CARTAS PASTORALES

 

 

 

 

Norberto Cardenal Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

 

Carta Pastoral

 

"La Familia Educadora de la Sexualidad"

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE - CONTENIDO

 

1. Introducción

 

2. La situación de la Familia ante la Educación de la Sexualidad:

 

Luces

Sombras

 

3. Los Principios Fundamentales de la Sexualidad

 

4. El papel de la Familia en la Educación de la Sexualidad

 

5. Los caminos de la Educación de la Sexualidad en Familia

 

a) La formación de los padres

b) El acompañamiento a los hijos

c) La tarea de distinguir entre el bien y el mal

 

6. Conclusión

 

 

 

1. INTRODUCCIÓN

 

a) La imagen de la casa construida sobre roca[1]ha sido siempre muy iluminadora de todas las relaciones humanas, pero de modo especial lo es cuando se refiere a la realidad familiar. La familia es en efecto una casa, más aún la casa del hombre. En ella es concebido, en ella es recibido entre los seres humanos, en ella es educado y de ella sale para vivir una experiencia familiar posterior. Por ello si todas la situaciones humanas poseen una particular importancia, la familia goza de una primacía especial.

 

b) Del modo en que se constituye la familia podemos decir que se construye al hombre y el modelo de la familia en que se nace tiende a repetirse en la siguiente generación. En efecto, la educación que la familia esta llamada a desempeñar con los hijos, no es sino el eco renovado del primer mandato "Crezcan y multiplíquense"[2]. Mandato que se refiere no sólo a la multiplicación numérica de la especie, sino también a la multiplicación cualitativa de la misma, pues este mandato brota del designio de Dios sobre la persona humana: "Creó, pues Dios al ser humano a imagen y semejanza suya. A imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó"[3]. Multiplicarse no es pues sólo una cuestión de números, es sobre todo una cuestión de reproducir en los hijos la imagen de Dios que les ha sido dada a los padres, una imagen que se concrete en ser hombre o en ser mujer. Sin un adecuado desarrollo de la masculinidad o de la feminidad, el ser humano no puede desarrollar en sí la imagen de Dios. La familia, de modo particular los esposos, tienen pues, por mandato divino, esta tarea: educar la sexualidad de los hijos de modo que llegue a manifestar la imagen de Dios.

 

c) Por ello, la imagen que el Salvador propone de la casa sobre roca se aplica de modo particular a la tarea educativa que compete a la familia cuando se enfrenta a la educación en la sexualidad de los integrantes de la misma, pues del éxito o del fracaso en este campo depende en gran medida el equilibrio de las personas que la constituyen y por lo tanto, el éxito o el fracaso que cada uno de sus miembros a la hora de formar nuevas familias acabarán teniendo.

 

d) La Iglesia Católica no puede mirar de modo indiferente esta una realidad y se siente llamada a apoyar a todas las familias y a cada una de ellas en su tarea de educar a sus hijos, de modo especial cuando las circunstancias que rodean a la familia han cambiado tan drásticamente respecto a generaciones precedentes. La encrucijada del tercer milenio es más que una fecha, es un reto cultural en el que se están viendo comprometidas no sólo unas formas culturales que pueden ser más o menos caducas, sino sobre todo la misma identidad de la persona humana. La misma realidad de la familia en la Arquidiócesis de México es un reto para la tarea evangelizadora de la Iglesia católica pues se presenta como una realidad muy compleja sometida a múltiples y variadas tensiones internas y externas. Por ello esta carta pastoral nace de lo urgente que se presenta el trabajo de apoyar a la familia de modo que pueda cumplir integralmente su tarea de preparar a los hombres y mujeres que constituirán nuestra sociedad en el próximo milenio.

 

e) Asimismo, la presente carta pastoral en el marco de las prioridades de nuestro II Sínodo y de la Semana Arquidiocesana de la Familia, que celebramos este año bajo el lema "La familia educadora de la sexualidad", nos ofrece la oportunidad de reflexionar y de volver a proponer la doctrina de la Iglesia sobre la sexualidad, para así ayudar al ser humano al que por mandato de su divino fundador está llamada a servir.

 

 

 

2. LA SITUACIÓN DE LA FAMILIA ANTE LA EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD. LUCES Y SOMBRAS

 

a) La familia como educadora de la sexualidad se presenta hoy de un modo muy especial como en un claroscuro, pues por un lado hay elementos luminosos que hablan de un progreso en el papel que la familia desarrolla en la formación de sus miembros en este campo y por otro no podemos dejar de constatar aspectos preocupantes, signo de la pérdida de la identidad verdadera que el Creador quiso otorgar a la familia humana.

 

b) Las luces

 

  • En el campo de la educación en la familia encontramos la presencia de una mayor apertura para tratar los temas de la sexualidad y del amor entre los diversos miembros de la familia. Esta apertura facilita la comunicación no sólo de conocimientos sino sobre todo de valores y de principios que construyen la sexualidad en su marco verdadero. La facilidad con la que los hijos pueden tratar los temas referentes a la vida y al sexo con sus padres, así como la mejor comunicación entre la pareja para hablar de estos temas es un signo esperanzador de la construcción de un ser humano cada vez más íntegro en la familia.
  • La cultura moderna se caracteriza par la intensificación del diálogo entre los hombres. Y de este fenómeno no es ajena la familia. Hoy se da una mayor cercanía entre los padres y los hijos lo que permite identificar y comprender las opiniones que van surgiendo en los hijos en sus diferentes etapas evolutivas de maduración. Los padres han tomado conciencia más clara de que el diálogo es la mejor arma educativa de que disponen para poder comunicar a sus hijos los valores que los van a realizar como hombres y mujeres.
  • Otro de los elementos que podemos considerar positivos de la familia actual en relación con su tarea de educación de la sexualidad y el amor de sus hijos es el más amplio conocimiento de todos los temas referentes a la sexualidad. La educación sexual que se imparte en los diversos ambientes educativos, así como la divulgación en los medios de comunicación social ha permitido que temas que socialmente eran considerados como reservados a algunos iniciados se hayan convertido en patrimonio cultural de muchos. Esto ha permitido que los padres y los hijos tengan una mayor facilidad para tratarse temas que anteriormente parecían vedados al intercambio familiar.
  • Además de todas las actitudes señaladas anteriormente, no podemos menos de mirar con gozo la difusión en la Arquidiócesis de Los Movimientos de apostolado en favor de la familia como ámbitos privilegiados donde se experimenta la plenitud de la propia vocación conyugal y desde donde los padres obtienen la formación necesaria para iluminar con conciencia cristianamente integrada el despertar y madurar de sus hijos en la sexualidad y el amor. Algo semejante podemos decir respecto a los centros de formación y terapia familiar con orientación católica cuyas actividades van estableciendo una red de pensamiento en el ámbito de la sexualidad de acuerdo a una imagen integral de la persona humana.

 

c) Las sombras

 

  • Sin embargo, no podemos dejar de constatar con tristeza la presencia de zonas de sombra en la cultura en la que los padres católicos se hallan inmersos respecto a la educación en la sexualidad y en el amor de sus hijos.
  • Como un signo particularmente preocupante se ve la difusión de una visión banal de la sexualidad en la que todo lo referente a este tema parece carecer de importancia y dejarse en un nivel meramente fisiológico o anatómico. La actividad sexual se toma como un juego, como una diversión entre los adolescentes, jóvenes y adultos. Se erradica de este modo toda responsabilidad de la dimensión sexual y se colocan los actos de la misma en el nivel del pasatiempo y no en el de la entrega de dos personas.
  • A este problema se añade la separación que hace la cultura moderna entre la persona y la sexualidad. Se toma la sexualidad como algo que es indiferente a la persona que la ejerce. Esto lleva a transformar la sexualidad en un objeto con el que se puede comerciar, o que se puede usar. El sexo puede llegar a convertirse en un simple objeto de placer y no en el signo de donación amorosa de un hombre y una mujer.
  • No se puede dejar de mencionar la falta de formación en el campo de la sexualidad que se da en algunos ambientes de nuestra comunidad cristiana entre los padres de familia. En muchos casos hay que decir que esta falta de formación no conlleva una culpabilidad, lo que no quita, sin embargo, los consecuentes efectos nocivos en la comprensión de la sexualidad por parte de los hijos. La educación en la sexualidad no es fácil, el problema se revela hoy día especialmente complejo, incluso a veces superior a las posibilidades de la familia y porque en la mayoría de los casos no existe la experiencia de cuanto con ellos hicieron los propios padres[4].
  • A estos factores se han de añadir los modelos materialistas de sexualidad que propone nuestra sociedad, por lo cual se ve la sexualidad como un elemento parcial y ciertamente sin una plena orientación al bien integral de la persona humana, abierta a la trascendencia hacia su Creador. Muchos de estos modelos se encuentran influenciados par mentalidades formadas en escuelas intelectualmente alejados de la mentalidad cristiana y a veces incluso bajo ropajes pseudocientíficos que están lejos de dar verdaderos y equilibrados resultados.
  • No es ajeno a todo esto la influencia disolvente de algunos medios de comunicación que pueden llegar a presentar la sexualidad de modo distorsionado, cayendo en ocasiones en una pura exhibición de comportamientos sexuales alejados de la realidad, o cercanos a las experiencias de violencia y excesos como la droga y el alcohol. Este factor se constituye además en fuente de modelos de amor humano, mutilando y desfigurando en ocasiones el verdadero sentido de este amor.
  • Tristemente no son sólo los factores externos los que influyen negativamente en la educación al amor y a la sexualidad que otorga la familia, también se dan casos en los que el hogar se convierte en fuente de ejemplos nocivos. Muchas veces los modelos repetidos de machismo en el trato con la mujer, o las situaciones de promiscuidad en que muchos de nuestros hermanos se ven obligados a vivir, provocan situaciones lamentables en la educación sexual de los hijos que no reciben la verdadera imagen y los auténticos contenidos del amor que debe existir entre un hombre y una mujer.
  • Finalmente podríamos considerar la problemática que causa un mal manejo de la sexualidad, la maternidad prematura entre las adolescentes, los casos de iniciación precoz a la sexualidad, y las situaciones muy dolorosas de abusos sexuales dentro del hogar, sea par parte de la familia directa o a veces par parte de otros familiares.

 

 

 

 

3. LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA SEXUALIDAD

 

a) La situación expuesta anteriormente nos lleva a tomar muy en serio el papel que la familia debe tener en la educación de la sexualidad, no sólo para evitar las situaciones dolorosas que por un mal manejo de la misma se producen, sino sobre todo para llevar a plenitud a la persona humana en cada uno de los hijos. Cada ser humano tiene derecho a realizar en totalidad el plan originario para el que Dios lo creó. Cristo, en el evangelio, a la hora de juzgar la cuestión sobre la relación entre el hombre y la mujer que se le hace con motivo de la indisolubilidad del matrimonio, reclama al principio, es decir a la naturaleza que Dios quiso dar al hombre. Cristo no se deja llevar por opiniones de su tiempo, ni por una falsa condescendencia con la dureza del corazón del hombre herido por el pecado, sino por el designio divino[5]. Por ello, es oportuno volver a dirigir la mirada hacia los principios básicos que deben regir la concepción de la sexualidad desde la visual de integridad que caracteriza al pensamiento católico en este campo, sin dejarse llevar ni por modas, ni por reduccionismos que acaban por degradar la verdadera identidad de este aspecto de la persona humana.

 

b) La sexualidad humana no es simplemente una parte de la persona, sino que participa de la persona. No la podemos aislar de la condición humana. Por ello tenemos que decir siempre que el ser humano es sexuado y que la sexualidad es humana. Precisamente por ello, la sexualidad se orienta en el ser humano hacia dos objetivos particularmente trascendentes: expresar la totalidad del amor entre un hombre y una mujer y ofrecer las condiciones que en colaboración con el Creador den origen a una nueva vida humana. En ambos casos, la sexualidad se orienta hacia el amor, hacia el amor esponsal o hacia el amor filial. La sexualidad humana contiene de modo esencial la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en que el ser humano se convierte en don y mediante este don realiza el sentido mismo de su ser y existir[6].

 

c) Otro principio básico de la sexualidad humana es que refleja siempre a la persona. Por ello, la sexualidad no puede ser usada como una cosa, pues "la sexualidad es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano"[7]. En todo acto o expresión sexual está siempre en juego el valor de la persona. No se puede reducir la sexualidad a una simple función biológica o a una fuente de placer. Cuando desaparece el sentido y el significado del amor y del don de sí en la sexualidad, se acaba cayendo en "una civilización de las cosas y no de las personas; una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas. En el contexto de la civilización del placer la mujer puede llegar a ser un objeto para los hombres y los hijos un obstáculo para los padres"[8].

 

d) Un elemento más de esta visión cristiana es considerar la sexualidad como un bien, parte del don que Dios vio que era muy bueno cuando creó a la persona humana a su imagen y semejanza y hombre y mujer los creó. Aunque a lo largo de la historia se ha criticado la visión de la Iglesia juzgándola como oscurantista respecto a la sexualidad, la verdad es que un estudio equilibrado de la misma nos muestra que las concepciones rigoristas y negativas de la sexualidad obedecen más a corrientes ideológicas de la época que al pensamiento cristiano auténtico.

 

e) Sin embargo, también pertenece a la concepción cristiana de la sexualidad la realidad de que la sexualidad posee una carga de ambivalencia: se puede usar para la más alta expresión de amor o se puede usar para la degradación más dolorosa de la persona humana. Esto nos habla de que la sexualidad humana se encuentra herida y expuesta "a la fragilidad debida al pecado original y sufre, en muchos contextos socioculturales, condicionamientos negativos y a veces desviados y traumáticos"[9]. Sin embargo la gracia de la redención del Señor, hace posible una vivencia recta de la sexualidad, no con una actitud represiva, sino como un don precioso y enriquecedor, como el del amor, con vistas al don de sí como ser humano[10].

 

Por todo lo dicho anteriormente, la sexualidad requiere ser integrada en la persona a través de una oportuna educación, que va mucho más allá de la simple información funcional. Esta educación comporta la formación de toda la persona: carácter, temperamento, hábitos, conocimientos, de modo que se alcance la armonía entre la dimensión corpórea y espiritual de la persona.

 

 

4. EL PAPEL DE LA FAMILIA EN LA EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD

 

a) La familia agente primario de la educación sexual. Ha sido siempre doctrina y praxis de la Iglesia el considerar a la familia como el primer ambiente educativo de la persona humana. Doctrina que ha sido reafirmada en el Concilio Vaticano II: "Los padres tienen el derecho originario, primario e inalienable de educarlos (a Los hijos)... tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y religiosas, teniendo presentes las tradiciones culturales de la familia que favorezcan el bien y la dignidad del hijo"[11]. O como se afirma en la Exhortación Pastoral de Juan Pablo II sobre la familia: "El derecho-deber educativo de Los padres, se califica como esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original y primario respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que por consiguiente, no debe ser ni totalmente delegado ni usurpado por otros"[12], salvo el caso obvio de una incapacidad física o psíquica de los progenitores. Esto hay que afirmarlo especialmente, pues no en pocas ocasiones las familias dejan de lado esta tarea que a ellas les toca y delegan totalmente su responsabilidad en otras instituciones que, aunque dignas en si mismas, sólo deberían ejercer esta función de modo subsidiario y no supletorio. A este propósito es interesante recordar el siguiente texto del Pontificio Consejo para la Familia: "Este derecho implica una tarea educativa: si de hecho no imparten una adecuada formación en la castidad, los padres abandonan un preciso deber que les compete; y serían culpables también, si tolerasen una formación inmoral o inadecuada impartida a los hijos fuera del hogar"[13].

 

b) La importancia de la familia en la maduración de la sexualidad. La familia es el primer lugar donde la persona se encuentra con el amor y donde se debe de modo primario aprender a amar. Es de los padres de donde el hijo toma los primeros modelos de amor entre un hombre y una mujer y es de los padres de donde el niño o la niña va identificando la sexualidad como una dimensión de su persona. Son los padres los primeros que enseñan a los hijos el valor del respeto hacia la propia sexualidad y hacia la de los demás. Por todo ello, en la maduración de la sexualidad, la familia juega un papel básico y determinante, ella es la que da una visión equilibrada o a veces tristemente se convierte en la fuente de dolorosas grietas en la percepción que de la sexualidad tienen los hijos. "La madre que estima la vocación materna y su puesto en la casa, ayuda enormemente a desarrollar en las propias hijas las cualidades de la femineidad y de la maternidad y pone ante los hijos varones un claro ejemplo de mujer recia y noble. El padre que inspira su conducta en un estilo de dignidad varonil, sin machismos, será un modelo atrayente para sus hijos, e inspirará respeto, admiración y seguridad en las hijas"[14].

 

c) La familia lugar insustituible de educación en la sexualidad. El papel de la familia en la educación de la sexualidad se nos presenta, por lo tanto, como insustituible para que los hijos lleguen a su verdadera humanidad. La familia es donde la persona es valorada por si misma y no por lo que aporta materialmente, la familia es donde se descubre par primera vez el amor de un ser humano por otro. La triste experiencia de los casos en los que esto no se da, nos viene a mostrar de modo negativo esta verdad. Como afirma el Concilio Vaticano II: "La familia es la escuela del más rico humanismo"; es decir, la familia es el lugar donde el hombre y la mujer se hacen humanos. No cabe duda de que hay otras instancias que están llamadas a ayudar a la familia de modo especial la escuela, tanto pública como privada; el Estado a través de sus diversas instituciones de atención familiar; la misma Iglesia por medio de sus centros, de los Movimientos de familia y de las parroquias, pero en ningún momento se puede desplazar a la familia de la educación de la sexualidad sin producir en los hijos graves trastornos.

 

 

 

5. LOS CAMINOS DE LA EDUCACIÓN DE LA SEXUALIDAD EN FAMILIA

 

Ante todas estas reflexiones es oportuno ofrecer a la familia algunas pautas que le iluminen para fortalecerse en su tarea educativa.

 

a) La formación de los padres

 

  • La primera tarea de los padres es la de su propia formación. Es cierto que no siempre es fácil sacar el tiempo para ello y aunque no siempre en todas las áreas y niveles sociales se tienen a la mano los recursos para ello. Sin embargo hay que sembrar esta inquietud en los corazones de los padres y, una vez conscientes de ello, hay que cultivarla con tenacidad. Es una situación muy grave la que hoy se vive como para no buscar dentro de las propias posibilidades el formarse.

 

  • Esta formación no debe quedarse simplemente en el nivel de la información de funciones o de métodos, sino que, sobre todo, debe llegar a la formación interior de la persona en los valores, principios y virtudes que hagan de la sexualidad, en primer lugar la propia y en consecuencia la de los hijos, un ámbito de amor humano. Ello supone el que los padres sean los primeros en buscar medios de superación personal sea en lo personal, sea asociándose con otros padres de familia, sea acudiendo a instituciones que lo impartan para así llegar a adquirir los elementos necesarios para la gravísima tarea de educar a los hijos.

 

  • De un modo muy especial, hay que recomendar a los padres y madres de familia, la solicitud par la formación en la sexualidad que se imparte en la escuela de los hijos, de modo que no sean fáciles para aceptar cualquier instrucción sin haber ellos primero aprobado lo que se les está dando. No cabe duda que el diálogo sincero y claro con quien imparte la educación sexual en las variadas instituciones será un elemento de particular importancia.

 

  • Por otro lado, los padres y madres de familia deberán estar muy atentos al influjo que los ambientes sociales y los medios de comunicación ejercen sobre sus hijos. Ellos tienen el deber de apoyar a sus hijos para que la información distorsionada sobre la sexualidad y la visión materialista de la relación afectiva de la pareja no acabe dañando el concepto del amor humano que se va formando en sus hijos.

 

b) El acompañamiento a los hijos

 

  • Es importante que los padres sepan estar al lado de sus hijos en las diversas etapas de su desarrollo afectivo y sexual. Aunque no siempre es fácil, la tarea de acompañar a los hijos en su crecimiento será uno de los medios que otorgarán a la familia una especial cohesión ante los problemas de la vida.

 

  • Se ha de prestar especial atención a las diversas etapas de la vida de los hijos. Desde la niñez, el hijo debe ser educado en el sentido de su sexualidad, descubriendo lo que significa ser hombre o ser mujer sin caer ni en la sensiblería ni en el machismo. Los padres deberán tener un especial cuidado en que los niños no se vean contaminados por una información sexual prematura que no tienen la capacidad de manejar. Casi podríamos decir que hay que salvaguardar el derecho que todo niño tiene a la inocencia[15].

 

  • La pubertad es la gran segunda etapa del crecimiento de los hijos, "la labor de la información y de la educación de los padres en esta etapa es necesaria no porque los hijos no deban conocer las realidades sexuales, sino para que las conozcan de modo oportuno"[16]. Esta época requiere un especial tiempo de diálogo y de ofrecimiento de seguridad ante las diversas angustias y miedos que pueden presentarse. Siendo la época de las primeras transformaciones fisiológicas en los hijos, los padres deberán proporcionarles explicaciones serenas y detalladas de la sexualidad, orientadas en la perspectiva del amor que tendrá un día que entregarse en el matrimonio, o vivirse en la vida consagrada.

 

  • La adolescencia es un período de definición personal y, por lo tanto, de particular relevancia en la evolución de los hijos. En esta época los hijos son particularmente sensibles al testimonio que los padres les pueden ofrecer, más que a las palabras que se les dirijan aunque estas también son necesarias. De modo especial hay que saber ayudar a los hijos a enfrentar la aparición de la masturbación, pues es un desorden en el comportamiento sexual que, además de su gravedad moral, conlleva y expresa la afirmación de una visión egoísta de la sexualidad. El esfuerzo paterno por enseñar a los hijos a ver siempre la sexualidad en clave de amor y el delicado consejo para que se acerquen al sacramento de la reconciliación y de la eucaristía, serán apoyos de un valor inestimable en este momento de la vida.

 

  • El paso de los años y el afirmarse de la personalidad de los hijos, no excluye el que los padres abandonen su acompañamiento de los mismos. Es obvio que los padres deberán saber evolucionar en su trato con sus hijos hacia un clima de responsabilidad y respeto, pero no por ello dejan de ser un luminoso punto de referencia en la maduración de su amor y su sexualidad. De modo especial se deberá ayudar a discernir a los hijos en el período del noviazgo. Y quizá, por las particulares condiciones de nuestra cultura, es muy válida la recomendación del Pontificio Consejo para la Familia: "Se deberá evitar la difusa mentalidad según la cual deben hacerse a las hijas todas las recomendaciones en tema de virtud y sobre el valor de la virginidad, mientras no sería necesario a los hijos, como si para ellos todo fuera lícito"[17].

 

c) La tarea de distinguir entre el bien y el mal

 

  • No se puede dejar pasar un elemento en el que los padres son particularmente responsables: se trata de la formación de la conciencia de los hijos. Si esto es importante en todos los temas, campo de la educación de la sexualidad. La conciencia es el santuario donde el ser humano descubre el bien y el mal y donde surge la determinación ética fundamental: Tengo que hacer el bien y evitar el mal.

 

  • Sin embargo, la conciencia no puede ser abandonada a sí misma, sino que requiere la ayuda de principios que rijan su juicio. Es en este punto donde la educación que imparte la familia se hace muy necesaria. Es cierto que la formación de la conciencia se hace inicialmente en los hijos por una simple imitación, pero la evolución progresiva del niño en joven y en adulto requiere también una progresiva maduración en la asimilación de los motivos que conducen a un determinado juicio de conciencia.

 

  • Por ello, corresponde a los padres ir otorgando a los hijos de modo paulatino los argumentos que conducen a una sexualidad humana vivida con rectitud. No es justo abandonar la formación de la conciencia en el campo de la sexualidad y del amor humano cuando se tiene la preocupación par la formación en otras áreas del saber humano. Los hijos tienen derecho a que sus padres les ayuden en la formación de la conciencia para que a su tiempo puedan discernir el bien del mal en su vida.

 

  • Para ello, los padres deberían preocuparse por ser los primeros en conocer los criterios morales que rigen el comportamiento de la sexualidad. Un conocimiento que deberán obtener no sólo de las opiniones de moda o de los criterios que el ambiente considera justificados, sino que, en la medida de lo posible, deberán iluminar su conciencia y la de sus hijos con la doctrina de Cristo, de modo especial a través del conocimiento de la Sagrada Escritura y a través de la enseñanza del Magisterio auténtico de la Iglesia. Cabe en este sentido citar la afirmación del Concilio Vaticano II sobre la importancia de la fidelidad al Magisterio de la Iglesia: "La índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos,... No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina, reprueba"[18].

 

  • Nunca tengan los padres de familia miedo de que sus hijos vayan a considerarlos menos por el hecho de que mantengan con rectitud los criterios de la Iglesia Católica. Al contrario, si hay algo que un hijo aprecia en sus padres, es, más que la condescendencia cobarde, la coherencia con los propios principios.

 

 

 

 

6.CONCLUSIÓN

 

Al llegar al final de esta carta con motivo de la Semana Arquidiocesana de la Familia, no me es posible omitir una exhortación a todos los católicos para que asuman de modo responsable su tarea en la educación de sus hijos en la sexualidad. Deben saber que no se encuentran solos en esta tarea. Junto a ellos de modo muy particular se encuentran los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como los seglares especialmente comprometidos en la Arquidiócesis de México para ayudarles en esta tarea. Ellos, con su fidelidad al Magisterio de la Iglesia, con su conocimiento del corazón y de la psicología humana y con su cercanía a los casos más difíciles, sabrán ser buenos pastores que en medio de cañadas oscuras lleven a las familias a ellos encomendadas hacia una recta comprensión de la sexualidad y del amor humano. Sus consejos, su apoyo y en ocasiones el ofrecimiento del perdón por medio del sacramento de la reconciliación, serán una fuente de luz y de consuelo.

 

También es oportuno dirigirse en este momento a todos los medios de comunicación social para pedirles que sean vehículo de valores para ayudar a las familias en su difícil tarea educadora, de modo que los programas que se transmitan colaboren a presentar una imagen adecuada del amor humano y en especial de la sexualidad. Les invito a que piensen en sus propios hijos, a que procuren para ellos y para los hijos de quienes les rodean un ambiente más humano.

 

Finalmente, quisiera dirigirme de nuevo a los padres y madres de familia para invitarles a que asuman un papel protagonista en la educación de sus hijos. Ellos han recibido de Uds. el don de la vida, un don que no es para sentirse solos ante los retos de la comprensión de sí mismos y de su sexualidad, sino para verse acompañados por aquellos que por amor colaboraron con Dios en darles la existencia. Ojalá que todos sepan tomar en sus manos esta hermosa tarea. Si el Señor premió abundantemente al siervo que supo hacer producir los talentos que se le habían confiado, cómo no recompensara a los padres que supieron enseñar el amor verdadero a sus hijos.

 

A todo esto les invito acompañados par la tierna mirada de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre Nuestra, la que trajo a esta bendita tierra de México, como Estrella de la Evangelización, el conocimiento del amor verdadero, Nuestro Señor Jesucristo, Su Hijo, que amó con corazón esponsal a la Iglesia hasta dar su sangre por ella. Que Él sea la roca del amor esponsal de cada uno de Uds. y de cada uno de sus hijos.

 

Su hermano y servidor que les bendice.

 

+Norberto Rivera Carrera

Arzobispado Primado de México

 

Curia del Arzobispado de México

México, D. F., a 10 de diciembre de 1996.

 

 

CITAS

 

1 Cf. Mt 7, 21

2 Gen 1, 28

3 Gen 1, 27

4 Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, n. 47

5 Cf. Mt 19, 1-9

6 Cf. Juan Pablo II. Audiencia General, enero 16 1980

7 Congregación para la Educación Católica, Orientaciones Educativas sobre el amor humano, noviembre 1 de 1983

8 Juan Pablo II, Carta a las familias "Gratissimam sane", n. 13

9 Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, Orientaciones educativas para la familia. n. 3

10 Ib.

11 Carta de los Derechos de la Familia presentada por la Santa Sede, 22 de octubre de 1983, art. 5 y Cf. Gravissimum educationis, n. 3

12 Familiaris Consortio, n. 36

13 Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, n. 44

14 Ibíd. N. 59

15 Ibíd. N. 83

16 Ibíd. N. 93

17 Ibíd. N. 111

18 Constitución Gaudium et Spes, n 52. Aunque el texto se refiere directamente a la regulación de la natalidad el contexto permite su aplicación a la educación de la sexualidad