padre y del Hijo que crea la comunión entre los hijos de Dios y entre éstos y Dios Trinidad; participar de la bienaventuranza eterna.

 

38. Ahora bien, para llevar a cabo la maduración del discípulo en el seguimiento de Jesús se requieren comunidades eclesiales menores que trabajen progresivamente en ser casa y escuela de comunión y solidariedad. De ahí que el discípulo que quiera formarse como evangelizador, normalmente necesita formar parte de una comunidad unida, sacramento de comunión con Dios y entre los hermanos. En este ambiente el discípulo madura su vocación cristiana y descubre la riqueza y la gracia que encierra ser miembro de la Iglesia católica.

 

39. También en nuestro tiempo debe ser algo distintivo de los discípulos el encuentro plural de los creyentes para celebrar la pascua del Señor en la Asamblea litúrgica dominical. La Liturgia santa nos lleva a entrar en contacto vivo con Cristo Palabra y a comulgar con su Cuerpo y su Sangre; a celebrar los acontecimientos centrales de la salvación durante el año litúrgico y en diversas fiestas marianas y de los santos. Así, iluminados y fortalecidos por él, somos enviados como misioneros al encuentro con los hermanos para anunciarles la experiencia de salvación en Jesucristo y para colaborar orgánicamente en la construcción de una sociedad capitalina basada en el amor, la justicia y la paz.

 

40. La tarea de construir la comunión eclesial, para que la Iglesia arquidiocesana crezca como "casa y escuela de comunión", se realiza de un modo solidario a través de diversos ministerios, carismas y servicios. Recordemos que todos los ministerios y todos los carismas, incluso los más sencillos, están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de las personas y a responder a las necesidades de la sociedad.

 

41. Puntualizando la participación de los discípulos en la edificación de la Iglesia, tengamos presente que se necesita la colaboración de todos y una adecuada animación, coordinación y conducción pastoral, sobre todo de los sucesores de los apóstoles.

 

42. Por su parte, el presbítero recuerde que su identidad y misión se fundan en el encuentro con Jesucristo vivo y en su seguimiento como discípulo suyo, se desarrolla en la vivencia de comunión presbiteral con el Obispo y se proyecta en la caridad pastoral. Por eso, el presbítero deberá profundizar el camino espiritual como discípulo y misionero de Jesucristo, para poder configurar su vida cada vez más al estilo y a las características del Señor y Maestro, que lavó los pies a sus discípulos (cf. Jn 13, 12-15). Esa escuela eucarística es la fuente permanente y la cumbre hacia la que tiende el ministerio y la vida del presbítero y donde es capacitado para vivir y actuar como discípulo y misionero de Jesús.

 

43. En el camino del discipulado los miembros de la vida consagrada, con la diversidad de los carismas de sus institutos religiosos, han recibido una especial vocación a la comunión, a la santidad y a la misión en esta Iglesia particular. Sin embargo, todavía estamos lejos de ser un reflejo verdadero de la unidad que ha querido el Señor entre sus discípulos. Por lo tanto, urge la tarea de colaborar en la construcción de la Iglesia como casa y escuela de comunión, para ser testimonios de la nueva evangelización y fermento del Evangelio en nuestra ciudad. Sigue siendo de gran inspiración el itinerario que trazó el Papa Juan Pablo II en su carta a los religiosos de América Latina: a) seguir en la vanguardia misma de la predicación, dando siempre testimonio del Evangelio de la salvación; b) evangelizar a partir de una profunda experiencia de Dios; c) mantener vivos los carismas de los fundadores; d) evangelizar en estrecha colaboración con los obispos, sacerdotes y laicos, dando ejemplo de renovada comunión; e) estar en la vanguardia de la evangelización de las culturas; f) responder a la necesidad de evangelizar más allá de nuestras fronteras (Cf. Juan Pablo II, Los Caminos del Evangelio, 29 de junio de 1990 n. 24-28; Documento de Santo Domingo n. 91)

 

44. Para llevar a cabo esa tarea se requieren proyectos de formación exigentes y diferenciados que ahonden en el misterio de comunión y misión de la Iglesia. A partir de la común vocación a la santidad de todos los bautizados, es necesario también plantear proyectos de formación para todos: obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y laicos.

 

45. En la historia pasada y presente de nuestra Iglesia van surgiendo diversos movimientos y organizaciones laicales con itinerarios y etapas propios para la iniciación cristiana y el seguimiento de Jesucristo en santidad de vida. Estos itinerarios son valiosos para muchos cristianos porque los encaminan hacia el encuentro con Jesucristo vivo y les ayudan a vivir la comunión y a descubrir su vocación y misión en la Iglesia y en la sociedad. Estos caminos de evangelización y de santidad nos llevarán a la madurez apostólica si son expresión de comunión orgánica en torno al plan pastoral de la Iglesia diocesana.

 

Discípulos para la misión

 

46. La experiencia de cercanía y conversión que vive el discípulo de Jesucristo al encontrarse con él en la comunión de la Iglesia, lo prepara para dar testimonio ante quienes han sido bautizados, pero no tienen la experiencia gozosa de la vida en Cristo, de la riqueza de la fe, la esperanza y la caridad cristianas. También lo impulsa a salir al encuentro de quienes tienen sed de Dios y no conocen su rostro. La experiencia de la vida nueva en Cristo hace que nos duela profundamente la orfandad y la soledad de quienes no lo conocen. Por ello, nuestra vocación es esencialmente misionera.

 

47. Encontrarse con Jesús y ser misionero suyo prepara al discípulo a acercarse a los diversos ambientes de gran densidad familiar, de hacinamiento y de graves desarraigos familiares y culturales con métodos de nueva cercanía y atención pastoral.

 

48. Especial atención merecen los grupos que animan y deciden la dirección en materias de educación, de economía, de trabajo, de arte, de comunicaciones y de política: los así llamados "constructores de la sociedad". Son sobre todo estos laicos quienes están llamados a desechar estructuras marcadas por el pecado y a trabajar por un nuevo orden social más justo, equitativo e incluyente. Sin embargo, frecuentemente se comprueba en ellos el divorcio entre las convicciones de fe cristiana que profesan y la puesta en práctica de los respectivos valores evangélicos en los campos que gestionan. El discípulo se compromete, con coherencia de vida y de acción, a luchar por la transformación del sistema político, económico, laboral, cultural y social que propicia la miseria espiritual y material en muchos habitantes de nuestra ciudad.

 

49. En diversos ambientes de la ciudad existe una resistencia a mirar de frente el misterio de la cruz de Cristo en la vida propia y ajena. Demasiados sufrimientos rodean a las personas como cadena de maldición que se busca romper. Por lo mismo la tendencia es huir del dolor y tratar de ignorar la muerte como algo sin sentido. Ante esta realidad, el discípulo de Jesús está llamado a vivir y proponer el valor redentor de unir los propios sufrimientos a la cruz de Cristo. Así evidencia delante de los ojos de sus contemporáneos que la vida verdadera pasa necesariamente por la pasión, muerte y resurrección.

 

Proceso evangelizador que debe recorrer cada agente misionero

 

50. Lo que hemos venido haciendo en el proceso evangelizador con sentido misionero ha sido la expresión de nuestra identidad como discípulos de Jesucristo. Cierto que hasta el presente hemos concentrado la insistencia en el aspecto de ser evangelizadores; ahora buscamos reforzar la dimensión de discípulos, viviendo nosotros mismos el camino propuesto para los así llamados destinatarios de la misión.

 

51. Ello implicará, en primer lugar, que así como hemos tenido la experiencia de proclamar el kerigma o primer anuncio para convocar a la comunión con Cristo vivo, también hagamos parte de nuestro proceso de educación en la fe, los contenidos de este kerigma, en modo tal que la conversión producida por dicho anuncio, cambie paulatinamente nuestro modo de vivir y actuar, aceptándonos amados por Dios. Así podremos alcanzar la conversión pastoral, colocándonos disponibles ante el Señor y cambiando nuestros esquemas, estilos, estructuras y procedimientos evangelizadores.

 

52. En segundo lugar, el que nosotros evangelizadores y discípulos de Jesús vivamos las etapas de la reiniciación cristiana, comportará que renovemos el compromiso contraído a través de los sacramentos de la iniciación cristiana. En efecto, la filiación adquirida en el bautismo es para que la traduzcamos en un nuevo modo de relacionarnos con el Padre y entre nosotros, como hermanos. La confirmación en el Espíritu Santo nos lleva a unirnos más estrechamente en la comunión y la misión de la Iglesia, para ser testigos valientes del Evangelio de Jesucristo ante el mundo. Participar en la Eucaristía provocará que revitalicemos la propia identidad como discípulos y evangelizadores, haciendo de ella el alimento y centro inspirador de lo que realicemos diariamente.

 

53. En tercer lugar, quienes somos agentes evangelizadores estamos llamados a profundizar en la fe, a través del contacto progresivo con la Palabra escrita, la celebración comunitaria de los misterios que nos salvan y la respuesta a los signos de los tiempos, por medio de acciones concretas de pastoral misionera. Así iremos viviendo nuestra catequesis.

 

54. Los contenidos del proceso evangelizador apenas mencionado constituyen la esencia de nuestro apostolado.

 

Ministerios al servicio de la misión

 

55. La maduración del proceso misionero arquidiocesano se manifestará en la multiplicación de agentes cualificados y en el surgimiento de diversos ministerios.

 

56. La realidad de las comunidades arquidiocesanas testimonia la existencia de tres ministerios reconocidos, a saber, lectorado, acolitado y ministros extraordinarios de la sagrada Eucaristía.

 

57. El primer congreso arquidiocesano sobre ministerios laicales, celebrado el 29 de octubre de 2005, se convirtió en el espacio donde resonaron distintas expresiones de búsqueda en este campo.

 

58. Será conveniente continuar profundizando sobre la doctrina y posibles aplicaciones concretas de nuevos ministerios laicales, por ejemplo, los coordinadores de comunidades menores, de los Equipos misioneros parroquiales, decanales y de Vicaría.

 

59. De modo análogo piénsese en servicios que contribuyan a la mejor participación litúrgica, como coordinadores de música, de áreas de pastoral (juvenil, familiar, movimientos y asociaciones laicales) y sectores territoriales y ambientales.

 

60. El laico presentado para ser reconocido como ministro, debe haber dado muestras de eficacia en su servicio, de coherencia en su testimonio, de obediencia al pastor y de comunión con la Iglesia. Estas y otras exigencias contarán con el respaldo de la formación requerida para el desempeño del ministerio en cuestión.

 

61. Sólo al obispo compete instituir los ministerios en una comunidad. Pero, antes de proceder a la institución de nuevos ministerios, puede resultar pedagógico establecer la etapa de su reconocimiento como servicios provechosos para la misión de la Iglesia arquidiocesana, apoyada por la propuesta de pastores y comunidades. Así entenderemos en la práctica la diferencia entre ministerios instituidos y servicios reconocidos.

 

 

 

 

CAPÍTULO II

 

EL SEGUIMIENTO DE JESÚS

Y LA PARTICIPACIÓN

EN LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO

 

Y si en algo defraudé a alguien, le devolveré cuatro veces más

Lc 19, 8

 

Pastoral social y proceso evangelizador

 

62. A lo largo de su historia milenaria la Iglesia siempre ha dicho su palabra iluminadora acerca de las cuestiones de la vida social. Tantas riquezas han sido puestas bajo la administración de sus manos, que debe responder con el celo de compartir el Evangelio, no sólo una vez, sino hasta setenta veces siete. Y lo hace a través de varios instrumentos, siendo uno de ellos la doctrina social, que coloca a la persona humana y a la sociedad en relación con la luz de la buena Noticia que es Jesucristo.

 

63. La dimensión social de la pastoral misionera en la Ciudad de México se presenta hoy, con nuevos bríos, impulsada por la reciente presentación para América del Compendio de la doctrina social de la Iglesia, tenida en México el 21 y 22 de noviembre de 2005, y por la voz de la comunidad eclesial en la Asamblea diocesana, del 24 al 26 de noviembre del mismo año. Ambos acontecimientos se inscriben dentro de la tradición social y misionera de nuestra Iglesia particular.

 

64. Al retomar la evangelización de lo social como parte indispensable del proceso evangelizador arquidiocesano, reconocemos nuestras limitaciones en este ámbito, al tiempo que buscamos superarlas con la participación orgánica de todos los discípulos de Jesús, movidos por la acción transformadora del Espíritu. En efecto, para que la Palabra de Dios sea proclamada y escuchada, necesita del testimonio de la potencia del Espíritu Santo operante en la acción de los cristianos al servicio de sus hermanos, en las situaciones donde se juegan éstos su existencia y su porvenir.

 

65. Aplicado esto a nuestro proceso misionero, afirmamos que la pastoral social es la expresión viva y concreta de la preocupación de la Iglesia arquidiocesana por evangelizar las realidades económicas, culturales, políticas y religiosas que conforman el tejido social de la capital mexicana.

 

66. Como inspiración de la Misión 2000 hemos ido aclarando los pasos del proceso evangelizador y, para fortalecerlo, hemos insistido en elementos tales como la sectorización, la reiniciación cristiana, la religiosidad popular y la catequesis; en la XI Asamblea Diocesana consideramos la importancia que tiene la pastoral social dentro de este proceso. Por ello queremos integrarla abiertamente al itinerario de crecimiento en la fe del discípulo y de la comunidad eclesial.

 

El testimonio de Jesús y la trasformación de la sociedad

 

67. Muchos siglos de la humanidad pasaron bajo la promesa que Dios hizo de enviarnos un Mesías salvador. Mientras llegaba su cumplimiento, las sociedades fueron dando sus respuestas a las exigencias de la convivencia social, pero la gran mayoría quedaban circunscritas en el horizonte de lo terreno.

 

68. El nacimiento del Hijo de Dios, de María Virgen, por obra del Espíritu Santo fue el acontecimiento que cambió el curso de la historia: lo divino se unió con lo humano, integrando así el valor de las realidades terrenas dentro del plan de Dios. A partir del misterio de la vida de Jesús y en relación con ella, todo lo humano ha adquirido un significado totalmente nuevo, sea lo que se refiere al valor y dignidad de toda persona humana, con sus derechos y deberes y con su orientación hacia Dios; o al sentido de la vida y de los bienes materiales en el desarrollo integral humano; o al significado de las instituciones humanas de convivencia social y de los valores que dan sentido a la existencia e impulso para construir el futuro.

 

69. Importa mucho, pues, que volvamos nuestros pasos tras las huellas de Jesús marcadas en el Evangelio, para encontrar en el Cristo vivo la verdadera humanización de las realidades sociales y la clave para participar activamente en la instauración de los valores del reino.

 

70. Al formar parte de una familia humana, Jesús santificó ejemplarmente la institución familiar, célula básica de la sociedad. La maternidad, la paternidad y la filiación encuentran en el misterio de Dios Trino y Uno su ejemplo inspirador en la historia y su punto de llegada en la eternidad. Movida por ello, la Iglesia bendice a Dios Padre, de quien procede toda paternidad y maternidad en el cielo y en la tierra, celebra a Dios Hijo, fuente de la verdadera filiación y recibe la unción del Espíritu, origen del amor de caridad que se comparte totalmente.

 

71. Viviendo en una sociedad concreta, recorrió su itinerario evangelizador lleno del Espíritu divino, dando respuesta a individuos, grupos, sectores y ambientes con un testimonio de coherencia y con una presencia comprometida. Nada de lo humano le fue extraño: ni la fiesta de los nuevos esposos, ni la convivencia con gentiles y pecadores; ni los maestros de la ley, ni los grupos sacerdotales o del poder político; ni la alegría, ni la experiencia del hambre, cansancio o dolor. El ciego, el cojo, el mudo, el paralítico, el adúltero, el defraudador, la prostituta, el traicionero, el muerto, el endemoniado encontraban en Jesús el contacto que daba vida y salud, ya que él mismo se presentó como camino, verdad y vida. Hizo suyas nuestras angustias y esperanzas y mostró el camino para vivir la libertad de los hijos de Dios; tomó sobre sí nuestras miserias y les dio la respuesta del amor misericordioso que perdona, levanta y reintegra a la comunión social. A lo largo de su vida terrena enfrentó las diversas tentaciones a las que también nosotros estamos sometidos en el campo del ser, del tener y del estar, y las superó colocando cada cosa en su lugar. Al pecado y a la muerte les infligió la derrota definitiva muriendo en la cruz, entregando todo a su Padre y resucitando por el poder del Espíritu.

 

72. En una palabra, compartió todas las riquezas de su persona en el servicio de caridad hacia los hermanos. Incluso capacitó a un grupo de sus contemporáneos para integrarlos en su misión de instaurar el reinado de Dios ya desde ahora.

 

73. De estas verdades brota la dimensión espiritual propia de la pastoral social y de la que deben nutrirse los agentes que participan en ella, al estilo de Jesús que fortalecía su testimonio de caridad hacia los hermanos en la contemplación del Padre.

 

Pastoral social como testimonio del discípulo de Jesucristo

 

74. Al hablar de pastoral social tomamos en cuenta el apoyo que la Iglesia brinda a la persona y a las comunidades para que encuentren su lugar en la construcción del reinado de Dios, ayudando a valorar la dignidad de cada sujeto, a interpretar y a resolver los problemas de la convivencia humana y a orientar todo hacia su destino final: Dios todo en todos.

 

75. Una propuesta que puede iluminarnos para proyectar esto, considera tres dimensiones que marcan la experiencia social humana:

 

76. El tener o dimensión estructural, donde ubicamos el derecho de toda persona a tener los satisfactores básicos, necesarios para vivir dignamente: trabajo, casa, vestido, alimento, educación.

 

77. El estar, se refiere, en primer lugar, al derecho de toda persona a encontrar un sitio donde radicar dignamente y en el que pueda llegar a conformar una cultura propia de su familia. Pero también implica el derecho a participar en la construcción de la vida social, para lograr un ambiente de justicia, seguridad y relaciones humanas estables, a través de redes comunitarias que ayuden a la reconstrucción del tejido social.

 

78. El ser, se refiere a la dimensión personal de la vida, al derecho que toda persona tiene al respeto de su integridad y de su dimensión trascendente, a la posibilidad de ser persona, a ser sujeto capaz de decidir la construcción de la propia vida.

 

79. Esta visión del quehacer pastoral fue el tema que siguió un itinerario de trabajo iniciado en la consulta a las parroquias, pasando por la reunión con los Decanos, el 6 y 7 de septiembre de 2005 y culminando con la XI Asamblea Diocesana, celebrada del 24 al 26 de noviembre de 2005, con la participación del Secretariado de Pastoral Social. Fue un itinerario de sensibilización que abre el horizonte de la acción arquidiocesana en el campo social.

 

Formación de agentes y estructuras para la pastoral social

 

80. Como toda acción pastoral, también la pastoral social debe lograr que, quienes somos sus agentes, lleguemos a inspirar nuestro actuar en los contenidos de la doctrina social cristiana.

 

81. Para que el testimonio de caridad social del creyente encuentre cauce eficaz, pongo a su consideración los siguientes criterios:

 

  1. Dar prioridad al trabajo con grupos, sin olvidar las acciones a favor de individuos.
  2. Pasar de actividades aisladas a acciones coordinadas a largo y mediano plazo.
  3. Atender los problemas, a partir de sus causas, sin quedarnos en sus consecuencias.
  4. Desarrollar estrategias diversas de trabajo pastoral.
  5. Tomar en cuenta a la persona en los diversos aspectos que constituyen su dignidad (imagen de Dios; sexualidad; sociabilidad; historicidad).
  6. Promover el respeto de los derechos y obligaciones de toda persona humana.
  7. Favorecer el que cada persona encuentre el modo de desarrollarse y superarse, como miembro de una comunidad concreta.
  8. Involucrarnos en la transformación social, tomando una postura ética y solidaria como de quien se siente responsable de cooperar en la construcción del Reino de Dios ya desde ahora.
  9. Propiciar espacios de reconciliación, interlocución, hospitalidad y de inclusión comunitaria.

 

82. En la aplicación concreta de estos criterios, será de mucha utilidad tomar en cuenta los contenidos presentados en "Líneas de acción para la evangelización de las culturas en la Ciudad de México a través del testimonio de la pastoral socio-caritativa", del 20 de julio del 2005, publicado por la Vicaría de Pastoral y el Secretariado de Pastoral Socio-caritativa.

 

83. Cada vicaría, decanato y parroquia procuren contar con un organismo similar al de "Cáritas", con la encomienda de promover y organizar acciones de pastoral social diferenciada.

 

84. Una visión así enmarcada en la pastoral socio-caritativa como dimensión esencial de la misión evangelizadora del discípulo de Jesús, nos alentará para no escatimar ningún esfuerzo por hacer accesibles los valores del reino de Jesucristo, en la reconstrucción de personas que vagan sin sentido por la vida, o que han cerrado sus ojos a las necesidades de los hermanos, o que se desalientan ante el trabajo abrumador en una sociedad alérgica y contraria a los contenidos sociales del Evangelio.

 

 

 

CAPÍTULO III

 

LA EUCARISTÍA, PAN COMPARTIDO

 

 

Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz,

anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.

(Cfr. 1 Cor 11, 26)

 

Ideal evangélico de la primitiva comunidad

 

85. La imagen de la Iglesia naciente que Lucas ha esbozado en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 42.44) es la imagen de la Iglesia de todos los tiempos y de cualquier lugar. Laicos, clérigos y miembros de la vida consagrada encontramos en esta descripción el germen y el sentido de nuestra tarea sacerdotal bautismal o ministerial, a saber, perseverar en la doctrina de los apóstoles y en la vida común, en la fracción del pan y en la oración. Son servicios que van de Dios Trinidad hacia las personas y de las personas hacia Dios. Son cuatro dimensiones de los discípulos del resucitado que hacen creíble y permanente el nuevo y vigoroso proyecto misionero para la Arquidiócesis de México.

 

86. Puestas en práctica, tanto en el campo individual como comunitario, se convierten en el dinamismo central de la tarea evangelizadora. Así, el proceso de crecimiento hacia la madurez del discípulo misionero y de las comunidades misioneras va unido a una vida que se hace oración, a una misión centrada en la fidelidad a las enseñanzas apostólicas, a un testimonio de poner en común diversos bienes y de participar en la formación de la Iglesia a partir de la fracción del pan o celebración eucarística.

 

87. Como Iglesia de Cristo, continuadora de aquella primera expresión del nuevo pueblo de Dios, hemos celebrado dos acontecimientos cuyos ecos deben iluminar el camino de esta Iglesia arquidiocesana: el Año Eucarístico 2004 y la XI Asamblea general ordinaria del Sínodo de Obispos en el 2005. El Año de la Eucaristía, inaugurado por Juan Pablo II, en octubre de 2004 y clausurado por Benedicto XVI, el domingo 23 de octubre de 2005, Jornada mundial de las Misiones, puso de relieve cómo los discípulos de Jesús van siendo formados interiormente por su presencia divina acogida, celebrada, adorada y proclamada en la Eucaristía. Además fue reforzada la misión evangelizadora de cada cristiano a ser "pan partido para la vida del mundo". En efecto, quien acoge el Cuerpo y la Sangre de Cristo se siente impulsado a compartirlo en el servicio de caridad a los hermanos.

 

88. Presididos por Benedicto XVI, en clima de comunión fraterna y de oración, los representantes de los obispos, sucesores de los apóstoles, confirmaron la unidad eclesial de la fe eucarística dentro de la gran variedad de ritos, culturas y situaciones pastorales e invitaron a orar con mayor fervor para que llegue el día de la reconciliación y de la plena unidad visible de la Iglesia en el misterio central de la fe, a saber, la Encarnación redentora, cuya presencia viva es la santa Eucaristía, según la oración del Señor Jesucristo la víspera de su muerte: "Que todos sean uno" (cf. Jn 17, 21).

 

89. Ambos acontecimientos nos colocan ante el desafío de proyectar la dimensión social de la Eucaristía en proyectos concretos de pastoral socio-caritativa, enmarcados dentro del proceso evangelizador iniciado por el II Sínodo. Dicha dimensión cuenta con el apoyo de la tradición religiosa del pueblo cristiano expresada en la recitación comunitaria de la Liturgia de las horas, del santo Rosario y del Vía Crucis, de la adoración al santísimo Sacramento, las peregrinaciones y devociones.

 

Celebración dominical de la Eucaristía, constructora de la comunidad

 

90. Como la Iglesia primitiva, también la Iglesia particular de la Arquidiócesis de México nace de la comunión de Dios con nosotros y de la comunión que promueve y realiza entre todos los hijos de Dios, siendo la Eucaristía la expresión más visible de esta realidad misteriosa y sociológica.

 

91. La celebración eucarística es una escuela que educa al individuo y a la comunidad para la vida, bajo la acción del Espíritu Santo, Señor y dador de vida. El contacto con el misterio de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo hace que los hermanos vayan poniendo en práctica actitudes del discípulo como contemplación, adoración, alabanza, acción de gracias y actividades varias de caridad social con los necesitados. El "Hagan esto en conmemoración mía" marca el contenido y modo como debemos vivir nuestra relación con Dios y con los hermanos.

 

92. Además, los diversos momentos del rito litúrgico abarcan los pasos centrales del proceso de reiniciación cristiana: ante la misericordia de Dios y ante los hermanos reconocemos nuestra condición de pecadores; en la Liturgia de la Palabra somos catequizados por el contacto con Cristo, Palabra de vida eterna, explicada en la homilía por el presidente de la asamblea; en la Liturgia eucarística la Iglesia ofrece pan y vino, que serán convertidos en el Cuerpo y la Sangre del Hijo inmolado por nuestra redención; en la Comunión, se realiza y se anticipa el fin último de nuestra existencia, vivir en comunión con Dios para siempre; somos despedidos con un "vayamos en paz, a servir a Dios y a nuestros hermanos", alimentándose así el envío a compartir los contenidos de tan grande misterio. Y a todo ello se añaden las posturas, los gestos, las pausas, las respuestas, los símbolos que nos hacen vivir esta dimensión social de una celebración que nos une en una sola familia.

 

93. Especial importancia reviste la homilía como respaldo y acompañamiento del proceso evangelizador del discípulo. Por lo mismo debe ser preparada y adaptada a las circunstancias de la comunidad a la que se sirve.

 

94. La misa dominical parroquial se convierte en modelo pedagógico en la construcción de la comunidad arquidiocesana: allí es reunida visiblemente como comunidad evangelizada, y allí es enviada para evangelizar. La asamblea eucarística dominical es el espacio natural donde son congregados núcleos familiares y miembros de diversos movimientos; comunidades menores y personas que no pertenecen a grupo alguno; servidores públicos y empresarios; trabajadores y obreros; pobres y ricos; jóvenes y adultos mayores; casados y divorciados. Así va siendo construida, ya desde ahora, la comunión de gentes de toda raza, lengua, colonia y barrio, hasta que todos lleguemos a la comunión definitiva en el Reino del Padre.

 

95. Asistir y participar en la celebración dominical, es ocasión para promover las relaciones entre los ahí presentes. El saludo, la bienvenida, el encontrarse periódicamente, el compartir elementos de la vida pública, familiar y experiencias pastorales, irá favoreciendo la integración y la conciencia de pertenencia a una comunidad de crecimiento en la fe, así como creará el sentido de proyección misionera hacia la sociedad.

 

96. Esta dimensión de diversidad sociológica adquiere su base y culminación cuando se le valora en su dimensión de unidad teológica: la diversidad es plasmada como unidad. En efecto, el Espíritu de Cristo reúne a todos en un solo cuerpo, en un solo pan, en un solo pueblo cuya Cabeza, Sacerdote y Maestro es el Señor resucitado.

 

97. De este modo, la celebración eucarística es un itinerario pedagógico que nos hace partícipes de la pascua de Cristo: desde el sepulcro de la muerte causada por el pecado, se nos abren de nuevo las puertas para la libertad y la vida fraterna. La pascua de Jesucristo es la pascua de la Iglesia. Por lo mismo, la comunidad y el individuo tienen tanto el derecho de contar con celebraciones dignas y preparadas, como la obligación de participar en la actualización de tan grandes misterios, según la función de cada uno dentro del Cuerpo de Cristo.

 

98. Entendida así la Eucaristía dominical, consideramos la importancia dinamizadora que tiene para vivificar la Misión permanente, aspecto que hemos venido reflexionando con la consulta promovida a través del Senado Presbiteral. Así pues, los invito a seguir trabajando por revitalizar la celebración dominical en todas nuestras comunidades.

 

Compartir los bienes, expresión de comunión

 

99. La dimensión personal y comunitaria de la palabra, del sacramento y de la oración nos lleva a promover la comunión de bienes. Nuestra Iglesia particular cuenta con diversos recursos, como la variedad de dones y carismas que continuamente el Espíritu distribuye entre los hijos de Dios; la multiplicidad de laicos herederos de una venerable tradición de presencia evangélica en la sociedad civil y política; medios materiales y expresiones culturales. Hay parroquias que han entrado de lleno en el proyecto misionero; la vida consagrada y los movimientos llegan a sectores y ambientes varios, compartiendo así sus carismas; en torno a la actividad misionera de las parroquias los laicos participan con sus ministerios y sus virtudes humano-cristianas.

 

100. Sería benéfico para la comunidad arquidiocesana dar un paso decidido a experiencias organizadas de pastoral socio-caritativa interparroquiales (con motivo de tiempos litúrgicos fuertes, de celebraciones devocionales y culturales); de centros decanales o vicariales para formar agentes laicos; de aprovechar la presencia de laicos y sacerdotes en los medios de comunicación para ayudar a la formación de las conciencias; de promover la educación de nuestras comunidades a través de la música, el teatro, la pintura y otras formas del arte; de alentar el voluntariado como medio para que especialmente los jóvenes vayan formando una conciencia social cristiana en ellos y a su alrededor.

 

101. ¡Cuántos horizontes se nos abrirán si como comunidad apostólica proyectamos el contenido eucarístico en los diferentes aspectos de nuestra vida arquidiocesana!: las reuniones vicariales y decanales; la asamblea arquidiocesana; la programación pastoral parroquial; la formación de agentes; el trabajo por las vocaciones sacerdotales y religiosas; la promoción de movimientos laicales como espacios de crecimiento en la fe; la renovación de la catequesis; la peregrinación anual a la Basílica de Guadalupe; la celebración de la fiesta del Corpus Christi; los grupos de monaguillos.

 

102. De ahí la necesidad de que reavivemos nuestro ser discípulos de Jesucristo para participar de sus mismos sentimientos y para compartir su mismo ideal de instaurar el reinado de Dios ya desde ahora, como un cuerpo orgánico con diversos recursos y con iniciativas que favorezcan la unidad. Así la Eucaristía será para nosotros el vértice iluminador de todas las acciones evangelizadoras y de la pastoral social de la Iglesia arquidiocesana.

 

Nueva imagen de parroquia

 

103. Es común el que cada parroquia cuente con una comunidad, relativamente estable, en la participación eucarística dominical. Sin embargo, el total de habitantes del territorio parroquial supera la presencia del "pequeño resto"; y todos están llamados a disfrutar de los bienes de la salvación que Cristo nos mereció con su muerte y resurrección.

 

104. Por lo mismo hay que redoblar esfuerzos para llegar a los alejados de cada parroquia. Ello implicará una fantasía pastoral que nos lleve a "remar mar adentro", es decir, a invertir más fe, esperanza y caridad en una pastoral misionera proyectada en diversas direcciones, con diversos métodos, aprovechando la participación corresponsable de pastores, laicos y miembros de la vida consagrada.

 

105. Hay que retomar el valor de las etapas del proceso evangelizador de inspiración catecumenal que encuentra un referente en el catecumenado, al modo como nos lo presenta el RICA: precatecumenado — primer anuncio; catecumenado juntamente con la etapa de purificación e iluminación — reiniciación cristiana; mistagogia — catequesis permanente con el apostolado. Ciertamente no significa que las etapas se desarrollen de idéntica forma a como eran vividas en el primitivo catecumenado; sin embargo, encontramos en cada una de ellas y en las etapas del proceso evangelizador, puntos de contacto que nos ayudan a poner en práctica la opción pastoral arquidiocesana.

 

106. De forma análoga debemos recuperar lo que implica la misión permanente: anuncio del kerigma, sectorización, formación de pequeñas comunidades. Las comunidades menores de crecimiento en el seguimiento de Jesucristo siguen siendo un medio para que una parroquia llegue a incidir en la vida de los fieles que le han sido encomendados; los movimientos laicales han sido comunidades naturales de crecimiento en la fe y de servicios a los destinatarios prioritarios marcados por el II Sínodo Diocesano. Las experiencias de parroquias que eventualmente celebran la Eucaristía en distintos campos del territorio parroquial, es un recurso válido para hacer más cercana la presencia promotora del pastor.

 

107. La acción rectora y dinamizadora del sacerdote, con su consejo pastoral y demás agentes de evangelización, sigue siendo pieza clave para que la parroquia reconquiste su actualidad evangelizadora; de allí parte el dinamismo visible para la organización apostólica y la formación integral de nuevos agentes misioneros.

 

108. El templo y las instalaciones parroquiales deben ser espacios que favorezcan la expresión ordinaria de la vida litúrgica, la congregación de las comunidades menores, la reunión de los diversos movimientos presentes en la parroquia, la enseñanza de la doctrina salvífica de Cristo y la práctica de la caridad del Señor en obras buenas y fraternas.

 

109. Es de vital importancia que laicos, pastores y consagrados sintamos la urgencia de caminar unidos, para llevar adelante la misión que Cristo nos ha encomendado, como miembros de esta Iglesia particular, pero en forma solidaria y subsidiaria: los que se organizan mejor y avanzan, con quienes van más lentos en el proceso evangelizador. Un amplio horizonte abriremos, si los pastores y sus fieles parroquianos pasan de una mentalidad de islas pastorales o de conformismo ante el "pequeño resto", a experiencias pastorales sectoriales dentro del mismo territorio parroquial e interparroquiales, animadas por el espíritu misionero. Y dada la movilidad y sensibilidades de la población, debemos contar con una atención abierta, de modo que toda persona se sienta atendida como hermano en cualquier parroquia.

 

Formación de agentes para el testimonio de la caridad

 

110. La caridad, reina de las tres virtudes teologales, fue el motor del testimonio de Jesucristo. Amaba entrañablemente a su Padre, y por amor a nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre. Y creciendo en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres, ungido y enviado por el Espíritu salió a recorrer los caminos de Judea, Galilea, Samaria y Decápolis para llegar a los alejados y compartirles los dones materiales y espirituales, como expresiones del amor del Padre. En su camino, escogió a un grupo de Doce y los llamó consigo para formarlos como sus colaboradores, y les dijo: "Vayan por todo el mundo" (Mc 16, 14). En la culminación de su caridad pastoral, murió y resucitó por nosotros, dejándonos en la Eucaristía el memorial supremo de amor redentor por todos.

 

111. Inspirados en su ejemplo, entendemos la necesidad de que los discípulos del Maestro nos formemos para aprender de su vida y así compartir con los hermanos lo mismo que hemos recibido.

 

112. Para esto retomemos la formación permanente de los pastores, proyectados hacia la integridad del testimonio, lo cual implica la continua revisión de criterios que inspiren la acción misionera. Impulsemos la formación de los laicos, siguiendo criterios comunes, favoreciendo el crecimiento por etapas: desde la inicial hasta desembocar en los ministerios y atendiendo tanto a las necesidades intraeclesiales como a la presencia del laico en las realidades seculares.

 

113. La vida consagrada, con su papel primordial de presencia evangelizadora en distintos campos intra y extraeclesiales crezca en su sentido de participación en el plan evangelizador diocesano. Los movimientos y organizaciones laicales encuentren la oportunidad de renovar el propio carisma, integrándose orgánicamente en el proceso evangelizador de la comunidad arquidiocesana, de acuerdo a lo que les es propio.

 

114. Por ello revitalicemos en todos la conciencia de que este impulso misionero debe tender puentes pastorales de ida y vuelta, de suerte que el evangelizar y ser evangelizado forme parte del modo como cada discípulo vive su participación en la construcción del pueblo de Dios.

 

115. Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de la Iglesia. Los miembros de esta Iglesia arquidiocesana animémonos mutuamente para continuar participando en la misión evangelizadora, cada uno de acuerdo a su función, y con actitud orante, de fe formada en la doctrina de los apóstoles, compartiendo el pan eucarístico y proyectando el Evangelio en obras concretas de caridad social, hasta que el Señor vuelva.

 

 

CAPÍTULO IV

 

MARÍA DE GUADALUPE,

EVANGELIZADORA DEL ANÁHUAC

 

 

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer,

nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley,

para que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios.

Gál 4, 4-5

 

El acontecimiento guadalupano, ejemplo de evangelización inculturada

 

116. Las apariciones de la Virgen de Guadalupe en la colina del Tepeyac al indio san Juan Diego son el hecho central de la llamada "Evangelización fundante" y un referente necesario en el compromiso arquidiocesano de la Nueva Evangelización, a través de la Misión Permanente. Personajes que intervienen, diálogos, simbología, ambiente en el que se desarrolló el encuentro del mundo indígena con el español, son elementos que caracterizan este acontecimiento que ha llegado a efectuar el cambio de la civilización occidental.

 

117. Dios mismo se sirvió de los diversos elementos de la cultura indígena, integrándolos y dándoles su pleno sentido en los grandes contenidos de la novedad definitiva cumplida en Jesucristo. De este modo, la tradición antigua de los naturales fue camino para presentar, a través de flores y cantos, los nuevos contenidos de la fe católica. Y lo hizo sin herir ni la mentalidad española ni la susceptibilidad de los nativos. Ambos fueron hermanados bajo el signo de la Madre del Hijo de Dios en la unidad de la fe y bajo la mezcla de las dos razas en el mestizaje. La Niña mestiza fue la catequista que, magistralmente, sin violencia ni confusión, fue llevando a naturales, criollos, mestizos y españoles al encuentro con Jesucristo en la Iglesia y en los sacramentos.

 

118. Pero este acontecimiento no es mera materia de la historia pasada. Somos testigos de cómo, con el pasar del tiempo, ha significado el ancla para la permanencia de muchos moradores de estas tierras en la fe de nuestros padres. De ahí que como evangelizados y evangelizadores debemos recuperar los contenidos de este modelo de pedagogía divina y plasmarlos en material y métodos catequísticos que promuevan acciones evangelizadoras.

 

119. Desentrañar el contenido de dichos elementos y aplicarlos a nuestra situación actual de misión permanente, nos hará valorar un recurso poco aprovechado, para integrarnos al caminar de quienes son vistos como alejados de la profundización de la fe y poco apreciados en sus manifestaciones de piedad y religiosidad popular. Juan Pablo II recogió esta herencia fundamental y fundante del acontecimiento guadalupano y lo expresó en el documento conclusivo del Sínodo de América al afirmar que: "La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización" (EiA 11).

 

120. Así pues, siguiendo las enseñanzas de tantos evangelizadores del pasado y en sintonía con el magisterio pontificio, los nuevos evangelizadores vivamos este año jubilar guadalupano, que conmemora el aniversario 475 de las apariciones de la Morenita en el Tepeyac, para que, contemplando a Santa María de Guadalupe Estrella de la primera y de la nueva evangelización..., ésta produzca un espléndido florecimiento de vida cristiana (Ibíd.) en las acciones evangelizadoras que hemos de promover como discípulos del resucitado.

 

Testigos inculturados

 

121. Los misioneros que fueron enviados desde el floreciente imperio español tuvieron que buscar el camino para hacer accesibles los contenidos del Evangelio a personas que, por idioma y cultura, tenían un modo distinto de concebir e interpretar la realidad. Coincidían en que tanto indígenas como españoles basaban la vida diaria en una relación constante con la divinidad y en que ambos formaban parte de un mundo cohesionado por el poder religioso y político. Sin embargo, la diferencia aparecía al relacionar mundo cristianizado europeo con cultura amerindia de gérmenes del Verbo. La distancia parecía abismal, si consideramos que los misioneros europeos traían la "novedad" del Evangelio, mientras que los naturales de este valle consideraban como mentira lo nuevo y lo antiguo como sinónimo de verdad. Además, los naturales vencidos por los conquistadores vivían el trauma de pensar que habían sido abandonados por sus "dioses", a quienes servían de distintos modos.

 

122. Pero cuando se dio a conocer la Tonantzin en el Tepeyac, el mundo indígena y el español tuvieron una plataforma común de entendimiento: la Niña vestida de cielo, resplandeciente por el sol, entre flores y cantos, afirmó que era la Madre del verdadero Dios por quien se vive, el creador de todas las cosas. Así, en la novedad de la apenas joven mestiza, Dios comenzaba a formar de los dos pueblos uno solo. Y los misioneros que venían como evangelizadores, fueron evangelizados paulatinamente por el método pedagógico divino de este encuentro, de modo que, sin cambiar el contenido central de la fe cristiana, lo fueron adaptando a las culturas de los naturales de estas tierras.

 

123. ¡Qué pedagogía tan sencilla y profunda para evangelizar! El modelo de la encarnación del Verbo encontraba en el Anáhuac una actualización que marcó el cambio de las civilizaciones de estas tierras. Los nuevos misioneros encontramos aquí el modelo permanente para evangelizar las culturas presentes en la ciudad de México. Volver a estos orígenes nos hará recorrer el camino de la evangelización fundante, siempre eficaz para nuestra labor apostólica.

 

124. La Ciudad de México nos presenta grandes bloques de culturas antagónicas: el de la religiosidad popular y el de la descristianización o de la globalización; en medio se coloca la cultura de quienes van madurando en la fe, en la participación litúrgica y en el testimonio cristiano. El reto sigue siendo semejante al de los misioneros de la primera evangelización, es decir, cómo llevar a cabo el mandato misionero universal de Jesucristo, respetando el principio teológico-pastoral de "fidelidad a Dios y fidelidad al hombre".

 

125. Ello implica, por una parte, acercarnos al ministerio de Jesucristo, el enviado por el Padre, que llevó a cabo su misión a través de signos y palabras acercándose a hombres y mujeres de su tiempo, tomando en cuenta el estado y condición de cada uno para que brillara en ellos la luz del Espíritu de santidad. Él mismo es el signo definitivo para manifestar el amor de Dios Padre para todos sus hijos adoptivos. Él es la Palabra hecha carne, que santifica y purifica todos nuestros cuerpos. Los discípulos del resucitado recibieron un encargo apremiante: "ustedes serán mis testigos en..." y lo pusieron en práctica (cfr. Mc 16, 15.20).

 

126. Por otra parte, implica el testimonio de salir al encuentro de quien va caminando, como lo hizo la Virgen con san Juan Diego y como lo ha hecho con tanta gente que va y viene dentro de la circunscripción de la capital mexicana. De ahí la necesidad de que sigamos manteniendo la actitud de salir a buscar a los alejados y formar con ellos pequeñas comunidades de crecimiento en la fe.

 

127. Un modo práctico para hacerlo puede ser la fiesta patronal de cada comunidad. Laicos y pastores la vivimos como propia y naturalmente es motivo de trabajo participado. Si bien es saludable que el centro de culto cuente con un plan pastoral a largo plazo, la realización y evaluación de las acciones evangelizadoras en el campo profético, litúrgico y de pastoral social tendrán un punto de referencia concreto cada año. Así, año con año, podremos darle un impulso a la Misión permanente alrededor de la fiesta patronal parroquial. Incluso, los que normalmente asisten a las actividades parroquiales, si forman parte de algún movimiento laical o de alguna cofradía tradicional, podrán ir integrando el carisma propio con los otros carismas, si al interior de la comunidad de crecimiento aprenden a celebrar la advocación patronal de cada asociación o cofradía.

 

128. Inspirados en el ejemplo de santa María de Guadalupe, quienes colaboramos como agentes misioneros ejercitémonos en la práctica de acercarnos unos a otros, con la identidad de que gozamos en el Cuerpo de Cristo: el pastor, como pastor; el laico, como laico; el consagrado, como consagrado; padre y madre como los primeros educadores de los hijos en el hogar; y todos, como hijos de Dios y hermanos en Jesucristo. Y ésta ha de ser una actitud permanente y diaria; así pondremos en práctica el modo como María se presenta, a saber, como la "siempre virgen, Madre del verdadero Dios por quien se vive".

 

Medios de evangelización inculturada

 

129. No podemos decir que ya hemos entrado en sintonía suficiente con la piedad y religiosidad popular presente en las diferentes culturas en esta ciudad. Cada vez la vamos descubriendo como el medio privilegiado por el que tantos hermanos y hermanas han conservado su amor a Dios y como un semillero de riquezas y valores que podrán alcanzar su crecimiento al contacto con el Evangelio. Por eso nuevamente convoco a todos los agentes de pastoral a que nos comprometamos para evangelizar desde la piedad y religiosidad popular, fuertemente impregnada del rostro guadalupano. Muchas ermitas a lo largo y ancho de la Ciudad se convierten en un motivo de cambio comunitario (desaparece la basura; favorece el respeto; quienes pasan expresan su fe con algún signo) y un areópago para proclamar el kerigma cristiano. De igual manera toda expresión de piedad y religiosidad popular es un camino concreto para iniciar un proceso de evangelización, respetando el ritmo de personas y comunidades.

 

130. Nuevas posibilidades evangelizadoras van siendo recorridas por algunos miembros de la Arquidiócesis en el campo de los medios de comunicación social. Uniendo esfuerzos impulsaremos una evangelización que lleve a fomentar la sensibilización sobre las carencias de diversos grupos humanos y acciones para responder como sociedad, por las cuales se perciba la presencia de la comunidad eclesial en la vida de los más necesitados.

 

131. Quien es invocada como "salud de los enfermos", nos da ejemplo del amor por los necesitados, al visitar y curar a Bernardino, tío-papá de san Juan Diego. Nuestra Iglesia tiene una tradición que se va solidificando acerca del ministerio de los MESE. Partiendo de la Eucaristía, complementen su servicio, añadiendo el ministerio de la Palabra, de la pastoral socio-caritativa y de la promoción del culto eucarístico, tanto hacia los enfermos y sus familiares, como hacia la comunidad parroquial. Dada la importancia de este ministerio, debe ser promovida la formación de quienes lo ejercen, integrándola en el contexto de la Misión permanente, dentro de una pastoral orgánica en beneficio de los enfermos y llevando a cabo su servicio bajo el cuidado de cada párroco.

 

María, signo de unidad inculturada

 

132. Cuando santa María de Guadalupe indica la finalidad por la que pide que se le edifique una casa, manifiesta el mismo contenido del sacrificio redentor de Cristo: cuerpo entregado y sangre derramada por todos. En efecto, ella quiere mostrar y ensalzar al Dueño del cielo y de la tierra, dándolo a las gentes que la amen, que a ella clamen, la busquen y en ella confíen. El amor paternal de Dios es por todos sus hijos; y María no se aparta de este camino; no por nada es invocada y celebrada como Madre de los mexicanos.

 

133. Como agentes evangelizadores urge que formemos en nosotros actitudes que desemboquen en actividades que transparenten esta universalidad del amor de Dios y que valoremos los carismas de grupos que hacen presencia, quién entre los constructores de la sociedad, quién entre los ambientes económicamente altos, quién en periferias y entre gente social y culturalmente con muchas carencias. Si todos somos evangelizados, algún cambio se irá gestando en nuestra sociedad tan desigual y contradictoria, hasta que lleguemos todos a la aceptación y participación del reinado de Dios.

 

134. Al hablar de algunos sectores como destinatarios de la evangelización, queremos resaltar carencias especiales que reclaman una intervención más organizada y permanente para hacer sentir en tales grupos el calor de hogar de la divina Providencia. Es por ello que el II Sínodo ha hablado de destinatarios prioritarios (familias, jóvenes, pobres y alejados del influjo del Evangelio) como estrategias pastorales, que no significa excluir o dejar a alguno fuera del itinerario de la salvación.

 

135. Santa María de Guadalupe se acerca, pues, a todos los miembros de esta sociedad con grandes desigualdades. Y como Madre de la santa esperanza va poniendo en práctica su mensaje de liberación tanto para quien se encuentra en situaciones infrahumanas de pobreza espiritual, como de pobreza material.

 

136. Como Iglesia arquidiocesana, heredera del mensaje evangélico plasmado en la tilma de san Juan Diego, estamos ante grandes desafíos. Así, por ejemplo, cómo acompañar al indígena para que se integre en la sociedad capitalina conservando, en lo posible, valores de su cultura; al obrero para que descubra el sentido cristiano del trabajo a favor de su familia y de la sociedad; al estudiante para que entienda la complementariedad entre fe y ciencia; al político para que se forme en una mentalidad de servicio por el bien común y de la defensa de la vida y de la dignidad de cada persona; el empresario para que sea formado en el sentido cristiano de los bienes materiales y en la justicia social; al gobernante, para que actúe inspirado por criterios que favorezcan el bien común. Este es el mundo de los agentes laicos evangelizadores, formados por instituciones educativas de la sociedad y por diversas estructuras eclesiales.

 

137. El mundo de los trabajadores todavía sigue siendo un territorio al que muy poco hemos llegado como Iglesia. A la tradición de realizar peregrinaciones a la Basílica convendría añadir celebraciones eucarísticas en los momentos fuertes del año litúrgico, acercándonos a ellos para ofrecerles el Evangelio como inspirador de su vida.

 

138. Ante estos desafíos es necesario que todos los centros de formación de agentes de evangelización (seminarios y casas de formación religiosa, institutos arquidiocesanos y CEFALAE’s) integren este cariz de piedad y religiosidad popular de una manera teórica y práctica. Asimismo se promoverá en ellos una conciencia de esta universalidad del mensaje guadalupano; de disponibilidad completa para el servicio a Dios y a los hermanos; de identidad permanente, de acuerdo al propio estado de vida en el trabajo evangelizador; de cercanía a la gente, no por beneficios económicos, sino movidos por el interés evangelizador que transparenta la Reina y Señora del Tepeyac.

 

139. El mensaje guadalupano seguirá siendo motor de unidad si laicos, consagrados y pastores escuchamos juntos la voz de Dios presente en los "nuevos signos de los tiempos" y nos comprometemos orgánicamente para mostrar al verdadero Dios por quien se vive. Las diferentes estructuras de la organización pastoral arquidiocesana deben responder a esta finalidad evangelizadora.

 

140. A la luz de estos elementos descubrimos que en dicho mensaje se encuentra un dinamismo muy mexicano para continuar colaborando en el proceso evangelizador contenido en la Misión permanente. Quien ha experimentado el amor de Dios, siente la urgencia de compartirlo con los demás. Santa María de Guadalupe, san Juan Diego, el obispo fray Juan de Zumárraga, los diversos misioneros, los mártires de la persecución religiosa en México nos marcan la pauta de que todos formamos parte de este pueblo de mensajeros de Dios. Se espera de cada uno y de cada grupo un testimonio bautismal, fortalecido por los diferentes ministerios y carismas con los que hemos sido enriquecidos por el Espíritu Santo, protagonista principal de la Misión de la Iglesia.

 

 

CONCLUSIÓN

 

141. Hermanas y hermanos, llenos de esperanza sigamos adelante en nuestro compromiso con el proceso evangelizador misionero, en el cual esta Iglesia particular se ha venido empeñando desde el II Sínodo diocesano. Esta es la forma como queremos seguir al Maestro.

 

142. El camino a la V Asamblea del Episcopado Latinoamericano y del Caribe nos ayuda a valorar nuestro proceso evangelizador como un medio eficaz para el discipulado que, vivido con apertura de corazón, nos hará crecer en nuestra condición de misioneros. Que la sagrada Escritura sea siempre la luz y la inspiración que nos guíe.

 

143. Esforcémonos por profundizar en la importancia y significado de la pastoral social y comprometámonos en ofrecer un testimonio cristiano más vivo a partir de las acciones propias de esta pastoral.

 

144. Trabajemos para revitalizar la misa dominical, de tal manera que la Eucaristía sea el centro de la vida y la misión de nuestra Iglesia diocesana, con ello podremos responder de manera más adecuada a las necesidades pastorales de los hermanos con quienes compartimos la fe y la vida diaria en nuestras comunidades. Así nos prepararemos para la próxima visita pastoral en nuestra Arquidiócesis. Santa María de Guadalupe, como ejemplo de evangelización y compañera nuestra, desde hace 474 años va con nosotros en nuestro peregrinar hacia el Padre.

 

Dios sea amado y glorificado por cada uno de nosotros.

 

México, Distrito Federal, a 14 de Enero de 2006.

 

Peregrinación Anual de la Arquidiócesis de México,

a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

 

 

 

+ Norberto Cardenal Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México