magisterio

CELAM

Conferencia General del Episcopado Latinoamericano

Itinerario de la Misión Continental

Junio 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

Presentación

 

1. LA MISIÓN CONTINENTAL EN CAMINO

 

2. UNA MISIÓN DIFERENTE, CONTINENTAL Y PERMANENTE

 

3. UNA MISIÓN PARTICULAR, SURGIDA DESDE APARECIDA

 

4. LA CONVERSIÓN PASTORAL

 

4.1. Rasgos de una conversión pastoral

4.2. Acciones que se proponen para fortalecer la conversión pastoral

4.3. Acciones que se proponen para promover un proceso eclesial que involucre a todos

 

5. PARA QUE TENGAN VIDA PLENA

 

6. ITINERARIO DE LA MISIÓN: ETAPAS SUGERIDAS PARA SU REALIZACIÓN

 

6.1. Tiempo de preparación y sensibilización de agentes pastorales

6.2. Misión con agentes pastorales y evangelizadores

6.2.1. Para esta etapa se propone

6.2.2. Preparación de los misioneros para las etapas siguientes

6.3. Misión con grupos prioritarios: año del Bicentenario

6.4. Misión sectorial o ambiental

6.5. Misión territorial

6.6. Para que se tengan signos de la Misión Continental en común

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

 

 

El 25 de marzo del año pasado, la Comisión ad hoc para la Misión Continental presentó el documento Misión Continental para una Iglesia Misionera. Este pequeño libro tuvo una amplia difusión y fue una vigorosa y clara pauta para iniciar el proyecto concreto de la aplicación de la V Conferencia General de Aparecida.

 

Entretanto, el retablo que regaló el Santo Padre en Aparecida y, en Quito, su réplica a todas las Conferencias Episcopales, se ha extendido por todo el continente como valioso y atrayente símbolo de la Misión Continental.

 

Ahora presentamos este segundo documento: Itinerario de la Misión Continental, casi un año después de haber lanzado oficialmente este proyecto eclesial en Quito, que recoge muchas observaciones y experiencias de las Conferencias Episcopales que están comprometidas en la Misión y, que la Comisión ad hoc ha procurado sistematizar con el propósito de afinar y focalizar mejor los objetivos últimos de este gran proyecto misionero y para contribuir a la necesaria conversión eclesial.

 

Le pedimos al Señor, Buen Pastor y Misionero del Padre, por intercesión de María, Madre y Educadora de los discípulos, que podamos aprovechar de este intercambio de experiencias que ahora presentamos como ayuda para responder fielmente al mandato Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (Mt 28, 19).

 

Por encargo de la Comisión ad-hoc,

P. Sidney Fones I.

Secretario General Adjunto

 

29 de junio de 2009

Fiesta de san Pedro y san Pablo

 

1

 

LA MISIÓN CONTINENTAL EN CAMINO

 

Uno de los compromisos centrales de Aparecida fue despertar la conciencia discipular de los cristianos, rescatar la dimensión misionera de la Iglesia y convocar a una Misión en todo el Continente:

 

Este despertar misionero, en forma de una Misión Continental, cuyas líneas fundamentales han sido examinadas por nuestra Conferencia y que esperamos sea portadora de su riqueza de enseñanzas, orientaciones y prioridades, será aún más concretamente considerada durante la próxima Asamblea Plenaria del CELAM en La Habana. Requerirá la decidida colaboración de las Conferencias Episcopales y de cada diócesis en particular. Buscará poner a la Iglesia en estado permanente de misión (DA 551).

 

En efecto, después de la Conferencia de Aparecida (mayo de 2007), se realizó la Asamblea Plenaria del CELAM en La Habana, Cuba, en el mes de julio del mismo año. Se nombró una Comisión ad hoc, conformada por Obispos, teólogos y pastoralistas de diversas regiones, para impulsar la Misión.

 

A nivel continental se hizo el lanzamiento oficial en Quito, Ecuador, con motivo del Congreso Americano Misionero en 2008. El presidente del CELAM, Monseñor Raymundo Damasceno, hizo entrega a cada delegación de las Conferencias Episcopales, del Tríptico que el Santo Padre Benedicto XVI entregó a los Obispos en Aparecida como símbolo del compromiso misionero continental. A partir de allí las CCEE han iniciado todo un proceso de preparación y lanzamiento de la misión, bien sea a nivel nacional, regional o diocesano.

 

En la medida que la Misión Continental empieza a realizarse van surgiendo algunas preguntas e inquietudes. Algunas de ellas están respondidas en La Misión Continental para una Iglesia Misionera1 y convendría volverlo a leer. Otras preguntas denotan la preocupación por el peligro de seguir realizando acciones misioneras tradicionales, que surtieron efecto en su momento, pero que no están imbuidas del espíritu y de los objetivos de Aparecida y no responden a las nuevas realidades de nuestro tiempo. Aparecida nos urge a una decidida conversión pastoral y a una renovación misionera de nuestras comunidades.

 

Como se comprende, la Misión Continental no es un ejercicio misionero aislado, sino una opción misionera que pretende renovar la comunidad eclesial en su conjunto, para que todos los bautizados, convertidos en discípulos misioneros sean capaces de dar testimonio de la Buena Noticia en nuestro mundo hoy. Vale la pena, por tanto, profundizar algunos conceptos y propuestas, con la esperanza de ayudar a clarificar un poco más el camino emprendido. Así podremos revisar nuestro programa misionero a la luz del documento conclusivo de la V Conferencia.

 

 

 

2

 

UNA MISIÓN DIFERENTE,

CONTINENTAL Y PERMANENTE

 

 

La Misión Continental es un envío (“misión”) personal y eclesial que el Señor Jesús hace a todos y cada uno en la Iglesia para que, animados por el Espíritu Santo, compartamos el Evangelio con cada persona, especialmente con los que se han alejado de la comunidad de la Iglesia, que también ofreceremos respetuosamente a no creyentes, a quienes se confiesan agnósticos y ateos.

 

Casi todos nosotros tenemos en mente las misiones del siglo pasado, que se realizaban en un período determinado —diez o quince días— con el objetivo de anunciar el Evangelio, llamar a conversión, celebrar los sacramentos, especialmente la Eucaristía y el Perdón, bautizar a los que no lo están y bendecir los matrimonios de los que simplemente conviven. Este tipo de misión tiene su sentido y su riqueza.

 

En este nuevo milenio, las "Misiones populares" han experimentado una profunda transformación y se han convertido en una acción pastoral extraordinaria al servicio de la pastoral ordinaria que, a través de un proceso de varios años, ayuda a las parroquias a despertar la conciencia misionera de sus miembros, a crear pequeñas comunidades eclesiales y a salir al encuentro de los alejados e indiferentes. Ahora, siguiendo el espíritu de Aparecida, pueden ser una buena ayuda para llevar adelante la Misión Continental.

 

Cuando hablamos de misión Continental

 

nos referimos a un proceso misionero, que puede tener varios años de duración y que, a partir de un encuentro personal y comunitario con el Señor Jesús, se propone poner a toda la Iglesia y a todos en la Iglesia en un estado permanente de misión.

 

Es decir, se trata:

 

  • De un impulso misionero, destinado a conmover a toda la Iglesia en América Latina y El Caribe y que realizamos contemporáneamente en cada uno de nuestros países para sumar esfuerzos. Por eso es una Misión Continental;
  • su objetivo fundamental es poner a la Iglesia, y a todos en la Iglesia, en un estado permanente de misión. Esto implica “pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera”2 y ayudar a que todos en la Iglesia seamos fieles servidores de la Vida, por amor al Señor que es la VIDA;
  • esta actitud misionera sólo puede proceder de la hondura de un encuentro personal y comunitario con Jesucristo que nos constituya a cada uno de nosotros en auténticos discípulos y discípulas misioneros del Señor;
  • para ello queremos seguir y aplicar el método de Jesús: preguntar, escuchar y ofrecer una experiencia de encuentro con Él que llena de gozo y de sentido nuestras vidas3. Hay conciencia de que a veces no llegamos a la gente con nuestra pedagogía y nuestras propuestas pues respondemos a lo que creemos que son sus búsquedas sin haberles preguntado. Se hace más urgente preguntar ¿qué buscas? — ¿qué buscan? en una sociedad fragmentada… con búsquedas diversas y parceladas;
  • se trata de tener una pastoral acogedora de las personas y sus búsquedas actuales, tanto en nuestra actitud discipular misionera, como en la organización de servicios de escucha y acogida en nuestras comunidades. Una forma de acogi­da es tener espacios cálidos y acogedores, tanto para recibir a las personas como para realizar nuestros encuentros. No a la burocracia. No al desinterés. No a la frialdad. Sí a la calidez, a la cercanía y a la ternura.
  • Se trata de salir y no quedarnos en nuestros templos, en nuestros grupos de pertenencia, en el seno de nuestros movimientos, esperando a los que vengan; queremos “que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera”4;
  • por esta razón, la misión permanente requiere de una conversión personal, pastoral y eclesial e “implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales”5. Es decir, cambios profundos en nuestra manera de vivir la fe, de organizar la pastoral, de administrar la Iglesia y de servir al mundo, dejando de lado estructuras caducas que condicionan negativamente nuestro caminar; se nos exige el valor de una autocrítica profunda, a la luz de la Palabra de Dios.

 

Nuestra misión, si es de Cristo, debe tener en cuenta explícitamente Su presencia en la persona de los pobres y excluidos6. De hecho, uno de los rasgos de la Misión Continental es destacar cada año a uno de los rostros sufrientes del Señor, especialmente los señalados en Aparecida: los enfermos, encarcelados, tóxicodependientes, reclusos, migrantes, gente en situación de calle, etc.7;

 

La conversión personal y pastoral es también un aporte a la transformación eclesial y social, pues el Evangelio da Vida a las personas, a las comunidades, a las culturas. Por lo tanto, la Misión Continental se propone ofrecer nuestro servicio evangelizador a la sociedad, iluminando las culturas vigentes y haciendo a los discípulos y discípulas del Señor protagonistas activos y no meros espectadores de los cambios culturales.

 

En fin, la Misión Continental tiene una dimensión ecuménica ya que no pretende hacer prosélitos pues el Evangelio crece por desborde de alegría, por contagio espiritual y nunca por proselitismo. Se sugiere invitar a nuestros hermanos de otras Iglesias y comuniones cristianas a acompañarnos con su oración durante este proceso misionero e incluso, donde sea posible, asumir algunas acciones solidarias en conjunto8.

 

 

 

 

 

3

 

UNA MISIÓN PARTICULAR,

SURGIDA DESDE APARECIDA

 

 

Se pregunta a menudo cuál es la novedad de esta “Gran Misión Continental” y en qué se diferencia de “las misiones” que hemos conocido desde siempre o de las “misiones generales” que, reconocien­do sus méritos, hemos organizado en el pasado.

 

Este impulso misionero se diferencia de las “misiones” que habitualmente hemos dado:

 

  • porque pretende poner a toda la Iglesia y a todos en la Iglesia en estado permanente de misión, y por lo tanto, no tiene un término fijo sino que se prolonga en el tiempo;
  •  
  • porque se hace en diálogo con el mundo en que vivimos, buscando interlocutores más que destinatarios, para compartir la experiencia de fe en el Señor Jesucristo;
  •  
  • porque su objetivo es ofrecer, compartir y dar la Vida —Cristo, Vida del hombre, vida del mundo— tanto a las personas como a la misma sociedad;
  •  
  • porque se quiere realizar a todos los niveles de la Iglesia y no sólo a nivel parroquial o territorial, involucrando en ella a las parroquias, los colegios, las universidades, los monasterios, las congregaciones religiosas, los institutos seculares, los movimientos apostólicos y nuevas comunidades;
  •  
  • porque se da en un contexto cultural en que la novedad del Evangelio es nuestro mejor aporte al desarrollo integral de nuestros pueblos;
  •  
  • porque se realiza en el contexto del Bicentenario de la Independencia, en varios países, en que se podría favorecer una especie de refundación de esas naciones en los valores más sólidos de nuestra tradición así como de nuestra herencia religiosa y cultural.

 

En palabras de Aparecida:

 

La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales. ... Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu9.

 

En efecto: La pastoral de la Iglesia no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus miembros. Su vida acontece en contextos socioculturales bien concretos. Estas transformaciones sociales y culturales representan naturalmente nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales10.

 

Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe11.

 

 

 

 

 

 

4

 

LA CONVERSIÓN PASTORAL

 

Entrar en el dinamismo de una misión permanente, con estas u otras etapas, supone un proceso pedagógico con un itinerario pastoral en que podamos formar el corazón del discípulo misionero en todos nosotros: bautizados, confirmados y ordenados para el ministerio sacerdotal así como aquellos y aquellas que han recibido una especial consagración. Desde el punto de vista de nuestro discipulado misionero exige una conversión pastoral, es decir, la audacia de hacer más evangélica, discipular y participativa, la manera como pensamos y realizamos la pastoral.

 

La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta12.

 

4.1. RASGOS DE UNA CONVERSIÓN PASTORAL

 

En una auténtica conversión pastoral

 

…se hace siempre más importante y urgente radicar y hacer madurar en todo el cuerpo ecle­sial la certeza que Cristo, el Dios de rostro humano, es nuestro verdadero y único salvador (DA 22). Cada bautizado, en efecto, es portador de dones que debe desarrollar en unidad y complementariedad con los de los otros, a fin de formar el único Cuerpo de Cristo, entregado para la vida del mundo (DA 162). En el Pueblo de Dios, la comunión y la misión están profundamente unidas entre sí… La comunión es misionera y la misión es para la comunión (DA 163).

 

A partir de estos presupuestos, algunos rasgos importantes de una conversión pastoral son los siguientes:

 

  • en primer lugar, reconocer que la diócesis es la unidad pastoral para realizar la misión, por lo tanto hay una conversión hacia la Iglesia Particular y en la misma Iglesia Particular —conversión eclesial— para que la pastoral sea orgánica, inclusiva y participativa;
  • en este camino de pastoral orgánica deben participar todos los bautizados y bautizadas, como discípulas y discípulos misioneros: no sólo los sacerdotes ni sólo las parroquias, como es común que suceda13. En torno al Obispo deben tener lugar los consagrados, los ministros ordenados, todos los laicos, todas las pastorales, los movimientos, los colegios e instituciones diocesanas.

 

     Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe14; esta conversión pastoral y eclesial debe reflejarse en todos los planes pastorales como una respuesta consciente y eficaz para atender las exigencias del mundo de      hoy, con indicaciones programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios, que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura15; tanto en la gestación de estos planes como en su realización deben participar con voz y voto todas las expresiones de vida apostólica y espi­ritual que hay en la diócesis, especialmente el laicado masculino y femenino, respetando los ámbitos de decisión correspondientes. Esto debiese ser normal en la Iglesia del Señor pues, además, promueve la corresponsabilidad. Son planes pastorales de toda la Iglesia y de todos en la Iglesia, abiertos a discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias”16.

 

La pastoral se hace de cara a la historia, tratando de responder a sus desafíos y procurando tocar el corazón de las personas y el corazón de las culturas17. Es paradigmática la actitud pastoral de las primeras comunidades que, desde su debilidad y pobreza, sufriendo persecución y muerte, supieron encontrar caminos para evangelizar e incidir en las culturas de su tiempo18. Esta fideli­dad y audacia apostólicas implica necesariamen­te para nosotros reformas espirituales, pastorales y también institucionales19.

 

Llevar a cabo esta hermosa tarea, nos exige vivir “la espiritualidad de la comunión” en los térmi­nos tan ricos y precisos expresados por el Papa Juan Pablo II20 en Novo Millennio Ineunte.

 

     De allí nace la actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la      corresponsabilidad y participación efec­tiva de todos los fieles en la vida de las      comunidades cristianas. Hoy, más que nunca, el testimonio de comunión eclesial      y la santidad son una urgencia pas­toral. La programación pastoral ha de      inspirarse en el mandamiento nuevo del amor21.

 

Esta nueva manera de hacer pastoral debe tener en cuenta la pastoral ad gentes, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, para saber dialogar con los no creyentes que hay en nuestras Iglesias Particulares y para formar misioneros, laicos y consagrados, que puedan ir a anunciar el Evangelio en otras tierras.

 

En síntesis: la conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que

“el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial” (NMI 12) con nuevo ardor misionero, haciendo que la Igle­sia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera22.

 

4.2. ACCIONES QUE SE PROPONEN PARA FORTALECER LA CONVERSIÓN PASTORAL

 

Aparecida afirma que Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia (DA 365). Esto requiere …una evangeli­zación mucho más misionera, en diálogo con todos los cristianos y al servicio de todos los hombres (DA 13); e implica escuchar con atención y discernir lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias (Ap 2,29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta (DA 366).

 

Por eso, se hace necesario optar por un proceso de renovación para construir una Iglesia misionera; y dar prioridad a la actitud de escucha, de diálogo y acogida.

 

Para promover que los agentes de pastoral opten cons­cientemente por la misión permanente, sugerimos:

 

Revisar los planes, programas y metas pastorales, nacionales y diocesanos a la luz de este espíritu de renovación pastoral en vista de la misión permanente. Revisar críticamente estos planes, programas y metas de la doble perspectiva:

 

¿Acercan ellos a un encuentro personal con Jesucristo? ¿Cómo?

 

¿Llevan ellos a salir personal y comunitariamente de uno/nosotros mismos hacia otros? ¿Cómo?

 

Para estructurar un proceso que tenga continui­dad, establecer una planeación a mediano y largo plazo. El proceso de evangelización tiene dos características: es circular, porque sus momentos se repiten, impulsándose y alimentándose uno al otro; y es una espiral que avanza haciéndose cada vez más amplia y profunda.

 

Iniciar un proceso de revisión del proceder de los organismos diocesanos en su trabajo conjunto, buscando simplificar la estructura y hacer más directos y participativos sus procedimientos de servicio subsidiario.

Para cultivar el sentido universal de la misión de la Igle­sia y su apertura al mundo, sugerimos:

 

Provocar un intercambio entre diócesis e, incluso, entre países, para compartir el proceso de misión permanente, el programa de formación y los subsidios que están utilizando, cultivando un ambiente eclesial de Iglesia universal.

 

Darle un especial impulso a la maduración de las instancias de consulta en la estructura y orga­nización eclesial para favorecer un ambiente de escucha y diálogo.

 

Estar atentos y receptivos a la voz del Espíritu que se deja oír a través de las situaciones humanas y sociales de nuestros pueblos, promoviendo encuentros con líderes y organizaciones sociales que buscan el bien común, para que la acción misionera se geste llena de cercanía y sencillez hacia todos.

 

4.3. ACCIONES QUE SE PROPONEN PARA PROMOVER UN PROCESO ECLESIAL QUE INVOLUCRE A TODOS

 

Profundizar la espiritualidad de comunión y par­ticipación en todas las comunidades.

 

Convocar sistemáticamente a los diversos caris­mas presentes en la Iglesia.

 

Organizar encuentros y retiros donde se reflexio­ne la espiritualidad de comunión y participación y sus consecuencias en la vida de las comunida­des y en la práctica pastoral.

 

Tener como estrategia pastoral la integración y organización de equipos eclesiales, donde estén presentes los distintos carismas. Convocarlos especialmente para que participen en la planeación del itinerario de la misión.

 

 

 

 

 

 

5

 

PARA QUE TENGAN VIDA PLENA

 

El lema de Aparecida es muy claro: somos discípulos misioneros del Señor para que nuestros pueblos tengan vida. Es la columna vertebral de todo el documento conclusivo23 que, en términos de misión, tiene un capítulo ineludible pues identifica la misión de la Iglesia con el hecho de dar vida. Por supuesto, no cualquier vida, sino la Vida por excelencia que es el Señor Jesús24. Ponernos en contacto con Él, por la gracia del Espíritu Santo, es acceder a las fuentes de la vida, de la creación, de la redención, de la santificación, de la liberación integral y del desarrollo más pleno que puede tener una persona como es la santidad.

 

Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza. Por eso, se volverá imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atrac­tivo testimonio de unidad “para que el mundo crea25.

 

Ahora bien, la Vida del Señor no es sólo para el crecimiento personal, es “para que nuestros pueblos tengan Vida” y por eso, nuestra misión, está al servicio de la vida de los pueblos. Lo mejor que puede hacer nuestra Iglesia es anunciar el Evangelio de la Vida, con gestos y palabras, en un mundo que la busca con afán, aunque no siempre de la mejor manera. Por esa razón, el anuncio del Evangelio de la Vida, destaca el valor sagrado de la vida humana, desde su inicio hasta su término natural, y afirma el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho, se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política26. Es necesario también denunciar las caricaturas de la vida, o peor, la anticultura de la muerte que cobra muchas vidas no sólo en la gestación de un niño y en su muerte inducida, sino también a través de los ídolos del poder, del tener y del placer.

 

En este contexto del Evangelio de la Vida, hay que tener en cuenta la naturaleza amenazada por la acción de los hombres y mujeres del planeta, y por las políticas de los Estados.

 

Jesús, que conocía el cuidado del Padre por las criaturas que Él alimenta y embellece (cf. Lc 12, 28), nos convoca a cuidar la tierra para que brinde abrigo y sustento a todos los hombres (cf. Gn 1, 29; 2, 15).

 

La opción primordial por la vida lo es, entonces, en su integralidad:

 

La vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana “en su dimensión personal, familiar, social y cultural”. Para ello, hace falta entrar en un proceso de cambio que transfigure los variados aspectos de la propia vida. Sólo así, se hará posible percibir que Jesucristo es nuestro salvador en todos los sentidos de la palabra. Sólo así, manifestaremos que la vida en Cristo sana, fortalece y humaniza. Porque “Él es el Viviente, que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta”. La vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y de aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia y, así, brota una gratitud sincera27.

 

Lo nuestro será dar a conocer, con amor y alegría, al Señor que es la Vida… para que nuestros pueblos tengan vida, para que cada comunidad tenga vida, para que cada persona tenga vida y la tenga desbordante… Y hacerlo en el contexto en que se desarrolla nuestra propia vida, sin idealizar y sin esconder el dolor de lo adverso: la cruz presente en nuestra vocación y nuestro ministerio. Al revés, el anuncio de la cruz es poder de Dios para los que han creído en Jesús. Es un portento que ayuda a entender mejor por qué Jesús es la Vida del mundo: precisamente porque ha asumido la cruz y ha vencido la muerte para siempre28.

 

En este contexto comprendemos mejor el sentido de muchas expresiones de la religiosidad popular (cfr. DA 258-265) que, con su lenguaje, con sus gestos y sus ritos, acuden al Dios de la Vida para que les ayude a llevar la cruz de su existencia y para darle gracias por el don de la Vida y por tantas gracias recibidas. Las bendiciones pedidas y recibidas con tanta fe, las promesas, las novenas y el cariño intercesor por los santos, la fe que se respira en los santuarios, las velas encendidas y, sobre todo, el recurso a la Madre que no falla, cuyo nombre expresamos con amor y con ternura en todas las lenguas del Continente… son una señal inequívoca de la fe inconmovible en que la Vida viene de Dios Padre, que Jesús dio su Vida para la vida del mundo y que el Espíritu Santo nos mantiene y nos hace crecer en el don de la vida.

 

Para desarrollar esta dimensión proponemos:

 

Fortalecer la pastoral de las comunidades pues

la vida sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa. Porque “Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos”29.

 

Cultivar la virtud del desprendimiento, del don de sí, en una pastoral vocacional del matrimonio, la familia, el estudio, el trabajo y, especialmente, en el matrimonio y en la vocación a la vida consagrada y ministerial, pues la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad30.

 

Estar atentos, en cada etapa de la misión, a promover y dar lugar a las expresiones de la religiosidad popular que expresan la fe en el Dios de la Vida: fiestas patronales, romerías a los santuarios, peregrinación de imágenes de la Santísima Virgen… y devociones tan centrales como el Via Crucis, el Via Lucis y el Santo Rosario.

 

 

 

 

 

6

 

ITINERARIO DE LA MISIÓN:

ETAPAS SUGERIDAS PARA SU REALIZACIÓN

 

Es breve la explicación del itinerario de la Misión en nuestro folleto anterior31. Por eso, deseamos profundizar esta propuesta, siempre a modo de sugerencia.

 

La misión puede tener cuatro etapas básicas que se proyectan al futuro en una misión permanente. Éstas estarán precedidas por un tiempo de preparación o sensibilización, dedicado a acoger y profundizar el mensaje de Aparecida.

 

Aunque preferimos hablar de etapas más que de años, éstas también se pueden realizar de manera más cronológica, pero cuidando que las iniciativas más valiosas se prolonguen en el tiempo para que nos ponga en misión permanente. Así por ejemplo:

 

a. Un tiempo de preparación y sensibilización de agen­tes pastorales.

 

b. Una etapa destinada a la formación y al reencantamiento de los agentes pastorales y evangelizadores (año 2009 y siguientes);

 

c. Una etapa para profundizar la experiencia cristiana con grupos prioritarios en la pastoral de la Iglesia (año 2010 y siguientes);

 

d. Una etapa destinada a las misiones sectoriales o ambientales (año 2011 y siguientes);

 

e. Una etapa dedicada a la Misión territorial (año 2012 y siguientes).

 

Los misioneros que se vayan formando en cada etapa se deberían sumar a las etapas sucesivas de la misión. Por otra parte, mientras se vive una etapa se debe ir preparando la siguiente. Insistimos en que no hay fechas de término sino procesos que maduran en el tiempo, como quien encuentra una veta y la sigue hasta agotarla. Así por ejemplo, la renovación de los agentes pastorales tiene un comienzo en 2009 pero una proyección ilimitada como todo proceso de conversión a la santidad. O bien, la Lectio divina: se enfatiza en los primeros tiempos, en el marco del Sínodo de la Palabra, y hay que cultivarla sin tiempo deseando que madure en nosotros esa forma de encontrarnos con el Señor y sus caminos.

 

6.1. TIEMPO DE PREPARACIÓN Y SENSIBILIZACIÓN DE AGENTES PASTORALES

 

Este tiempo de preparación comenzó con el envío misionero realizado en Quito, el 17 de agosto de 2008 y, en cada país, en las fechas elegidas por las Conferen­cias Episcopales. Éste tiene por objeto:

 

a. difundir, conocer, profundizar y familiarizarse con el Documento de Aparecida;

 

b. despertar en todos nosotros el anhelo de encontrarnos más profundamente con el Señor;

 

c. difundir el tríptico del Cristo del envío con su correspondiente catequesis;

 

d. aprovechar los materiales publicados tanto en el CELAM —Colección “A la luz de Aparecida”— como en otras diócesis y Conferencias Episcopales;

 

e. celebrar encuentros diocesanos para interiorizarnos de la Misión Continental y planificar en conjunto lo que queremos realizar;

 

f. formar Comisiones diocesanas y una Comisión Nacional, para promover y acompañar la Misión Continental.

 

6.2. MISIÓN CON AGENTES PASTORALES Y EVANGELIZADORES

 

Se trata de convocar a todas las personas responsables de la pastoral (sacerdotes, religiosas, diáconos permanentes, laicos), dando el primer paso de la Misión Continental para vivir a fondo la experiencia de un encuentro personal con el Señor que se proyecte en un discipulado misionero.

 

Es una etapa destinada a una formación y renovación profundas de nuestra vida cristiana inspirados por la figura de Van Pablo (año paulino) y por los resultados del Sínodo de la Palabra. Es deseable que esta experiencia se de, en consecuencia, en torno a la Lectio divina.

 

El objetivo de esta etapa es que los pastores, los diáconos permanentes, los consagrados y las consagradas, los que ejercen servicios confiados a los laicos, los consejos pastorales de las Parroquias y la dirigencia de los movimientos seamos los primeros en asumir este camino del discipulado misionero y en profundizar nuestra conversión personal y pastoral.

 

No es, por lo tanto, en primer lugar, una etapa “para los demás” sino que nos incumbe a todos en la misma proporción de nuestras responsabilidades pastorales: a mayor responsabilidad mayor necesidad de renovación espiritual. Es una etapa clave para el desarrollo posterior de la Misión Continental, un paso esencial para tener una Iglesia efectivamente misionera.

 

A la vez, como en todas las etapas, es conveniente que haya una actividad misionera más masiva para evitar la tentación de encerrarnos en nuestra renovación espiritual, ya que seguimos siendo pastores y responsables de la pastoral. Por otra parte, la gente escucha hablar de “Misión Continental” y es importante que ésta llegue a su casa personalmente antes que por los medios de comunicación.

 

6.2.1. Para esta etapa se propone:

 

a. Dar prioridad al reencantamiento y conversión de los que tenemos responsabilidades pastorales, obispo incluido. Se comienza en esta etapa y se continúa en las siguientes:

 

Dar mayor énfasis a la Lectio Divina, para fundamentar el discipulado misionero, en el espíritu del año paulino y en continuidad con el Sínodo de la Palabra;

 

Realizar jornadas, retiros y encuentros eclesiales, es decir, que no sean sólo de sacerdotes, sólo de religiosos, sólo de laicos, para profundizar en conjunto nuestra vocación discipular y misionera.

 

Dar importancia al acompañamiento personal de cada una de estas personas;

 

b. Visita casa a casa. Proponerse visitar y bendecir a las casas y las familias, dejando en los hogares el tríptico del Cristo del Envío o simplemente la oración de la Misión. Es un signo que habla de “salir”, de visitar a los “alejados”, de dar a conocer la Misión Continental y de ser un pequeño gesto misionero que no debe faltar en cada etapa de la Misión.

 

c. Profundizar en la Pastoral ordinaria los “lugares” de encuentro (cf. DA 246-265) con el Señor. Es importante considerar estos “lugares” de encuentro como lo que son, es decir, como el itinerario de fe del encuentro con el Señor. Esta íntima relación hay que elaborarla para que “los lugares de encuentro” no aparezcan como experiencias aisladas.

 

d. Vivir este proceso discipular y misionero en la Escuela de María (DA 266-272), y con especial énfasis en las fiestas de la Encarnación, la Ascensión, Pentecostés, la Virgen de Aparecida, la Inmaculada Concepción, nuestra Señora de Guadalupe.

 

e. Elaborar itinerarios de iniciación cristiana de adultos y de renovación de la Catequesis familiar de la iniciación a la Vida eucarística con toda la riqueza que ello implica.

 

f. Darle la debida importancia a la preparación de las celebraciones de Bautismos, Confirmaciones y Matrimonios, en las que suelen participar muchas personas que habitualmente no lo hacen, a fin de que sean momentos acogedores, gratos, participativos y de anuncio explícito de la Buena Noticia del amor de Dios por Jesucristo su Hijo en el Espíritu.

 

6.2.2. Preparación de los misioneros para las etapas siguientes

 

a. Considerar la formación de discípulos misioneros como el eje de apoyo del plan pastoral diocesano, teniendo como prioridad la formación y participación de más bautizados laicos. Hay que dar especial atención a la formación permanente de los Ministros ordenados y mantener apertura, intercambio y esfuerzo de integración con los agentes de Vida Consagrada para que participen plenamente en la vida diocesana.

 

b. Hacer un programa de contenidos que desarrollen la espiritualidad misionera para utilizarlo en las reuniones ordinarias de los distintos agentes evangelizadores.

 

c. Preparar encuentros por grupos de agentes (ministros ordenados, religiosos, religiosas y laicos) para que, a la luz de la Palabra de Dios, se revise la forma en que están viviendo la propia vocación bautismal y el envío que hemos recibido.

 

d. Programar encuentros eclesiales, convocando a los diferentes carismas presentes en la Iglesia local, para reflexionar sobre la comunidad que debemos construir para responder a la misión que hemos recibido de Jesús: qué Iglesia somos y qué Iglesia nos pide el Espíritu ser.

 

e. Reorientar y fortalecer el trabajo de la pastoral vocacional, con la finalidad que en los distintos ámbitos pastorales exista una orientación clara para apoyar el desarrollo de la vocación cristiana de todos los bautizados.

 

f. A partir del capítulo sexto del Documento de Aparecida, que las instancias encargadas de la formación de los distintos agentes revisen el itinerario y los contenidos de formación que están ofreciendo, con la finalidad de renovarlos y hacerlos compatibles con un plan de pastoral misionera.

 

g. De manera especial, cuidar la formación de los discípulos misioneros en los dos primeros momentos del proceso evangelizador: el momento misionero, sobre todo en las diversas modalidades para proclamar el primer anuncio o kerigma; y también, en el momento catequético, en especial, la iniciación o la reiniciación cristiana, según sea el caso.

 

h. Elaborar los subsidios que se consideren necesarios para acompañar el itinerario de formación de los bautizados, primero como discípulos y luego como misioneros de Jesucristo.

 

i. Que la organización diocesana, decanal y parroquial prepare y capacite nuevos cuadros de laicos formadores de otros laicos para los distintos momentos del proceso evangelizador.

 

j. Elaborar el programa de formación permanente del clero en consonancia con la Misión Continental.

 

k. Organizar los encuentros necesarios con los Religiosos y Religiosas que se incorporen a la Diócesis, para compartirles el proceso pastoral.

 

6.3. MISIÓN CON GRUPOS PRIORITARIOS: AÑO DEL BICENTENARIO

 

Es posible que en varios países esta etapa coincida con el Año del Bicentenario, además coincide con el Año Sacerdotal. En ese caso habrá que proponer algunas acciones misioneras, suficientemente potentes, para que ocupen su lugar en un año que estará jalonado por muchas y diversas iniciativas.

 

La tarea de un bicentenario, desde una perspectiva eclesial, es reforzar en cada uno de nuestros países la dignidad de reconocernos como una familia, lo cual implica una experiencia singular de proximidad, fraternidad y solidaridad. No somos un mero país, apenas un hecho geográfico o una suma de pueblos y de etnias que se yuxtaponen. Uno y plural, cada país es la casa común, la gran patria de hermanas y hermanos32.

 

También debemos esforzarnos por el encuentro, la comunión y la reconciliación de nuestros pueblos, los cuales tienen una definida vocación a la integración latinoamericana.

 

En la nueva situación cultural afirmamos que el proyecto del Reino está presente y es posible, y por ello aspiramos a una América Latina y Caribeña unida, reconciliada e integrada. Esta casa común está habitada por un complejo mestizaje y una pluralidad étnica y cultural, “en el que el Evangelio se ha transformado (...) en el elemento clave de una síntesis dinámica que, con matices diversos según las naciones, expresa de todas formas la identidad de los pueblos latinoamericanos”33 (DA 520).

 

Por lo mismo, se presta para que sea una etapa en que podemos destacar el encuentro con Jesucristo, el Señor de la Historia, que se nos ofrece especialmente en la Palabra de Vida y en la Eucaristía.

 

Un objetivo de este tiempo de misión será profundizar la experiencia del Señor con grupos prioritarios para cada diócesis o para el país.

 

Entendemos por ‘grupos prioritarios’, aquellos grupos de agentes pastorales y/o de laicos comprometidos que trabajan en áreas de especial relevancia en la obra evangelizadora. Por ejemplo, profesores de religión, catequistas, periodistas católicos, agentes de pastoral juvenil etc.

 

Grupos prioritarios pueden ser también ambientes que interesan de manera especial a la Iglesia, para despertar en sus actores el anhelo del encuentro con Cristo, para poner a sus instituciones en estado de misión permanente. Así quisiéramos ofrecer al país un testimonio de lo que la Iglesia ha hecho a lo largo de estos doscientos años, lo que realiza actualmente y lo que hará en esos campos, como la educación, solidaridad, pastoral rural, servicio público, etc… Esto es especialmente importante en tiempos en que algunos quisieran escribir la histo­ria prescindiendo de la Iglesia.

 

Para esta etapa se propone:

 

Impulsar la vida y el compromiso de fe de todos los bautizados comprometidos en algún servicio pastoral.

 

Fortalecer la pastoral de conjunto entre los agentes evangelizadores de las distintas áreas de servicio.

 

Preparar un programa de renovación misionera dirigido a los agentes de pastoral integrados en alguna área de pastoral (profética, litúrgica y sociocaritativa) o en algún servicio ambiental (por ejemplo: pastoral educativa, penitenciaria, de la tercera edad, etc.), para que estos agentes de evangelización puedan ser los animadores de la Misión Continental en sus ámbitos de servicio.

 

Programar reuniones de coordinación y evaluación para que se acuerden acciones conjuntas de pastoral y se revise su resultado. De tal manera que la acción eclesial de anuncio no quede desvinculada de lo celebrativo festivo y, ambas estén unidas al testimonio de caridad.

 

Que sea una etapa dedicada al día del Señor, lugar de encuentro con Cristo y fortalecimiento de la comunidad:

 

Catequizar sobre el sentido del Domingo;

 

Dar especial importancia a las fiestas eucarísticas: Jueves Santo, Corpus Christi…

 

Breves catequesis sobre la Eucaristía y sus partes, al comenzar la Misa dominical;

 

Mejoramiento y renovación de las celebraciones eucarísticas, del ministerio de los enfermos e impedidos, y de aquellas celebraciones sin sacerdote;

 

Catequizar también la Eucaristía como “proyecto de solidaridad”34 y su necesaria proyección social;

 

Dar especial importancia a la pastoral familiar (grupo prioritario) para fortalecer el núcleo básico de la sociedad. El rostro sufriente de Cristo podemos encontrarlo en las familias monoparentales, las que están trizadas y separadas, las uniones matrimoniales de cristianos divorciados, etc., que merecen un especial cuidado de nuestra parte;

 

Visita casa a casa: para invitar a la Eucaristía dominical, y para promover la bendición de los alimentos en las comidas, dando especial atención a enfermos e impedidos.

 

Asumir desde una perspectiva evangelizadora y misionera las otras actividades que se planifiquen en la Iglesia local;

 

Seguir con las prioridades de la etapa anterior (misión permanente…) y formar misioneros para la que viene;

 

6.4. MISIÓN SECTORIAL O AMBIENTAL

 

Cuando hablamos de Misiones sectoriales o ambien­tales, hacemos referencia a sectores de la sociedad, no ligados a un territorio en que, por su condición, relevancia social u otra razón válida, se estime pertinente hacer presente en ellos la labor evangelizadora de la Iglesia. Por ejemplo: los jóvenes, los educadores y el mundo de la educación, los trabajadores de la salud, el mundo carcelario, los dirigentes sociales, políticos, empresarios, comunicadores sociales, organizaciones medioambientales etc. O tal vez, un sector más amplio formado por un conjunto de actores sociales ligados a un tema relevante, como podría ser la familia, la droga­dicción, o la equidad social.

 

Esta forma de evangelizar responde a lo que la Iglesia ha venido madurando desde Gaudium et Spes, reconociendo las semillas del Verbo en la actividad humana, en el trabajo y ejercicio de las profesiones, en la transformación de la sociedad, en la política, la empresa, etc.

 

Se debería tener presente en esta etapa lo que Apare­cida propone para el anuncio de Cristo, como Señor de la Vida (integral - DA 353-364) y lo que nos enseña sobre la promoción humana (también integral).

 

Para esta etapa se propone:

 

Clarificar cuáles ambientes culturales son prioritarios para la tarea evangelizadora y discernir a nivel diocesano, y en algunos casos a nivel nacional, cuáles son las misiones sectoriales en que debemos concentrarnos, para no perdernos en un sin fin de actividades, por ejemplo: los jóvenes (en perspectiva del Encuentro Mundial de Jóvenes en Madrid en el año 2011); los Comunicadores Sociales; empresarios y trabajadores, etc;

 

Preparar discípulos misioneros que puedan hacer una presencia específica en los ambientes más alejados del Evangelio.

 

Convocar reuniones por ambientes específicos, donde se confronte con líderes de esos sectores el itinerario de presencia misionera que se puede llevar a cabo.

 

En la preparación de la Misión territorial:

 

hacer mapa humano y el mapa institucional de cada Parroquia, y poner al día los datos del censo,

 

Definir el itinerario de formación para los agentes específicos y formar a los misioneros y visitadores en el sentido de la misión;

 

los jóvenes pueden preparar una página web o blog de cada parroquia y animar estas plataformas de servicio a la comunidad.

 

Visita casa a casa: para buscar nuevos misioneros como también nuevos apóstoles en el mundo y en el corazón de la Iglesia;

 

Continuar dando importancia al acompañamiento de quienes tienen responsabilidades pastorales, a la Lectio Divina y a la pastoral del Domingo y la participación del Domingo (misión permanente).

 

6.5. MISIÓN TERRITORIAL: ACTIVIDADES DE LA MISIÓN

 

La misión territorial supone haber trabajado la pastoral parroquial para tener parroquias acogedoras, participativas, misioneras, solidarias, en que no se centre la actividad en la sede parroquial sino en los barrios y en los mismos hogares de los parroquianos. ¡Hay que salir!

 

La alegría de ser discípulos y misioneros se percibe de manera especial donde hacemos comu­nidad fraterna. Estamos llamados a ser Iglesia de brazos abiertos, que sabe acoger y valorar a cada uno de sus miembros. Por eso, alentamos los esfuerzos que se hacen en las parroquias para ser “casa y escuela de comunión”, animando y formando pequeñas comunidades y comunidades eclesiales de base, así como también en las asociaciones de laicos, movimientos eclesiales y nuevas comunidades. Nos proponemos reforzar nuestra presencia y cercanía (Mensaje final n. 33).

 

La misión parroquial debiese dar énfasis a los rasgos constitutivos de la Iglesia: la Palabra, la Santificación (especialmente Perdón y Eucaristía), la Caridad (solidaridad) y la Comunidad.

 

Hay que estar atentos al estudio cuidadoso y a la puesta en práctica de la Exhortación postsinodal sobre la Palabra de Dios. Por ello, proponemos una misión territorial basada fundamentalmente en la Lectio Divina que nos lleve a la Eucaristía y a la Caridad, por ejemplo, con el siguiente desarrollo:

 

El comienzo de año, incluido el tiempo de Cuaresma, se dedica a la formación de los misioneros en los textos bíblicos fundamentales que expresan las tres dimensiones esenciales de la Iglesia: la Palabra (el Sembrador), la Santificación (Emaús), la Caridad (el Buen Samaritano)… Además de las visitas domiciliarias y la organización de grupos de Lectio, germen de nuevas comunidades, se propondrán actividades litúrgicas y pastorales correspondientes a cada uno de ellos.

 

Para esta etapa proponemos lo siguiente:

 

a. Realizar un análisis pastoral para poder sectorizar territorial y ambientalmente la acción parroquial.

 

b. De acuerdo al proyecto de la Misión Continental, integrar equipos misioneros en cada parroquia, como animadores y formadores de otros discípulos misioneros.

 

c. Elaborar el itinerario de la misión de acuerdo a la realidad de la parroquia. Las acciones misioneras en los sectores territoriales y ambientales se extenderán en la medida en que se cuente con más misioneros.

 

d. Formar misioneros capaces de hacer la Lectio y dirigir la Lectio, especialmente, con los textos bíblicos elegidos.

 

e. En seguida, se prepara un primer tiempo de misión que puede comenzar en Pascua de Resurrección y que está dedicado a las personas que habitualmente participan en la Misa dominical y en la vida parroquial, con el texto de Emaús, reconociendo al Señor en la fracción del pan. Esto es coherente con todo el ciclo pascual y con la presencia de María, mujer eucarística.

 

f. Un segundo tiempo de la misión se puede realizar a partir de Pentecostés y consiste en salir a compartir la experiencia del Señor y anunciar el Evangelio en todos los lugares públicos de cada diócesis y parro­quia, animados por el texto del Sembrador. Es decir, dar a conocer cómo el Señor realiza hoy la siembra de su presencia en el corazón de las personas. Lo hacemos junto a la Virgen María, “memoria de la Iglesia” que ha encarnado la Palabra en su corazón, en su vientre y en sus obras.

 

g. El tercer tiempo se realiza hacia el mes de septiembre, centrado en la parábola del Buen Samaritano que da vida a todos los dolientes, para llegar a tener una Iglesia y un país samaritanos. Lo hacemos junto a la Virgen María mujer atenta y servicial, maestra de un discipulado misionero y solidario, Madre de su Hijo y de sus hijos, especialmente junto a la Cruz.

 

h. La visita domiciliaria tiene por objeto formar grupos de Lectio, comunidades cristianas de discípulos misioneros, etc.

 

i. Es importante también que nuestra presencia pública, ojalá en la calle, pueda hacer frente a temas cotidianos amenazantes como el consumo de drogas, la violencia intrafamiliar y social, la delincuencia, etc.

 

j. Junto a los hogares hay que visitar absolutamente todos los lugares en que la gente trabaje en el sector: empresas, oficinas, cuarteles, negocios, almacenes, etc. Y realizar actividades coloridas y de convocación en las plazas y esquinas más connotadas del sector, poniendo afiches, pintando murales, y aprovechando otras formas de expresión artística callejera y popular.

 

k. El rostro sufriente de Cristo que podemos destacar durante el año es el rostro de los migrantes, los desplazados, los enfermos, los encarcelados o los tóxicodependientes, por ser realidades que afectan siempre el núcleo de sus familias. Como parte de la acción misionera se preparen signos de solidaridad caritativa con los más necesitados de la parroquia.

 

l. No hay que olvidar en esta etapa darle especial atención a la juventud. Con creatividad, se debe preparar el anuncio kerigmático dirigido a los jóvenes y darle continuidad mediante encuentros sucesivos.

 

 

 

 

ETAPAS DE LA MISIÓN CONTINENTAL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6.6. PARA QUE SE TENGAN SIGNOS DE LA MISIÓN CONTINENTAL EN COMÚN

 

Son necesarios algunos signos comunes, bien sea a nivel continental, nacional, regional o local, que manifiesten la unidad eclesial y el compromiso decidido de toda la Iglesia en la Misión Continental. Por eso, es necesario:

 

a. Buscar que maduren signos comunes en expresiones de servicio a los más pobres, en especial con la participación de jóvenes; y que todas las acciones misioneras culminen con un signo celebrativo festivo.

 

b. Hacer que la fiesta de Pentecostés sea en estos años un momento “Continental” de re-envío misionero y de realizar un gesto común que sea de verdad significativo

para todos los creyentes.

 

c. Preparar la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, a nivel Continental, como momento de evaluación y proyección, de acción de gracias y de ofrecimiento del itinerario misionero que se vaya recorriendo.

 

d. Elaborar un calendario de signos de la Misión Continental en común a nivel Conferencias Episcopales, a nivel de las Regiones del CELAM y a nivel Continente.

 

AL CONCLUIR ESTE CICLO MISIONERO:
ESTADO PERMANENTE DE MISIÓN

 

Al culminar este ciclo misionero, hay que organizar una Asamblea diocesana o, tal vez, un Sínodo diocesano, para evaluar el camino recorrido y planificar juntos —en Iglesia— como se continúa con la misión permanente en parroquias, colegios, movimientos, seminarios, congregaciones, conventos… y continuar dando énfasis en los rasgos de Iglesia o sectores de Iglesia que no alcanzamos a priorizar en este primer ciclo misionero.

 

1 CELAM, La Misión Continental para una Iglesia Misionera, Bogotá, 25 marzo 2008, 58 páginas.

2 DA 371.

3 Cf. Encuentro de Jesús con los primeros discípulos (Jn 1, 35-51).

4 DA 370.

5 DA 367.

6 Cf. DA 550.

7 Cf. DA 407-430.

8 Cf. DA 233-234.

9 DA 11.

10 DA 367.

11 DA 365.

12 DA 366.

13 Cf. DA 368.

14 DA 365.

15 DA 371.

16 DA 366.

17 Cf. DA 367.

18 Cf. DA 369.

19 DA 367.

20 Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 43.

21 DA 368.

22 DA 370.

23 Parte I: La Vida de nuestros pueblos; II La Vida de Jesucristo en los discípulos misioneros; III La Vida de Jesucristo para nuestros pueblos.

24 Cap. 7. “La misión de los discípulos al servicio de la Vida plena” y 8. “El Reino de Dios y promoción de la Dignidad Humana”.

25 DA 362.

26 Cf. DA 108; EV 2.

27 DA 356.

28 Cf. 1 Co 1, 24.

29 DA 359.

30 DA 360.

31 CELAM, La Misión Continental para una Iglesia Misionera, p. 50.

32 Cf. DA 525.

33 Benedicto xvi, Audiencia General, Viaje Apostólico a Brasil, 23 de mayo de 2007.

34 Cf. Mane Nobiscum Domine, último capítulo.