CARTAS PASTORALES

 

 

 

 

Norberto Cardenal Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

 

Carta Pastoral

 

"Cartas a la Familia"

 

 

 

 

 

 

DOCE CARTAS A LA FAMILIA

 

La familia, fruto de la recíproca donación conyugal

 

Identidad y misión de la familia

 

Comunión conyugal, fundamento de la comunidad familiar

 

Igual dignidad del hombre y de la mujer en la donación de sí mismos

 

Paternidad-maternidad: participación en el poder creador de Dios

 

Amor humano: servicio y protección de la vida

 

La familia, cuna y santuario de vida

 

Exigencias humanas y cristianas de la paternidad y maternidad responsables

 

Educación de los hijos, derecho deber primario e inalienable

 

La familia, primera y vital célula de la sociedad

 

La iglesia doméstica: fruto y servidora de la evangelización

 

La santidad en la vida de la familia

 

 

 

 

LA FAMILIA, FRUTO

DE LA RECÍPROCA DONACIÓN CONYUGAL

 

Bendito sea Dios,

Padre de Nuestro Señor Jesucristo

 

Sí, queridos hermanos y hermanas, bendito sea Dios que nos permite iniciar, el día de hoy, la preparación al Encuentro de las Familias del Mundo con el Santo Padre Juan Pablo ll, que tendrá lugar en Río de Janeiro, el próximo 5 de octubre. El encuentro con el Papa que haremos, sea estando presentes con él en Brasil, sea desde aquí, desde nuestra Ciudad de México, se convierte en un llamado muy especial, no sólo para nosotros como católicos, sino también para la humanidad actual.

 

Este encuentro en Río de Janeiro es el llamado del Vicario de Cristo a no perder de vista que el futuro de la humanidad se juega en la familia. Si la familia se salva, se salva el ser humano, si la familia se pierde -y hay, hoy día, demasiadas señales que hablan de una pérdida de la familia en grandes ámbitos de la sociedad-, se pierde el hombre. Así el Papa, reuniéndose con las familias de todo el mundo, cumple la Palabra de Dios que escuchábamos en la lectura del profeta Amós: "El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo, Israel". Por ello, el encuentro de Río de Janeiro con el Santo Padre no es simplemente una manifestación de la grandeza de la familia cristiana; es, sobre todo, un grito al mundo para que vuelva sus ojos y vea que la familia es la esperanza de la humanidad.

 

Sí, queridos hermanos y hermanas, la familia es la esperanza de la humanidad. Y esto no necesitamos que nos lo digan las estadísticas, esto lo experimentamos cada uno de nosotros dentro de nuestros corazones. Por ello, hoy tenemos que bendecir a Dios por el don de la familia que Él, como Creador y Padre bondadoso, ha hecho al ser humano. Dios podría habemos creado solitarios, al fin y al cabo hay miles de seres solitarios en la tierra, seres que no saben de dónde vienen ni para qué existen. Sin embargo, Dios ha dado al ser humano el don de la familia, por la cual cada hombre y cada mujer sabemos que no somos una cosa sin valor, que no somos seres perdidos en el universo, sino que el ser humano es una persona, alguien querido, alguien a quien se ama.

 

La familia es el primer lugar donde el hombre es amado, porque la familia nace del amor. Cada una de las familias en la que nosotros nacimos empezó el día en que nuestros padres se dijeron o se dieron cuenta de que se querían y decidieron, delante de Dios y de la Iglesia, entregarse y aceptarse como marido y mujer. Esto es, nuestra familia nació el día en que nuestros padres se unieron en matrimonio, el día en que cada uno de ellos decidió darse totalmente al otro, ser su esposo o ser su esposa. Ese día el amor que ellos se tenían como novios, empezó a ser amor de esposos. El amor es una vocación que todos tenemos dentro de nuestro corazón como algo a lo que no podemos renunciar. ¿Quién no quiere ser amado? ¿Quién no experimenta una alegría interior cuando sabe que es amado? Y sin embargo, ¡qué devaluada se encuentra en la actualidad la palabra amor! ¡Con que facilidad se dice hoy día: "Te amo" sin saber lo que se está diciendo!

 

Creo que todos nosotros, pero de modo especial los que son esposos y esposas, así como los que por medio del noviazgo se preparan para establecer la alianza conyugal, deberíamos preguntamos si sabemos lo que es de verdad el amor. El amor que no podemos confundir con un sentimiento bonito, el amor que no podemos cambiar por una atracción física que se desborda en un acto sexual. El amor verdadero, como dice el Papa, "afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte". Es decir, el amor verdadero entre un hombre y una mujer, no puede existir sin la voluntad decidida de amarse para toda la vida.

 

¿Qué amor verdadero sería el que está dispuesto a abandonar al otro cuando se enfrenta a una dificultad? ¿Qué amor genuino existe entre un hombre y una mujer, que se dicen cristianos, cuando entre ellos todavía no se ha realizado la alianza del matrimonio delante de Dios y de la Iglesia para toda la vida? Creo que todos podríamos dar la respuesta: ese amor no es auténtico, le falta algo muy importante. Le falta la formal decisión de que todo lo que uno es, sea del otro para toda la vida.

 

Ciertamente que esta visión de la familia, como fruto de la total entrega mutua del hombre y de la mujer, es rechazada con frecuencia por la cultura contemporánea que, como escuchábamos en la primera lectura, parece decirle al cristiano: "Vete de aquí... no vuelvas a profetizar en Betel, porque es santuario del rey y templo del reino". Pues el mundo moderno tiende con facilidad a decirle al cristiano que su mensaje sobre la familia le es molesto, porque va en contra de algunos intereses, o porque cuestiona seriamente la tranquilidad en la que a veces se vive hoy día, sumergidos como estamos en el compromiso de la mentalidad de moda, con fuerzas que van en contra de la verdadera identidad del ser humano y de la familia.

 

Lástima que también a veces dentro de la Iglesia encontremos este rechazo de lo que debe ser la familia verdadera en la voz de quienes deberían ser guías para sus hermanos que les preguntan por el camino de la verdad. La verdad es que el matrimonio es el único lugar del amor pleno entre un hombre y una mujer, y que frente al permisivismo destructivo de nuestros días, la Iglesia afirma que la donación física total -o sea, la relación sexual entre el hombre y la mujer- sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona. Incluso su dimensión temporal; y que, como consecuencia de esto, si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donarían totalmente.

 

La Iglesia de hoy, los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los agentes de pastoral, como los discípulos de Cristo en su tiempo, no tienen que tener miedo a no ser comprendidos, o a que no se acoja su mensaje, una vez que hayan puesto todos lo medios para que la mente del hombre y de la mujer de hoy sea capaz de comprender la luminosa verdad que Dios le ofrece sobre la vida conyugal y familiar. El Evangelio nos lo avisaba hace un momento: "Si en alguna parte no los reciben o los escuchan…" Jesús es consciente de que su mensaje no va a ser siempre bien recibido, pero no por ello lo rebaja o aminora su verdad.

 

Por ello, ante una sociedad que se engaña a sí misma sobre lo que es la verdad del ser humano y de la familia y que no ve mal que la familia se rebaje a una simple convivencia de una pareja o de compañeros, sin mayor compromiso que el que brota del no sentirse todavía cansados el uno del otro o de la simple atracción mutua, la Iglesia, en la voz del Concilio Vaticano ll, vuelve a decir que el único "lugar" que hace posible la donación total del hombre y la mujer es el matrimonio, que consiste en el pacto de amor conyugal, elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo (cfr. Gaudium et Spes, 48), que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. No cualquier amor es amor conyugal. porque no cualquier amor es amor total, amor que abarca no sólo el momento presente de la persona, sino todo el proyecto de la vida, amor que se expresa en la entrega física total, reservada de modo auténtico nada más a quienes ya han realizado el compromiso total de la propia persona en el matrimonio, amor confirmado públicamente como único y exclusivo.

 

Y no debemos olvidar, queridos hermanos y hermanas, que la plena fidelidad de la Iglesia, -del Papa, de cada uno de los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos comprometidos- al designio de Dios Creador, en lugar de rebajar la libertad de la persona, lo que hace es defenderla contra dos grandes males que son el subjetivismo -es decir, que cada uno piense lo que quiera sobre lo que es el matrimonio- y el relativismo -es decir, que el matrimonio de un hombre y una mujer delante de Dios y de la sociedad no sería el único modo verdadero de constituir una familia humana-, y de esta manera hace que la familia participe de la Sabiduría creadora de Dios, y pueda llevar al ser humano a su realización total como persona en la plenitud de su dignidad.

 

Queridos hermanos y hermanas, sólo siguiendo el designio de Dios sobre el hombre y sobre la familia podremos hacer nuestra la bendición de que nos habla San Pablo "que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales". Él nos ha elegido "en Cristo antes de crear el mundo para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, en el amor". Quien se aparta de esta elección, es decir, quien quiere hacer un camino propio, alejándose de lo que Dios quiere sobre la familia y la pareja, no se aparta de unas normas nacidas de convencionalismos, se está alejando del amor auténtico, se ésta retirando de la posibilidad, que le da la gracia de Dios, de hacer de su vida una existencia llena de paz, de justicia, de fidelidad.

 

Dejemos que el Señor bendiga nuestros hogares y nuestras familias. Permitamos que Dios haga su hogar en nuestra casa, no cerremos nuestro corazón al plan de Dios sobre la vida conyugal. Pongamos los medios que nos permitan recibir esta bendición de Dios. Cuántas veces bastará acercarse a un sacerdote amigo que nos ayudará a recibir la bendición de Dios, tras habemos preparado al sacramento del matrimonio. Permitamos, como decíamos en el salmo, que "El Señor nos muestre su bondad, y entonces nuestra tierra -es decir nuestra familia- producirá su fruto". No olvidemos que el fruto principal de la familia es el amor, lo que más necesita el hombre de hoy. No olvidemos que no podemos negar al hombre de hoy el derecho que tiene a nacer y vivir en una familia en la que un hombre y una mujer se han entregado para toda la vida.

 

 

 

 

IDENTIDAD Y MISIÓN DE LA FAMILIA

 

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán

todos los días de mi vida;

y viviré en la casa del Señor

por años sin término.

 

La liturgia del día de hoy nos habla sin cesar de la ternura que Dios tiene por su pueblo, del amor con el que cuida de cada uno de nosotros, aunque a veces caminemos por cañadas oscuras. Un amor que en sus obras nos dice lo que es Dios para cada uno de nosotros. Sobre todo nos dice que Él, para nosotros, es Padre, pues nos ha hecho un solo pueblo, en el que todos somos hijos. Esta idea de la paternidad bondadosa de Dios nos habla de que todos nosotros somos una familia por la que Él se preocupa como un pastor se preocupa de sus ovejas.

 

Esta preocupación de Dios porque seamos una familia, nos introduce en la segunda de nuestras reflexiones sobre lo que es la familia. Reflexiones que nos van a ir preparando, domingo tras domingo, para el Segundo Encuentro Mundial del Santo Padre Juan Pablo II con las familias en Río de Janeiro, los días 4 y 5 de octubre del año en curso. Al pensar en la familia, pensamos en el hogar en el que cada uno de nosotros vive y del que cada uno de nosotros vive y del que cada uno de nosotros viene, pues, en el fondo, cada una de nuestras familias debería ser el reflejo de lo que Dios Creador y Redentor ha querido que sea la gran familia de sus hijos: una comunidad de vida y amor. Es decir, la unión de varias personas por el amor para darse unos a otros vida, la vida del espíritu y la vida física, y darse amor.

 

Qué examen tan serio para nuestras familias el intentar reflejarlas en este modelo que Dios ha querido para la familia. ¿Cuántas de las familias de nuestro querido México podrían decir "somos una comunidad de vida y de amor"? ¿Nos sucede, por desgracia, que muchos hogares se parecen más bien a la imagen del rebaño disperso del que nos hablaba la primera lectura tomada del profeta Jeremías? Ustedes han rechazado y dispersado a mis ovejas y no las han cuidado.

 

¿No es éste el triste dibujo de muchas de nuestras familias? Cuando vemos a los niños mendigando en las calles, ¿no son como las ovejas que nadie ha sabido cuidar? Cuando vemos el terrible crimen del aborto, ¿no viene a nuestra mente la multitud de hermanos nuestros que han sido rechazados de nuestra sociedad y de nuestras familias? Cuando se nos presenta el divorcio como la única salida para lo que hasta ese momento había sido un único hogar, ¿no se nos muestra con toda su crudeza el dolor por la falta de cuidado que espera a unos corazones que, siendo de una misma carne y sangre, tienen que empezar a caminar por senderos divergentes?

 

Cuántas familias han dejado de ser comunidad de vida y de amor. Qué distinto es cuando uno contempla una familia en la que se sabe ser comunidad, es decir, en la que se sabe acoger, en la que se sabe servir, en la que existe una real preocupación por el más débil, por el menos dotado, en la que todos ponen lo mejor de sí mismos para generar un ambiente positivo, constructivo, de mutuo enriquecimiento.

 

Qué plenitud se tiene en un hogar que sabe ser comunidad de vida, en el que los esposos saben ser generosamente responsables con el misterio de la vida que están llamados a dar para formar su hogar, comunidad de vida en que no se reduce el don de la vida a la vida física, sino que se hace de la educación en los valores humanos y morales, además de lo intelectual y social, una parte indispensable de lo que los padres entregan a sus hijos.

 

En este campo, cómo se requiere un clima de benévola comunicación y unión entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación del padre y de la madre en la educación de los hijos. Qué trascendental es la activa presencia del padre, para lograr en la formación de los hijos un adecuado equilibrio, de modo que no se perpetúen los modelos familiares que tanto promueven el machismo, cuando los hijos perciben que el varón no tiene por qué colaborar en la buena marcha interna del hogar. Qué importante es, en la formación de esta comunidad de vida que es la familia, el que se asegure el cuidado de la madre en el hogar; especialmente es necesario para los menores, sin que esto signifique que se debe dejar de lado la legítima promoción social de la mujer.

 

Comunidad de vida en la que se educa y defiende el valor de la vida humana desde el momento de la concepción hasta el misterioso momento de la muerte. Comunidad de vida en la que se acoge con serena fortaleza el misterio doloroso de la vida enferma, débil, necesitada de apoyo y en la que se enseña a respetar al que convive con nosotros y no tiene el don de la plena salud. Comunidad de vida que cumple, con cada uno de los que la componen, las palabras del salmo: Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida.

 

Cómo necesitamos familias que sean también comunidad de amor, porque la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor. Una familia que vive en el amor es un hogar en el que la entrega de los esposos no está motivada por otro interés que el de ser el uno para el otro, que el de ayudar, apoyar y hacer plena la existencia del otro. Una familia que vive en el amor es un lugar donde los hijos son vistos como personas a las que se respeta y a las que se busca educar de modo pleno.

 

Una familia que vive en el amor es la que busca difundir en la sociedad que le rodea y en la comunidad cristiana de la que es parte, el amor que se respira en casa. Y así, desde la propia parroquia o desde un movimiento eclesial de oración y apostolado, la familia, en conjunto o cada uno de sus miembros, como fruto de su ser comunidad de amor, hace efectiva su preocupación por los pobres, por los que necesitan madurar en el conocimiento de su fe, por el influjo de los valores humanos y cristianos en el mundo de la cultura, por la promoción de una cultura en favor de la familia y de los contenidos constructivos en el campo de los medios de comunicación social. Así, la familia se hace comunidad de amor, no sólo porque da amor y vive amor, sino porque transmite el amor en su entorno. De este modo, la familia cumple la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa.

 

De este modo, cada familia, cada una de nuestras familias, se construye como reflejo del designio de Dios sobre toda la familia humana al hacerse capaz de colaborar en la formación de una comunidad de personas, en el servicio a la vida, en la participación en el desarrollo de la sociedad y en la participación en la vida y misión de la Iglesia.

 

Ahora, unidos a Cristo Jesús, ustedes, que antes estaban lejos, están cerca, en virtud de la Sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz. Así es, queridos hermanos y hermanas; la sangre de Cristo nos ha acercado a los que estábamos lejos. Pudiera ser que alguno de nosotros llegase a pensar que el ideal de familia que Dios nos propone es demasiado elevado para lo débiles que somos los seres humanos. Cuántos de nosotros podríamos considerar que sería muy bonito que así fuera, pero que en la realidad, en lo cotidiano, esto no es más que un sueño, hermoso, pero sueño al fin. Y sin embargo, hermanos, hermanas, san Pablo nos dice que Cristo ha vencido al odio, el mayor enemigo del amor, amor que es la esencia de la familia. Cristo nos ha unido en un solo cuerpo, que es también el único cuerpo de la familia, por medio de la cruz, dando muerte en sí mismo al odio. Vino para anunciar la buena nueva de la paz. Tengamos la certeza de que si nos acercamos a Cristo, nuestra familia también podrá ser una comunidad de vida y amor. Jesús no ha dejado solas a nuestras familias. Él, como dice el Evangelio, vio una numerosa multitud que lo estaba esperando y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

 

Tengamos la certeza de que la mayoría de las veces en que nuestra familia no es una comunidad, es porque no ha aceptado que Cristo venga a nuestro hogar a enseñamos con calma. Tengamos la seguridad de que si en nuestra familia no hay vida, sino destrucción de la vida, es porque no hemos recibido a Cristo. Tengamos la persuasión de que si nuestra familia no es capaz de amar y de repartir amor en torno, es porque, en verdad, no ha aceptado a Cristo.

 

Querido hermano que vives en México, querida hermana que compartes con nosotros esta ciudad, deja entrar a Cristo en tu hogar, para que se destruyan la desunión, la muerte y el odio que quizá están desgarrando tu familia. Permite que Él se acerque a tu hogar a través de la Reconciliación y de la Eucaristía, a través de la palabra de un matrimonio amigo o de un sacerdote cercano. Dejemos que Cristo transforme nuestro corazón y el de nuestras familias, y entonces cada uno de nosotros vivirá en la casa del Señor por años sin término, porque cada uno de nuestros hogares será la morada del Señor, porque cada una de nuestras familias será una verdadera comunidad de vida y de amor.

 

 

 

 

COMUNIÓN CONYUGAL,

FUNDAMENTO DE LA COMUNIDAD FAMILIAR

 

La liturgia de hoy nos habla de la unidad, de la unidad en la fe, y de esa señal de la unidad en la fe que es la posibilidad de compartir un mismo pan. La primera lectura y el Evangelio nos han mostrado la narración de una multiplicación de los panes por parte del profeta Eliseo y otra por parte de Jesús. Eliseo, el profeta, con veinte panes dio de comer a mucha gente; el texto no nos dice cuánta; y Jesús, con cinco panes y dos pescados, alimentó a unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

 

Estos signos nos hablan de la maravilla del poder de Dios que puede hacer cosas que, desde el punto de vista natural, son imposibles, pero también nos hablan del interés de Dios por alimentar a su pueblo y, por ello, son señal del alimento verdadero que Dios dará a su pueblo, que es la Eucaristía; la Eucaristía, que es el pan único del que todos participamos al recibir a Cristo, presente de modo real por el sacramento en el alma de cada uno de los que nos acercamos a comulgar.

 

Esta realidad de la unidad en un mismo pan, nos hace pensar que la comunión con Cristo no es la única comunión en que vive el ser humano. Hay otras muchas circunstancias en las que, de modo muy diferente, experimentamos estar en comunión con los demás. Podemos pensar que la unión en una misma nación nos hace ser a todos una misma cosa aunque seamos diferentes: todos somos mexicanos y en esto se da una comunión entre todos nosotros.

 

También todos somos miembros de una familia, en la que repartimos el pan que llega a casa, y todos comemos de lo mismo y vivimos en el mismo lugar, y tenemos una serie de rasgos que nos caracterizan como miembros de esa familia, a pesar de ser cada uno diferente del otro. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: es la comunidad del hombre y de la mujer como esposos, es la unión de los padres y de los hijos, y también, y esto es algo muy propio de nuestro modo mexicano de ser, es la comunidad con los parientes o con los compadres.

 

De este modo, en este domingo, en que la liturgia nos habla de la unidad en el pan, y con san Pablo nos habla de que todos somos un solo cuerpo y un solo Espíritu, como es también sólo una la esperanza del llamamiento que ustedes han recibido, podemos reflexionar sobre la comunión conyugal, es decir, la unión de los esposos, como el fundamento de la comunidad familiar. De esta manera, continuamos preparándonos como Iglesia Arquidiocesana de México para el Segundo Encuentro del Papa Juan Pablo II con las Familias que tendrá en Río de Janeiro los próximos 4 y 5 de octubre. Un encuentro muy importante, porque es el modo como el Santo Padre quiere preparar a las familias católicas, y a las que comparten nuestros valores, aunque no nuestra fe, al Jubileo del Tercer Milenio del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Toda familia tiene un origen, que a veces olvidamos, y por ello hay problemas, pues queremos hacer de la familia lo que no es. El origen de toda familia no es otro sino la alianza de amor que se estableció entre el esposo y la esposa. Por ello, cuando se quiere hacer de la familia un modo de ventaja económica, en vez de un lugar de amor; cuando se quiere hacer de la familia un lugar de poder sobre los demás, en vez de una posibilidad de servir a los otros; cuando se quiere mantener sobre la nueva familia, que el hijo o la hija han formado, un influjo que va más allá de lo debido, olvidando la sana autonomía que cada nueva familia debe tener... cuando pasa todo esto, la comunión familiar se destruye, y lo que debería ser un espacio de armonía se hace una ocasión de competencia, de dominio, de rivalidad.

 

Sin embargo, y esto también se olvida con frecuencia, esta unión no es algo que ya esté perfectamente terminado, sino que por la misma naturaleza del hombre, que es un ser en continuo desarrollo, tiene que ir creciendo de día en día. Caemos en un error si pensamos que, una vez que se ha celebrado el matrimonio, ya no hay que seguir trabajando para que se mantenga la unidad entre los esposos, para evitar roces, para evitar peligros que puedan afectar a la fidelidad. Hay veces que daría la impresión que el matrimonio hace invulnerables a los cónyuges a toda la posibilidad que ponga en grave riesgo la estabilidad conyugal.

 

El matrimonio es el inicio de un hermoso camino de maduración de cada uno de los miembros de la pareja. Un camino que no se puede llevar a cabo sin trabajo. Como lo dice san Pablo en la lectura que acabamos de escuchar: Esfuércense en mantenerse unidos en el espíritu con el vínculo de la paz. Por ello, los cónyuges, que ya no son dos sino una sola carne, están llamados a hacer que la unión que un día establecieron cuando se casaron, siga afirmándose día tras día, por medio de la fidelidad cotidiana a la promesa de ser totalmente para el otro.

 

Pero, deplorablemente, observamos, que esta comunión entre los esposos no siempre es vivida con fidelidad. Y no nos queda sino constatar que hay situaciones que estropean este maravilloso designio sobre el matrimonio. Así vemos cómo, en muchos casos, parecería no tener importancia la infidelidad de uno de los cónyuges al otro, al establecer relaciones de adulterio con terceras personas. Relaciones que se tienden a banalizar, a no darles importancia, como si fuesen simples aventuras o como manifestaciones de un supuesta mayor virilidad. Situaciones que, a veces, se excusan en la supuesta incomprensión o soledad en la que uno de los cónyuges empuja al otro a establecer una relación extraconyugal. No hemos de olvidar que la donación que el hombre y la mujer se hicieron de modo recíproco no admite excepciones: es total. Por ello, la donación total entre personas tiene siempre como consecuencia ineludible la fidelidad.

 

En otras ocasiones, percibimos cómo el deteriorarse de la unión de los esposos hace pensar que la única salida es el divorcio para librarse de una situación negativa que afecta la propia vida. Lamentablemente, el divorcio, en una sociedad tan permisiva como la nuestra, no suele ser sino la escalera de bajada hacia nuevas uniones que de ninguna manera pueden ser aprobadas por Dios.

 

Además, con frecuencia, son los hijos quienes acaban resintiendo más fuertemente la falta de esfuerzo de los padres por superar las situaciones, sin duda reales, que pueden poner en peligro la unión de los esposos. Y junto con las repercusiones psicológicas y morales que acarrea, para la formación de los hijos, el ver las nuevas uniones de sus padres, queda vigorosamente grabada en sus jóvenes conciencias la incapacidad del ser humano para ser fiel a un compromiso asumido.

 

Por otro lado, qué dignos de alabanza son los ejemplos de tantos hombres y mujeres que conviven entre nosotros, y que, ante la decisión del cónyuge de asumir un camino contradictorio con su condición cristiana, siguen dando el testimonio de la fidelidad al primer y único vínculo, a veces en situaciones de gran dificultad. Sin embargo, aquí tendríamos que recordar lo que nos dice el salmo: No está lejos el Señor de aquellos que lo buscan; muy cerca está el Señor de quien lo invoca.

 

Otra deformación de la comunión conyugal, que sería bueno considerar aquí, es la que se encierra bajo la denominación de unión libre, a veces tan presente en nuestra sociedad, sea por la antigua costumbre, que empuja a que los jóvenes se vayan a vivir juntos mientras reúnen el dinero para la boda, sea la de quienes, por el influjo de corrientes liberales, deciden vivir juntos, pero sin establecer ningún compromiso de tipo social o religioso.

 

Obviamente que la diferencia entre ambas situaciones es muy fuerte. En cuanto a la primera, debe ser educada paciente y firmemente. Primeramente por los padres de familia, y también por los sacerdotes párrocos, en los lugares donde esto se dé con mayor frecuencia, debido, además del aspecto religioso, a los problemas sociales que conlleva, por la facilidad con que se puede dar el abandono por parte del varón, sin que ello suponga ninguna responsabilidad para con los hijos, que muy posiblemente ya se han tenido como fruto de esta unión.

 

En cuanto a la segunda situación, denota la pérdida de lo que es la verdad del amor humano, el cual, aunque no se quiera, sí tiene implicaciones sociales y religiosas. Además, estas uniones libres hablan de la tremenda inmadurez de quien no es capaz de asumir un vínculo, pero quiere gozar de la posibilidad de tener relaciones físicas con la otra persona, mismas que implican una vinculación psicológica y moral entre quienes las establecen.

 

En el fondo, unión libre, independientemente de sus implicaciones religiosas que la hacen una situación de grave alejamiento del camino de Dios, es siempre un tremendo acto de inmadurez, muy dañino por las secuelas psicológicas que deja en la persona, haciéndola incapaz muchas veces, tristemente, de poder asumir posteriormente serios compromisos de cara a una familia. La unión libre se convierte así en la más perniciosa de las esclavitudes.

 

Qué claro aparece lo necesario que es el que, como dice san Pablo, cada matrimonio lleve una vida digna del llamamiento que han recibido. Qué diáfanos es que no se puede jugar con la unión conyugal, sin arriesgarse a muy graves consecuencias personales y familiares. Por ello, el mismo Apóstol nos da una hermosa regla de vida, que podría hacerse programa diario para todos los esposos y esposas: Sean siempre humildes y amables; sean comprensivos y sopórtense mutuamente con amor.

 

Si esto a veces, es un mucho o un poco difícil, sepamos que Dios no deja de damos su ayuda para que vivamos según Él nos lo pide, como dice el salmo: A ti, Señor, sus ojos vuelven todos y Tú los alimentas a su tiempo. Abres, Señor, tus manos generosas y cuantos viven quedan satisfechos. Los invito a todos a seguir creciendo en la comunión familiar, en la armonía de los corazones, en la unidad del esfuerzo diario por hacer de nuestros hogares, espacios de verdadera cercanía.

 

 

 

 

IGUAL DIGNIDAD DEL HOMBRE Y DE LA MUJER

EN LA DONACIÓN DE SÍ MISMOS

 

Cristo les ha enseñado

a abandonar su antiguo modo de vivir,

ese viejo yo, corrompido por deseos de placer (...)

Dejen que el Espíritu renueve su mente.

 

Las palabras tan luminosas que San Pablo nos dirige en la liturgia de este domingo, son palabras que tienen que llegamos al corazón, a lo más profundo de nosotros mismos, pues son palabras que nos interrogan con seriedad sobre el comportamiento que estamos teniendo en nuestras vidas.

 

San Pablo hace una distinción muy clara entre quienes conocen a Cristo y quienes no lo conocen, entre quienes tienen fe en Cristo y quienes no la tienen, pues esto debe diferenciar el modo de actuar de las personas. Quien conoce a Cristo, no puede actuar de cualquier manera en su vida, ya que tiene un criterio, un modelo al que seguir, y si no lo sigue está viviendo en la inautenticidad.

 

Algunos quisieran reducir el influjo de Cristo nada más a ciertas áreas de la vida humana, facetas puramente religiosas, como si Cristo sólo tuviese algo que decir al hombre para que rece mejor, y no para que comprometa todo su actuar. Por ello, el comportamiento del auténtico cristiano no puede ser de cualquier estilo, sea en la medicina, sea en la enseñanza, en la economía, en la política, en los negocios, en las diversiones, en la familia.

 

Precisamente es el campo de la familia en el que quisiera reflexionar hoy como un lugar en el que es muy necesaria la visión de Dios, la percepción de esta realidad desde una nueva mentalidad. Nueva mentalidad que no es necesariamente la aceptada por el pensamiento moderno; es nueva porque está renovada por la Palabra de Dios. Se trata de ver la familia desde la perspectiva de la autenticidad de las relaciones conyugales y familiares, que consiste en la promoción de la dignidad y vocación de cada una de las personas que la constituyen.

 

Parecería que hoy la familia habría superado la diferencia entre sus miembros, que en el hogar moderno todos son iguales y que a todos se les respeta según su dignidad. Sin embargo, ante lo que se observa, debemos volver a afirmar que el criterio primario de las relaciones en la familia no puede ser el poder que tenga cada uno de los que la componen, es decir, no puede valer más en una familia quien es más inteligente, o más sano, o con más capacidad económica que los demás, sino que es la dignidad de cada una de las personas que forman el hogar lo que ha de fundar las relaciones familiares. No obstante, constatamos con triste frecuencia, que en nuestras familias no todos son respetados como personas, o no todos son respetados en su identidad de personas.

 

Cabría preguntarse si los esposos son siempre conscientes de la igualdad sustancial que existe entre ellos, o si, más bien, no hay todavía prepotencia e imposición. Sería bueno interrogarse si nuestra sociedad, que se declara tan respetuosa de cada uno de sus miembros, aprecia y en esto quiero fijarme de modo particular, a la mujer, que está llamada a ser, por dignidad y vocación natural, madre, esposa y colaboradora del desarrollo de la sociedad.

 

Cuántas veces la sociedad se estructura de tal manera que la mujer se ve obligada a tener que salir contra su voluntad a realizar trabajos que la apartan de la dedicación que debería tener hacia sus hijos. Cuántas veces las familias se ven sujetas, contra su querer, a reducir el número de hijos, porque la organización de nuestra sociedad fuerza a la mujer a un trabajo que no le permite, o que la discrimina, en el caso de que se embarace o tenga que cuidar a sus hijos pequeños.

 

Cuántos casos observamos de mujeres que deben, una vez completada su jornada laboral semejante a la del varón, empezar una segunda ocupación, poniendo en orden el hogar que tuvieron que desamparar en la mañana. Cuántas situaciones en que los hijos crecen sin que nadie les dé otra atención que, en el mejor de los casos, la del fin de semana, porque ambos progenitores han de salir a trabajar, o la actividad que realizan es de tal índole que, al final del día, ya no hay ni tiempo, ni ganas, ni fuerzas, para llegar a casa y educar a los hijos.

 

No nos damos cuenta de que el problema principal en todo esto es que el trabajo en el hogar no goza de estima y reconocimiento, por el simple hecho de que no es pragmáticamente remunerativo o productivo para los criterios de la sociedad. En cuántas ocasiones una supuesta liberación de la mujer no hace otra cosa sino reducirla a una pieza productiva más, dentro del mecanismo de desarrollo de la sociedad. Y, sin embargo, tenemos que advertir que, sin el trabajo que se realiza en el hogar, ningún empleado, ningún obrero, sería rentable en su labor. Pues, ¿quién tiene ganas de trabajar cuando su casa es un simple hospedaje? ¿Quién se siente estimulado para tener una mejor empresa, o trabajar mejor en ella, cuando no hay quien atienda con amor sus necesidades básicas en el hogar?

 

Todo esto nos hace ver que los reales costos sociales del trabajo obligado de la mujer fuera del hogar son muy altos, pues conducen a una sociedad quizá más rentable mecánicamente, pero menos productiva humanamente. Más aún, llevan a una colectividad en la que el ser humano se ve reducido a un objeto, que vale y es tenido en cuenta en tanto es capaz de generar más recursos. No creo que ésta sea la comunidad que cada una de nuestras familias quiera dejar a las generaciones venideras. Por todo ello, la sociedad debería estructurarse de tal manera que las esposas y madres no fueran, de hecho, obligadas a trabajar fuera de casa.

 

Decíamos que el cristiano auténtico no puede contemplar de cualquier forma las realidades de la tierra, no da igual cómo el cristiano valora la pobreza, el sufrimiento, el crimen del aborto, o cómo el cristiano mira a su prójimo: al enfermo, al marginado; cómo el cristiano ve a otro hombre, ni cómo el cristiano aprecia a la mujer. De aquí que cada uno de nosotros, como católicos, tengamos que volver a afirmar y a esforzamos por construir una sociedad en la que la verdadera dignidad de la mujer sea respetada. La dignidad de la mujer encuentra, como obstáculo y oposición persistente, la mentalidad que considera al ser humano no como persona, sino como cosa, como objeto de compraventa, al servicio del interés egoísta y del solo placer.

 

Una cultura así tiene a la mujer como su primera víctima. Esto que sucede en el área laboral, acaece también en los medios de comunicación, de la publicidad. Por ello, cuanto más estimemos, como mentalidad, el papel de la mujer en su dimensión conyugal y materna, es decir, en su dimensión personalista, y no sólo en su dimensión productiva, monetaria, más estaremos respetando lo que es la mujer en verdad, porque la estaremos viendo más desde la óptica de quien hizo a la mujer, desde la óptica de Dios.

 

La verdadera promoción de la mujer exige que le sea claramente reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las demás funciones y profesiones que pueden llevarse a cabo. Pues las tareas que se realizan fuera del hogar son realidades en que el ser humano hace cosas, mientras que la esponsalidad y la maternidad en la mujer, como la esponsalidad y la paternidad en el varón, son asuntos en los que la persona humana es. Ningún programa de "igualdad de derechos" del hombre y la mujer es válido si no se tiene en cuenta la realidad más profunda de lo que significa ser madre en la mujer. Cuántas veces una supuesta liberación de la mujer no hace otra cosa sino reducirla a una pieza productiva más dentro del mecanismo de desarrollo de la sociedad. Es por ello necesario descubrir el significado original e insustituible del trabajo de la casa y la educación de los hijos. Por lo demás, no hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a todas las funciones públicas.

 

Es muy claro que el criterio cristiano sobre la misión de la mujer en el matrimonio y en la sociedad no va a ser siempre idéntico al criterio de la mentalidad circundante. San Pablo habla de dos mentalidades: una que él llama antiguo modo de vivir; viejo, corrompido, y otra que denomina el dejar que el Espíritu renueve su mente, y revístanse del nuevo yo. El que la mujer tenga la misma dignidad que el hombre, y una tarea insustituible en el hogar y la educación de los hijos, es una sabiduría que no va a ser siempre aceptada por la sociedad en la que el cristiano vive.

 

Sin embargo, queridos hermanos y hermanas, el modo de percibir las cosas por parte de la fe católica no sigue a las opiniones que hoy son moda y mañana no, sino que se apoya en la Palabra de Dios. Por ello, a veces, el hombre y la mujer de nuestros días, desconcertados ante la realidad que les presenta la visión católica sobre la mujer, parecen repetir la pregunta: Al ver eso, los israelitas se dijeron unos a otros: "¿Qué es esto?", pues no sabían lo que era. La Iglesia responde con las palabras de Moisés: Moisés les dijo: "Este es el pan que el Señor les da por alimento". ¿ y qué es lo que la Iglesia, basada en la palabra de Dios, dice?: que creando al hombre "varón y mujer" (Gn 1, 27), Dios dio la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer, los enriqueció con derechos inalienables y con responsabilidades que son propias de cada persona humana.

 

La Iglesia, hermanos, hermanas, invita a que el hombre y la mujer se vean a sí mismos desde la perspectiva de Dios y de su Palabra, que es la verdad más fundamental, la única que llega hasta el corazón y le responde a todos sus interrogantes. Quiera el Señor que estas reflexiones que nos preparan al encuentro que el Santo Padre Juan Pablo II tendrá con las familias del mundo en Río de Janeiro, nos ayuden a cambiar aquellos aspectos de nuestra vida que podrían ser fruto de una mentalidad vieja, corrompida por la criterios llenos de vaciedad. Ojalá que cada una de nuestras familias, respetando el papel que en ellas desarrollan las mujeres, esposas, madres, hermanas, puedan construirse cada día a imagen de Dios: en la justicia y en la santidad de la verdad.

 

 

 

 

PATERNIDAD - MATERNIDAD, PARTICIPACIÓN

EN EL PODER CREADOR DE DIOS

 

Jesús, de un modo solemne, nos manifiesta en el Evangelio de hoy: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. De esta suerte, el Señor nos está hablando de dos caminos que tiene el hombre ante sí: el camino de la vida y el camino de la muerte. El hombre puede decidir hacia qué camino ir, y nuestra civilización nos muestra, con crudeza escalofriante, la facilidad con la que los hombres eligen el camino de la muerte, la cultura de la muerte.

 

Y no obstante esto, todos estamos llamados a la vida, pues todos somos hijos de un Dios de vida, de un Dios que vivifica la creación, que da la existencia a cada ser humano que viene a este mundo, de un Dios que da la vida eterna a quien se acerca a Cristo. Por ello dice el salmo: Junto a aquellos que temen al Señor, el ángel del Señor acampa y los protege. Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Dichoso el hombre que se refugia en Él.

 

Por otro lado, parecería que el hombre se encuentra condenado a no tener perspectiva más allá de la cultura de la muerte. Con verdadera angustia vemos cómo crece en nuestra patria el narcotráfico y el consumo de drogas, vemos cómo se ha sentado en nuestro país el alcoholismo, vemos cómo el hambre se apodera de grandes regiones, vemos cómo aquellos que deberían promover la salud están promoviendo, muchas veces, verdaderas ruletas rusas, ruletas de muerte, ofreciendo la salud sabiendo que ahí hay un gran peligro. Con frecuencia, vemos al hombre abocarse al túnel de la destrucción, como única salida para sus problemas existenciales, como si no hubiese nadie que velase por él, como si estuviera solo en un universo que girara indiferente a su dolor.

 

No es así. Dios se preocupa del que sufre, del que se encuentra en el valle de la muerte, del que no tiene otra perspectiva que la muralla de la destrucción. ¿No se escucha en muchos corazones de hoy el grito del profeta Elías en el desierto?: Elías se sentó bajo un árbol de retama, sintió deseos de morir y dijo: "Basta ya, Señor. Quítame la vida, pues yo no valgo más que mis padres". ¿Y no es la respuesta de Dios un alivio para el dolor de su alma?: "Levántate y come, porque aún te queda un largo camino".

 

Dios actúa de esta manera, porque es un Dios de vida, no un Dios de muerte; porque es un Dios que se acerca al que no tiene ya ninguna esperanza humana, y jamás lo deja decepcionado: porque el Señor escucha el clamor de los pobres y los libra de todas sus angustias.

 

La vida no es un don de Dios, es el don de Dios, porque está en la base de todos los otros dones. Es el don sin el cual ni la libertad, ni la inteligencia. ni la utilidad, ni la riqueza, valen nada. La Escritura nos presenta a Dios en su relación con el hombre ofreciéndole dos dones: el primero, su propia vida humana y, el segundo, la posibilidad de colaborar con Él en la transmisión de la vida a otros seres humanos. Son muy conocidas las palabras del primer libro de la Biblia, el Génesis: "Y los bendijo Dios y les dijo: 'Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla" (Gen 1, 28).

 

En medio de la disyuntiva que el hombre de hoy tiene, de dirigirse hacia una cultura de la vida o hacia una cultura de la muerte, Dios nos recuerda que Él ha creado a la pareja humana a Su imagen y semejanza. para hacemos ver que el ser humano es un camino de vida para otros. El hombre y la mujer, los únicos seres en toda la creación que tienen en su naturaleza la imagen de Dios, son una señal de que Dios busca, en todo momento, ser vida para el hombre.

 

Por ello Él, en su poder de Creador y Padre, lleva a la perfección la obra de la creación del hombre y de la mujer, llamando a los esposos a una especial participación en su amor creador, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana.

 

Qué dignidad tan grande tienen los padres al poder dar la vida a sus hijos, al ser para ellos manifestación de la bendición del Dios de la vida, pues el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, es decir, realizar a lo largo de la historia, cada uno de la propia historia, la primera bendición que el Creador entregó al ser humano, cuando le dio la posibilidad de colaborar con Él en la generación de la imagen divina de hombre a hombre.

 

A veces, los hombres nos sentimos orgullosos por las cosas materiales que hemos hecho, porque sentimos que nos acercan a Dios. y nos olvidamos que el modo más maravilloso con el que los esposos se acercan a Dios, con el que son en cierta manera "más imagen de Dios", es a través del don de la vida a los hijos, a través del don de la vida física y del don de lo que constituye la vida espiritual: la educación, los valores, las virtudes y, de modo sublime, el que los hijos aprendan a conocer a Dios a través de sus padres.

 

Sin embargo, hoy día se percibe en algunas parejas el miedo a dar la vida a los hijos. Es cierto que, en muchos casos, hay detrás de ello razones muy convenientes de salud, de economía, de equilibrio conyugal. Pero en otras ocasiones, cuando los matrimonios se cierran en sus comportamientos conyugales a la vida, ¿no será porque su mismo corazón ya está cerrado a la vida, porque no se sienten cooperadores del Dios de la vida, porque les da miedo dar la vida? Cuántas veces, en muchos comportamientos de control de la natalidad, hay una visión de muerte. Se ha muerto el amor, se ha muerto el sentido del para qué vivimos, se ha muerto la generosidad para seguir esforzándose en las dificultades, se ha muerto la ilusión por dar a otros seres humanos, a los propios hijos, lo más valioso que unos padres pueden dar.

 

Ciertamente que no estamos promoviendo un comportamiento irresponsable en la transmisión de la vida, respecto al número de hijos que una pareja debe tener, sino la necesidad de un serio examen de conciencia, de una exigente revisión del propio corazón, para ver si es un corazón de vida, o ya es un corazón de muerte.

 

Quizá pudiera acontecer, por la mentalidad actual, que ya no valoremos tanto lo que es el don de un hijo, lo que es una vida humana. Con frecuencia se ven los hijos como una carga, un problema que hay que solucionar en la vida. Se calculan según los pesos y centavos que va a costar el sacarlos adelante, se valoran de acuerdo con el trabajo que va a suponer educarlos.

 

¿No sería esto una señal de que habríamos dejado de ver al hijo como la persona que es, para reducirlo a un recurso que hay que cotizar previamente, para ver si merece la pena o no usarlo? ¿No lo habríamos deteriorado hasta especular con él, como quien va a comprar un coche, o quien va a hacer una casa o, a veces, tristemente, como quien considera si adquiere o no una mascota para su hogar?

 

Es cierto que los hijos cuestan, que su educación no es fácil, que sacarlos adelante supone un esfuerzo heroico para los padres, sobre todo cuando no se quiere soltarles simplemente en la vida, sino darles una buena educación, unas posibilidades para que puedan desarrollar su existencia de un modo mejor de como nosotros la hemos desarrollado. Es algo muy claro, en la mentalidad del hombre y de la Iglesia Católica, que la fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que se amplía y enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio de ellos, a la Iglesia y al mundo.

 

Pero al mismo tiempo, hemos de ser sinceros para decir que, en muchos hogares, se ha renunciado a todo lo que pueda ser difícil, como si en la vida sólo valiera la pena lo que va a ser fácil. Con todo, para otras cosas, vemos que no somos así, y no por ello damos marcha atrás.

 

Cuántos ejemplos podríamos poner de algo que cotidianamente realizamos: sacar adelante un país no es fácil, pero con la cooperación de todos hay que hacerlo. Levantar una empresa no es fácil, supone mucha renuncia, mucho sudor, pero hay que hacerlo para no perder los empleos. Vencer una enfermedad no es sencillo, pero ponemos todo lo que está de nuestra parte para no ser derrotados. La práctica profesional de un deporte no es sencilla, pero a base de tesón se logran los triunfos. ¿Por qué no lo hacemos para la familia, para sacar adelante a los hijos? ¿Por qué los hijos no entrarían en la categoría de aquello que, como el país, el trabajo, la salud, el deporte, merece la pena dedicar toda una vida a dar lo mejor de sí?

 

A lo mejor, como en la mayoría de las cosas humanas, lo que está enfermo, en nosotros, es la capacidad de amar. Posiblemente, nuestro espíritu se ha dejado contagiar de la enfermedad del egoísmo, del odio, de la cerrazón y, como dice san Pablo, necesitamos desterrar de nosotros la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad.

 

Sin duda, que lo que nuestra sociedad necesita es una gran dosis de bondad de corazón que nos permita realizar las palabras del apóstol: Imiten, pues, a Dios como hijos queridos. Vivan amando como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros. Por eso, todos estos domingos en que nuestras reflexiones sobre la familia nos preparan para el Segundo Encuentro del Santo Padre Juan Pablo II con las Familias en Río de Janeiro, son también momentos para muy serias revisiones de nuestro modo de actuar en nuestra familia y en nuestra vida diaria.

 

Sin duda, queridos hermanos y hermanas, que el cultivo del amor auténtico entre los esposos y el esfuerzo para obtener una verdadera vida familiar desde nuestros hogares son la mejor medicina para conseguir la fortaleza de espíritu que permite colaborar con el Dios de la vida, a fin de que nuestra sociedad dirija sus pasos, no con el recelo que nace del egoísmo y que busca excluir a los demás, porque los ve como enemigos, sino con la confianza que se hace responsabilidad para enfrentar la vida, dando un valor adecuado a cada persona que encontramos en nuestro camino y, de modo particular, a quienes son o pueden llegar a ser parte de nuestra familia.

 

 

 

 

 

AMOR HUMANO: SERVICIO Y PROTECCIÓN DE LA VIDA

 

Dejen su ignorancia y vivirán;

avancen por el camino de la prudencia.

 

Las palabras del libro de los Proverbios nos invitan con franqueza a ver las cosas con claridad. La ignorancia a la que aquí se refiere no es la que nace de desconocer las cosas, sino de no saber lo fundamental: lo que nos hace auténticos.

 

Hay ignorancias muy graves en la vida, pues no nos permiten realizamos como personas. Podemos pensar en quien ignora las reglas del tránsito, como alguien que pone en grave riesgo la vida de todos los demás. O el médico, que ignora las reglas y los avances de su profesión, estará arriesgando de modo imprudente la vida de sus pacientes, pues no podrá aplicarles tratamientos más eficaces para sus males. O el constructor, que ignora el terreno sobre el que edifica, y que expone a un peligro serio la vida de los futuros moradores de la casa, al no saber si la cimentación fue suficiente. O del gobernante, que ignora que sus gobernados deben tener principios y valores fundamentales para que la convivencia humana sea posible, de lo contrario no podrá contener la criminalidad sólo con la fuerza.

 

Pero, sobre estas ignorancias hay una que es, quizá, la peor de todas, porque sumerge al hombre en una situación de oscuridad y amargura. Es la ignorancia del sentido de su vida, la ignorancia del para qué de su existencia. ¿No hay mucha gente que vive así? ¿No hay personas que no saben para qué viven, aunque vivan en la abundancia?, ¿para qué trabajan, aunque trabajen honestamente?, ¿para qué sufren, aunque tengan las mejores oportunidades de curarse?

 

Como vemos, hay una seria ignorancia que no se quita yendo a la escuela, o con altos títulos universitarios, o siendo muy inteligente. Todo eso ayuda, pero la ignorancia que genera angustia, la ignorancia del sentido de la vida, sólo se soluciona cuando el ser humano se responde de modo verdadero a esta pregunta: ¿para qué vivo?, o a ésta que es semejante: ¿para qué estoy viviendo esto?

 

Porque hay modos falsos de responderla: se puede decir que el sentido de la vida está en tener dinero, o poder, o fama; y la vida diaria nos hace ver que estas cosas no están mal, pero tampoco son la solución. El salmo que acabamos de escuchar nos da una respuesta muy interesante: Que amen al Señor todos sus fieles, pues nada faltará a los que lo aman. El rico empobrece y pasa hambre; a quien busca al Señor nada le falta.

 

Amar al Señor y buscar al Señor como el sentido de la vida. Si el médico ama y busca al Señor, si lo hace el economista, si lo hace el abogado, si lo hace el político, si lo hace el obrero, si el padre o la madre de familia aman y buscan al Señor, serán capaces de no carecer de lo principal. que es el sentido de la vida. Porque a veces irá bien todo y amaremos y buscaremos al Señor, para no poner nuestra vida en un cimiento falso. A veces todo irá mal, y buscaremos y amaremos al Señor, para no caer en la desesperación y la oscuridad amarga del corazón.

 

El problema es que un corazón amargado, oscurecido, es incapaz de amar. Y el ser humano no puede vivir sin amor. Por ello, en estas homilías dominicales, que estamos dedicando al tema de la familia, hoy quisiéramos reflexionar sobre cómo la ignorancia del sentido del ser humano nos lleva a vivir en una sociedad en la que el amor entre el hombre y la mujer, que es el fundamento de la familia, se ha desfigurado e, incluso, se ha perdido. La cultura moderna, al no saber amar a Dios, no sabe amar a su hermano. Si el pobre o el marginado no son para nosotros hijos de Dios, ¿qué sentido tiene amarlos, o hacer algo por su promoción humana y cristiana? Si un enfermo o un desempleado no son para mí hijos de Dios, ¿cómo evitar que sean para mí algo más que una estadística?, ¿cómo sentirme obligado a remediar su situación?

 

Esto mismo pasa en el amor entre el hombre y la mujer, entre el esposo y la esposa. Quizá se pueda hablar de atracción física, de simpatía, de compatibilidad de proyectos. Pero esto todavía no es amor. El amor es donación de sí mismo, en toda la dimensión corporal y espiritual de la persona. Suena bonito y lo es, pero no es fácil. Y es menos fácil, en el contexto de una cultura que ha deformado gravemente, e incluso ha perdido, el verdadero significado del cuerpo humano y de la sexualidad al desarraigarlos de su referencia a la persona, como si se pudiese vivir la sexualidad conyugal de cualquier manera sin que esto afecte a la totalidad de la persona.

 

Hoy día, parece que las expresiones corporales en el ámbito de la sexualidad no tienen consecuencias en la persona. Parecería que, en el ámbito de lo sexual, hoy se puede hacer lo que se quiera, siempre y cuando no se haga con mala intención y no se cause un daño (siempre desde mi punto de vista), a los demás. Sin embargo, la razón humana nos dice que el bien o el mal de algo, y aquí se incluye nuestro cuerpo y nuestra sexualidad, no se basa únicamente en la sincera intención que uno pueda tener, pues uno puede hacer males muy grandes con toda la buena intención del mundo. Ni tampoco depende del consenso al que se llegue entre las partes, pues todos podríamos ponemos de acuerdo para hacer un crimen. Ni tampoco se fundamenta en el supuesto de que no se daña a los demás, ya que un mal que me hago a mí mismo, sigue siendo un mal. El bien moral de un acto debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de lo que sus actos significan en realidad. Aquí está el centro de las cuestiones que actualmente se discuten: tenemos conceptos distintos de lo que es el ser humano. Si el ser humano es el inventor del matrimonio, entonces puede hacer lo que se le antoje con el matrimonio, pero si el matrimonio es una institución divina, yo, ser humano, tengo que ver este proyecto de Dios. Si el ser humano, como se dice a veces, es el dueño de su cuerpo, si la mujer es la dueña de su cuerpo, entonces yo puedo hacer con mi cuerpo lo que se me antoje, pero si yo me considero criatura de Dios, si yo me considero imagen y semejanza de Dios, ese cuerpo que el Señor me ha dado lo tengo que respetar.

 

Solamente cuando se respeta lo que significa la total donación sexual en el hombre y la mujer, es decir, cuando se respeta que la sexualidad muestra la entrega completa de toda la persona para siempre, entonces, la dimensión física de la persona humana se pone con verdad dentro del ámbito del amor, y se realiza auténticamente sin deformaciones ni mentiras. Sólo así la sexualidad se vive según Dios se la entregó al ser humano.

 

De aquí que el esposo y la esposa no puedan comportarse, respecto a su entrega sexual, como dueños absolutos, ni como manipuladores según las propias conveniencias. Cuando así se hace, la sexualidad humana se corrompe y pasa a ser, en vez de un acto de entrega, un acto de simple satisfacción personal. Además, la persona del cónyuge se reduce a un objeto, con el cual se obtiene ese placer, y pierde su condición de esposa o de esposo al que se le entrega todo el propio ser.

 

Esta situación se produce, de un modo especial, cuando los esposos, mediante el recurso a la anticoncepción, separan los dos significados que Dios Creador ha inscrito en el hombre y la mujer en la relación sexual. Estos dos significados son: la unión amorosa de los esposos y la procreación de nuevas vidas, cuando, de acuerdo a los ritmos de la naturaleza, éstas puedan darse. Aquí es importante recordar que la Iglesia Católica, en su enseñanza sobre los actos conyugales, nunca ha querido decir que, de cada relación entre los esposos, tenga que surgir una nueva vida, ni tampoco que haya que tener de modo irresponsable todos los hijos que sean.

 

La Iglesia afirma, con la conciencia de estar afirmando el designio de Dios sobre la pareja humana, que el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una nueva vida, y que va contra el plan de Dios sobre la autenticidad humana del acto conyugal, el separar voluntariamente, por medios artificiales, la unión y la procreación cuando ésta puede darse. Es decir, es gravemente ilícito el que los esposos impidan, de modo artificial, que en un acto conyugal del que, podría procrearse una vida, ésta no se produzca. Por ello, la Encíclica Humanae Vitae afirma: La Iglesia, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural, interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida (n. 11).

 

Cierto que esta enseñanza no es fácil para la mentalidad actual, que considera imposible el que un hombre y una mujer tengan un amor así. Cierto que muchas veces esta doctrina es ridiculizada por quien no es capaz de entenderla. Pero la Iglesia sabe que ha recibido de Cristo la misión de custodiar y proteger la dignidad del matrimonio y la responsabilidad de la transmisión de la vida humana. Tampoco los hombres de la época de Cristo entendieron sus palabras: Entonces se pusieron a discutir entre sí: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?"

 

Hoy día, hay voces también dentro de la Iglesia que intentan rebajar la dignidad del amor conyugal; opiniones, incluso de personas buenas en otros aspectos, que dicen que es imposible este modo de llevar el matrimonio, y aconsejan a los esposos que no sigan la doctrina católica. Hemos de recordar que ningún camino es fácil para el cristiano verdadero y tampoco lo es la vida conyugal. Al fin y al cabo, no olvidemos que el matrimonio es el modo con que los esposos participan del amor de Cristo que se entrega sobre la cruz. Por ello, no debemos ocultar que quien quiere amar de verdad, tiene que vivir el dominio de sí mismo para poder respetar la verdad de su amor. Y respetar la verdad del amor requiere de sacrificios que hacen el amor más grande, no más triste, ni más débil.

 

La respuesta de Cristo a los hombres fue conducirlos con claridad por el camino de la verdad: "Yo les aseguro: si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes". Para esto, hoy, a nosotros nos da como ayuda su gracia que, a través del Espíritu Santo, renueva y fortalece el corazón del hombre y la mujer, y hace a los esposos capaces de amarse como Cristo los amó. Así, el amor conyugal alcanza su plenitud. Por ello, como católicos, invitamos a los matrimonios a descubrir la verdad de su amor y la necesidad que tienen de mantener íntegra la autenticidad de cada una de sus relaciones conyugales. Sólo el camino de la verdad es el camino del amor, el camino de la vida. Caminemos por la verdad del matrimonio y la familia. No arranquemos la verdad del amor de los esposos, porque sería arrancarles el sentido que ilumina las dificultades de la existencia.

 

 

 

 

LA FAMILIA, CUNA Y SANTUARIO DE VIDA

 

¿Señor a quién iremos? Tú nenes

palabras de vida eterna.

 

De alguna manera, en este mundo tan difícil que nos toca vivir, esta pregunta resuena en todas las conciencias. Cuánto cuesta saber a dónde hay que ir en la vida; cómo se nos llena de incertidumbres el horizonte. Si pudiéramos entrar en el corazón de los hombres y mujeres que nos rodean, ¿no veríamos una duda fundamental en cada uno de ellos? Son tantas las dudas que hay: dudas para llevar adelante la propia vida, dudas para educar a los hijos, dudas para resolver los conflictos matrimoniales. Vacilaciones a todos los niveles: político, económico, social... Parecería que vivimos en un mundo en el que la incertidumbre es la ley.

 

Y el hombre y la mujer de hoy buscan certezas, y para ello, muchas veces se crean dioses, que de alguna manera den seguridad. Obviamente, ya no son dioses de piedra, o de madera. Los dioses de hoy se llaman dinero, se llaman poder, se llaman placer. Los dioses de hoy se encuentran en los movimientos que promueven una supuesta energía cósmica, la venta de todo tipo de amuletos, la consulta a supuestos consejeros que no pasan de ser verdaderos charlatanes. Los dioses de hoy están en la mentalidad técnica que lleva a la deshumanización.

 

También al hombre de hoy la vida le hace la demanda que Josué le hacía al pueblo de Israel: "Digan aquí y ahora a quién quieren servir". Depende de a quién sirva el hombre para que encuentre la felicidad, la vida eterna. Solamente quien sirve al verdadero Dios se libra de la esclavitud, se encuentra protegido en el camino que recorre y entre las circunstancias por las que pasa. Solamente quien sirve al verdadero Dios es capaz de ver, en su vida, los prodigios que dan sentido a todo interrogante, que dan luz en toda obscuridad. La razón de todo esto se encuentra en que sólo quien sabe dirigirse hacia el verdadero Dios encuentra la vida.

 

Una vida que no es sólo la vida del más allá, la vida eterna. También es la vida temporal que aquí desarrollamos. Esta vida tiene una dimensión física y otra dimensión espiritual. Una vida que es el don más grande que podemos tener, porque es única y se vive una sola vez. Esta vida es un don como dice la Escritura: El Espíritu es quien da la vida.

 

En efecto, es el Espíritu Santo quien da la vida al hombre, la vida espiritual y la vida física con la colaboración de los padres. Dios nos da la vida en una familia. ¿Cómo podemos dar a la vida una certeza, una seguridad? El hombre que vive su vida a través de su familia, en su familia encuentra la certeza que Dios da. Por el contrario, el hombre que vive su vida fuera de un marco familiar, cae en la angustia, la incertidumbre, y vuelve a experimentar la angustia de la pregunta ¿a quién iré?

 

Del don de la vida somos responsables cada uno en particular, pues no hay don más grande que éste. Al ser el don del que dependen todos los otros dones, es el que más hay que cuidar, el que más hay que proteger. Quien primero cuida del don de nuestra vida son nuestros padres que se preocupan por hacemos crecer, por damos lo mejor, dentro sus posibilidades, para que nuestra vida se desarrolle. ¡De hecho, hay tantos ataques contra la vida humana! ¡Es tan frágil en sus inicios! ¡Corre tantos riesgos de ser destruida, de que se desvíe en su camino hacia situaciones de desintegración! Por ello, la vida humana necesita de la familia, de los padres, del hogar, para verse sostenida y protegida. El primer lugar donde la vida es recibida, cuidada, desarrollada es la familia: La familia es el santuario de la vida, el ámbito donde la vida puede ser protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta, y donde puede desarrollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano.

 

Éste es el papel que tiene la familia como comunidad de amor, preocupada por cuidar a cada uno de sus integrantes, como lo escuchábamos en la segunda lectura: Maridos amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla... Así los maridos deben amar a sus esposas coma cuerpos suyos que son... nadie jamás ha odiado a su propio cuerpo. La familia es el centro de una cultura de vida y amor, pues en ella cada uno debe buscar darse a los demás. El papel de la familia en la edificación de la cultura de la vida es determinante e insustituible. En ella se aprende a valorar lo que es la persona humana por sí misma, por lo que es y no por la utilidad que puede reportar. En la familia, se establecen unos vínculos que sostienen a la persona humana en toda circunstancia difícil que puede encontrar en su vida. En la familia, el ser humano vuelve a encontrar el sentido de su existencia, se da a los demás, vence toda tendencia egoísta, no se deja derrotar por las adversidades sociales, económicas y de salud.

 

Todos sabemos que la familia es el mejor ambiente para el nacimiento, crecimiento y la educación de los hijos, pues en ella se puede establecer el equilibrio necesario para la persona, en ella se pueden completar las deficiencias afectivas del ambiente, en ella se hace que la persona pueda aplicar a las cosas diarias los grandes principios. Cuando hablamos de honestidad, ¿no es la familia la primera escuela, donde día tras día los padres tienen que ser honestos entre sí, los hermanos deben evitar todo engaño mutuo, los hijos y los padres se encuentran con sinceridad? Cuando hablamos de preocupación por los demás, ¿no es la familia el primer lugar donde podemos escuchar el corazón de los demás y donde pueden consolar el nuestro? Cuando hablamos de vivir con coherencia la fe católica, ¿no es la familia el lugar donde se aprenden las oraciones, las virtudes, el compromiso cristiano?

 

Por el contrario, cuando la familia se ve desplazada como lugar de vida, de transmisión y educación de vida, podemos ver cómo en la sociedad se extiende un manto de indiferencia, de rencor, de odio, de temor, en el que ya no hay ninguna vida segura. Contemplamos cómo se propaga la cultura de la muerte, es decir, el modo de pensar en el que la vida humana es menos importante que otras cosas: menos importante que el dinero, menos importante que los intereses de una determinada ideología, menos importante que la convivencia social. Cultura de la muerte que hace de la persona humana un objeto útil, que se desecha cuando es inútil. La cultura de la muerte ataca a la familia, centro y corazón de la civilización del amor.

 

Pensemos en el anciano, en el enfermo. ¿Acaso la sociedad no los ve como una carga molesta de la que hay que deshacerse o, por lo meno, evitar que estorbe mucho?; ¿no es la familia el último reducto donde es considerado como una persona y no como un objeto de compasión?; ¿no es la familia donde se le escucha, donde se le atiende, donde se le quiere? Pensemos en los discapacitados de cualquier tipo, físico o mental. ¿no es la familia, en la mayoría de los casos, el único lugar de superación desde el que surgen las organizaciones para darles una vida digna según su condición humana?

 

La cultura de la muerte es una mentalidad pesimista, egoísta, que ofusca al mundo, porque lo ciega, impidiéndole ver la grandeza de la vida humana, de toda vida humana, sin importar cuál sea su situación y estado. El mundo de hoy no es capaz de percibir la inmensidad del amor que se encierra en el dolor de un hijo enfermo. Nuestra sociedad no puede fácilmente descubrir la grandeza de un corazón materno o paterno, que sobrelleve, con gozo en el sufrimiento, el sacar adelante a un niño que, a lo mejor, sólo podrá decir gracias con una mirada. Nuestro mundo no entiende esos corazones que creen firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad.

 

En esta tarea, la familia, santuario de la vida, no se encuentra abandonada. Son muchas las organizaciones civiles, sociales y religiosas, que buscan acompañarla para que pueda cumplir con su misión. También la Iglesia Católica, a veces en medio del rechazo y la incomprensión, promueve con todo medio la vida humana y la defiende contra toda visión negativa, en cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre.

 

Vemos hasta qué punto llega la intolerancia y la agresión contra aquellos que defienden la vida humana, que Juan Pablo II ha sido insultado, difamado y agredido, en Francia, en su espléndida visita pastoral que hoy ha concluido, sólo por visitar la tumba de su amigo Jerome Lejeume, científico reconocido, pero que cometió el delito de estar en favor de la vida. Ayer leíamos en un diario capitalino la petición angustiada del cardenal brasileño Lucas Moreira que, en caso de que sea aprobado, los médicos que defiendan la vida no sean castigados.

 

Qué bueno que las autoridades obliguen a poner en el tabaco y en el alcohol la leyenda "pueden ser nocivos para la salud", pero una leyenda semejante no se pone en los preservativos que está promoviendo el mismo gobierno, sabiendo que hay riesgos reales para la vida humana, o por defecto de fabricación o por su mal uso.

 

De un modo particular, es muy importante todo lo que se haga por las madres solteras y por las mujeres, a veces adolescentes, que se encuentran esperando un hijo, fuera de un hogar establecido. No puede ser que la única opción que se les ofrezca sea una opción de muerte. No puede ser que la salida normal sea la destrucción de la vida humana que llevan en su seno. Si Dios da la vida, ¿cómo el ser humano va a dar la muerte a uno de sus semejantes, al más inocente de sus semejantes? Hay otras soluciones que, en vez de ser criminales, son humanas.

 

Exhorto a los médicos a apoyar a estas mujeres que se ven en tan grave dilema, para que saquen adelante a sus hijos. Exhorto a los responsables de la vida civil para que instrumenten medidas que permitan a estas madres tener la certeza de que sus hijos van a ser acogidos en la sociedad. Exhorto a todos los católicos, de modo especial a los sacerdotes diocesanos y religiosos, a las religiosas y mujeres consagradas, a los laicos comprometidos en los diversos movimientos y ministerios, para que sean sostén de la desesperanza en la que se encuentran con frecuencia las madres que no ven ningún futuro a su embarazo, y les ayuden a dar una respuesta de vida a la tentación de muerte. Pero, de modo muy especial, me dirijo a todos los habitantes de esta Arquidiócesis de México: ¡No matemos a nuestros hermanos mexicanos, a los más pequeños, a los más indefensos de nuestros hermanos mexicanos!

 

Sepamos servir al Dios de la vida, sepamos romper la esclavitud con que a veces se nos ata el corazón, sepamos descubrir en la familia el santuario de la vida, desde la que cada ser humano se ve acogido, valorado y amado. Que, en este camino de preparación para el Encuentro Internacional de las familias con el Papa Juan Pablo II, cada familia mexicana pueda repetir las palabras de Josué: En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor. Y que todos podamos responder: También nosotros serviremos al Señor porque él es nuestro Dios.

 

 

 

 

 

EXIGENCIAS HUMANAS Y CRISTIANAS

DE LA PATERNIDAD Y MATERNIDAD RESPONSABLES

 

¿Quién será grato a tus ojos Señor?

 

La pregunta del salmista se convierte en una pregunta para todos los que hacemos el esfuerzo por acercamos a Dios; pues ser grato a los ojos del Señor es, sobre todo, llevar a plenitud la persona humana que somos cada uno de nosotros. Ser grato a los ojos de Dios no es otra cosa sino lograr que nuestra persona sea, en todo momento, todo lo que tiene que ser, sin corromperla ni mutilarla. Hoy día, vemos que se mutila con mucha facilidad a la persona, y no me refiero a operaciones quirúrgicas, sino a mentalidades que hacen que el ser humano se vea a sí mismo como disminuido en sus capacidades, de modo especial, en su capacidad de aspirar al bien.

 

Vivimos en una sociedad conformista, que ha renunciado a ser todo lo que tiene que ser; que ha renunciado a ofrecer a sus miembros las mejores opciones, para conformarse con darles cualquier cosa que funcione más o menos. Vivimos en una sociedad que ha perdido la capacidad de generar personas que mantengan íntegros sus ideales, para caer en una situación de impotencia ante los grandes flagelos que la atacan como el narcotráfico, la corrupción de la juventud, el materialismo. Todos estos son elementos que acaban mutilando a la persona, porque la empujan a perder de vista todo lo que, como seres humanos e hijos de Dios, podrían llegar a ser, porque privan al corazón humano de la esperanza que nace de un corazón íntegro para enfrentar la vida; porque, en definitiva, al disminuir nuestra calidad interior, no nos hacen gratos a los ojos de Dios.

 

Uno de los campos en los que esta mutilación se ha hecho más obvia es en la capacidad que tenemos como personas para vivir las exigencias humanas y cristianas del amor. Parecería que el hombre y la mujer de hoy no pueden amar de verdad, como si estuvieran hechos nada más para desarrollar amores efímeros, sin ningún compromiso, sin ningún propósito de duración. Parecería que vivimos en la cultura del desechable también en el amor humano.

 

La sociedad débil, de la que hablábamos hace un momento, ha construido personas débiles, o mejor dicho, personas que se sienten débiles, débiles para amar, débiles para comprometerse, débiles para ser fieles a la palabra dada, débiles para salir adelante en las dificultades, a veces normales y a veces extraordinarias, de la vida familiar. Sin embargo, con facilidad tendemos a no enfrentar con fortaleza las dificultades propias del matrimonio e, incluso, se busca falsearlo, dejando de lado exigencias que son sustanciales para la veracidad de la relación conyugal y familiar. Es una injusticia esconder las obligaciones que conlleva la vida de pareja y la construcción de un hogar, y por ello, hay que trabajar para que las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer la autenticidad del amor.

 

La autenticidad del amor reclama del ser humano, por un lado, el ser capaz de escuchar la voz de Dios que habla en la conciencia de cada uno de nosotros, y, al mismo tiempo, decidirse a seguir el camino luminoso que Cristo nos ha dejado en el Evangelio, y que llega hasta nosotros gracias a la enseñanza de la Iglesia. La autenticidad del amor no es una cuestión de lo que uno siente, sino que es una cuestión de si el amor que se dice tener es verdadero de modo real. Por ello, debemos procurar que nuestra sociedad y nuestras familias desarrollen un compromiso tenaz y valiente en crear y sostener todas las condiciones humanas -psicológicas, morales y espirituales- que son indispensables para comprender y vivir el valor y la norma moral.

 

Cuando en una sociedad se abdica de proponer y fomentar la plenitud de la norma moral, se está abdicando de llevar al ser humano a su plenitud, que es la finalidad primaria de la sociedad. Esto no quiere decir que ya no haya dificultades para vivir la norma moral, no quiere decir que no haya situaciones de tremendo dolor y angustia, que no haya situaciones en las que a veces parecería que la única salida es el mal. Y sin embargo, debemos tener la voluntad de perseverar en el camino del bien buscando soluciones buenas. Es como si nuestra sociedad se rindiese ante los tremendos problemas de la pobreza, del desempleo, de los niños de la calle, con la excusa real de que hay muchos y que es muy difícil solucionar estas situaciones. Sería un error dejar de buscar soluciones, o de hacer todos los esfuerzos y sacrificios necesarios para lograr erradicar el problema.

 

Esto mismo sucede con la norma moral. Ante la dificultad de su cumplimiento, no se puede decir: Bueno, en tu caso, haz algo que sabemos que está mal. El consejo verdadero, aún con grandes dificultades y sacrificios, es: Vamos a hacer lo que sabemos que está bien. Como decía Pablo VI: No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Si decimos que nos preocupan los demás, lo que no debemos de hacer es dejar de ayudarles a conocer y a practicar el camino del bien verdadero.

 

Esto tiene una especial resonancia cuando se refiere a uno de los problemas que más afectan a las parejas de hoy, que es el modo concreto de llevar a cabo la paternidad responsable. Todos estamos de acuerdo en que hay circunstancias en que la pareja puede y debe decidir espaciar los hijos que desea tener o, incluso, ya no tener más hijos. Hay causas graves que lo justifican y que no son excusas para un corazón egoísta, sino necesidad para ser verdaderamente responsables. Sin embargo, el fin no justifica los medios, y así como el no tener por el momento o de modo definitivo más hijos, puede ser un objetivo bueno, no cualquier medio lo es.

 

La unión sexual entre los esposos tiene un doble significado: el incremento del amor entre el hombre y la mujer, y la posibilidad de una nueva vida. Estos dos significados son inseparables, pues cuando un hombre y una mujer dicen entregarse totalmente uno a otro y no entregan la propia fecundidad -en el caso de que ésta exista-, la entrega deja de ser total. Las dos dimensiones de la unión conyugal, la unitiva y la procreativa, no pueden separarse artificialmente sin alterar la verdad intima del mismo acto conyugal. Por ello, todos los medios que, de modo artificial como: los fármacos anticonceptivos, dispositivos intrauterinos, preservativos, etc., rompen el significado de la unión sexual entre los esposos, son ilícitos, porque rompen la verdadera donación total entre los esposos.

 

Ésta es una doctrina de la Iglesia a la que la cultura actual es particularmente refractaria, pero a la que se llega cuando se entiende la verdadera naturaleza de la persona humana, como unidad de cuerpo y espíritu. Esta visión del ser humano y del amor, la Iglesia a nadie se la impone, pero sí reclama el derecho a proclamar lo que ha recibido de su Señor. A veces, se rechaza con la simple burla descalificadora, sin haber llegado a entender que destruir la verdad del significado del acto sexual entre los esposos, es destruir el amor verdadero y, por lo tanto, a la misma persona humana.

 

En parte, el problema de aceptación y de comprensión de la visión católica del matrimonio y de la paternidad responsable se origina, además de en algunos prejuicios de tipo ideológico, en una debilidad cultural para dar al ser humano toda la dignidad y riqueza interior que posee. Parecería que el hombre de hoy ya no es capaz de vivir la auténtica castidad conyugal, la cual no significa de ningún modo el rechazo o el menosprecio de la sexualidad humana: significa, más bien, la fuerza espiritual que sabe defender el amor ante los peligros del egoísmo y de la despersonalización, y sabe promoverlo hacia su realización plena. Esto, obviamente, supone una disciplina, una exigencia personal que se adquiere a base de amor. La castidad cristiana es el amor que sabe disciplinarse para mantenerse auténtico. La castidad y la fidelidad también a nadie se le pueden imponer, pero siempre serán valores e ideales que el cristiano tiene derecho a proclamar y proponer a la sociedad.

 

Ésta es una tarea en la que los esposos no se encuentran abandonados. A todos los miembros de la comunidad eclesial, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos comprometidos y, especialmente, a los médicos que trabajan en el área de la, así llamada, salud reproductiva, en definitiva, a todos los que somos católicos, nos toca ayudar a las parejas a vivir la verdad de su amor conyugal, sin dejarse acobardar ante las presiones de la ideología de moda en la sociedad. Es una tarea de todos el preocupamos por animar, informar, suscitar convicciones y ofrecer ayudas concretas, a quienes desean vivir la paternidad y la maternidad de modo verdaderamente responsable y humano; por ejemplo, a través de métodos que broten del conocimiento más preciso de los ciclos de la fertilidad femenina. Un testimonio precioso puede y debe ser dado por aquellos esposos que, mediante el compromiso común de los métodos naturales, han llegado a una responsabilidad personal más madura ante el amor y la vida.

 

La paternidad responsable tiene, como vemos, exigencias humanas y cristianas, pero, de modo muy especial, requiere el dominio del corazón. Porque es, en el corazón del hombre, donde se encuentra la fuente del egoísmo que es la causa definitiva de nuestra resistencia al plan de Dios sobre el hombre y la mujer en la vivencia de su sexualidad conyugal. Como lo decía el Evangelio de hoy: Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro, porque del corazón del hombre salen las intenciones malas. Ser responsables en la paternidad supone, en ocasiones, la vivencia del sacrificio; pero es el sacrificio que no brota de un oscurantismo, sino de la certeza de que hay un valor, que es el amor mutuo que se debe poner por encima, incluso, de los propios gustos y conveniencias. Pretender en el matrimonio un amor diferente a éste es engañarse, es vivir un egoísmo disfrazado de amor.

 

Jesucristo es claro en su doctrina y, al mismo tiempo, es lleno de bondad. Por ello, siempre nos da un modo de poder vivir con plenitud su mandamiento, y siempre nos da la fuerza para vivirlo, cuando el único modo sea el de un camino costoso. Sepamos acudir a Él. Acudir a Él cada uno de nosotros, acudir a Él como pareja, en los momentos de gozo y de duda; acudir a Él como familia. Así, de nuestro corazón saldrá el deseo de poner el amor y no nuestro egoísmo como base de todas nuestras relaciones conyugales, familiares y sociales.

 

El domingo pasado les hacía una invitación para salir en ayuda de nuestras hermanas, muchas veces adolescentes, que se encuentran esperando un hijo, fuera de un hogar establecido. y les decía que no puede ser que la única opción que se les ofrezca sea una opción de muerte. Hoy celebramos el octavo aniversario de la fundación de los Centros de Ayuda a la Mujer, gracias a los cuales se han salvado de ser asesinados en el seno materno más de 15,400 niños mexicanos. Por todos los que trabajan en estos centros y por los niños que se han librado de la muerte ofrecemos esta Eucaristía.

 

 

 

 

EDUCACIÓN DE LOS HIJOS,

DERECHO - DEBER PRIMARIO E INALIENABLE

 

Se iluminarán entonces

los ojos de los ciegos,

y los oídos de los sordos se abrirán.

 

Las palabras del profeta Isaías nos hablan del tiempo en que el Mesías estará presente en el mundo como redentor de la humanidad y son el preludio de la obra de Cristo que, realizando el milagro en el hombre sordo y mudo, nos dice que con Él ha llegado el Reino de Dios. El milagro de Cristo no es sólo la curación de una enfermedad; es, de modo especial, el signo de la libertad de la atadura que le impide escuchar la palabra de Dios y proclamarla a sus hermanos. Atadura que no es sólo la atadura física, sino sobre todo la atadura del corazón que se encierra en sí mismo y que impide al hombre abrirse a la voz de Dios en su corazón, a las necesidades de los hermanos, a los signos de los tiempos que reclaman su testimonio.

 

Este milagro, Cristo lo sigue realizando con todos los hombres que se encuentran con Él. A todos y cada uno Cristo los llena de luz para que su corazón no se cierre al hermano, para que sus oídos se abran a las necesidades de los demás, para que su lengua pueda proclamar una palabra de esperanza al necesitado.

 

Sin embargo, esto no se produce por arte de magia; es necesario que el corazón humano se eduque a responder de esta manera al reclamo que, desde dentro y desde fuera, se le hace de no ser sordo y mudo ante la voz de Dios. La educación del corazón para responder a Dios y a los hermanos es algo que no puede faltar.

 

¿Cómo nos educa Cristo? En primer lugar, a través de la conciencia, en la que Él nos va iluminando sobre el bien que hay que hacer y el mal que hay que evitar, a veces, incluso, de modo heroico. En segundo lugar, nos educa a través de la Palabra de Dios que, leída y meditada en la Sagrada Escritura, nos muestra el camino que el hombre tiene que seguir. En tercer lugar, a través de la voz de la Iglesia que, con su guía moral y su sabiduría -maestra de humanidad la llamaba Pablo VI-, nos va haciendo ver situaciones que nuestra sola inteligencia no sería capaz de discernir de modo adecuado.

 

Sin embargo, hay una escuela que está en la base de todas las demás; esa escuela en la cual la Madre Teresa aprendió virtudes heroicas; una escuela que, cuando falta, se desorienta la conciencia, presenta graves fallas la relación con Dios y con la Iglesia e, incluso, se ve gravemente cuestionada la capacidad de relacionarse socialmente y de adquirir un aprendizaje para la vida diaria. Esta escuela es la familia, el hogar en el que cada uno de nosotros nace y crece. La familia no es sólo la primera escuela en la que todos nosotros aprendemos a ser humanos; la familia es el molde que marca el resto del desarrollo de nuestra vida. Si nuestra familia no se convierte en el lugar en que crecemos como personas, esta deficiencia la sufriremos y la tendremos que trabajar durante toda la vida.

 

Dios ha querido que cada ser humano nazca en una familia, que sus padres sean para él el rostro del amor de Dios, que sean para él la mano que lo arranca de la sordera del espíritu y de la mudez de la vida, como veíamos que Cristo hacía en el Evangelio. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan.

 

Esta realidad no es sólo una constatación: la educación que se da a cada uno de los seres humanos es, sobre todo, un derecho que los padres tienen. Como recuerda el Concilio Vaticano II: "Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por tanto, hay que reconocerlos como primeros y principales educadores de sus hijos". Nadie en la sociedad tiene un derecho primario sobre el derecho de los padres.

 

Ciertamente existen otras instancias sociales que colaboran con los padres en la educación de los hijos. Instancias que nunca pueden sustituir, ni imponerse, sino siempre apoyar la tarea que los padres tienen. Una de estas instancias es el Estado que viene a ponerse al servicio de los padres, dándoles unos medios que ellos muchas veces no podrían ofrecer a los hijos. Hay también muchas asociaciones privadas, algunas religiosas y otras no, que colaboran en esta tarea. Es de alabar el esfuerzo que se hace para que, a todos los niveles sociales, la familia se vea apoyada en el proyecto educativo que tiene para sus hijos.

 

Sin embargo, ni el Estado, ni la Iglesia, ni estas otras instituciones, pueden olvidar que la tarea educativa tiene su raíz en la vocación primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios; es decir, cada matrimonio tiene, en nombre de Dios, el deber primario de educar a sus hijos; los padres son los que van moldeando su espíritu, los que van formando en ellos las virtudes, los que los enseñan a convivir; en definitiva, los que al engendrar a una nueva persona, han asumido, por ello mismo, la obligación de ayudarla a vivir una vida plenamente humana.

 

Cuando el hombre y la mujer carecen de la educación en la familia, casi podríamos decir que resulta estéril toda la información que se pueda dar. ¿De qué le sirven los conocimientos al ser humano si nadie se ha preocupado por darle un corazón? Ciertamente que es necesario que alguien nos instruya sobre lo que necesitamos para desenvolvemos en la sociedad. Ciertamente que todos necesitamos adquirir una visión del mundo que sea racional, no basada en nuestras imágenes, sino en la maravilla de la inteligencia humana que, hecha a imagen y semejanza de Dios, va poco a poco iluminando toda la realidad.

 

De muy poco sirve toda la formación que uno va adquiriendo en la vida, si no se enmarca en la herencia espiritual, afectiva, psicológica que transmite la familia. Cuando la familia no ha sido la base de nuestra educación, cuando algo ha interferido con todo lo que nuestros padres deberían habemos dado, contemplamos con tristeza seres humanos quizá muy inteligentes, muy capaces de resolver problemas técnicos, muy hábiles para dirigir otras cosas, pero impotentes para comprenderse a sí mismos, para entender sus propios problemas, para dirigir la propia vida hacia la felicidad.

 

La familia logra hacer esto cuando la pareja hace del amor el alma que inspira y guía toda la acción educativa concreta. Es decir, cuando los padres dan a sus hijos, antes que muchas cosas de tipo material, el amor que nace de sus corazones. Qué mejor educación que la que nace del padre que aconseja en la recta visión de la vida al hijo; qué mejor guía para la vida que la que siembra la madre al enseñarnos a vivir los valores de la dulzura, la constancia, la bondad, el servicio; qué escuela tan fecunda es la de la pareja que construye la persona del hijo en el desinterés y el espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor.

 

El mejor modo de amar a los hijos es educarlos. Y no se trata simplemente de darles unos estudios universitarios o introducirlos en un trabajo, aspectos importantes, pero no absolutos en sí mismos. De modo especial, es importante educar a la persona del hijo y no sólo su mente; educar su voluntad para que enfrente con certidumbre las dificultades de la vida; educar sus sentimientos para que los hijos sepan aprovechar la riqueza que éstos aportan a la vida dentro de una recta jerarquía interior; educar su inteligencia para que sepan buscar siempre la verdad, incluso cuando ésta no sea agradable o sea costosa de aceptar; educar su conciencia para que sean insobornables en la búsqueda del bien.

 

De modo muy especial, los padres deben formar a los hijos, con confianza y valentía, en los valores especiales de la vida humana, en el contexto de una cultura invadida por el materialismo que ciega, abrumada por el afán de tener que endurece el corazón, oprimida por la búsqueda del éxito a toda costa sin medir el precio que hay que pagar; un éxito que, muchas veces, se identifica con el crecimiento económico aún a costa de los valores humanos.

 

Los padres tienen que invitar constantemente a sus hijos a vivir la trascendencia de la libertad ante los bienes materiales, el sentido de la verdadera justicia, el respeto de la dignidad personal de todos y cada uno de los que nos rodean, el amor y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados, manifestado, incluso, con la renuncia, o sabiendo dejar de lado los propios planes para ayudar, en modo concreto, a quien pide la luz de la fe o el pan del cuerpo.

 

Para todo esto, la familia es el lugar privilegiado de enseñanza viva, porque la familia es el ambiente donde los valores se aprenden en modo concreto, vivencial. Los valores y las virtudes, que son lo que nos hacen propiamente humanos, no pueden ser transmitidos por la sola enseñanza académica; se transmiten, más bien, por la relación entre las personas. Un profesor universitario nos puede enseñar que el amor es un valor; pero una madre, que pronuncia en casa palabras de perdón hacia quien la ha ofendido, transmite, contagia, el amor como algo que vale la pena. No es lo mismo oír mil explicaciones que vivir las virtudes en lo concreto de la vida familiar diaria.

 

Si queremos construir una sociedad en la que los valores no sean una teoría bonita, que se proclama en los discursos y nunca llega a la vida; si queremos una sociedad en la que disminuya la violencia, hagamos de la familia la escuela de la paz; si queremos una sociedad en la que brille la honestidad, hagamos de la familia una escuela de rectitud de vida; si queremos una sociedad en la que haya respeto, hagamos de la familia la fuente de la consideración hacia los demás. Nunca olvidemos que en la familia se lleva a cabo la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa y responsable de los hijos en la sociedad.

 

Un elemento de particular importancia en nuestra sociedad es la educación en la sexualidad, de la que a veces se olvida que es un derecho y deber fundamental de los padres. Hoy hay muchas campañas que buscan hacer que los padres eduquen a sus hijos en la sexualidad olvidando que esta educación debe nacer, en primer lugar, de los valores morales que la familia profesa. La información en la sexualidad y, por lo tanto, la educación en la misma, no puede verse separada de los principios morales.

 

Cuando se rompe la unión entre educación en la sexualidad y los valores morales, se reduce la dimensión de la sexualidad a una introducción devastadora en el ámbito psicológico, afectivo y social, a la experiencia del placer y, por lo tanto, a la visión de la sexualidad no como un camino de realización de la persona humana en el encuentro amoroso con el otro, sino como un simple goce que reduce el cuerpo propio y el ajeno a un objeto despersonalizado y campo abierto a todo tipo de abuso y comercialización.

 

Con frecuencia se presiona a la familia, se manipula la información que se da a los padres y a los hijos y, lo que es peor, se presiona a los hijos para que dejen de lado y desprecien el consejo y los valores que sus padres les transmiten. La educación en la sexualidad de los hijos debe realizarse siempre bajo la dirección solícita de los padres y madres de familia, tanto en casa como en los centros educativos elegidos por ellos. En este sentido, la Iglesia reafirma el principio de la subsidiariedad, es decir, de ayuda y no de imposición substitutiva, que la escuela tiene que observar cuando coopera en la educación sexual, de modo que nunca contradiga los principios educativos que, en este campo, tengan los padres, entrando con ellos en un respetuoso diálogo.

 

El Evangelio de este domingo nos presenta a Cristo haciendo que un hombre sordo y mudo recupere la posibilidad de integrarse plenamente a la sociedad. Para esta misión, Cristo ha dado a la familia la tarea primaria e ineludible de ir haciendo, de cada uno de sus miembros, personas que puedan infundir, en el ambiente que los rodea, los valores que recibieron de modo vivo en su casa. Pidámosle al Señor que en cada familia mexicana podamos decir lo que sus contemporáneos decían del Señor: ¡Qué bien lo hace todo! Ayudemos a que la familia mexicana pueda hacer bien su tarea.

 

Este día, demos gracias a Dios porque la Madre Teresa fue un fruto excelente de una familia con valores; demos gracias a Dios porque la Madre Teresa siempre trabajó para consolidar la estructura familiar.

 

 

 

 

LA FAMILIA, PRIMERA Y VITAL CÉLULA DE LA SOCIEDAD

 

¿Quién dicen los hombres que soy yo?

 

Esta pregunta, tantas veces escuchada y tantas veces respondida por los hombres, se nos hace a nosotros en el día de hoy. ¿Quién dice cada uno de nosotros que es Cristo? ¿Cuál es la imagen, la experiencia que cada uno de nosotros ha hecho de Cristo en su vida? Para muchos, Cristo es un ser etéreo, alejado, que no tiene nada qué decir a nuestra vida o, a lo sumo, un simple ejemplo moral de buen comportamiento. Para otros, Cristo es todo lo contrario: un hombre doctrinario, que proclama la violenta liberación de la opresión.

 

Ante todo esto, Cristo sigue preguntando: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? La respuesta definitiva es la que da S. Pedro: Él es el Mesías, "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo", es decir, el hombre designado por Dios para redimimos del peor de los males que es el pecado, por la obediencia hasta la muerte de cruz. Qué difícil es aceptar la verdad de Cristo. Cómo preferiríamos poderla manipular a nuestro gusto. Pero el Señor sigue presentándose en su misterio grandioso y cercano, para hacemos ver que no son nuestros esquemas humanos de conveniencia personal los que lo van a encerrar a Él, sino que es Él quien quiere encerramos en su amor por nosotros. Este amor es el que lo lleva a ofrecernos el camino para pode seguirlo: el camino de la cruz, por el que Él ha transitado primero.

 

Esta es la verdad de Cristo que no podemos alterar. El Evangelio de hoy, con la firme reacción del Señor ante el intento de san Pedro de alterar la identidad y la misión del Señor, nos pone frente a una gran enseñanza: no le es dado al hombre, si quiere seguir el camino de Cristo, romper con la verdad del plan de Dios sobre las cosas, sobre uno mismo. Esto nos introduce en la reflexión sobre el misterio de la familia, que llevamos haciendo desde hace diez domingos, con motivo del Segundo Encuentro mundial del Papa Juan Pablo II con las familias, que tendrá lugar en Río de Janeiro, en el próximo mes de octubre.

 

El hombre debe conocer y vivir la verdad de la familia, pues ella es la que hace que el hombre descubra y viva su dignidad de persona. Vivimos en una sociedad que corre el peligro de ser cada vez más despersonalizada y masificada, por la aplanadora de las modas ideológicas y culturales, por la vida urbana que tiende a hacer la existencia de las personas inhumana y deshumanizadora. Cuando la familia deja de ser la base de la vida del hombre, no tardan en aparecer los tristemente conocidos resultados negativos de tantas formas de "evasión y manipulación" como son: el alcoholismo, la droga, la violencia, el abuso del menor, la prostitución.

 

Ante este mundo que niega al hombre la verdad de la familia, el corazón se siente solo, el sentido de la vida parece agotarse en la obtención de dinero o de otro tipo de resultados; en definitiva, el hombre parecería que ha dejado de ser una persona, para comenzar a ser un objeto más de una cadena de producción. Sin embargo, frente a todo esto, la familia es capaz de sacar al hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad y de afianzarlo activamente en el tejido de la sociedad corno alguien único e irrepetible. Pues en la familia cada uno de nosotros es una persona, no un número, es alguien y no algo.

 

Todo esto nos habla de uno de los aspectos fundamentales de la verdad de la familia, que es su dimensión social. La familia nos hace ver que cada uno de nosotros no está llamado a realizar se en solitario. La familia es el primer ambiente que refleja la vocación que todos tenemos de vida social, de ser cada uno constructor responsable de la sociedad. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de estas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma.

 

Por ello, no debemos perder de vista la importancia que tiene el que cada familia siga realizando esta misión. Una sociedad que permite que sus familias se desintegren, que sus familias se deterioren, dejen de ser un sólido fundamento de la vida de cada uno de sus miembros, es una sociedad que se está destruyendo a sí misma. Y, sin embargo, hoy podemos percibir síntomas que nos hablan de la pérdida de la familia como centro desde el que la persona humana se proyecta.

 

Por un lado, vemos cómo se ataca la solidez de la institución familiar con proyectos claramente trazados que van minando la autoridad de la familia: pensemos en las tentativas de hacer que los padres no tengan influjo en los hijos, al ser presentados como seres fuera de moda, a los que se mira con cierta compasión. Esto se hace en algunas publicaciones, medios de comunicación audiovisual e, incluso, a través de programas financiados con fondos provenientes de otros países y organizaciones internacionales.

 

Por otro lado, la cultura en la que estamos inmersos va forjando una personalidad en el hombre y la mujer, que los hace particularmente débiles para constituir un hogar en el que se vivan y enseñen los valores personales y sociales: el corazón humano se va haciendo cada vez más individualista, más incapaz de renunciar a sí mismo por el otro, menos dispuesto a compartir el sufrimiento, el dolor, el fracaso.

 

Nos rodea una cultura que ciega la capacidad de discernimiento de muchos jóvenes que eligen su compañero o compañera de vida basados en criterios tremendamente superficiales, incapaces de sostener el embate de la vida diaria una vez que se establece la vida en común. La consecuencia de esto acaba siendo, con frecuencia, el fracaso matrimonial y, por consiguiente, la herida en la vida y en el espíritu de los esposos y de los hijos que hubieran podido nacer. Esto se convierte en una cadena educativa que transmite, de generación en generación, un modo de ser alejado de la verdad de lo que la familia debería haber construido en el corazón de sus miembros.

 

Otro problema particularmente doloroso en nuestro México es el fenómeno de las uniones libres y de las madres solteras. Por un lado, se prescinde del matrimonio como modo de realizar la vida conyugal, haciendo de la familia un lugar inestable, pues no se basa sobre ningún compromiso serio y perdurable. Por otro lado, la misma fragilidad de la unión acaba haciendo que la mujer se quede sola al frente de la educación de los hijos, viéndose éstos privados del papel insustituible que lleva a cabo el varón en el equilibrio personal y social de éstos. En esta situación con frecuencia, el papel del hombre se reduce a la aportación económica, dejando injustamente a los hijos privados de su presencia.

 

¿Cómo queremos sociedades comprensivas, si no hay comprensión dentro de los esposos y de los hijos en el hogar? ¿Cómo queremos sociedades solidarias si, dentro de la casa, cada uno se busca nada más a sí mismo? ¿Cómo queremos una sociedad que sea tolerante y capaz de diálogo si no procuramos que los miembros de la familia sean capaces de llevar las cargas de los demás? ¿Cómo queremos una sociedad que respete los derechos de las personas, si en la casa nos vemos unos a otros como simples objetos de consumo o de producción económica? Así, la promoción de una auténtica y madura comunidad de personas en la familia se convierte en la primera e insustituible pedagogía de sociabilidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias, en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor.

 

Esta es una tarea que toca de modo primario a los padres y madres de familia. Ellos son los primeros que deben examinarse seriamente si están o no realizando esta tarea en su hogar. Sin embargo, también nos toca toca, a todos los que tenemos una responsabilidad social, el ofrecer a las familias los medios que colaboren y que faciliten a los esposos la creación de un hogar sano. Si la sociedad permanece indiferente ante los ataques que sufre la familia, si las asociaciones civiles no se preocupan de que los hogares no se vean sobrepasados por campañas que fomentan la promiscuidad con intereses claramente monetaristas, si la Iglesia no lleva a cabo su tarea de informar, prevenir, aconsejar y ofrecer su apoyo, si todo esto sucede, estaremos impidiendo que la familia realice su tarea de hacer más humanos a sus miembros, estaremos siendo obstáculo para que se construya un mundo en el que se desarrolle una vida propiamente humana, en particular por la custodia y transmisión de las virtudes y los "valores".

 

Si queremos una sociedad más humana, no nos quedemos en buenos deseos. A todos nosotros, como Iglesia, nos toca comprometemos muy seriamente para que la familia cumpla con su misión. Como dice el apóstol Santiago: ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con las obras? ¿De qué nos sirve hacer bonitos discursos, pronunciar hermosas intenciones, sobre lo que querríamos hacer por la sociedad si no hacemos nada o muy poco por la familia que es la base de la sociedad? No olvidemos que la familia es una prioridad señalada por nuestro Sínodo, es una prioridad en el proyecto pastoral del Episcopado Mexicano y Latinoamericano.

 

No temamos asumir ningún sacrificio para defender a la familia y darle toda la dignidad y el papel que debe asumir en la sociedad. Cristo nos ha anunciado que quien quiere seguirlo debe atreverse a tomar su cruz. A veces defender el plan de Dios sobre la familia va a suponer ser difamado, malinterpretado, pero eso no le importa al cristiano, porque así está respondiendo con el testimonio de su vida a la pregunta que Cristo le hace en su corazón: y tú, ¿quién dices que soy yo?

 

 

 

 

LA IGLESIA DOMÉSTICA: FRUTO Y SERVIDORA

DE LA EVANGELIZACIÓN

 

El que reciba en mi nombre

a uno de estos niños a mí me recibe.

Y el que me recibe a mí,

no me recibe a mí,

sino a Aquél que me ha enviado.

 

Recibir a Cristo no es una tarea opcional para el hombre. Recibir a Cristo es uno de los urgentes requerimientos del corazón humano. Porque recibir a Cristo, como ha enseñado la Iglesia Católica desde hace dos mil años, es la necesidad fundamental para la propia realización. Sin embargo, hoy el mundo nos propone muchos redentores, muchos hombres, muchas instituciones, muchas técnicas, muchas filosofías, que se nos presentan como capaces de hacer feliz al hombre. Pero una tras otra van pasando, dejando en los hombres y en las mujeres que los han seguido, la decepción de la vida perdida y el anhelo inapagado de alguien que los redima.

 

¿Quién podrá hacer que Cristo nazca, crezca y viva en el corazón de los hombres? ¿Quién podrá hacer que Cristo arraigue de tal modo en el alma, que nada ni nadie nos lo pueda arrebatar? ¿Quién puede hacer que se mantenga viva entre nosotros la fe de nuestros padres, la fe en Cristo, la fe en la Iglesia, el amor a la Santísima Virgen María?

 

Es claro que hay muchos que pueden ayudar a que Cristo sea recibido en el corazón como verdadero redentor que nos da su Iglesia, la Iglesia Católica; que nos da a su Madre, la virgen María; que nos da su Palabra en la Santa Biblia; que nos da su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. Sin embargo, hay algo que es verdaderamente insustituible: se trata de la familia. Precisamente ahora, que nos encontramos tan cerca del encuentro de las familias del mundo con el Santo Padre Juan Pablo II, en Brasil, quisiera que reflexionáramos sobre el apoyo que la familia nos da a cada uno de nosotros en el conocimiento de Cristo.

 

La familia cristiana tiene como tarea insustituible el hacer crecer entre sus miembros no sólo la vida física, sino también la vida de Dios. Es en la familia donde cada uno de nosotros aprendió las primeras oraciones; es en la familia donde Dios se hizo presente en nuestras vidas. Pues la familia es el lugar del primer encuentro entre Dios y el hombre. Cómo no recordar, cada uno de nosotros, a nuestra madre enseñándonos a rezar, o a nuestro padre dándonos consejos de vida cristiana moral. La familia es, por lo tanto, la primera edificadora del Reino de Dios en la tierra, pues es la que construye la fe en cada uno de sus miembros. La familia es, por lo tanto, una verdadera escuela de fe y vida cristiana, la familia es una verdadera escuela de evangelización.

 

Como dice el Concilio Vaticano II: La familia cristiana. cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador del mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia. ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros. La principal misión de la familia es evangelizar. Y esto no significa otra cosa sino hacer capaz al hombre de recibir a Cristo y de escuchar su mensaje, para luego ponerlo por obra.

 

La familia es la que hace al hombre capaz de recibir a Cristo, no sólo porque, por medio del bautismo, los padres cristianos se preocupan de que sus hijos lleguen ser hijos de Dios o, a través de la preparación para los sacramentos y de la catequesis, aprendan y reciban la iniciación de la fe cristiana, sino también, porque de manera importante, la vida de familia prepara el corazón del hombre y de la mujer que en ella viven para recibir a Dios.

 

Solamente un corazón bondadoso, un corazón abierto, un corazón capaz de compartir, es un corazón que puede recibir a Cristo; solamente un corazón que no le importa sacrificarse por los demás, es un corazón capaz de recibir a Cristo; solamente un corazón capaz de vencer el materialismo, el afán de usar a los demás para el propio provecho, es capaz de recibir a Cristo. ¿Y acaso no es la familia donde todos aprendemos de modo primario a recibir la bondad, a abrimos a los demás, a compartir e, incluso, a soportar el dolor por otros?

 

La familia es la que hace al hombre y a la mujer capaz de seguir el mensaje de Cristo, porque es en la familia donde se aprenden los comportamientos que nos van a regir durante la vida, o, por lo menos, nuestros padres se esfuerzan, aún con sus debilidades, para que pongamos en práctica las grandes virtudes cristianas de las que nos habla hoy el apóstol Santiago: Los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros ante todo. Además, son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros. La familia, con la convivencia diaria, con la palabra a veces bondadosa y, otras, severa, pero sobre todo con el mutuo ejemplo, construye en los padres y en los hijos los hombres y las mujeres que serán luego testimonio de la vida cristiana en la sociedad.

 

¿Dónde se empieza a amar y defender la vida sino en la familia? ¿Dónde se comienza a respetar la persona del otro sino en la familia? ¿Dónde se vive en la práctica el amor y la entrega a los demás, la laboriosidad, sino en la familia? ¿En qué otro lugar vamos a aprender, mejor que en nuestras casas, el respeto que hay que dar al día del Señor cuando nuestros padres nos inculcan y nos dan ejemplo yendo a misa cada domingo? ¿Dónde vamos a empezar a leer la Palabra de Dios y a aplicar su significado en nuestra vida sino a través de la preocupación de nuestros padres por que en la casa todos conozcamos la Sagrada Escritura? ¿Y dónde vamos a aprender a decir en las penas y en los gozos: Ruega por nosotros pecadores, a nuestra madrecita del Tepeyac, si no es de los labios llenos de tristeza o de alegría de nuestra familia?

 

Esta tarea tan hermosa es un deber primario de los padres y de las madres, que tienen la obligación no sólo de ellos mismos recibir el amor de Cristo, sino a convertir su hogar en una comunidad donde se hace presente la salvación que Cristo trae a través de hacer partícipe a su hogar de todo el amor que Él ha tenido por cada uno de ellos hasta morir en la cruz por su redención: la muerte y la resurrección de Cristo.

 

El misterio de amor y de entrega que es toda su vida, es el mensaje que de cada familia deben recibir todos sus miembros. Los esposos entre sí, deben ayudarse a vivir la verdad del amor de Cristo por medio de la comprensión, del mutuo apoyo, de la entrega sacrificada de uno a otro. Y, al mismo tiempo, el padre y la madre deben ser para sus hijos una luz que les haga entender que, en medio de todas las circunstancias, aún difíciles de la vida, Dios los ama y está siempre con los brazos abiertos, dispuesto a darles su gracia y su perdón.

 

Los padres y las madres deben tener siempre presente esta tarea. Con frecuencia se deja a otros que sean los que eduquen a los hijos en campos tan importantes como es el campo moral y religioso. Hay que recordar que es la familia la primera responsable de la fe de los hijos , y que tiene el derecho y el deber de que sus hijos reciban la verdadera palabra de Dios. Es, por lo tanto, una tarea de vigilancia la que deben ejercer los padres sobre los criterios morales y religiosos que están recibiendo sus hijos en la escuela, en la catequesis, en los medios de comunicación, en el ambiente de amigos y sociedad en que se mueven. Y como consecuencia, es un deber de los padres el exigir que se respeten las convicciones morales y la veracidad de la doctrina católica que se imparte a los niños y a las niñas.

 

Hoy nos encontramos con una malentendida pluralidad en la evangelización de los hijos y de la sociedad, y se hacen pasar, como moral católica, criterios que están tomados de concepciones materialistas y ateas del ser humano, o doctrinas y modos de comportarse que se oponen al Magisterio de la Iglesia o del Santo Padre. La familia debe defender la fe de los suyos y no dejarse engañar por apariencias. La fe de los hijos es un bien sumamente precioso, pues es la condición para que se encuentren con Cristo. No sería correcto que la familia descuidara lo que los hijos reciben, para encontrarse, al paso de no mucho tiempo, con que los hijos han acabado por perder la fe, desviados en doctrinas y comportamientos materialistas, egoístas, consumistas, permisivistas.

 

Pero juntamente con esto, los padres se convierten en verdaderos testigos de evangelización, cuando ellos son los primeros que viven e invitan a vivir a sus hijos la fe. Cuántas oportunidades nos ofrece el mundo de hoy de ser ejemplo de vida cristiana para los hijos y hacer que ellos, a su vez, lo sean en su ambiente. Pensemos en los padres que hablan con sus hijos en la medida de su capacidad, de las decisiones morales que deben tomar para ser honestos, o para mantenerse dentro de la coherencia cristiana. Pensemos en los padres que sacrifican su tiempo de descanso y llevan consigo a sus hijos para predicar la palabra de Dios y la fe católica entre quienes no la conocen. Pensemos en los padres que ponen en guardia a sus hijos frente a los antivalores del mundo actual y llevan a cabo acciones concretas que promueven y no sólo destruyan los verdaderos valores humanos y cristianos en los medios de comunicación, en el mundo artístico, cultural, económico, político, etc.

 

Con todo esto, la familia se convierte, no sólo ella misma, en lugar donde el Evangelio de Cristo se conoce y se vive, sino también en fuente de nuevas familias cristianas, cuando los hijos, al formar cada uno su propia familia, lleven a su nuevo hogar las semillas de fe que recibieron de sus padres.

 

Si Cristo prometió que lo recibiríamos a Él si recibíamos a uno de los pequeños, qué gran amistad y qué gran cercanía nos regalará el Señor si nuestra tarea ha sido que muchos de esos pequeños lo reciban a Él. Hagamos de cada una de nuestras familias el lugar donde Cristo es conocido, amado e imitado; hagamos de ellas el lugar desde donde Cristo pueda ser conocido, amado y seguido, por otros muchos hombres y mujeres.

 

 

 

 

LA SANTIDAD EN LA VIDA DE LA FAMILIA

 

Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta

y descendiera sobre todos ellos el Espíritu del Señor.

 

Las palabras de Moisés, que hemos escuchado en la primera lectura, son un marco magnífico para reflexionar sobre la diferencia que hay entre el interior del hombre que vive según la ley de Dios y Aquél que la ha olvidado. Es como si la Palabra de Dios nos dibujara dos tipos de personas. Por un lado, los que ponen su corazón nada más en lo que vale aquí en la tierra: el dinero, el poder, el placer, el lujo. Por otro lado, los que viven con un corazón sencillo, dirigido hacia Dios y hacia los bienes que permanecen para siempre. Es la alternativa entre el corazón egoísta y el corazón generoso, entre el corazón que sólo se busca a sí mismo y el propio interés, sin importarle el precio que haya que pagar, ni la maldad que haya que cometer, y, por otro lado, el corazón que busca a Dios, que sabe ver a Dios en los demás y que, por lo tanto, hace de la primacía del amor a Dios y al prójimo la ley de su existencia.

 

Las lecturas de hoy nos hacen ver que el corazón del hombre tiene siempre consecuencias en su actuar. El corazón generoso se manifestará en la apertura con que vive de cara a los demás, de cara a Dios, en la importancia que da a las necesidades de los demás, a la justicia en el trato con ellos. El corazón egoísta se mostrará en la injusticia que comete con sus hermanos, en el olvido de las carencias que sufren, en el olvido de Dios en su corazón.

 

El lenguaje de la Sagrada Escritura es muy duro, muy fuerte, casi violento. Y es que Cristo no quiere ocultar las consecuencias que tiene, para la vida del hombre, la presencia o la ausencia de la santidad del corazón. La ley de santidad no es sino fidelidad al camino de Dios en la práctica cotidiana; la ley de la santidad no es sino el esfuerzo por levantar cada día la mirada para ver qué es lo que Dios nos pide hacer con los demás y en nuestro interior. Sin embargo, las lecturas de hoy pueden llevamos al equívoco de mirar sólo el exterior del hombre y no fijamos en el interior. Como si la bondad o maldad de un hombre se midieran por la apariencia externa y no por la bondad de sus obras. Jesús nos da la clave en el Evangelio: no ser motivo de escándalo para nadie y esforzarse con decisión por seguir de cerca su camino. Este es el verdadero criterio que hemos de tener para juzgar nuestras obras.

 

Hoy, en muchos ambientes, se cae en la tentación de señalar y decir: "Éste es malo, éste es bueno", viendo sólo la apariencia exterior, y no las obras de justicia que se realizan. El dinero que se tiene, o del que se carece, no es el único criterio; casi podríamos decir que ni siguiera es el principal criterio. El criterio de la santidad está en el corazón y en las obras que hablan de lo que hay en el corazón. Pobres y ricos están llamados a buscar la santidad, y ninguno puede decir que por tener o no tener, ya se posee o se carece de la santidad.

 

Hemos de cuidarnos de las simplificaciones y mirar, más bien, cada uno nuestro corazón para limpiarlo de toda soberbia antes de mirar a los demás. No hacer esto nos llevaría al mutuo desprecio, al odio, a la violencia, apartándonos del principal mandamiento de Cristo que es la caridad con todos. Como dice el salmo que se ha proclamado: Presérvame, Señor, de la soberbia, no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado, tu servidor podrá encontrarse libre.

 

Por ello es que todos tenemos la obligación de buscar, de modo individual y colectivo, la santidad, es decir, la amistad con Dios, la vida según los mandamientos de Dios y la imitación del ejemplo de Jesucristo. Todos los seguidores de Cristo hemos sido llamados por Dios a ser santos por el bautismo que nos hizo hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina.

 

Estas reflexiones nos conducen, como de la mano, a pensar en el lugar donde cada uno de nosotros ha sido llamado a la santidad. Al nacer en una familia, al ser bautizados por nuestros padres, nuestra familia se convirtió en el inicio de nuestro camino a la santidad. Los ejemplos de nuestros padres nos ayudaron a conocer lo que es la santidad; las necesidades de la vida familiar nos dieron la ocasión de practicar las virtudes que nos configuran con Cristo, modelo de toda santidad. La familia es la cuna de la santidad y el camino de la santidad.

 

El enemigo de la santidad es el pecado; de modo especial, el egoísmo, al que acompañan lo que nosotros llamamos los vicios capitales: la soberbia, la pereza, la ira, la avaricia, la gula, la lujuria y la envidia; todos ellos son actitudes y comportamientos que dan origen a otros muchos males: el pecado, que se manifiesta en nuestro interior y, a veces, también en nuestro exterior; el pecado que a veces cometemos nada más en nuestro pensamiento, o con nuestra palabra, con nuestras obras y con las omisiones: las cosas buenas que pudimos haber hecho y dejamos de hacer.

 

El pecado es, así, un gravísimo enemigo de la familia, es la raíz de su destrucción. El pecado que el hombre y la mujer cometen no se queda encerrado en el oscuro secreto del corazón, sino que perjudica a los que se encuentran alrededor, debilita los lazos que se tienen con ellos, y hace que el amor deje de ser la ley de nuestra vida y de nuestro entorno. Si la familia nace y vive del amor, es claro que el pecado, enemigo del amor, la deteriora muy seriamente.

 

Al mismo tiempo, la santidad es el gran aliado de la familia, pues la santidad verdadera es la práctica interna y externa del amor, con lo que los vínculos familiares de entrega mutua, de fidelidad, de servicio desinteresado, de sacrificio por el otro, de alegría sincera, se ven fortalecidos. Para lograr la vivencia de esta santidad, los miembros de la familia no se encuentran solos, sino que cuentan con la ayuda de la gracia divina que es otorgada, de modo especial, a los esposos por el sacramento del matrimonio. ¡Qué diferente es vivir la familia con el regalo divino que supone la gracia sacramental! Los esposos deberían sentirse fuertes ante las dificultades, capaces de salir adelante en situaciones que, si se estuviera dejado a las propias fuerzas, sería imposible afrontar, firmes para sostenerse en el reto diario de ser modelo de seguimiento de Cristo para los hijos.

 

Por ello, no da lo mismo si la familia vive o no en la santidad; si en la familia se vive o no de acuerdo con la ley de Dios. Cuanta mayor cercanía tenga la familia a Dios, más posibilidades habrá de vivir con un corazón íntegro, habrá más certeza de que los valores de la familia y, por lo tanto, la felicidad de la misma, se encuentran asegurados aún en medio de grandes dolores y dificultades. La santidad hace presente a Cristo. Él que es el Salvador del mundo y el Esposo de la Iglesia, sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Él, fiel a su Palabra, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella.

 

Como dice el Concilio Vaticano II: Los esposos cristianos, para cumplir dignamente su deber de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial; en virtud de él, cumpliendo su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, con el que toda su vida queda empapada en fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su pleno desarrollo personal y a su mutua santificación, y a la glorificación de Dios.

 

Vemos, queridos hermanos, que la santidad no es algo que se encuentra en las nubes, alejado de nosotros y de nuestra vida real. La santidad es un programa de vida, que se lleva a cabo al estilo de Dios. La santidad es una vivencia concreta, real, cotidiana, que hace presente, en las cosas más sencillas de la vida, la grandeza de la redención y del amor de Cristo. ¿No lo dice Él en el Evangelio de hoy, cuando asegura que todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, no se quedará sin recompensa?

 

Jesús nos enseña que hasta en un vaso de agua se puede encontrar la santidad. Y si esto es así, ¿qué será cuando lo que los esposos entregan no es un vaso de agua, sino la vida toda, el cuidado de los hijos, la preocupación por la salud, la inquietud por su educación, la solicitud diaria por el alimento, el vestido? Y, de modo muy particular, ¿qué recompensa habrá para los padres y madres que dan a sus hijos el inmenso don de la vida cristiana? ¿Qué recompensa tendrán las familias que acercan a sus hijos a recibir el cuerpo de Cristo en la Eucaristía? ¿Qué recompensa dará Cristo a los padres que enseñan a sus hijos la justicia, la honestidad, la rectitud? ¿Qué recompensa dará Cristo a las madres que hacen que sus hijos reciten con cariño: Dios te salve, María?

 

Empezábamos hablando de la importancia que tiene el que la santidad revista toda la vida del cristiano para no ser injusto con sus hermanos y no cerrar el corazón a sus necesidades, y terminamos viendo que la familia es el mejor lugar para construir corazones santos que lleven a cabo, en la sociedad, la justicia que piden los hermanos menos favorecidos, la ayuda que necesitan los miles de pobres de pan, de trabajo, de cariño, los miles de pobres de Dios que hay en las calles de nuestra Ciudad de México.

 

Durante doce domingos, la familia ha sido el centro de nuestra reflexión. Hemos hablado de ella, para conocerla mejor, para compartirla con los que nos rodean, para defenderla ante quienes la atacan. Hoy, casi en la víspera del encuentro de las familias con el Papa en Brasil, quiero repetir a la familia mexicana, a la familia que vive en esta tierra tan amada por la Virgen Morena, Nuestra Madre de Guadalupe: Familia, sé tú misma; familia, sé lo que Dios quiere que seas; no tengas miedo de las dificultades que te acechan; tú eres más fuerte. porque tú eres la cuna de la vida, la cuna del amor; porque de una familia quiso nacer el amor verdadero: el Hijo de Dios vivo. Cristo Redentor, Jesús de Nazaret, Hijo de María, en el hogar de José, el carpintero.