CARTAS PASTORALES

 

 

 

 

Norberto Cardenal Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

 

Carta Pastoral

 

"A los Jóvenes"

 

 

 

 

 

 

"El programa de tu vida"

 

12 cartas del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México, como preparación para el Jubileo del Año 2000

 

Huellas en la arena

Un proyecto de amor

Buscamos ser felices

La realidad del pecado

Preguntas con respuesta

Una carrera de obstáculos

Y tú, ¿quién dices que soy yo?

La cultura de la alucinación

Volver a casa

Nosotros esperábamos

Construir la paz

Yo los envío a ustedes

 

La Iglesia y el Mundo,

en tus manos (Epílogo)

 

 

 

"El programa de tu vida"

 

12 cartas del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Querido joven:

 

Hoy, cuando veía amanecer en esta maravillosa ciudad de México, tan llena de riquezas humanas, pensé en ti. Hay muchas voces que hablan de que el mundo cada vez está peor; las lamentaciones se han puesto de moda y parece imponerse la idea de que el próximo siglo XXI va a ser mucho peor que este azaroso siglo XX que estamos concluyendo. Sin embargo, por otro lado, veo amanecer en el alma de muchos jóvenes que han optado por no dejarse vencer por el pesimismo y se han decidido a poner todo de su parte para que el próximo milenio sea un período de paz y fecundidad para toda la familia humana. Igual que la salida del sol pone en marcha a toda la ciudad, los jóvenes de México están haciendo que amanezca en un mundo sombrío que no acaba de descubrir todavía la riqueza de la revelación cristiana y la fuerza del amor de Dios.

 

Tú, joven, desde el lugar donde Dios te ha puesto, desde la universidad o el taller, desde la fábrica o el campo, la oficina o el estudio, tienes delante de ti una gran responsabilidad: el mundo y la Iglesia están en tus manos. Muchas veces le preguntamos a Dios cuándo va a hacer algo para cambiar este mundo y la respuesta es clara: "ya lo he hecho, te he hecho a ti". El mundo necesita de Cristo y Cristo necesita de ti para llegar al mundo, como necesitó de mucha gente para que la fe pura e íntegra, tal y como nace de la revelación de Cristo, te llegara a ti. De ti depende que amanezca; y puedes hacerlo.

 

Estas cartas sólo quieren ser una palabra de aliento y ayuda para ti, joven, que integras ya, con la vivencia de tu compromiso católico, un amanecer de la fe. Pero también buscan ser una motivación a todos los demás para que se integren en este esfuerzo decidido de dar lo mejor de sí mismos para construir un mundo mejor, más humano, más cristiano. Son 12 cartas que, escritas pensando en ti, se publicarán semanalmente, cada domingo. He querido reunir en ellas un programa de lo que, a mi modo de ver, debe ser la vida cristiana. Espero que te sirva.

 

Te bendice tu hermano y amigo

 

Norberto Cardenal Rivera

México, D.F., Fiesta de Pentecostés de 1998

 

 

 

 

 

Huellas en la arena

 

Primera Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Querido joven:

Yo tenía un amigo que era experto en conocer las huellas de los animales. Pasear con él por una playa era descubrir infinidad de criaturas que antes uno nunca hubiera podido imaginar que existieran en aquel mundo de sal y de arena. Reconocía con facilidad las huellas de una tortuga, de un martín pescador, de una gaviota, de un cangrejo ermitaño, etc. Partiendo de una simple impronta llegaba hasta los nidos o escondrijos de seres que se ocultaban de la mirada del hombre. Para mí, aquello era sorprendente pues yo sólo era capaz de apreciar la presencia de un ser humano a través de una lata de refresco abandonada o de un descolorido paquete de papitas. Pero, poco a poco, fui aprendiendo a distinguir la presencia de aves, crustáceos o pequeños roedores que no eran visibles pero dejaban un rastro inconfundible.

 

Creo que con Dios pasa lo mismo. Necesitamos de un amigo que nos enseñe a descubrir sus huellas, alguien que sepa reconocer su presencia en nuestras vidas y en nuestro mundo. Ese amigo es Jesucristo. Él, Dios y hombre a la vez, se presenta como el camino, y en su predicación nos enseña a conocer la presencia de Dios en la creación. A Dios no podemos verlo, pero, gracias a Cristo, sabemos que está ahí. En su Evangelio nos muestra la cercanía de Dios al hombre, nos enseña cómo se preocupa por cada oveja descarriada (Lc 15), cómo nos guía con su providencia (Mt 6, Lc 12) y cómo podemos relacionarnos con Él por medio de la oración (Mt 6).

 

Al ver una choza o una casa sabemos que fue construida por alguien con la suficiente inteligencia para conseguir materiales y agruparlos de forma ordenada. La complejidad del trabajo necesario para construirla nos habla del hombre y no de otro animal que no tiene esa capacidad. Al contemplar el mundo, el orden de los planetas, la maravilla del microcosmos, la belleza de un amanecer o de una montaña nevada, la inmensidad del mar, o la gran complejidad de los seres vivos, sólo podemos pensar en una inteligencia perfecta que al mismo tiempo es amor, que crea todo por amor. Al mirar a nuestro alrededor y contemplar la creación, con su orden, con su sabiduría, con su bondad y belleza, nos encontramos con Dios, suma sabiduría, infinita bondad e infinito amor. Y lo más importante, ése no es un Dios lejano y etéreo, sino personal y cercano que es también nuestro Creador, que está preocupado por nosotros, que nos quiere conducir por un camino de felicidad.

 

Nosotros somos criaturas de Dios, pensados por Él, creados por Él. Eso nos hace dependientes de Dios; nada hay en nosotros que no necesite de su amor. No te necesitaba, pero te creó para darte el don de la existencia. Quiso ser tu Padre y que tú fueras su hijo muy amado. Te creó por amor. Desde la eternidad pensó en ti, porque para Él no hay tiempo, todo es presente. Te hizo suyo. Quiso darte su amor y que tú lo amaras para hacerte participar de su felicidad.

 

El ser humano crea muchas cosas con unas funciones específicas. Hace, por ejemplo, una pluma para escribir, una silla para sentarse, etc. Son seres inanimados pero con tareas concretas. Sin embargo, se puede usar una pluma para señalar, una silla para usarla como escalera, etc. La libertad del ser humano le lleva a hacer uso de las cosas para distintos fines. Con el hombre pasa igual; hemos sido hechos para Dios, para vivir una vocación de amor en Dios, con Dios, pero podemos utilizar nuestra vida para otros fines, apartarnos de ese proyecto de Dios. La diferencia es que la pluma o la silla, cuando son utilizadas para otros fines no pierden nada de lo que son. Sin embargo, el hombre es el primer perjudicado cuando se aleja del proyecto de Dios.

 

Las huellas de Dios son claras en nuestra vida, en nuestro entorno, pero especialmente en el hombre, imagen y semejanza de Dios. El hombre es inteligencia y libertad, capaz de tomar decisiones y responsabilizarse de sus actos, es apertura al conocimiento, reflexión, conciencia. Los animales caminan, el hombre además sabe que camina. Pero, sobre todo, desde los inicios de la vida del ser humano sobre la tierra, este hombre es buscador infatigable de Dios. Dios lo hizo para sí, para que gozara de su amor, e inquieto está su corazón hasta que descanse en Él, en el amor. Por eso observa las huellas, las sigue. Sabe que en ellas está el secreto del sentido de su vida. La vida del hombre es un testimonio de Dios, es huella de Dios, es imagen y semejanza de Dios. Si el ser humano quiere conocer de verdad el itinerario de su vida, debe contemplarlo desde Dios.

 

El hombre es inteligente y Dios es la inteligencia suprema, el hombre es libre y Dios es la libertad total, el hombre ama y Dios es el Amor. El hombre es hijo; y Dios, su padre amoroso que siempre está junto a él. Dios crea al hombre y no lo abandona jamás. Sigue el camino de la vida junto a él. También Dios le deja huellas de su presencia para que lo busque y lo encuentre. Dios se acerca al hombre mostrándose como camino de felicidad.

 

Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza para que sea también la cabeza de la creación. El ser humano se hace responsable de llevar adelante un proyecto de Dios. En esta tarea el ser humano puede someterse a las leyes e indicaciones de Dios o puede actuar de forma autónoma, sin contar con Dios. Cada decisión tiene sus consecuencias. El bien está en continuar el proyecto de Dios y el mal está en rebelarse contra Él.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

Un proyecto de amor

 

Segunda Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Querido joven:

 

En su testamento espiritual, la Madre Teresa de Calcuta hablaba de un mal que afecta profundamente al hombre de hoy: el hambre de amor. Creo que este hambre de amor no es tan fácil de descubrir como el hambre física que nos interpela en las calles o en la televisión a través de los niños pálidos y desnutridos que nos hacen sentir nuestra impotencia para resolver ese terrible problema, pero marca profundamente la vida del hombre de hoy. Este "hambre de amor" no se ve a primera vista. Tœ mismo lo habrás experimentado. A veces permanece oculto en una familia donde reina el odio, en la frialdad de un matrimonio que ha olvidado o nunca ha probado la felicidad de la entrega mutua y generosa cueste lo que cueste por amor, o en unos hijos enfrentados en rebeldía continua a sus padres. El hambre de amor no se ve, pero se sufre. El ser humano está hecho para amar e igual que necesita el alimento corporal para vivir, tampoco puede alcanzar su plenitud sin el amor. Sin ese amor auténtico, la vida humana se hace amarga. El ser humano tiene una vocación al amor (Familiaris Consortio n 11), está llamado a vivir para amar y a amar para vivir.

 

Pero ¿cómo realiza el ser humano esta vocación al amor? "Cómo puedes realizarla tú, joven católico? La primera respuesta es que tú y todo ser humano la realiza con todo su ser, con su cuerpo y con su alma. La encíclica Familiaris Consortio lo explica así: "En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en ésta su totalidad unificada. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual" (n 11). Ésta sería una primera respuesta: el hombre ama con todo su ser, con su inteligencia, con su voluntad, con sus sentimientos y afectividad, con sus pasiones (Catecismo de la Iglesia Católica nn 1762-1775), con su conciencia moral, con su biología, etc. Todo lo puede encauzar a esa donación completa que es el amor.

 

La segunda forma de responder a la pregunta anterior es encontrar los modos concretos en los que se realiza esta vocación al amor. También aquí la exhortación apostólica Familiaris Consistorio te da la solución: "La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el Matrimonio y la Virginidad. Tanto el uno como la otra, en su forma propia, son una concretización de la verdad más profunda del hombre, de un ser imagen de Dios" (n 11). El amor y la virginidad, querido joven, son las dos caras de una misma moneda, dos modos de vivir la realización del ser humano en el amor respondiendo a un plan maravilloso de Dios. La Virginidad renuncia al matrimonio y dirige el amor directamente a Dios y a todos los hombres. El matrimonio es el sacramento de la unión entre el hombre y la mujer. Dios creó al hombre y a la mujer con unas diferencias que los convierten es seres complementarios: los dos se enriquecen mutuamente y realizan un proyecto de vida, un plan maravilloso de Dios en el que viven el mutuo enriquecimiento. Dándose reciben, entregándose mutuamente se convierten en un solo ser que avanza en el camino de la vida hacia Dios.

 

En este marco puedes comprender muy bien el papel de la sexualidad humana: "En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se da uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal: si la persona se reservase algo o la posibilidad de decidir de otra manera en orden al futuro, ya no se donaría totalmente" (Familiaris Consortio n 11).

 

La otra pregunta importante que debemos resolver ahora es: ¿cuáles deben ser las características del amor humano para que sea auténtico? Después de lo que hemos visto, es fácil deducir que el amor auténtico tiene que ser ante todo humano, total, fiel y exclusivo y fecundo.

 

Es humano. No es un simple sentimiento romántico, superficial y melancólico, sino un acto maduro y libre de la voluntad que decide y elige guiada por el conocimiento profundo del otro; es una decisión de darse a alguien y construir juntos un proyecto de vida. Este amor no se pierde con el tiempo, sino que se mantiene y crece al compartir las alegrías y las penas de la vida cotidiana y, con ello, los esposos se van haciendo cada vez más un solo corazón y una sola alma.

 

El genuino amor es total. Los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. El amor auténtico ama al otro por la totalidad de lo que es, por ser él, no por lo que se recibe de él. Se ama a la persona completa, con sus defectos y virtudes.

 

El verdadero amor es siempre fiel y exclusivo. El sí que se dan los esposos ante el altar se prolonga durante cada minuto de la vida. La fidelidad, querido joven, puede ser costosa, pero siempre es meritoria y motivo de crecimiento para el amor, fuente de fidelidad. La fidelidad es posible cuando se construye el amor desde Dios, cuando se edifica sobre roca (Mt 7, 24-25 y Lc 6, 24) y así, aunque aparezcan las dificultades o los problemas, el edificio del amor no se destruye.

 

El amor se hace fecundo, produce frutos. De ellos, el fruto mayor es el de los hijos, verdaderos dones de Dios.

 

El amor exige sacrificio, pero no todo sacrificio nace del amor. El que ama se da al amado, le entrega todo lo que tiene y todo lo que es. Por eso el amor nos lleva al sacrificio, a la donación generosa, a compartir todo. Esa es la esencia del amor. Se dice que los esposos se aman con el mismo amor con el que Cristo amó a la Iglesia; cumplen así el mandato del Señor: "Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). El amor con que Cristo nos ha amado lo encontramos representado en la crucifixión: Cristo muere por nosotros para alcanzarnos la salvación y no recibe ninguna prueba de gratitud por ello. Da hasta la última gota de su sangre, da su vida, por amor. "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Éste es el verdadero signo de la autenticidad del amor: darse totalmente sin pedir nada a cambio. Esta es la maravilla del amor humano al que tú, joven católico, estás llamado.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

Buscamos ser felices

 

Tercera Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tiene hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros" (Mt 5, 3-12)

 

Querido joven:

 

Tú, como todo ser humano, seguramente buscas ser feliz. Basta darse una vuelta por la ciudad, un viernes por la tarde, para percatarse de cuántos de ustedes salen anhelantes y llenos de ilusiones buscando divertirse. Esperan horas en la puerta de una disco o un bar de moda con la esperanza de pasar un buen rato de alegría y olvidarse de todo lo que les preocupa. Los mayores también buscan ser felices. Muchos buscan medios sanos y buenos que les hacen crecer como personas; otros encauzan sus anhelos de felicidad lejos del Evangelio y de Cristo; olvidan la ley de Dios y construyen un proyecto de felicidad al margen de los cauces que Dios nos marca. A ti te puede pasar lo mismo, y puede ser que, a lo mejor, alguna vez hayas buscado la felicidad no donde Dios la ha puesto para ti, sino donde tu creías que estaba, y por eso no la encontraste. Un ejemplo claro de esta actitud del hombre que quiere construir su mundo feliz al margen de Dios lo hayamos en el capítulo 3 del Génesis. En él se narra el pecado original, que es, en el fondo, el drama de todo hombre que desobedece a Dios y escucha al enemigo del alma. Este enemigo pone en marcha en el ser humano un mecanismo de exaltación de la soberbia y la independencia frente a Dios. Con ello rompe su inocencia y el estado de felicidad original en la que vivía en comunicación directa con Dios.

 

El enemigo del alma exalta la bondad del proyecto de vida al margen de Dios. No quiere que cuentes con Dios en tu vida. Y muchas veces te convence. El engaño surte efecto: "y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomo de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió" (v. 6). Desobedece. Un acto de un breve lapso de tiempo rompió el plan eterno de felicidad que Dios había dispuesto para el hombre al que había creado por amor. Eso es el pecado: romper en un instante un plan eterno de amor de Dios. Sin embargo, aunque el hombre perdió la felicidad Dios no dejo de amarlo. En lugar de recriminarlo, lo busca: "Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estas?" (v. 9). Así actúa contigo cuando te alejas de Él. Pero el hombre tiene miedo de Dios por eso se aleja y se esconde: "Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo: por eso me escondí" (v. 10). Esta situación se repite muy a menudo en la vida del hombre presa del pecado: se aleja de Dios, se excusa y se refugia en una disculpa para eludir su responsabilidad. Las consecuencias del pecado destruyen la vida del hombre, son imprevisibles, construyen un mundo de desconfianza. Pero Dios sigue mostrándote su amor a ti que te ha creado por amor, sigue ofreciéndote su amistad y ayudándote. Por eso no hay que desconfiar. "Yahve Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió" (v. 21).

 

La felicidad no está en huir de Dios, sino en acercarte plenamente a Él. El ser humano necesita de Dios, de su amor, sin Él no es nada. Aunque muchas veces no lo percibas, sin embargo es así: no podemos construir un verdadero proyecto de felicidad sin contar con Dios, sin buscarlo a Él por encima de todo. Una vez, hablando con un joven, me decía: "Dios no me llena, no me hable más de Dios". Le respondí con franqueza: "¿Cómo te va a llenar Dios si estás lleno de ti mismo? Y ahí no cabe nadie más: ni tu familia, ni Dios, ni nada que no sirva para llenarte aún más de ti mismo". El muchacho reaccionó muy bien y solucionó muchos problemas de su vida dejando a un lado su egoísmo.

 

La búsqueda real de Dios supone renunciar a muchas cosas para poder alcanzar el ideal que Él nos propone. Seguramente, tú mismo lo has experimentado; no es fácil alcanzar la felicidad donde Dios la ha puesto para nosotros. Parece como si todo nos ayudara a ir por el camino contrario.

 

Las bienaventuranzas son un programa para ser felices, bienaventurados; son un camino de felicidad que implican muchas renuncias. Pero nos las ha dado el mismo Jesucristo como el medio más seguro para que el hombre llegue a la plenitud del proyecto de vida que Dios le ha preparado. Nos hablan de vivir desapegados de las riquezas, eso significa la pobreza de espíritu; de vivir en la mansedumbre de corazón, de ser misericordioso, buscar la justicia y trabajar por la paz; de limpiar nuestra alma no permitiendo en ella envidias, iras o lujurias, y de sufrir todo lo que nos venga encima por defender la fe y la verdad que Cristo nos ha entregado. Parece mentira que éste sea un camino para ser feliz cuando el mundo en que vivimos nos habla de otros valores muy contrarios. Pero no podemos pensar que el que se equivoca es Jesucristo, Dios y hombre, que por ser Dios, inteligencia infinita, no puede confundirse, y por ser el amor absoluto no va a engañarnos. Seguramente es el mundo que nos rodea el que está marcando un itinerario equivocado. Por eso decía el apóstol San Juan: "No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo -el desenfreno de la carne, la lujuria de los ojos y la jactancia de las riquezas- no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus inmoralidades pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre" (I Jn 2,15-17).

 

El vivir a fondo el camino de felicidad que Cristo nos propone, se refleja en una nueva actitud ante la vida, con un sentido positivo y pleno que lo inunda todo. Esto se percibe en la vida de los santos, hombres y mujeres que muchas veces han pasado por grandes sufrimientos, pero siempre los han vivido con esperanza y alegría. Hay un ejemplo que a mí siempre me ha impresionado mucho, y es el de san Pablo. Saulo, antes de transformarse en san Pablo, era un hombre legalista, frío, que asistió impasible a la muerte de san Esteban y perseguía a los cristianos (Hechos 7, 58 y 8, 1): "Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel" (Hechos 8, 3); era cruel y duro con los que no pensaban como él. Pero Dios entró en su vida y él empezó a transformarse. Su corazón se hizo más humano, fino y compasivo. Esto se refleja, por ejemplo, en este texto: "Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos. Ustedes saben que estas manos me ayudaron en mis necesidades y en las de mis compañeros. En todo les he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles, y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir. Dicho esto se puso de rodillas y oró con todos ellos. Rompieron entonces todos a llorar y, arrojándose al cuello de Pablo, lo abrazaban afligidos, sobre todo por lo que había dicho: que ya no volverían a ver su rostro. Y fueron acompañándolo hasta la nave" (Hechos 20, 33-38). Pablo se despide de los sacerdotes de Éfeso que han ido a verlo a la ciudad de Mileto y les recuerda una frase que dijo Jesucristo: "Hay más alegría en dar que en recibir". Se puede decir que esta frase resume la vida de Pablo después de su conversión al camino de Cristo. Pablo buscó la felicidad donde Dios le indicaba, se vació de sí mismo para llenarse de Dios y darse a los demás.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

La realidad del pecado

 

Cuarta Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México,

a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí. Por que aparezca tu justicia cuando hablas y tu victoria cuando juzgas. Mira que en culpa yo nací, pecador me concibió mi madre. Mas tú amas la verdad en lo íntimo del ser, y en lo secreto me enseñas la sabiduría. Rocíame con el hisopo, y seré limpio; lávame, y quedaré más blanco que la nieve. Devuélveme el son del gozo y la alegría, exulten los huesos que machacaste tú. Retira tu faz de mis pecados, borra todas mis culpas. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro; un espíritu firme dentro de mí renueva (Salmo 50, 3-12).

 

Querido joven:

 

Seguramente, cuando ves las noticias en la televisión te preguntas muchas veces qué pasa, por qué hay tanto mal en este mundo, por qué hay tanta gente que hace sufrir a los demás, que mata, que fabrica armas destructivas, que no respeta la dignidad de la mujer y la usa como simple objeto de placer, que no respeta el misterio de la infancia, que abusa de su poder. La respuesta a esos porqués la encontramos en un problema de fondo: la crueldad del hombre contra el hombre es consecuencia de una ruptura del hombre contra Dios. El pecado no es un problema más de la humanidad, sino el problema, el verdadero problema de fondo que altera el plan de Dios para el hombre, proyecto de felicidad. Y la raíz de ese pecado es la rebelión del hombre ante Dios. "Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios; a lo largo de toda la historia humana esto ha sido y es, bajo formas diversas, el pecado que puede llegar hasta la negación de Dios y de su existencia; es el fenómeno llamado ateísmo. Desobediencia del hombre que no reconoce, mediante un acto de su libertad, el dominio de Dios sobre la vida, al menos en aquel determinado momento en que viola su ley" (Reconciliatio et Paenitentia 15).

 

El pecado es siempre, en el fondo, una traición a Dios; no es otra cosa. Nosotros, amigos íntimos de Jesucristo que ha muerto por nosotros en la cruz para darnos la vida eterna, lo traicionamos. Y los más perjudicados con esta traición somos nosotros mismos que rompemos un plan de amor y felicidad que Dios ha diseñado para nosotros. Ésta es la verdadera dimensión del pecado: preferimos el amor a nosotros mismos por encima del amor a Dios, construimos nuestro proyecto de vida al margen del proyecto de Dios. Y así, los primeros perjudicados somos nosotros.

 

A lo mejor, el pecado no es para ti un fenómeno lejano: es posible que ya hayas experimentado en tu vida su realidad y su peso sobre ti. No tienes que sorprenderte, pues forma parte de nuestra condición humana después del pecado original. El evangelista san Juan nos explica que "si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es Él (Dios) para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos: 'no hemos pecado', lo hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros" (I Jn 1, 9-10). Por eso muchas veces, si somos sinceros con Dios y con nosotros mismos, nos podemos aplicar muy bien el salmo con el que empieza esta carta. Es el famoso salmo llamado "Miserere" porque con esa palabra comienza la traducción latina del mismo ("Miserere mei, Deus"). En la historia y vida de la Iglesia, este salmo lo rezaban los moribundos porque recoge muy bien cuáles deben ser las actitudes de un alma que se acerca al momento supremo de la muerte: por un lado pide perdón a Dios; y por otro, expresa una profunda confianza en la misericordia divina.

 

El salmo se le atribuye a David, uno de los personajes bíblicos más importantes en la historia del pueblo de Israel. David había cometido un grave pecado de adulterio y había ocasionado el homicidio de un hombre, Urías, para encubrir su pecado (así se nos cuenta en el capítulo 11 del Segundo libro de Samuel). Un día, viene a visitarlo el profeta Natán y lo hace reflexionar sobre la gravedad de su pecado (II Samuel, capítulo 12). Le cuenta la historia de un hombre poderoso que, teniendo muchas ovejas, se apodera de la única ovejita de su vecino. Así toca Natán la conciencia de David haciéndole caer en la cuenta de la gravedad de su pecado. Se lo presenta como una grave injusticia contra Urías y una falta de gratitud a Dios que le ha concedido todos los bienes que posee. David reacciona con humildad y Dios le concede el perdón: "David dijo a Natán: He pecado contra Yahvé. Respondió Natán a David: También Yahvé perdona tu pecado; no morirás" (II Sam 12, 13). El arrepentimiento del pecado fue lo que lo llevó a David a entonar ese salmo que nunca refleja desesperación, sino esperanza y confianza en Dios. Como ves, al final, termina humildemente pidiendo un nuevo corazón que ame a Dios y un espíritu firme. Se da cuenta de que eso es de verdad lo que necesita para no desobedecer más a Dios y no dañar a los demás.

 

Nuestras fuertes tendencias de soberbia, avaricia, envidia, lujuria, ira, gula o pereza, nos llevan a ofender a Dios y a afectar duramente a nuestros hermanos. La Biblia nos reporta muchos ejemplos de las funestas consecuencias del pecado. Caín, dejándose llevar por la envidia, asesina a su hermano a sangre fría (Génesis 4, 2-16). Dios le exige cuentas a Caín sobre su hermano como le exigió cuentas a David de su pecado a través de Natán. Y Caín descubre la maldad de su comportamiento. En otro caso, como el de Susana, se ve cómo el ser humano es capaz de llegar hasta el asesinato con tal de satisfacer sus pasiones sexuales desordenadas (Daniel 13). Dos ancianos amenazan de muerte a una mujer para que satisfaga sus deseos perversos de placer. Los ancianos no pueden resistir la virtud de Susana que rechaza el mal y acepta la muerte por encima del pecado. Están dispuestos a llegar hasta el final, a la muerte de Susana, si no es por un niño que, iluminado por Dios, descubre el chantaje.

 

La actitud correcta ante el pecado es la del salmo con que inicio esta carta: reconocerlo, pedir perdón a Dios y solicitar siempre su ayuda para vencerlo viviendo muy unido a Él con un nuevo corazón. Pero no todos los personajes que aparecen en la Biblia actúan así. Si lees los Evangelios, verás que están llenos de pecados y de respuestas negativas del hombre al amor de Dios. Algunos no están dispuestos a dar todo para seguir a Dios como el joven rico (Mc 10, 17-23). Otros, habiendo sido elegidos y perteneciendo al grupo de los amigos íntimos de Jesús, lo traicionan. Cuánto nos duele a nosotros la traición de alguien en quien hemos puesto toda nuestra confianza y amistad. A Jesucristo también lo traicionaron dos de sus más íntimos amigos, del grupo de los doce elegidos: Pedro y Judas. Uno de ellos, Pedro, confía en el Señor y recupera su amistad, reacciona como David, con humildad, buscando de nuevo a Dios. El otro, Judas, se suicida dejándose llevar por la desesperación. La desesperación ante el pecado nos hace imposible la regeneración, pero la confianza y la humildad nos hacen construir sobre ruinas y crecer en el amor reparando así la amistad perdida (Jn 21, 15-17). Por eso, ante el pecado no hay que reaccionar con desesperación: "Yo no puedo", "siempre caigo en lo mismo", sino con gran humildad. Cuando ves el pecado como algo que enturbia la maravillosa imagen que tienes en ti mismo, el pecado produce amargura y desesperación, pero cuando ves el pecado como una ofensa dolorosa a un Padre que siempre está dispuesto a amarte, el pecado se convierte en una ocasión de crecimiento en el amor a través del arrepentimiento sincero y confiado.

 

Los ejemplos podrían multiplicarse. Una y otra vez, el ser humano se rebela contra Dios y contra sus hermanos, se salta las leyes del Señor y se deja llevar por pasiones que lo embrutecen. Tú, joven, podrías añadir aquí cientos de ejemplos más, donde se percibe esa maldad del pecado que lleva a romper la amistad con Dios y la convivencia con los demás. Tú mismo, seguramente, experimentas muchas veces esa lucha interior entre la búsqueda generosa del bien y las fuerzas pasionales crecidas por el egoísmo que arrastran todo tu ser hacia el mal. Todo esto nos enseña que el ser humano es débil, incapaz de buscar siempre y en todo momento el bien si no es por la ayuda de Dios. El hombre, cualquier hombre, encuentra esa contradicción interior. Percibe en sí mismo esa debilidad en la búsqueda del bien que Dios le presenta y puede desesperarse con facilidad. ¿Y tú, qué debes hacer?

 

Muy sencillo, confía en Dios. La debilidad tiene su aspecto positivo: gracias a ella nos damos cuenta de que necesitamos de Dios y de los demás. Gracias a ella nos convertimos en seres necesarios para los demás. Gracias a ella nos hacemos realistas y ponemos nuestra esperanza en el único que es, de verdad, la garantía de nuestra esperanza: Dios. Jesucristo ha vencido al pecado para ti, para que acudas a Él en tu debilidad. Jesucristo ha vencido al pecado para que de la amistad con Él nazca en ti un "hombre nuevo" que vence el mal con el bien. "Crea en mí, oh Dios, un corazón puro; un espíritu firme dentro de mí renueva".

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

Preguntas con respuesta

 

Quinta Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México,

a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: "Es duro este leguaje. ¿Quién puede escucharlo?" Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: "¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?... Es espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen". Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: "Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre". Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús dijo entonces a los Doce: "¿También vosotros queréis marcharos?" Le respondió Simón Pedro: "Señor, ¿a dónde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios" (Juan 6, 60-69).

 

Querido joven:

 

En una ocasión, cuando estudiaba en Europa, viajé en tren desde Roma hasta una pequeña ciudad del norte de Italia. En un tramo del viaje se acercó a mí un señor inglés que me preguntó dónde estábamos. Le contesté con un mapa delante y entablamos conversación. Le pregunté dónde había tomado el tren y me respondió que no sabía. Le interrogué también sobre su destino y su respuesta fue la misma: no sabía. Me explicó que a él lo que le gustaba era disfrutar del viaje en tren, que en lugar de comprar un boleto hacia un destino concreto, adquiría vales por un número determinado de kilómetros y que le daba igual subir o bajar del tren en un sitio u otro. Para él, su felicidad estaba en gozar del viajar en tren. Creo que al hombre de hoy le pasa un poco lo mismo con su vida, no se pregunta de dónde viene o a dónde va, simplemente le gusta disfrutar del viaje de la vida y de todas las satisfacciones que le ofrece. ¿En qué estación abordó? ¿Dónde se va a bajar? ¿Qué le espera después del viaje? No le importa. Y, sin embargo, es un hecho que este viaje no dura para siempre, que tuvo un inicio y tendrá un fin tarde o temprano, lo queramos o no. Muchas preguntas quedan entonces sin respuesta.

 

Aunque lo evite, continuamente el hombre se encuentra con el problema de sus orígenes y el angustioso enigma de la muerte. Igual que evita las preguntas, hay algunas respuestas que sólo buscan eludir los problemas, dejar la solución para después; algo muy típico del hombre que ante las dificultades que percibe como insuperables, simplemente las deja de lado esperando que el tiempo por sí solo las resuelva. En este campo, por ejemplo, encontramos la poco convincente teoría de la reencarnación que simplemente pospone el problema ofreciendo la falsa solución de una prórroga sin gol de oro y en la que, además, no quedan muy claras la individualidad e irrepetibilidad de cada persona; cada ser humano es único.

 

En este fin de siglo, han aparecido muchas sectas religiosas que se han convertido en vendedores de esperanzas, muchas veces vanas. Algunos simplemente buscan hacerte más placentero el viaje en el tren de la vida, otros pretenden prolongarlo indefinidamente presentándote paraísos que simplemente recrean las comodidades y consuelos con los que vivimos aquí. Son muy pocos los que responden a todas las preguntas que llevas en la mente: "¿De dónde vengo?", "¿a dónde voy?", "¿por qué el dolor?", "¿por qué la muerte?", "¿qué sentido tiene sufrir?", "¿cuánto vale la vida del hombre?", etc. Son preguntas que en muchas de estas nuevas sectas quedan sin respuesta, pero eso parece no preocuparle al hombre de hoy que, como te decía más arriba, sólo se contenta con un agradable viaje en tren. Pero no basta con esto para afrontar los graves problemas que presenta la vida humana. El hombre no es sólo un cuerpo que muere, también un alma creada por Dios que permanece después de la muerte. Esta alma es la base de la inteligencia humana, de la libertad, de la responsabilidad que tiene el hombre sobre sus actos, y todo esto nos diferencia de los demás animales que pueblan nuestro planeta. Esta alma es el origen de todas las preguntas y es la que descubre en la revelación de Cristo las respuestas.

 

Toda la vida del hombre, desde el inicio de su presencia sobre la tierra, ha sido un preguntarse constantemente sobre todas las cosas, desde las que le rodean en la naturaleza hasta las más profundas que tocan sustancialmente su existencia. Los filósofos clásicos eran buscadores de certezas que sirvieran para construir la vida del hombre. Se acercaron a descubrir la existencia del alma, a formular los principios de la ética, a la idea de una divinidad única. Las respuestas a las preguntas más profundas del hombres lo llevaron a acercarse a algunas ideas centrales de la revelación cristiana. No eran personas que se preocuparan solamente por pasarlo lo mejor posible en el tren, como han hecho otros filósofos posteriores, sino que buscaban llegar a la explicación última de su existencia, y esa búsqueda los fue llevando a intuir las grandes respuestas que después nos ofrecería Cristo: la vida eterna, el sentido redentor del dolor, la existencia de un Dios personal que actúa movido por amor. Desde Jesucristo, la vida humana se redimensiona y se ve desde la vida eterna. Sólo Jesucristo tiene palabras de vida eterna.

 

Pero a veces nos cuesta aceptar lo que Dios nos pide. Esto es lo que se refleja en las palabras de los discípulos de Jesús que aparecían en el texto del capítulo 6 de san Juan. No es fácil entender a fondo el mensaje de Jesucristo. Las maravillas de Dios no encuentran lugar fácilmente en nuestra cabeza ni en nuestro corazón. Necesitamos partir siempre de la fe.

 

La fe es un regalo que Dios te hace, igual que las demás virtudes teologales (el amor y la esperanza). Por eso dice Jesucristo que nadie puede ir a Él si el Padre no se lo concede. Por la fe aceptamos lo que Dios nos ha revelado sabiendo que procede de la máxima inteligencia, la inteligencia perfecta y absoluta de Dios, y del máximo amor. Por eso sabemos que no hay confusión ni engaño en Él, como podemos encontrar en los hombres cuando confiamos en ellos. La vida de la Iglesia y la Sagrada Escritura son depositarias de las palabras de Cristo que son palabras de vida eterna. En ellas encuentras las respuestas a los problemas de la vida del hombre. Por la fe sabes que Jesucristo te cre- por amor; murió por ti por amor para abrirte el camino de la salvación; que toda su vida sobre la tierra fue por ti, para ti, por amor a ti. Jesucristo, siendo Dios, no actuaba por una masa de personas, sino por cada ser humano. En su mente y en su corazón estabas y estás tú siempre. Por eso encuentras en Él las respuestas únicas e irrepetibles a tus preguntas, únicas e irrepetibles para ti.

 

Las respuestas a tus preguntas más profundas no se encuentran en las ideologías, sino en la vida de Iglesia, que recoge la vida de Cristo. La Iglesia Católica es presencia de Jesucristo en la tierra, especialmente en la Eucaristía. Aquí, en la vivencia plena de tu vocación dentro de la Iglesia, encuentras un sentido a tu vida, una respuesta continua a tus preguntas. Pero no te olvides que no se trata tanto de saber las respuestas, sino de vivirlas desde la fe, la esperanza y el amor.

 

Termino con los mismos sentimientos que expresa san Pablo en la Carta a los Efesios: Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que te conceda, según la riqueza de su gloria, que seas fortalecido por la acción de su Espíritu en el hombre interior; que Cristo habite por la fe en tu corazón, para que, arraigado y cimentado en el amor, puedas comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que te vayas llenando hasta la total plenitud de Dios (cf. Efesios 3, 14-19). Esto es lo que te deseo para que desde esta experiencia profunda de Cristo en la Iglesia des una respuesta válida a todas tus preguntas.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

Una carrera de obstáculos

 

Sexta Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México,

a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina (Mt 7, 24-27).

 

Querido joven:

 

Te confieso que una de las cosas que más me ha ayudado siempre en mi vocación sacerdotal ha sido el ver la capacidad de Dios para resolver los problemas de los hombres desde dentro. Cuánta gente acude a mí con graves dificultades aparentemente insuperables: un hijo drogadicto, una rotura matrimonial, la pérdida de un ser querido, un homicidio, un intento de suicidio. Son cosas que aparentemente uno ve sin solución. Entonces, ante todo esto, el hombre pone muchos medios para arreglar las cosas. Acude a especialistas, a consejeros, etc. Y al final termina pidiendo a Dios que le quite de encima esas pesadas cargas. Y Dios, en lugar de quitar las cargas, nos da las fuerzas y la luz para llevarlas y poner solución a todo lo que nos preocupa.

 

A veces, en tu vida, puedes sentirte como el hombre al que se le estropea el coche y pone todos los medios para componerlo: revisa el motor, el circuito eléctrico, el radiador, etc. Y al final descubre que simplemente no tenía gasolina. Esto pasa en nuestras sociedades; encontramos cientos de problemas que parecen difíciles de solucionar. Nos preguntamos por las causas, buscamos aquí y allá. Acudimos a muchas ciencias humanas para encontrar las claves de resolución y no nos preguntamos por el problema de fondo: ¿estamos construyendo sobre roca?

 

Este es el problema, no estamos construyendo sobre roca. El que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica construye sobre roca, pero nuestras sociedades parecen sordas en muchos aspectos a la palabra de Dios y no hay un verdadero interés por poner en práctica lo que Dios nos pide. Por eso, los mínimos obstáculos se convierten en dificultades y problemas que nos afectan profundamente y nos destruyen. A veces quisiéramos ser como los atletas que pasan los obstáculos a toda velocidad sin inmutarse, pero las dificultades de la vida dejan una profunda huella en nosotros. A veces la huella es de amargura y un dolor nacido del deseo de revancha. Otras veces, las trazas que dejan los problemas de la vida son muy positivas y nos ayudan a crecer como personas; sufrimos el dolor que nace del amor cuando perdemos a un ser querido, experimentamos la enfermedad y la vemos como un medio maravilloso para unir nuestra vida a la de Cristo y crecer en el amor del ofrecimiento personal. En todo descubrimos que la diferencia está en nuestras bases. Si estás asentando en esta roca, los problemas y las dificultades de la vida te pueden ayudar a crecer; si no, te van a derrumbar hasta las cosas más sencillas y fáciles de superar.

 

En algunos países de Europa, y también en el nuestro, empieza a registrarse un fenómeno inaudito: los números de suicidios juveniles han crecido mucho en los últimos años. El problema es que estos jóvenes, sin grandes ideales, no saben afrontar el fracaso en su vida. Un problema en sus estudios o un revés amoroso se convierten para ellos en algo insuperable. La casa edificada sobre arena no sirve para afrontar la dureza natural de la vida humana. Se destruye enseguida.

 

Es verdad, la vida es una carrera de obstáculos y dificultades. Pero no te olvides de lo que dice san Pablo. Lo puedes hacer máxima de tu vida: "Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó. Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: 'Por tu causa estamos expuestos a la muerte cada día; tratados como ovejas destinadas al matadero'. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor Nuestro" (Rm 8, 28-39). Nada nos puede separar del amor de Cristo que nos hace invencibles ante las dificultades y convierte todos los acontecimientos de nuestra vida en ocasiones que nos hacen acercarnos al bien. Para los verdaderos amigos de Dios todo es victoria.

 

La Iglesia nació de 11 hombres rudos que pasaron por muchos obstáculos en su vida, desde la traición al martirio. Pero en todos, desde Pentecostés, resonaba con fuerza la voz de Cristo: "En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). En Cristo está la victoria. La Iglesia de Cristo es indestructible para las potencias del mal (Mt 16, 18). En ella está la victoria. No hay que tener miedo (Cf Mt 1, 20; 10, 26; 10, 31; 14, 27; 17, 7; 28, 5; 28, 10; Mc 5, 36; 6, 50; Lc 1, 13; 1, 30; 2, 10; 5, 10; 8, 50; 12, 7; 12, 32; Jn 6, 20; 12, 15; Hechos 27, 24; Ap 1, 17 y muchas más referencias, porque las Sagradas Escrituras están repitiendo continuamente este mensaje). Una y otra vez, Dios pide al hombre, especialmente a sus elegidos, que no tengan miedo, que confíen en Él. Tú, igual; no temas ante el futuro que tienes en tus manos, constrúyelo desde Dios. Si lo construyes desde Él y con Él, en su Iglesia, encontrarás todas las seguridades que necesitas.

 

El miedo aparece sólo cuando no hay fe (Mt 8, 26; Mc 4, 40), cuando no estás unido a Dios, cuando edificas sobre arena. Un viejo proverbio latino dice "amicus certus in re incerta cernitur": "El amigo verdadero se muestra en las situaciones inciertas". Eso es lo que nos enseña Jesucristo muriendo en la cruz para alcanzarnos la salvación y eso es lo que todavía hoy vivimos: Jesucristo se nos muestra más cercano en el dolor, en la dificultad. Nos identificamos más fácilmente con Él cuando sufrimos y, al mismo tiempo, es en ese momento cuando Él se identifica más con nosotros.

 

Además, los católicos contamos con otro consuelo: nuestra Madre del Cielo, una Madre que nos acompaña en nuestras situaciones difíciles. No en vano Jesucristo nos la entregó como Madre precisamente cuando Él moría en la cruz y experimentaba con más fuerza lo que era el sufrimiento humano y cómo afectaba profundamente al hombre (Jn 19, 25-27).

 

La mejor forma de construir tu futuro, de crecer como hombre, es imitar a Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre. Él es el modelo perfecto de hombre, el hombre que vivió el amor perfecto hasta dar la vida por los demás. Por eso se puede poner como ejemplo y decirnos que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado, hasta el fin (Jn 13, 34 y 15, 12). Busca conocer a Cristo para amarlo e imitarlo. Cristo es el hombre sin obstáculos para cumplir su misión en la vida.

 

Tú tienes un futuro por delante. Seguramente estará lleno de obstáculos porque así es la vida humana. Puede ser, incluso, que el mayor obstáculo seas tú mismo. Por eso te resulta muy necesario el edificar sobre roca, poner a Cristo de tu parte. No te olvides de que Él no elimina las dificultades, pero siempre da las fuerzas para superarlas.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

Y tú, ¿quién dices que soy yo?

 

Séptima Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: Ellos dijeron: "Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas". Y Él les preguntaba: ...Pedro le contesta: "Tú eres el Cristo". Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro se puso a reprenderle. Pero Él, volviendo y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro diciéndole: . Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. (Mc 8, 27-35).

 

Querido Joven:

 

¿Quién es Jesucristo para ti? Jesucristo, en este episodio del Evangelio, pregunta a sus discípulos: . Ellos van buscando una respuesta hasta que al final, Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, descubre la profunda identidad de Jesucristo. Hoy, a punto de iniciar el siglo XXI y el segundo milenio, Cristo te dirige a ti la misma pregunta: ¿Quién soy para ti?

 

¿Es un personaje histórico muy importante que dejó una doctrina muy rica? ¿Es un revolucionario que cambió las estructuras de su tiempo? ¿Es un buen modelo de conducta para el hombre de hoy? No es sólo eso. Viendo a Jesucristo vemos el rostro mismo de Dios. Él es Dios y hombre a la vez, Dios que se hace hombre. No vino a cambiar estructuras ni leyes (Mt 5, 17), sino corazones. Es un personaje histórico porque vivió en un tiempo y un espacio determinado y concreto, pero por ser Dios, su misión va más allá de lo que fue su vida entre nosotros. En 33 años realizó la redención de toda la humanidad, abriéndonos el camino de la salvación que cada uno puede apropiarse correspondiendo a la llamada del amor de Dios.

 

Para muchos, Cristo es una forma de llamar a Buda, pero esto no es exacto. Detrás de esta afirmación está seguramente la buena intención de quitar diferencias entre religiones y evitar conflictos, pero Cristo es un personaje único, es la encarnación de Dios que se vive entre los hombres en un período histórico concreto y en lugar concreto para revelarnos a Dios, un Dios que no tiene mucho que ver con el budismo o con otras religiones. Cristo muere una sola vez y resucita una sola vez para abrir las puertas de la salvación a todos los hombres.

 

Nosotros nos llamamos "cristianos", que quiere decir "seguidores de Cristo", pero muchas veces consideramos a Cristo como un personaje lejano, histórico, no como Dios y hombre a la vez, vivo hoy y entrelazado con nosotros por una profunda relación de amor.

 

Esta pregunta sigue brotando hoy del corazón mismo de Jesús. En ella, Jesucristo se abre ante ti y te pide una respuesta profunda. Cuando alguien abre el propio corazón, desea que la persona que está enfrente no le responda sólo con la mente. Esta pregunta proveniente del corazón de Jesús debe tocar nuestros corazones. ¿Quién soy yo para ti? ¿Qué represento yo para ti? ¿Me conoces realmente? ¿Eres mi testigo? ¿Me amas?

 

Pedro respondió: "Tú eres el Cristo, Hijo del Dios vivo". Desde entonces, las palabras de Pedro se han hecho normativas. Lo que dice Pedro es la verdad porque se lo inspira el Espíritu Santo en aquel momento. Lo que dice, según la explicación de Cristo, es revelación del Padre. Desde entonces, estas palabras se convierten en criterio de juicio para la Iglesia y en una actitud profunda con la que hay que acercarse al verdadero Jesús. Con estas palabras de Pedro se deben confrontar los esfuerzos de la Iglesia, que busca expresar en el tiempo lo que Cristo representa para ella. Pero cuando se encuentra ante Dios, no basta la profesión de fe hecha con los labios. El conocimiento de Cristo a través de la Escritura y de la Tradición es importante, el estudio del Catecismo es precioso, pero, ¿para qué sirve todo esto, si a la fe no le acompañan las obras?

 

Esto es lo que le pasa a Pedro. Descubre la identidad de Cristo, pero no es capaz de aceptar lo que Él le propone. Es paradójico, pero es real; también a nosotros nos pasa hoy; el mismo que había descubierto la identidad de Cristo, no acepta la misión de Jesucristo. Pedro quiere un Cristo triunfador, no una persona que sufre, aunque sea por amor. Eso nos pasa a muchos de nosotros: confesamos a Cristo, pero queremos seguir a otro tipo de Cristo, que no sea tan exigente, que satisfaga nuestros sentimientos y no nos exija nada.

 

La profesión de fe en Cristo llama al seguimiento de Cristo. Conocer a Cristo y percibir en Él a Dios nos lleva a amarlo y a imitarlo y seguirlo con amor. La correcta profesión de fe debe ser acompañada por una correcta conducta de vida. Desde el inicio, Jesús nunca ocultó esta exigente verdad a sus discípulos. De hecho, apenas Pedro formuló su extraordinaria profesión de fe, él y los discípulos escuchan de Jesús lo que Él espera de ellos: alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y que me siga. Así como era al inicio, así es también hoy: Jesús no busca personas que sólo lo aclamen. Él busca personas que lo sigan.

 

Este texto del Evangelio es desconcertante para nosotros. Una vez que Pedro ha confesado que Jesús es el "Cristo", el "Ungido" (Catecismo de la Iglesia Católica nn. 436 - 440), parece como si Jesús no quisiera que lo reconocieran como Dios. Lo que para Él es otro tipo de Mesías distinto al que esperaban sus discípulos. No les va a repartir reinos, ni los va a encumbrar en el mundo de la fama. Les ofrece cruz y dolor, un cáliz amargo que aparece como condición sin la cual no se puede seguir a Jesús. Negarse a sí mismo para seguir a Cristo en su camino de salvación. Parece paradójico, pero nos lo garantiza Jesucristo: ahí está la salvación del alma.

 

La cruz, ¡cómo nos cuesta aceptar la realidad del sufrimiento de cada día! Sin embargo, ante este fin de siglo y de milenio, el signo de la cruz toma un valor especial. Llevamos dos milenios de cristianismo y de predicar que la cruz es el signo de la salvación para el mundo, y seguimos rechazando la cruz. Los cristianos seguimos defendiendo la cruz como signo de salvación. En este mundo sigue presente la cruz en el sufrimiento de muchos hombres y mujeres, más bien, de todos los hombres y las mujeres, porque topamos con esa realidad del sufrimiento en nuestra vida. Pero aún no hemos aprendido a tomarlo como un medio para seguir mejor a Jesucristo. Tomar el sufrimiento de los demás sobre nosotros, ser como el ángel de Getsemaní (Lc 22,34) que consuela al Cristo místico, al hombre de hoy, maravillosa misión para los cristianos del próximo milenio. Como la Madre Teresa, cargar con los sufrimientos de los demás, ser bálsamo para nuestros hermanos.

 

Todos los santos que hoy conocemos en la Iglesia no fueron "cristianos fotocopiados". Fueron auténticos, irrepetibles, únicos. Comenzaron como tú: jóvenes, llenos de ideales, buscando dar a su vida un sentido. Y ese deseo fue madurando en el seguimiento de Cristo. Así también tu vida debe llegar a ser un fruto maduro. Cultívala de forma que pueda florecer y madurar. ¡Aliméntala con la savia del Evangelio! ¡Ofrécela a Cristo, a Él que es el sol de la salvación! ¡Planta en tu vida la cruz de Cristo! La Cruz es el verdadero árbol de la vida.

 

La incisividad social del mensaje depende de la credibilidad de sus mensajeros. Por esto, la nueva evangelización parte de nosotros mismos, de nuestro estilo de vida. La Iglesia de hoy no necesita católicos a tiempo parcial, necesita cristianos a tiempo completo. La Iglesia no necesita católicos a medias, que no siguen a Cristo porque no lo aman y se contentan con limitarse a cumplir algunas normas externas. En este final de siglo, ¿quién dices con tu vida que es Jesús? ¿Es tu amigo?

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

La cultura de la alucinación

 

Octava Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos. Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado (Juan 15, 1-12).

 

Cada época histórica tiene su modelo de comportamiento. Prometeo, desafiando la ira de Zeus, trajo a la tierra el fuego del cielo y se convierte en un símbolo que desencadena el progreso de la humanidad. Este es el prototipo de la filosofía de Fichte. Estábamos en el año 1800. En 1942, el mundo del pensamiento abandona a Prometeo y se interesa por Sísifo, el condenado por los dioses a hacer rodar una piedra sin cesar hasta la cumbre de una montaña de donde volvía a caer por su propio peso. La imagen es de Albert Camus. El mito de Sísifo explicaba muy bien la historia de la Europa que, después de la reconstrucción que siguió a la Primera Guerra Mundial, volvía a encontrarse sumergida de lleno en otra guerra. Pero Camus dice que de todas formas hay que "imaginarse a Sísifo feliz".

 

Quizás, en este final de siglo pensamos que Prometeo y Sísifo son en el fondo lo mismo: hombres que se sacrifican por algo inútil y sin sentido. Parece que el hombre de hoy, olvidándose de la sociedad, concentra todas sus energías en la realización personal. Se afirma que el hombre puede vivir sin ideales mientras tenga los ingresos adecuados, se conserve joven y cuide la salud. El símbolo de este fin de milenio no parece ser Prometeo, el héroe; ni Sísifo, el trabajador esforzado pase lo que pase. Es más bien Narciso, el hombre enamorado de sí mismo que no tiene ojos para el mundo exterior.

 

Ustedes, jóvenes, tienen también sus modelos de comportamiento. Muchas veces sin darse cuenta, y sobre todo a través del influjo de los medios de comunicación, se van configurando en su mente unos puntos de referencia que se convierten en guías de su comportamiento. Son sus ideales de vida, aquellos personajes que sí vale la pena imitar porque les llevarán al éxito seguro. El problema es que muchas veces estos personajes no son reales porque los personajes del cine y de la televisión no siempre existen en nuestro mundo; son sólo fruto de la ensoñación dramática que crea estereotipos y situaciones que no corresponden con la realidad. Esto origina que muchos jóvenes de hoy guíen su comportamiento buscando imitar estilos de vida que nunca se presentarán en un nuestro mundo y de aquí nace la frustración que sufren muchos de ustedes. Esto se ve muy claro cuando hoy le preguntas a un niño quiénes son sus héroes, a quién le gustaría imitar. Enseguida aparece una lista de personajes, la mayoría procedente de las caricaturas, cuyo comportamiento resulta imposible de imitar. En los jóvenes pasa igual: sus modelos de comportamiento en campos tan delicados como la sexualidad o el trabajo, los negocios, etc. se han formado a través de la asimilación de modelos sugeridos por la repetición constante de un estereotipo que una y otra vez han visto en las pantallas de televisión. Son raros los jóvenes que tienen a sus padres como modelo de comportamiento para la vida porque el criterio con el que los juzgan es el que han captado en los medios de comunicación que presentan un mundo irreal, creado sólo para entretener. Esto no quiere decir que los medios de comunicación sean malos, sino que hay que saber distinguir entre el mundo de la realidad y el mundo lúdico del entretenimiento, el mundo de lo realísticamente aspiracional y el del idealismo utópico, el mundo del ser humano concreto y la burbuja de cristal de un mundo creado para divertir.

 

En nuestras sociedades, quizás por esa influencia del plano de lo irreal en todas las esferas sociales, se está configurando un nuevo tipo de hombre que vive más de sueños y alucinación, que de realismo y trabajo programado para alcanzar objetivos. De ahí nace un nuevo modelo de hombre que defiende como máximo valor la autonomía. Por ella, por la exaltación de la autonomía, se va imponiendo un modelo de ser humano que puede y debe querer todo por encima de cualquier traba y de cualquier ley o mandato divino. Una y otra vez se repite: "La vida es breve y complicada y por ello quiero sacar el mayor partido de ella sin que nadie me obstaculice". No es cuestión de aprovechar el tiempo en favor de los demás o de proyectos que enriquezcan al ser humano, sino de gozar creando un mundo de fantasía donde el placer es la única regla. El hombre se concibe como un individuo aislado sin relación con los demás. Se realiza por sí solo sin influencias externas. Se crea un ser solitario que no conoce lo que es el marco afectivo de una familia porque no está dispuesto a asumir los riesgos y compromisos que supone crear una familia. No se tiene el valor para podar la propia viña ni se permite a Cristo que la pode, y se la deja crecer salvaje.

 

El hombre ha sido hecho para amar, no es una isla. Su vocación natural es dar y así enriquecer a los demás. Basta pensar en lo que hemos recibido de los demás para darnos cuenta de cómo es fundamental esto en la vida del ser humano. Pero el hombre de hoy huye de esta relación profunda con los demás porque esto significa ceder, entregar mucho de sí, podarse para dar fruto. Para dar fruto hay que saber morir a sí mismo (Cf Jn 12,24). El ser humano sólo puede dar fruto cuando se somete a una llamada que encuentra en su interior y que no es ni comparable con la alucinación de vivir siguiendo modelos irreales. Sólo dejándose llevar por Cristo, unido a Él, como decía el texto evangélico con el que se abría esta carta, el ser humano alcanza su felicidad que es eterna.

 

He visto que ustedes, los jóvenes, se sienten muchas veces infravalorados, como si se les pidiese menos de lo que pueden dar. Eso nos pasa en nuestra arquidiócesis y seguramente por eso muchos de ustedes se han desplazado a sectas radicales que les exigen mucho. Pero ahí no permanecen unidos a la vid que es Cristo. Me parece que ustedes buscan primero seguridad, ser protegidos, pero luego quieren afirmarse sometiéndose en serio a la prueba, al desafío de compromisos exigentes. Se puede decir que en la persona humana hay una fuerte conciencia de que debe probarse a sí mismo y que debe medirse con una unidad de medida muy superior a Él. Y también hay una convicción de que tiene que aprender a donarse, a entregarse, a perderse a sí mismo.

 

Ante la proximidad del fin de siglo tenemos que retomar este análisis de la realidad y esta comparación de la viña que nos ofrece Jesucristo, para trazar rectamente el rumbo de nuestras vidas con realismo. En el Evangelio de san Juan encontramos un pasaje donde Jesucristo afronta este problema en una conversación con un hombre bueno que, sin embargo, estaba muy apegado a la cultura de su época y esto le impedía dar un paso más allá para ser verdadero discípulo de Cristo. Este diálogo lo encontramos en el capítulo 3 (Juan 3,1-21) y el nombre del interlocutor de Cristo es Nicodemo, un hombre honrado que buscaba la verdad, pero acomodándose a lo que era el pensar de su tiempo. Jesucristo no lo duda y le propone nacer de nuevo. Luego va contestando a todas las preguntas y dificultades que le plantea Nicodemo.

 

Cristo siempre te presenta la verdad, sin rodeos, sin fantasías ni ensoñaciones: Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran. Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis. No todo el que me diga: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les declararé: "¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!" (Mateo 7,12-23). Es muy claro y no promete lo que no puede dar. Ahí comienza el valor de su enseñanza y su autoridad moral. Vale la pena nacer de nuevo si naces para Cristo dejando atrás modelos de vida que sólo llevan a la frustración.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

Volver a casa

 

Novena Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros". Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo". Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron la fiesta" (Lucas 15, 17-24).

 

En este texto del Evangelio, Jesucristo nos enseña cómo es el corazón de Dios, Padre de misericordia. Es la historia de dos jóvenes como tú, y de un Padre amoroso que ama a sus hijos con todo su corazón. Jesucristo la usa para explicar lo que es el amor del Padre que acoge al pecador arrepentido, el arrepentimiento del pecador que retorna a la casa del Padre y la cerrazón del hombre que vive del deber y no del amor, con un corazón seco incapaz de amar y darse a los demás aceptándolos como son. Los hijos vivían felices junto a su padre, pero uno de ellos sentía, como seguramente también te pasa a ti muchas veces, el atractivo de vivir por su cuenta y aventurarse en el mundo construyéndose el futuro según sus propios deseos. Le pide al Padre la parte de su herencia y el Padre amorosamente se la da. Era algo que él no había merecido, no había hecho nada para conseguirlo, pero sólo por ser hijo recibió esta prueba de amor.

 

El hijo respondió a esta prueba de amor saliendo de su casa, separándose del amor del Padre y malgastando todo lo que él le había dado. Es la respuesta de un joven que quiere descubrir el mundo por sí mismo, de gozar de prisa de todas las cosas aunque en ello invirtiera todo lo que a su Padre le costó años de esfuerzo conseguir. Al Padre le causó un gran dolor; no le dolía el dinero de la hacienda, sino el ver alejarse al hijo que tanto amaba porque prefiere edificar su propia vida lejos de su amor. Pero el dolor del Padre no entraba en la valoración de este hijo pródigo. Lo único importante era gozar de cada momento de la vida y abrirse paso por sí mismo afrontando los retos que se presentan como desafiantes a la imaginación del joven. El idealismo se impone con fuerza por encima de lo que es justo y recto, de lo que dicta el sentido común y de la realidad de la vida. Se piensa en un futuro a corto plazo y se pierde de vista el verdadero sentido de la vida.

 

La dureza de la vida, el mundo real con todas sus leyes echó abajo los sueños del hijo pródigo. Gastó el dinero de su Padre y tuvo que empezar a ganarlo por él mismo. Entonces comenzó a apreciar lo que había perdido. Su corazón había perdido la limpieza de la infancia y sentía la vergüenza de haberle fallado a la persona que más lo amaba y que además le había mostrado que su amor era desinteresado. Entonces decide volver y confesar su pecado a un Padre que lo ama. Cree que su Padre lo castigará, pero prefiere volver a él antes que seguir viviendo así. Sin embargo, el Padre ha estado esperando este momento con mucho cariño y, cuando ve a lo lejos a su hijo, comprende que ha recuperado al hijo que tanto amaba y que ha hecho un largo camino para volver. El Padre sabe que en la casa está la felicidad de su hijo, que el viaje sólo le produjo frustración, pero le enseñó a valorar lo que tenía a su alcance en casa.

 

Nosotros somos hijos del mismo Padre. Como el hijo pródigo, también lo hemos abandonado muchas veces para ir en busca de la felicidad fuera de casa y también hemos despilfarrado los dones que él con tanto amor nos había entregado. Este es el momento de volver a buscar la paz que nos espera en la casa del Padre. Esto es la conversión. Es ir a buscar el perdón del Padre y retomar su amistad con Él, que siempre está esperando nuestro regreso. La conversión auténtica nace del amor y se expresa en el arrepentimiento. La conversión auténtica refuerza nuestra fe. Se puede decir que la vida del hombre es conversión constante. Necesitamos convertirnos cada día, corregir el rumbo para buscar siempre a Cristo y dirigirnos a Él. La conversión implica, en primer lugar, considerar la grandeza y bondad de Cristo, y en segundo lugar dar cuenta de mi respuesta a su amor. De ahí nace el deseo sincero de buscar el perdón y la presencia de Dios.

 

La conversión requiere la confesión de nuestras faltas: "He pecado contra el Cielo y contra Ti". Esto le confiere un sello de autenticidad al arrepentimiento. Sabemos que ya no merecemos ser hijos del Padre, pero confiamos en su misericordia. Cristo, que nos revela al Padre de la misericordia, ha conferido a sus discípulos el poder de perdonar pecados que Él tenía. Éste es el fundamento del sacramento de la confesión, que es la forma en que el Padre sale a tu camino para esperarte cuando regresas a casa (Catecismo de la Iglesia Católica nn. 1440-1460). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. "Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros" (San Agustín, se Rom 169, 11, 13). La confesión es un reencuentro con el Padre que nos ha creado por amor.

 

A veces, este regreso de la confesión nos exige vencer muchas dificultades, como seguramente le pasó al hijo pródigo. Pero la fuerza del amor es más fuerte, hace que todo eso se supere. El Evangelio nos cuenta el caso de una mujer que venció muchos obstáculos para volver al amor de Dios en Cristo: Estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza. Había algunos que se decían entre sí indignados: "¿Para qué este despilfarro de perfume? Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres". Y refunfuñaban contra ella. Mas Jesús dijo: "Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena en mí. Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis; pero a mí no me tendréis siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya" (Marcos 14, 3-9). Esta mujer venció la resistencia de algunos personajes que actuaron como el hermano mayor del hijo pródigo, con un rechazo contundente hacia aquella que mostraba su amor a Cristo y era correspondida. Pero ella, por la fuerza del amor, superó la vergüenza de ser mal considerada. Yo creo que ni siquiera se fijó en la opinión de los demás porque quería encontrar el Amor que daba razón de ser a su vida, el amor de Dios. Todo lo demás no le afectaba.

 

Muchas veces me he encontrado con jóvenes como tú que tienen muchos prejuicios ante la confesión; igual que me he encontrado jóvenes, y no son pocos, que la aprecian y la valoran como un verdadero encuentro con Jesucristo a través del sacerdote. Generalmente los que valoran la confesión es porque la ven desde la fe y porque consideran el pecado en su justa dimensión, con su toda su gravedad. El fondo del problema es este: la visión de fe es fundamental para acercarse a la confesión. Sin ella, deforma su sentido.

 

La humildad es la virtud que nos lleva a buscar a Cristo porque lo necesitamos y a reconocernos como pecadores ante Él cuando hemos roto su plan de amor sobre nosotros. Es tener la convicción de que nada podemos sin su ayuda. Por eso vencemos toda dificultad para ir a Él. Y Él no le niega la salvación a quien se la pide con esa actitud de humildad (Cf Mc 7, 24-30 y Lc 23, 39-43). Jesucristo perdona y disculpa; eso lo expresa en la cruz cuando dice: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34). Realmente no sabemos lo que hacemos cuando traicionamos a Dios. No nos podemos imaginar lo que significa enfrentarnos a Dios, alejarnos de su amor.

 

La conversión y el volver continuamente al camino de Cristo requiere de la oración, donde pedimos ayuda a Dios, nos reconocemos pecadores y le agradecemos su perdón. El Papa Juan Pablo II en su primer viaje a México dirigió una oración a la Santísima Virgen de Guadalupe en la que pedía una verdadera conversión para todos los mexicanos:

 

Esperanza nuestra, míranos con compasión; enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a Él mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

Nosotros esperábamos

 

Décima Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Y El les dijo: "¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?" Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?" El les dijo: "¿Qué cosas?" Ellos le dijeron: "Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no lo vieron." El les dijo: "Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos lo forzaron diciéndole: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado." Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lucas 24,17-32).

 

Querido Joven:

 

A lo mejor a ti te ha pasado alguna vez lo mismo que a estos dos hombres que caminan pausadamente desde Jerusalén hacia Emaús. Se sienten defraudados porque Jesucristo no colmó sus esperanzas. Arrastran los pies defraudados, incapaces de ver las cosas desde la fe. Quieren que Dios se adapte a su mente y ellos no están dispuestos a adaptarse a la mente y voluntad de Dios. Querían un Dios sin cruz ni sacrificio, que no exigiera nada. Y ese Cristo irreal los ha defraudado.

 

A mí me toca escuchar muchas veces este trágico "yo esperaba". Muchos jóvenes dominados por la droga en la que habían puesto sus esperanzas de liberación, han venido a decirme: "yo esperaba que esto solucionaría mis problemas y ahora me atrapa más". Igual lo he visto en otros campos como en el libertinaje sexual que se acaba adueñando de la voluntad de muchos jóvenes como tú, el mundo de los negocios fáciles que promete grandes ganancias en poco tiempo sin importar los medios que se usen, la vida cómoda del que vive a expensas de los demás sin ningún proyecto en la vida, el esclavo del alcohol que se cree liberado en fugaces lapsos de tiempo a costa de todo, el consumismo atroz del que sólo busca tener, la soledad del egoísmo, la delincuencia , el pandillerismo y la violencia que marca para siempre la vida; todos ellos siempre terminan en el amargo desencanto del "nosotros esperábamos". Una y otra vez, cuando buscas llevar una vida al margen de lo que te propone Cristo, aparece este desencanto de los sueños incumplidos. Todo por no aceptar la cruz que Cristo nos propone pensando que podemos librarnos de ella, y al final acabamos llevando una cruz peor, una cruz sin Cristo, sin amor, sin entrega.

 

Pero a estos jóvenes tristes que pasean su fracaso por el mundo se les acerca Jesucristo. Generalmente no lo reconocen a primera vista, pero Él los busca porque sabe que es el único que tiene en sus manos la salvación de estos jóvenes atribulados. Cuántos jóvenes he visto que vuelven a recuperar el rumbo de su vida gracias a ese reconocimiento de la presencia de Cristo en ellos. Cristo modifica la actitud de fondo de estos jóvenes. Torna la tristeza en esperanza.

 

La discusión que llevaban los dos personajes del relato evangélico se convierte en escucha atenta a lo que Jesús les dice. Él enseguida aclara el concepto de Jesús que ellos tienen. Pensaban que era un profeta y Él les descubre el rostro de Dios. Sólo cuando se acepta a Jesucristo como verdadero Dios comienza esa transformación interior del hombre.

 

Jesús los reprende con cariño y les explica que era necesario que el Mesías padeciera para abrirles el camino a la gloria, a la felicidad eterna. Jesús se muestra como el camino hacia el Padre. Pasión - muerte - resurrección es el camino para abrir la posibilidad de la salvación eterna a todos los hombres y ese camino lo recorrió Cristo por amor a ti, pensando en ti y en tu salvación eterna.

 

Los discípulos de Emaús hacen una bella oración dirigida a Cristo: "quédate con nosotros porque viene la noche". Es una petición maravillosa dirigida a Dios porque lo necesitamos. Sin Él no hay luz. Aquellos discípulos se encontraban felices con aquel personaje al que todavía no habían reconocido como Cristo. Cristo estaba presente y, aunque no sabían quién era, producía una paz y una felicidad muy grande en los corazones de aquellos dos discípulos desanimados.

 

Jesús acepta y se sienta a cenar con ellos. Celebra la Eucaristía con ellos y en ese momento reconocen al Señor. La Eucaristía es el mejor lugar para encontrarse con Cristo. Él está allí realmente presente, en cuerpo y alma, esperando a darse a cada uno como consuelo, igual que hizo con los discípulos de Emaús. La Eucaristía es Jesús resucitado que se nos da hoy para aliviar nuestros desalientos y devolvernos la auténtica alegría. Es Jesús que camina junto a nosotros en la vida, que nos alienta con su alimento de vida eterna. La Eucaristía nos introduce, ya desde ahora, en la vida inmortal dándonos la garantía de que un día podremos realizarla en plenitud y para siempre. De esa certeza nace la valentía para afrontar cualquier dificultad y hacer de tu vida un don para Dios y para el prójimo. La Eucaristía es también el lugar de encuentro con la Iglesia, obra querida y creada por Cristo.

 

Con Jesucristo todo se ve con un nuevo sentido. Ocurre lo mismo que cuando uno llega por primera vez a Roma y ve las columnas del Vaticano. Las mira desde lejos, le parece que no hay un orden claro y se siente casi defraudado. Luego se sitúa en los focos de la elipse, los puntos señalados en la plaza para ver desde ahí las columnas, y descubre un orden maravilloso, una belleza y una simetría sin igual. Cuando se contemplan desde Jesucristo los problemas y las aspiraciones de los hombres, éstos cobran su verdadera dimensión.

 

Los discípulos vuelven felices a Jerusalén y cuentan con emoción lo sucedido. Son testigos de la alegría de la resurrección. Ellos que caminaban derrotados se convierten ahora en los que animan a los demás. Desde que conocieron íntimamente a Jesucristo ya nadie puede detener su empuje y su pasión por predicarlo a los demás. El secreto: su corazón ardía por el conocimiento profundo y experimental de Cristo resucitado.

 

Sólo si haces una experiencia profunda e intensa de Cristo puedes hablar eficazmente de Él a los demás. Sólo si cultivas una relación asidua con el Divino Maestro puedes llevar hasta Él a tus hermanos dándoles un nuevo sentido a su vida, un nuevo ideal por el que vivir, una nueva esperanza. Él es el único capaz de responder plenamente a todas las expectativas del ser humano.

 

Sé que tú ya has escuchado hablar de Él en tu niñez y que seguramente sabes mucho acerca de este Cristo que se presenta ahora de nuevo a tocar las puertas de tu vida. Pero ¿te has encontrado de verdad con Él o sigue siendo un extraño para ti? ¿Has hecho una experiencia viva de Él desde la fe como el amigo fiel que siempre está a tu lado o su figura te resulta muy lejana todavía?

 

Vuelve a Cristo, construye tu vida desde Él y con Él, invítalo a tu casa. No te contentes con todo aquello que te dejará el mal sabor de boca del "nosotros esperábamos". Abre tu corazón a Jesucristo que ha vencido a la muerte. No te arrepentirás, Él hará arder de amor tu corazón.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

Construir la paz

 

Undécima Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está sometido a continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima. Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar. La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 78).

 

Querido joven:

 

A lo largo de la historia, los seres humanos no hemos gozado de muchos períodos de paz. Nos hemos acostumbrado a convivir con la terrible realidad de hermanos que se matan entre sí. Todos los días, a través de los noticieros nos tocan la conciencia las escenas de guerra que hablan de odio y sufrimiento, pero también de negocio y de intereses creados. Se acerca el año 2000 y el futuro que se presenta no es muy halagüeño en este campo. En este fin de siglo, cuando todo parecía indicar que íbamos caminando hacia una paz global en el mundo, se comenzaron a despertar las carreras de armamentos, las tensiones fronterizas entre muchas naciones y las revueltas civiles que han llenado de cadáveres a varias naciones de nuestro mundo. En estos últimos años, África y Asia se han convertido en dos grandes polvorines. Nuestra misma patria mexicana ha padecido un crecimiento insospechado de violencia. El año pasado, la humanidad ha gastado 25 mil millones de dólares en armas y esto ha afectado especialmente a los países en vías de desarrollo que han dedicado gran parte de sus presupuestos a instrumentos de muerte. No se solucionan las graves deficiencias en las necesidades elementales de estos países y en su lugar se invierten (si a esto se le puede llamar inversión) los escasos fondos en sofisticados armamentos siguiendo una estrategia de intimidación para los países vecinos o los enemigos internos. En este fin de milenio se habla de "aldea global", pero nos damos cuenta de que todavía tenemos que cambiar muchas cosas para aspirar a ser una verdadera "familia humana". Los principales vendedores de armas no parecen colaborar mucho en este esfuerzo de concordia universal que necesita nuestro mundo. Se dicen muchas palabras bonitas, llenas de esperanza, pero todo se hace vano cuando no hay una correspondencia con las obras, con acciones concretas para construir un mundo de paz verdadera.

 

La guerra surge por un conflicto de libertades de hombres que luchan entre sí para imponer una visión personal, una decisión a los otros. La guerra es obra de los hombres que rompen el mandamiento del amor. Pero también la paz es obra de los seres humanos que colaboran con Dios en la creación de un mundo donde todos los hombres sean hermanos. La misma libertad humana que decide llevar adelante una guerra, es también capaz de hacer la paz amando y sirviendo. La paz entre las naciones sólo puede darse cuando haya una paz universal entre las personas. Por eso, con su libertad, cada hombre puede ser constructor de la paz. El ser humano construye la paz cuando usa su libertad para amar y para servir.

 

El hombre es libre para amar. Hoy parece imponerse en nuestra cultura un concepto de libertad que es sinónimo de independencia de todo; una libertad que prescinde de normas morales y de la relación con los demás, de las responsabilidades y los deberes contraídos; una libertad que se reduce simplemente a ser ausencia de trabas, como la del animal que retoza por la pradera. Pero eso no es la libertad humana, es un concepto muy pobre. La libertad humana es, ante todo, capacidad de decidir eligiendo entre diversos bienes, entre hacer esto o aquello, entre actuar o no actuar. La libertad humana es capacidad de autodeterminarse, de construirse el propio futuro de acuerdo a deliberaciones personales. Por eso, el ser humano puede abrir su corazón a los demás, puede entregarse, puede aceptar a los demás y hacer el esfuerzo de comprenderlos, puede renunciar a sus propias ideas o intereses por bienes mayores, puede dialogar y asumir como propios puntos de vista ajenos que lo enriquecen. Este concepto de libertad es válido para construir la paz porque pone al hombre en contacto con los demás, lo hace responsable de sus actos y lo convierte en autor de la vida social, lo hace capaz de adquirir compromisos y cumplirlos, llevándolos a cabo a pesar de las dificultades. La libertad del ser humano es libertad para el amor, para entregarse, para darse y para renunciar a sí mismo en favor de los demás. Esto hace que el ser humano pueda encontrar su propia realización en la renuncia a sí mismo por amor.

 

La verdadera libertad es también servicio. El servicio nace del amor, especialmente el servicio a los más necesitados. La juventud es sinónimo de generosidad, de entrega completa y sin restricciones a causas que requieren un gran esfuerzo humano. Cuánto más cuando la causa es el mismo ser humano, como individuo o colectividad, al que nos entregamos en un maravilloso acto de servicio. El servicio genera paz, abre el corazón del hombre a los demás con autenticidad y alegría. El servicio es contrario a la degradación del ser humano que lo usa como medio para fines ajenos a él. El auténtico servicio tiene como fin al ser humano y se entrega a darle lo mejor. El servicio combate la pobreza material y espiritual, ve al otro como un prójimo y da lo mismo que le gustaría recibir.

 

Del amor y el servicio nacen las auténticas relaciones humanas. Con ellas se construye un mundo más humano, se acoge al otro, se le apoya en su crecimiento y se defienden sus derechos. Para crear un mundo de paz es preciso descubrir el valor de cada persona, de cada vida humana. El Espíritu Santo habita en cada hombre, que es como un sagrario de la presencia de Dios en el mundo. Sólo desde el amor y el servicio se reconoce al ser humano en su valor.

 

Una cosa es clara: la paz es obra de los hombres, de cada uno. Nadie puede hacerla por nosotros. Pero Jesucristo nos apoya, nos da su paz: "Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde" (Jn 14, 27). Jesucristo nos da la paz de un corazón que no se turba ni se acobarda para llevar a cabo con generosidad grandes empresas en favor de los demás. La verdadera paz nace de la paz interior del corazón que es fiel a su conciencia y así es fiel a Dios, su Creador. No es la paz de los sepulcros ni la simple coexistencia, sino de entrega generosa y fiel a los demás. Esta es la paz que Cristo inspira en los corazones, más que un equilibrio de fuerzas y más que un desinterés por los que conviven con nosotros. La paz de Cristo es la paz del amor hasta la donación total de sí mismo.

 

Todavía hoy es actual la interpelación de san Pablo a los Efesios: "Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos" (Carta a los Efesios 4, 1-6).

 

Que María, la Reina de la Paz, nos consiga la gracia de comenzar el próximo milenio en una paz auténtica que se extienda en el tiempo, en todas las áreas del mundo y en todos los corazones.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

Yo los envío a ustedes

 

Duodécima Carta del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Y les dijo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien". Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban (Marcos 16, 15-20).

 

Querido joven:

 

Así termina el Evangelio de san Marcos. Es un momento triste, de despedida. Los apóstoles se separan del Maestro al que han visto ya resucitado, triunfador de la muerte. Por otro lado, recuerdan la promesa del Espíritu Santo que estará con ellos para siempre (Jn 14, 16). Él les ayudará a llevar a cabo la misión que Jesucristo les asigna ahora: proclamar la Buena Nueva a toda la creación. Esa es la misión de todo cristiano, ser promotor de la Buena Nueva, llevar a todos los hombres el anuncio de esperanza de Cristo muerto y resucitado. Él murió y resucitó por cada uno de nosotros, por amor. Y nosotros, por amor, compartimos a los demás un don que valoramos de verdad. Ésta es nuestra misión, ser testigos de Cristo, de un Cristo que conocemos por la revelación (la Sagrada Escritura y la Tradición) y que experimentamos por la fe.

 

Sabemos bien que no todos están dispuestos a escucharnos. Ya nos lo había anunciado el Señor (Mt 10, 16). Nos envía como ovejas en medio de lobos, pero nuestro esfuerzo vale la pena, sabemos que ofrecemos a nuestros hermanos el mayor bien, la mayor felicidad: el encuentro con el amor de Dios. Nuestra misión continúa la misión de Cristo (Jn 20, 21). Somos portadores del mayor bien que se le puede ofrecer a un hombre: la salvación y la eterna felicidad en Cristo.

 

En estas postrimerías del siglo XX, Jesucristo nos llama a todos sus seguidores a ser de verdad testigos de Cristo resucitado entre los hombres. Nos llama a revivir nuestra alianza de amor con Él y entre nosotros para hacer que nuestra arquidiócesis sea más humana, más verdaderamente libre, más cristiana. Joven, tú puedes sumarte a este esfuerzo; puedes llevar esperanza a todos los que conviven contigo, una esperanza auténtica que no se acaba en esta vida. Puedes llevar el consuelo de Cristo, el único real y eficaz, a donde reina el desaliento. Puedes ayudar y acoger a los que buscan acercarse a la auténtica fe y a la auténtica Iglesia, la que fundó Jesucristo. ¡Que no se pierda ninguno de los seres humanos que Dios ha puesto en nuestro camino!

 

Tú no eres testigo de excepción en este importante período histórico. Eres agente de transformación, alguien que no solamente se contenta con observar los acontecimientos en torno a sí, sino que actúa sobre ellos imprimiendo una huella en el nacimiento de una nueva sociedad más humana y más justa. Tú tienes una misión que realizar en este proceso de transformación y, no lo olvides, eres insustituible. Lo que tú dejes de hacer, nadie lo va a hacer.

 

Él nos envía, a ti como a mí. Nos envía a despertar a los dormidos, a sostener a los débiles, a revitalizar en los bautizados el celo que nace del amor a Cristo y a su mensaje. Tus pequeños actos de generosidad pueden tener unas consecuencias inesperadas para ti que cambien la vida de muchos hombres. Cuenta con la acción de Dios que bendecirá tu trabajo abnegado y generoso en el amor, en la entrega de ti mismo.

 

Propón la experiencia profunda de Cristo a todos los hombres con los que te encuentres. Llévalos al camino de la escucha amorosa de la Palabra de Dios, del silencio interior y de la oración. Promueve todo aquello que pueda conducir a los hombres a Dios.

 

Joven, ama a la Iglesia, es la obra de Cristo, la continuación de su obra en la tierra. Acepta los límites de las personas que la componemos. No te rebeles ante lo que sólo es debilidad humana, piensa que Dios quiso manifestarse a los hombres en la imperfección constante de los hombres, reaviva tu fe. Descubre el corazón de la Iglesia, un corazón de amor que acoge a todos, pobres y ricos, sabios y torpes, santos y pecadores; no te dejes llevar por el egoísmo del hermano mayor del hijo pródigo que nunca entendió el amor del Padre. En esta barca todos encontramos cobijo, basta aceptar la revelación de Dios en Cristo.

 

Nada hay imposible para Dios. Dejémosle actuar y secundemos su esfuerzo callado en los corazones de tantos hombres para que dé fruto abundante y su fruto dure. Considera tu vida como un proyecto de salvación para muchos hombres a los que tú les puedes llevar alegría y amor. No olvides que sólo en Él está la salvación y la respuesta a las preguntas de los hombres, de todos los hombres.

 

María, Reina de los apóstoles, que acompañó a la naciente Iglesia en la preparación para la venida del Espíritu Santo (Hechos de los Apóstoles 1, 14), también nos acompaña ahora a nosotros en la espera del gran jubileo del año 2000.

 

Tu hermano y amigo que te bendice

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México

 

 

 

 

La Iglesia y el Mundo, en tus manos

 

Epílogo de las 12 Cartas del Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, a los jóvenes de la Arquidiócesis de México como preparación para el Jubileo del Año 2000.

 

Querido joven:

 

Éstas son las doce cartas que escribí pensando en ti con el deseo de reflexionar juntos sobre algunos temas centrales de nuestra vida cristiana que pueden resultarte muy útiles para prepararte a la venida del año 2000. Seguramente han quedado muchas inquietudes en tu mente y en tu corazón. Estoy seguro de que con el tiempo y la reflexión desde la fe podrás dar cauce a toda la riqueza de preguntas y respuestas que llevas en tu interior. Lo importante es que todo eso lo puedas poner al servicio del bien de todos en un esfuerzo real por mejorar este mundo desde donde Dios te ha puesto.

 

Cuando moría el siglo X y se acercaba el año 1000, un verdadero maremoto de temor, desconfianza y premoniciones truculentas invadió Europa. Las gentes de entonces esperaban un inminente desastre. Se vivía un clima de dramatismo y desesperación muy fuerte. Hicieron falta casi 100 años para que el pensamiento humano se recuperara y volviera a pensar en positivo. Mil años más tarde, con diversos matices, la historia parece repetirse: en este final de siglo, las ideologías preponderantes nacen de un sentimiento de malestar. Desde los años veinte existe un tema recurrente en la literatura: el vacío espiritual y la falta de sentido del mundo moderno (Ionesco, James Joyce, Eliot, Kafka, etc.). Una y otra vez se habla de vulgaridad, decadencia y vacío. El hombre parece harto de su mundo y busca otros tipos de vida. Las soluciones son distintas, pero todas parten de una misma convicción: en la sociedad actual el individuo se aliena, se enajena, se frustra. El hombre no se siente "en casa" ni en las sociedades que ha creado, ni en el universo, ni consigo mismo. Se puede hablar de un "virus del desencanto" que ha contagiado a los pensadores del fin de siglo y sólo ha podido vencerse con la vacuna lúdica de una nueva era donde todo será distinto. Pero la solución de vivir de sueños nunca ha funcionado y ha llevado al hombre a las mayores aberraciones sociales.

 

El final del siglo XIX y el inicio del XX se caracterizaron como el período de las grandes utopías sociales. Los ilustrados del neoclasicismo confiaban en una victoria de la ciencia pura por ella misma sobre la ignorancia y la servidumbre, los nacionalsocialistas confiaban en el Estado como fuente de felicidad, los capitalistas buscaban la felicidad por la racionalización de las estructuras y el incremento de la producción, y los marxistas esperaban la emancipación del proletariado por la lucha de clases. Todos tenían una convicción común: "Se puede", se puede alcanzar la felicidad. La discusión se movía en torno al "cómo". Pero esas esperanzas aparecen como inconsistentes en el mundo del pensamiento actual. La ciencia por la ciencia nos dejó la gran tragedia de la bomba atómica; el nacionalsocialismo se cubrió de cadáveres en los campos de exterminio; el capitalismo salvaje nos ha llevado al absurdo de vivir para consumir y a un modelo de civilización basado en el tener; el marxismo nos ha llevado a Camboya, al Archipiélago Gulag y a los cientos de personas que han pagado con su vida la discrepancia y las ideas propias. Todo eso quedó atrás y nos enseñó que la solución no está en los sueños ideológicos sino en volver al hombre en su justa dimensión, en su realidad completa, al hombre como dependiente de Dios. Las ideologías han muerto y es tiempo de poner los pies en la tierra afianzados en la Revelación de Dios. Ahora es el momento de construir desde el amor y desde la auténtica solidaridad por encima de los intereses individuales o de grupo. Entre todos podemos hacer del siglo XXI un siglo de paz donde el mayor beneficiado sea el hombre, cada hombre, en toda su integridad. Tomar la guía de Cristo para poner en marcha este proceso de edificación de un mundo mejor es no equivocarse, es edificar sobre roca.

 

La acción del Espíritu Santo en este fin de siglo seguramente no se va a caracterizar por grandes manifestaciones externas apocalípticas que nos muestren el infinito poder de Dios, sino por una acción callada, pero eficaz en el fondo de cada hombre, de cada joven, que se preste a la transformación que Dios quiere comenzar en él desde dentro para que luego se traduzca en actitudes, programas de trabajo y compromiso sincero por mejorar este mundo haciéndolo más a la medida del hombre. Así se mostrará entre los hombres el amor de Dios. Él pone su parte, pero no lo pierdas de vista: el futuro de la Iglesia y del mundo está en tus manos. La Iglesia y el mundo serán lo que tú hagas de ellos. Tienes un reto por delante.

 

Para entrar al nuevo milenio te pueden servir de orientación las palabras que Dios dirige a Israel, el pueblo de la Alianza, antes de entrar en la Tierra Prometida. Aún hoy tienen vigencia.

 

Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos de Iahvé tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas a Iahvé tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás; Iahvé tu Dios te bendecirá en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto, yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio y que no viviréis muchos días en el suelo que vas a tomar en posesión al pasar el Jordán. Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando Iahvé tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en eso está tu vida, así como la prolongación de tus días mientras habites en la tierra que Iahvé juró dar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob (Deuteronomio 30, 15-20).

 

Que la Santísima Virgen María de Guadalupe desde su cerro del Tepeyac ilumine tus decisiones y apoye tus propósitos para entrar en el próximo milenio como un católico comprometido a fondo en la construcción de un mundo más humano a la medida de Cristo.

 

Tu amigo y hermano que te bendice

 

México, D. F., 23 de agosto de 1998

 

Norberto Cardenal Rivera

Arzobispo Primado de México