CARTAS PASTORALES

 

 

 

 

Norberto Cardenal Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

 

Carta Pastoral

 

INSTRUCCIÓN PASTORAL SOBRE LA EDUCACIÓN EN LAS ESCUELAS Y UNIVERSIDADES CATÓLICAS

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

INTRODUCCIÓN

I. OBSTÁCULOS Y ESPERANZAS EN LA EDUCACIÓN

 

A. FACTORES QUE HACEN ARDUA LA LABOR EDUCATIVA

a. La secularización

b. Las corrientes y doctrinas pedagógicas

c. El liberalismo moral

d. El psicologismo

e. El sociologismo

f. Uso inadecuado de los medios de comunicación

En suma...

B. FACTORES QUE FAVORECEN LA LABOR EDUCATIVA

a. Reputación de la educación católica

b. Mayor número de recursos

c. Ocupar puestos claves

d. La búsqueda de nuevos valores

Resumiendo...

II. FUNDAMENTO HISTÓRICO-DOCTRINAL DE LA EDUCACIÓN

 

III. IDENTIDAD Y MISIÓN DE LA ESCUELA CATÓLICA

 

A. Información, educación y cultura

B. Lo que identifica a la Escuela Católica

 

a. Visión cristiana de la vida

b. Formación integral a imagen de Cristo

 

C. La Escuela Católica al servicio de la comunión

D. Proyecto educativo como misión de la Escuela Católica

 

IV. IDENTIDAD Y MISIÓN DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA

 

A. Lo que identifica a la Universidad Católica

B. La Universidad Católica al servicio de la comunión de la Iglesia

C. La Universidad Católica al servicio de la misión de la Iglesia

 

a. El diálogo entre fe y cultura

b. La referencia a la dimensión Trascendente

c. La dimensión ética del progreso científico y técnico

d. La atención a la formación integral del estudiante

e. Servicio a la comunidad de México

 

V. AGENTES DE LA EDUCACIÓN

 

a. El Espíritu Santo

b. El Obispo

c. Los padres de familia

d. El educando

e. El educador

 

VI. HOMOGENEIDAD DE LA ENSEÑANZA RELIGIOSA

EXHORTACIÓN FINAL

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

1. El Santo Padre Juan Pablo II nos ha pedido a todos los católicos del mundo entero centrar nuestra atención, en este año 1997, en la figura de Jesucristo; petición que hemos recibido por medio de su Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente y que quisiéramos seguir a través de diversas iniciativas. Considerando que Jesucristo es el "verdadero educador de los hombres" como nos lo dice la Catechesi Tradendae(1), quisiera ofrecer un homenaje a la segunda persona de la Trinidad, proponiendo a los habitantes de la Arquidiócesis de México algunas reflexiones acerca de la educación cristiana.

 

Espero que estas consideraciones que aquí les ofrezco, fundadas en la enseñanza del Concilio Vaticano II, en los documentos del Magisterio sobre el tema, y en las palabras del Santo Padre, permitan a las escuelas y universidades católicas, cumplir su insustituible misión en el nuevo Adviento de gracia que se abre con el próximo milenio.

 

 

 

 

I. OBSTÁCULOS Y ESPERANZAS EN LA EDUCACIÓN

 

2. La Iglesia siempre ha visto en la educación uno de los campos más importantes de su acción apostólica. Sabe que el fin de esta labor educativa debe centrarse principalmente en la formación humana, cristiana y apostólica de los individuos; meta por la cual la Iglesia se esfuerza proponiendo el camino y los medios que son indispensables para la consecución de este anhelado desenlace de la vida personal y social. Como una buena madre que sabe lo que le conviene a sus hijos. La Iglesia, sin embargo, no quiere ocultar las sombras que podrían impedir esta obra educativa. A su vez, anima a quienes se dedican a esta importante labor, aleccionándolos sabiamente acerca de los signos de esperanza que también asoman en el entorno humano. Por eso deseo poner a su consideración, en este momento, algunas "luces y sombras" que influyen enérgicamente en dicha misión.

 

A. FACTORES QUE HACEN ARDUA LA LABOR EDUCATIVA

 

3. Ciertamente es preciso reconocer que la tarea de las instituciones de orientación católica se presenta en nuestra ciudad más ardua hoy en día, debido a una serie de factores que tienden a difuminar la identidad específica de estas instituciones y generan dudas sobre su validez actual. Entre dichos factores me parece necesario destacar los siguientes:

 

a. La secularización

 

4. Este factor tiende a penetrar todos los sectores de la vida humana, con su afán de absolutizar y hacer autónomas las realidades terrenas. Proceso que no se limita a afirmar lo humano, sino que frecuentemente degenera en un secularismo con la pretensión de marginar a Dios del ámbito social, conduciendo gradualmente a la indiferencia religiosa, al materialismo y al ateísmo práctico. ¡Cuántos jóvenes en México viven hoy su vida sin contacto alguno con la Iglesia! ¡Cuántas familias viven en una cómoda indiferencia religiosa! Una sociedad así, en la que Dios es el gran Ausente, incapacita al hombre para construir un mundo auténticamente humano.

 

b. Las corrientes y doctrinas pedagógicas

 

5. Existe también una crisis de valores en algunos proyectos educativos, debido a la influencia y al nexo existente entre los postulados de diversas corrientes y teorías pedagógicas y a los resultados que de ellas se derivan en términos de formación de las personas. Algunas manifestaciones indicativas de este fenómeno son la tendencia en ellas a privilegiar o absolutizar los métodos y las técnicas pedagógicas, perdiendo de vista los valores y el fin de formación cristiana que es su razón misma de ser. Es preciso, pues, señalar el peligro de determinadas tendencias pedagógicas que han ido invadiendo las ciencias de la educación, para poder discernir los proyectos educativos contrarios al humanismo cristiano. De aquí se derivan tres factores que afectan objetivamente a esta tarea formativa: el liberalismo moral, el psicologismo y el sociologismo.

 

c. El liberalismo moral

 

6. Este factor, con su presunción de neutralidad de los valores, niega la validez de una opción moral sobre otra, y en definitiva rechaza, en nombre de un falso sentido del respeto ajeno, la validez de una verdad humana objetiva. En este sistema se busca ante todo desarrollar el sentimiento del respeto a los valores ajenos, lo cual es muy positivo(2), pero se olvida la promoción y búsqueda de la verdad moral objetiva y la educación a la ascesis que ella comporta.

 

d. El psicologismo

 

7. Esta corriente, que identifica y reduce el valor moral a los sentimientos, considera que la madurez humana estriba en la libre expresión de ellos mismos. En este sistema se busca desarrollar la sensibilidad moral autónoma, prescindiendo de toda referencia a una "autoridad". Ciertamente esa sensibilización tiene rasgos positivos, pero de nuevo se prescinde de cualquier referencia a verdades morales y religiosas objetivas, y se despoja de contenido la opción moral, como si fuera igualmente buena cualquier opción aceptada "en conciencia".

 

e. El sociologismo

 

8. El sociologismo reduce la moral a un producto de fuerzas sociales dominantes, por lo que se enfatiza la necesidad de una educación moral religiosa "liberadora" y el compromiso ante los problemas humanos y sociales. Este enfoque tiene como efecto claro la masificación del educando, reduciendo el trato educativo a una despersonalización. La sana educación cristiana debe, más bien, ayudar a comprender que en definitiva la opción moral es algo personal y que todas las situaciones injustas, los pecados, incluidos los pecados sociales, tienen en su origen una opción libre y personal. Por lo tanto la escuela católica debe educar en el compromiso personal y la opción por Cristo.

 

f. Uso inadecuado de los medios de comunicación

 

9. Este uso determina que los jóvenes estén en contacto con los "mass media" desde los primeros años de su vida y reciban informaciones muy diversas, sin estar capacitados para discernirlas. Se les informa precozmente de todo, cuando no tienen todavía, o no siempre, la capacidad crítica para distinguir lo que es verdadero y bueno de lo que no lo es, ni siempre disponen de puntos de referencia religiosa y moral, para asumir una postura independiente y recta frente a las mentalidades y a las costumbres dominantes. Este pluralismo cultural imperante en la sociedad actual, aunque en sí mismo no es negativo, "invita a la Iglesia a reforzar su empeño educativo para formar personalidades fuertes, capaces de resistir al relativismo debilitante, y de vivir coherentemente las exigencias del propio bautismo... frente a otros elementos característicos de la cultura contemporánea"(3) como el materialismo, el pragmatismo y el hedonismo.

 

En suma...

 

10. Todo esto ha propiciado que para un buen número de jóvenes la permanencia en la Escuela Católica influya poco en su vida religiosa, no percibiendo, por ejemplo, la importancia fundamental de algunas experiencias cristianas como la oración, la participación en la Santa Misa y la recepción de los sacramentos, o adoptando alguna forma de rechazo, sobre todo respecto a la religión de la Iglesia, llegando incluso al abandono de la fe.

 

¡Cómo no percibir estos factores del ambiente actual y su temible influjo sobre las mentalidades individuales y las instituciones! Ellos también presionan inevitablemente sobre la educación católica, hasta el punto que no todas las instituciones educativas que se dicen católicas, "responden plenamente al proyecto educativo que debería distinguirlas y, por lo tanto, no cumplen con las funciones que la Iglesia y la sociedad tendrían derecho a esperar de ellas"(4). En ocasiones se limitan estos valores a una dimensión horizontalista, de compromiso meramente humanitario, o bien, se reduce la educación a un adiestramiento para una profesión, considerando un utilitarista progreso personal exclusivo. En fin, como fruto de la crisis actual del concepto de autoridad, se percibe un debilitamiento del sentido de responsabilidad y del compromiso de los educadores con los valores cristianos, ante el temor de ser acusados de querer imponer algo a los alumnos y violar su libertad.

 

 

 

B. FACTORES QUE FAVORECEN LA LABOR EDUCATIVA

 

11. Como contrapeso a los aspectos que hacían ardua la educación en nuestro México, podemos considerar ahora todos aquellos factores positivos que se alcanzan a vislumbrar en el horizonte educativo. No podemos cerrarnos en un "negativismo" cuando la misma Iglesia, actualmente, está intentando hacernos conscientes del cambio tanto a nivel espiritual como comunitario en el entorno formativo, ponderando, curiosamente, algunos de los factores anteriormente mencionados que, dependiendo de la utilidad que se les dé, pueden también favorecer la labor educativa: "Los hombres, mucho más conscientes de su propia dignidad y deber, desean participar cada vez más activamente en la vida social, y sobre todo en la económica y la política; los maravillosos progresos de la técnica y de la investigación científica, los nuevos medios de comunicación social, ofrecen a los hombres... la oportunidad de acercarse con mayor facilidad al patrimonio de la inteligencia y de la cultura del espíritu y de ayudarse mutuamente con una comunicación más estrecha de los grupos sociales y de los mismos pueblos"(5). Nuestra generación está despertando a nuevos valores entre los que se incluyen una educación más consciente y una confianza más profunda en orden al futuro.

 

a. Reputación de la educación católica

 

12. No hay duda de que la educación católica goza por lo general de una óptima reputación, ya sea por la seriedad de sus estudios, ya sea por la calidad de sus enseñantes, ya sea por el ambiente que en ella se respira. Tal estado de cosas no debe, sin embargo, eximirnos de un serio examen de conciencia, dado que muchas familias escogen las instituciones católicas por su calidad pedagógica, pero sin comprender la verdadera identidad de nuestras escuelas y universidades.

De igual modo, falta muchas veces a los católicos que en ellas trabajan una clara conciencia de la "misión" de estas instituciones de educación en cuanto católicas. Sin embargo, ya es significativo que por el prestigio del que gozan las escuelas y universidades católicas muchos padres de familia no quieran confiar sino a ellas la formación de sus hijos.

 

b. Mayor número de recursos

 

13. La educación católica, cuenta ahora con un mayor número de recursos para la formación de los alumnos. "Los métodos educativos y docentes se van perfeccionando con nuevas experiencias"(6). ¿Cuántas de nuestras escuelas y universidades católicas se podrían quejar de no tener el material didáctico necesario para el alumnado? Son grandes los esfuerzos en nuestras entidades educativas para ofrecer lo mejor pedagógicamente cualificado para que el aprovechamiento estudiantil esté a la altura de lo que exige nuestro tiempo. Y no sólo hay que referirse a los recursos propiamente técnicos sino incluso humanos. Los estudiantes ya no se conforman tan fácilmente con una preparación mediocre de sus profesores; exigen que se les dé no sólo cantidad de conocimientos sino, sobre todo, calidad de materia y de trato. Hay, por tanto, un mayor esfuerzo en los educadores por cultivarse más y mejor, para no defraudar las expectativas de aquellos a los que tienen la obligación de formar lo mejor posible.

 

c. Ocupar puestos claves

 

14. Ante la situación que vive nuestro país, los jóvenes son cada vez más conscientes de la importancia que tiene el prepararse auténticamente para poder ocupar, en un futuro no muy lejano, los puestos claves de la sociedad. Hoy algunos estudiantes aceptan, con un corazón abierto, los procesos educativos, pensando poder prestar un mejor servicio al cuerpo social mexicano. Hay que afirmar que la crisis actual es sobre todo una crisis de formación; se requieren personas que desde sus puestos de trabajo puedan orientar las realidades temporales según Dios, porque han recibido una educación que puede afrontar las dificultades más sombrías de nuestra realidad arquidiocesana. ¡México necesita jóvenes bien formados capaces de responder a la crisis de valores que vivimos al presente! La sed de esta formación ya está en germen en el interior de muchos escolares y universitarios, y esto es un factor positivo que alienta firmemente la esperanza de todos.

 

d. La búsqueda de nuevos valores

 

15. Nuestra generación ha probado los frutos amargos de la vanidad, del vacío espiritual, de las falsas novedades, de las ideologías ateas y de ciertos misticismos deletéreos(7), con una repercusión profunda en el ser y el hacer de su vida: ¡sólo ha quedado el vacío! ¡todo era superficial! Además de que la educación ofrece nuevos recursos para la mejor atención del educando en nuestros días, el joven que se forma ya "va de regreso" - al estilo del hijo pródigo- en la búsqueda de nuevos valores que pueda encarnar; valores que dejen su corazón más profundamente satisfecho de haber encontrado lo que buscaba. Cuántos jóvenes en nuestros días, al no sentirse satisfechos de sus experiencias, se preguntan acerca de aquellos valores permanentes que fundamenten su futuro y que los puedan conducir a un liderazgo verdaderamente cristiano. Esta actitud de la juventud podría ser un punto de referencia que marque la pauta para un plan educativo en la vida del estudiante contemporáneo.

 

Resumiendo...

 

16. Todos estos son motivos de esperanza que nos deben impulsar a preparar una sociedad más humana. Es a partir de estas inquietudes y certezas como se puede propiciar en el educando una formación de la conciencia, para que aprenda a discernir la verdad del error, el bien del mal. Educar no será, ciertamente, reducir la enseñanza a un conjunto de métodos o técnicas pedagógicas y realizarlas en los que se presten. Implica, sobre todo, enseñar a pensar, ayudar a dilatar el sentido de Dios en la propia existencia a través de la oración, ofrecer una amistad sencilla pero total al educando y formarlo en el sentido del esfuerzo que conlleva grandes satisfacciones en cualquier opción vocacional que se elija. Si es así, el sujeto de la educación sabrá afrontar las dificultades de la duda, del cansancio, del sufrimiento moral y físico y, sobre todo, del propio egoísmo, saliendo victorioso en la lucha contra sí mismo y contra el ambiente.

 

 

 

II. FUNDAMENTO HISTÓRICO-DOCTRINAL DE LA EDUCACIÓN

 

17. Dios Padre, en su infinita misericordia, por amor al hombre, envió a su Hijo al mundo: "Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley..." (Gal 4).

La misión del Hijo de Dios hecho hombre, es reconducir todo hacia el Padre, recapitulándolo en su persona y llevándolo de esta manera a su plenitud. En esta misión cristológica, se funda todo esfuerzo educativo(8). En efecto, la formación consiste, en último término, en dirigir a todos hacia Dios, secundando, de algún modo, el "esfuerzo" trinitario de salvación y santificación.

 

18. En este designio divino, Cristo se manifiesta como el educador por excelencia. Él supera, en todo, a aquellos "maestros" de Israel, "merced a la unión única existente entre lo que Él dice, hace y lo que es"(9). Jesús unió en torno a sí a un "pequeño rebaño" de discípulos y los fue educando a través de su ejemplo, de su palabra y de su oración. En el roce amoroso con Él, sus apóstoles se fueron formando para la Iglesia; la experiencia tenida a su lado les enseñó a reconocerlo como "camino, verdad y vida" (cf. Jn 14, 6). ¡Qué amados se sentirían cada uno al ser llamados y consagrados para su obra! ¡Qué experiencia formativa más enriquecedora la de Pedro, Santiago y Juan en el monte Tabor, en el lugar de la multiplicación de los panes, en la última cena, en el momento de la cruz, en la ascensión!(10)

 

19. Jesús, sin embargo, no se limitaba a este grupo más pequeño, aunque de hecho les haya dedicado sus mejores lecciones: "todos los días se sentaba en el Templo a enseñar" (Mt 26, 55). "Se fueron reuniendo junto con Él las multitudes y de nuevo, según su costumbre, les enseñaba" (Mc 10, 1). En el lugar de las bienaventuranzas Jesús viendo a la muchedumbre, "subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba" (Mt 5, 1). Él era el maestro en torno al cual los discípulos aprendían a conocerse a sí mismos, a conocer a Dios, a vivir el misterio de la comunión eclesial y a ser don de sí para los otros.

 

20. Esta pedagogía divina, manifestada en el Hijo de Dios ha ido sucediéndose a lo largo de los tiempos. En efecto, como el Hijo fue enviado por el Padre, así también Él envió a los Apóstoles diciendo: "Id pues y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado" (Mt 28, 19). La Iglesia ha recibido de los Apóstoles este solemne mandato de Cristo, y por eso la misión fundamental de la Iglesia - nuestra misión- es anunciar el Evangelio, es decir, proclamar a todos los hombres el gozoso anuncio de la salvación, haciendo nuevos hijos de Dios por el bautismo y educándolos para que vivan conscientemente a imagen de Cristo. De este modo, para cumplir el mandato recibido de su divino Fundador, la Iglesia se constituye en verdadera Madre y Maestra del género humano.

 

21. Ejemplos palpables de la unión entre evangelización y actividad educativa de la Iglesia se encuentran de modo especial en nuestra historia nacional mexicana. Uno de los primeros misioneros, fray Pedro de Gante, escribía: "Mi oficio es el de predicar y enseñar día y noche. Durante el día enseño a leer, a escribir y a cantar; en la noche, la doctrina cristiana y los sermones". Y, como recuerda el Santo Padre Juan Pablo II: "Al lado de cada iglesia surgía, como preocupación prioritaria, una escuela para formar niños"(11). De esta forma la Iglesia ha realizado una notable obra de promoción cultural que se encuentra en la raíz misma del nacimiento de México, a través de la insigne tarea de fray Bernardino de Sahagún, Tata Vasco de Quiroga, fray Diego de Valadés, fray Diego de Landa, fray Juan de Zumárraga, fray Alonso de Molina y tantos otros gracias a los cuales la evangelización comportó también una empresa intelectual y humanista de enorme envergadura(12). Fruto de esta labor cultural es la Real y Pontificia Universidad de México fundada en 1551, primera en el continente junto a la de Lima, y cuya calidad no andaba a la zaga de las más grandes universidades europeas de la época. De este modo podemos afirmar que toda nuestra cultura está empapada de cristianismo, en el arte, la literatura y la poesía. La historia de la educación en México no comienza a fines del siglo pasado, es una historia que data de épocas muy anteriores y es, estamos convencidos, una epopeya de profundas raíces cristianas.

 

22. En el conjunto de la misión salvífica de la Iglesia la educación reviste una importancia fundamental, dado que en una "verdadera educación se propone la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de las sociedades, de las que el hombre es miembro"(13). Por eso el empeño educativo ha acompañado la labor evangelizadora de la Iglesia a lo largo de toda su historia. Cuando nos disponemos a celebrar el Tercer Milenio de la Redención, es para nosotros un reto confirmar y renovar esta acción educadora de la Iglesia en México, siguiendo el ejemplo estupendo de cuantos nos han precedido, empeñándonos en una renovación de la evangelización y de sus implicaciones en la educación cristiana.

 

 

 

III. IDENTIDAD Y MISIÓN DE LA ESCUELA CATÓLICA

 

A. Información, educación y cultura

 

23. Solamente podremos calar a fondo en el significado de la "identidad" y "misión" de la Escuela Católica, si, por una parte, tenemos muy clara la distinción entre información y educación y, por otra, entendemos bien el significado del concepto de "cultura". Ambas aclaraciones nos ayudarán a penetrar auténticamente el ser y el quehacer de la Escuela Católica.

 

24. Efectivamente, el dar al discípulo sólo un conjunto de conocimientos doctrinales, por más indiscutibles que ellos sean, no significa que ya se le esté educando; en todo caso habrá recibido una información de un conjunto de verdades que podrían incidir en su vida, pero que no se verifican en él debido a la carencia de otras circunstancias necesarias para que la información se integre en su persona y así se confirme como educación: "Demasiado fácilmente se olvida esto cuando se da excesivo peso a la simple información en detrimento de las otras dimensiones de la educación"(14). La pedagogía contemporánea de orientación cristiana intenta considerar a la persona en toda su complejidad, pensando que ella es el principal sujeto de la educación. A su alrededor, el educador debe crear un clima de confianza, ayudándole a desarrollar sus capacidades para el bien, y, aunque en la educación sea importante el conocimiento de nuevas nociones, se ha de ayudar al educando en la asimilación de aquellos valores que corresponden a esa doctrina y en la toma de conciencia de aquellas responsabilidades personales que se relacionan con la edad adulta(15).

 

25. En cuanto a la noción de cultura, muchas veces se ha pensado que es "ese conjunto de conocimientos que quedan a la persona después de haber superado algunas etapas de formación". Es una reducción del concepto según la aportación de Concilio Vaticano II. En la Gaudium et spes se nos dice que cultura es: "todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales"(16); después el Concilio describe o desglosa esta simple definición de la siguiente manera: "procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano"(17). Los hombres no podemos situarnos casi fuera de ningún ámbito, según esta descripción, sin que ya estemos introducidos en la esfera cultural. Ella abarca, por tanto, también el plano religioso. Sin embargo, al pensar en la Escuela o Universidad Católica, me parece lícito hablar de cultura refiriéndome a algunas realidades escolares o universitarias, que parcializando la noción, no incluyen propiamente el plano religioso. Esto nos ayudará a entrar con mucha más facilidad en la identidad y misión de la escuela de inspiración católica.

 

B. Lo que identifica a la Escuela Católica

 

26. La enseñanza de la fe y de la moral es el elemento fundamental de la acción educadora, dirigido a orientar al alumno hacia una opción de vida consciente, y actuada con empeño y coherencia. ¿Merecería el nombre de católica una escuela que, aun destacando por el alto nivel de su enseñanza en las materias profanas, se le pudiera reprochar su negligencia o desviación en la educación propiamente religiosa? "El carácter propio y la razón profunda de la Escuela Católica, el motivo por el que los padres deberían preferirla, es precisamente la calidad de la enseñanza religiosa integrada en la educación de los alumnos"(18); una enseñanza que difiere fundamentalmente de cualquier otra, porque no se propone como fin una simple adhesión intelectual a la verdad religiosa, sino el entronque personal de todo el ser con la persona de Cristo.

 

27. Ante todo, la Escuela Católica es "escuela" y pretende, como todas las escuelas, la formación cultural y humana de la juventud. Pero, ¿qué es lo que califica a una escuela de "católica?" ¿cuál es su característica propia? "Lo que define a una escuela como católica, aquello que la especifica es su referencia a la concepción cristiana de la realidad. Jesucristo es el centro de tal concepción"(19) y por ello, en el proyecto educativo de la Escuela Católica, Cristo es el fundamento. Esto implica dos tareas fundamentales: la transmisión de una visión cristiana de la vida y la formación integral del joven a imagen de Cristo.

 

a. Visión cristiana de la vida

 

28. Si la Escuela Católica, como todas las demás escuelas, tiene como fin la formación integral de la persona mediante la comunicación crítica y sistemática de la cultura, persigue este fin dentro de una visión cristiana de la realidad. En la Escuela Católica la cultura humana sigue siendo cultura humana, transmitida con objetividad científica. Pero el profesor y el alumno creyentes exponen y reciben críticamente la cultura sin separarla de la fe. Esto hace que se cultiven todas las disciplinas con el debido respeto al método particular de cada una, pero al mismo tiempo en perspectiva cristiana. Lógicamente, esta síntesis entre fe y cultura implica refutar críticamente las deformaciones culturales contrarias al Evangelio.

 

Además, la Escuela Católica se esfuerza por superar la fragmentación del saber, exponiendo una visión unitaria del hombre caracterizada por la dimensión religiosa: el hombre, criatura caída necesitada de redención, posee sin embargo una dignidad superior a toda otra criatura porque es obra de Dios y ha sido elevado al orden sobrenatural como hijo suyo.

 

b. Formación integral a imagen de Cristo

 

29. Como he señalado, la Escuela Católica se integra en aquella otra realidad más amplia que es la educación cristiana, la cual no persigue solamente la madurez de la persona humana centrada en sí misma, sino que trata de promover un desarrollo gradual de todas las facultades del alumno en un proceso de maduración hacia un ideal que es la persona de Cristo. En esto se diferencia de toda otra escuela que se limita a formar al hombre, mientras que ella se propone formar al cristiano en las virtudes que lo configuran con Cristo, su modelo, y hacer conocer a los no bautizados, por su enseñanza y su testimonio, el misterio de Cristo(20).

 

El planteamiento cristológico de la educación cristiana "tiene la ventaja de facilitar el amor de los jóvenes centrado en la persona de Jesús -pues ellos aman a una persona, difícilmente aman una teoría- y este amor a Cristo se transfiere a su mensaje"(21) y lleva así a la coherencia entre la fe y la vida.

 

30. Aunque a menudo se identifica "escuela" con "enseñanza", en realidad, dado que los alumnos emplean la mayor parte de su tiempo en la vida y el trabajo escolares, la docencia termina constituyendo sólo una parte de la vida escolar, cuya complejidad incluye una gran variedad de actividades, en todas las cuales se da la posibilidad de este encuentro entre fe y vida, en todas ellas se verifica el principio de que ningún acto humano es moralmente indiferente ante la propia conciencia y ante Dios. De ahí que el estudiante católico acoja el trabajo escolar como deber y lo desarrolle con espíritu de responsabilidad; de ahí el ánimo y perseverancia en los momentos difíciles, el respeto al profesor, la lealtad y caridad con los compañeros, etc.

 

31. No se trata sólo del progreso educativo humano, sino verdadero itinerario cristiano hacia la santidad. Otros estudiantes que no tienen esta dimensión religiosa en su formación se exponen a vivir superficialmente los años más hermosos de su juventud. El alumno cristiano sabe que cumple la voluntad de Dios en el trabajo, y que sigue el ejemplo de Cristo, quien ocupó su juventud en el trabajo y creció "en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52). De este modo la Escuela Católica entra de lleno en la misión salvífica de la Iglesia porque el proyecto educativo de la Escuela Católica se define precisamente por su referencia explícita al Evangelio de Jesucristo, con el intento de arraigarlo en la conciencia y en la vida de los jóvenes.

 

C. La Escuela Católica al servicio de la comunión

 

32. Plenamente convencido de que la Escuela Católica cumple una tarea eclesial insustituible y urgente, renuevo por ello una calurosa y cordial llamada de aliento a cuantos trabajan en ella: no pueden dudar de la importancia apostólica que tiene la enseñanza, dentro del conjunto de múltiples servicios en los cuales se articula la única e idéntica misión salvífica de la Iglesia. Precisamente por su función eclesial, "la Escuela Católica se sitúa en la Iglesia como en su manantial"(22) y reconoce en el Papa el centro y el signo visible de la unidad de toda la comunidad cristiana. El amor y la fidelidad a la Iglesia que animan a la Escuela Católica, se manifiestan de un modo especial en los educadores, abiertos a los problemas de la Iglesia, atentos siempre al Magisterio y dispuestos a la colaboración.

 

33. Un vínculo de comunión especial se verifica con la Iglesia local, dado que la escuela no desempeña su papel de un modo solitario sino inmersa en la diócesis, por eso ha podido afirmar el Santo Padre: "la Escuela Católica no es un hecho marginal o secundario en la misión pastoral del Obispo"(23). Se puede decir que la Escuela Católica, en cuanto institución apostólica, recibe un "mandato" de la jerarquía y que cuantos trabajan en ella son enviados a colaborar más inmediatamente con aquellos que el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios en cada lugar. La enseñanza católica se da, pues, en un ambiente de colaboración entre la jerarquía y quienes realizan este apostolado; colaboración, por otra parte, necesaria para la planeación de la pastoral de conjunto.

 

Ciertamente los pastores respetan en particular las competencias profesionales propias de la enseñanza y de la educación, así como el peculiar carisma de cada institución, pero "en caso de dificultad o de conflicto que ataña al auténtico carácter cristiano de la Escuela Católica, la autoridad jerárquica puede y debe intervenir"(24), pues es misión suya velar por la rectitud de la enseñanza y la observancia de la moral cristiana en la Escuela Católica.

 

D. Proyecto educativo como misión de la Escuela Católica

 

34. "Desde el primer día de su ingreso en la Escuela Católica, el alumno debe recibir la impresión de encontrarse en un ambiente iluminado por la fe... animado del espíritu evangélico de caridad y libertad... que debe manifestarse en un estilo cristiano de pensamiento y de vida que impregne todos los elementos del ambiente educativo"(25). La presencia de la imagen del Crucificado, el emplazamiento de la capilla como lugar familiar e íntimo y donde se tiene con especial cuidado y veneración la Santísima Eucaristía, privilegia y distingue a una escuela católica de las demás.

 

35. Esta escuela no se limita a impartir lecciones, sino que desarrolla un proyecto educativo iluminado por el mensaje evangélico. Podríamos tener escuelas irreprochables en el aspecto didáctico, pero que son defectuosas en su testimonio y en la exposición clara de los auténticos valores. En estos casos es evidente, desde el punto de vista pedagógico-pastoral, la necesidad de revisar no sólo la metodología y los contenidos educativos religiosos, sino también el proyecto global en el que se desarrolla todo el proceso educativo.

 

En la creación de un verdadero ambiente educativo evangélico reviste una importancia fundamental la comunidad educativa, porque la fe se asimila, sobre todo, a través del contacto con personas que viven coherentemente cada día: la fe cristiana nace y crece en el seno de una comunidad. La dimensión comunitaria de la Escuela Católica viene, pues, exigida no sólo por la naturaleza del hombre y del proceso educativo, sino por la naturaleza misma de la fe.

 

36. Es evidente que un proyecto educativo basado en una concepción que compromete profundamente a la persona, exige ser realizado con la libre adhesión de todos aquellos que toman parte en él: no puede ser impuesto, se ofrece como una posibilidad, como una buena nueva y, como tal, puede ser rechazado. Sin embargo, para realizarlo con toda fidelidad, la escuela debe poder contar con la unidad de intención y de convicción de todos sus miembros. La colaboración responsable para llevar a cabo el común proyecto educativo, de acuerdo con funciones y responsabilidades de cada uno, es considerada como un deber de conciencia por todos los miembros de la comunidad: maestros, padres de familia, alumnos y personal administrativo(26).

 

37. Es preciso un esfuerzo decidido para superar las situaciones negativas del ambiente, tales como: atención preferentemente centrada en los éxitos académicos; distanciamiento entre educadores y alumnos; antagonismos entre los mismos educadores; tensiones con las familias; aislamiento respecto a la comunidad eclesial; desinterés por los problemas de la sociedad; enseñanza religiosa rutinaria, etc. Si se diesen alguno o varios de estos síntomas, la dimensión religiosa de la educación y la síntesis entre fe y vida, como misión de la Escuela Católica, se verían seriamente comprometidas. La misma enseñanza religiosa sonaría quizá como palabra vacía en un ambiente empobrecido que no sabe manifestar un testimonio y un clima verdaderamente cristianos.

 

 

 

IV. IDENTIDAD Y MISIÓN DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA

 

A. Lo que identifica a la Universidad Católica

 

38. Toda universidad tiene como objetivo la investigación, la enseñanza de la verdad y el servicio a la sociedad, pero junto a ellas, una Universidad Católica, por compromiso institucional, aporta también la inspiración y la luz del mensaje cristiano y la propuesta de hacer vida la fe tal como es presentada y querida por la Iglesia.

 

39. Una universidad es y se dice católica ante todo por su compromiso institucional católico. Esto significa que no basta que las personas que la dirigen sean católicas; ni tampoco que cuente con una facultad o departamento de teología católica, ni siquiera que proporcione un servicio pastoral a la comunidad universitaria. Es a la universidad, como institución que le corresponde ser católica y conformar con esta identidad todos los actos oficiales y todas sus actividades fundamentales: la investigación, la formación profesional, el diálogo con la cultura(27).

 

Este compromiso institucional abarca a todos y a cada uno de los que tienen responsabilidades en la universidad: profesores, estudiantes, personal administrativo. Ciertamente es una realidad perfectamente legítima la presencia de profesores no católicos, ante los cuales hay que mostrar un gran respeto y espíritu de apertura. No obstante, se pide justamente que los no católicos respeten en su investigación y en su enseñanza el carácter católico de la institución donde trabajan, es decir la doctrina y la moral católicas.

 

40. La universidad es, en su mismo origen, una de las expresiones más significativas de la solicitud pastoral de la Iglesia y se vincula íntimamente con su misión de anunciar la fe, ya que la fe que la Iglesia anuncia en una fides quaerens intellectum, que impregna la inteligencia y el corazón del hombre; una fe que debe ser pensada para ser vivida. Por tanto, la presencia eclesial en la universidad no se limita a una intervención meramente cultural y científica, sino que busca integrar la vida con la fe, ofreciendo la posibilidad efectiva de un encuentro personal con Jesucristo.

 

41. No existe ninguna contraposición entre la finalidad específica de una universidad y la fidelidad de las universidades católicas a la misión evangelizadora de la Iglesia. Si el primer objetivo de toda universidad es la investigación de la verdad y su transmisión desinteresada a los jóvenes, la Universidad Católica, iluminada por la Verdad que procede de Cristo, goza de una mayor capacidad para la búsqueda desinteresada de tal verdad.

 

B. La Universidad Católica al servicio de la comunión de la Iglesia

 

42. Esta verdad sobre Dios y sobre el hombre, Cristo la ha confiado a la Iglesia, guiada por los Pastores legítimos, por eso toda Universidad Católica mantiene con la Iglesia y de un modo particular con el Romano Pontífice, una vinculación que es intrínseca a su identidad y de la que se deriva como consecuencia la fidelidad de la universidad al mensaje cristiano, y el reconocimiento y adhesión a la autoridad magisterial de la Iglesia en materia de fe y de moral.

 

43. Entre los inmensos campos de apostolado y de acción de que la Iglesia es responsable, el de la cultura universitaria si bien es uno de los más prometedores, es también uno de los más difíciles. En ocasiones la presencia de los católicos en la universidad es a la vez imponente por el número, pero de alcance relativamente modesto en cuanto a su significado y consecuencias reales; esto es debido al hecho de que demasiados profesores y estudiantes consideran su fe como un asunto estrictamente privado, o no perciben el impacto de su vida universitaria en su existencia cristiana. "Algunos, incluso sacerdotes o religiosos, llegan hasta abstenerse, en nombre de la autonomía universitaria, de testimoniar explícitamente su fe. Otros utilizan esa autonomía para propagar doctrinas contrarias a las enseñanzas de la Iglesia. Esto evidentemente reclama una toma de conciencia renovada con miras a un nuevo impulso pastoral"(28).

 

44. Por lo tanto, la Iglesia promueve la atención pastoral de los miembros de la comunidad universitaria y en particular el desarrollo espiritual de los que profesan la fe católica, buscando la integración de la formación humana y profesional con los valores religiosos a la luz de la doctrina católica. Esta atención pastoral forma parte integrante de la actividad y de la estructura misma de toda Universidad Católica.

 

45. Aunque la responsabilidad de mantener y fortalecer la identidad católica de la universidad - que va unida esencialmente al respeto a la doctrina católica- compete en primer lugar a la universidad misma, los Obispos tienen la particular responsabilidad de promoverlas, de seguirlas y asistirlas en el mantenimiento y fortalecimiento de su carácter católico(29). Esto se conseguirá más fácilmente estableciendo y manteniendo relaciones estrechas, personales y pastorales entre la universidad y las autoridades eclesiásticas, caracterizadas por la confianza recíproca, colaboración coherente y continuo diálogo. Aunque no entren directamente en el gobierno de las universidades, los Obispos "no han de ser considerados agentes externos, sino partícipes de la vida de la universidad católica"(30). De un modo especial, el Obispo diocesano es el primer responsable de la presencia y de la pastoral de la Iglesia en las universidades.

 

46. Gracias a la pastoral universitaria los estudiantes pueden prepararse a participar activamente en la vida de la Iglesia, adquieren la conciencia de la seriedad de su deber y sienten la alegría de poder ser el día de mañana "líderes" calificados y testigos de Cristo. Los profesores, por su parte, son ayudados para que sepan dar testimonio de su fe ante el mundo.

Testimonio que no consiste ciertamente en introducir temáticas confesionales en las disciplinas que enseñan, sino en abrir el horizonte a las inquietudes últimas y fundamentales, en coherencia doctrinal con su identidad católica, y ofreciendo a la comunidad un ejemplo de integridad moral y profesional sostenida por una sólida vida espiritual. Todo el personal que colabora en los diversos puestos y funciones es objeto de la atención pastoral, de modo que vivan su presencia en la universidad como una posibilidad de crecimiento personal y colaboración en la tarea evangelizadora de la Iglesia.

 

47. La capellanía universitaria, a nivel institucional, reviste una importancia particular en el ámbito del "campus" mismo, convirtiéndose en un medio único de comunicación con el mundo académico y brindando a la juventud estudiantil la posibilidad de aproximarse a una realidad de la Iglesia poco conocida y asimilar y vivir la fe. Mediante las actividades de animación de toma de conciencia, de encuentro y reflexión cristiana promovidas desde la capellanía, a través especialmente de la celebración litúrgica de los sacramentos, la pastoral universitaria puede crear dentro del ambiente universitario una comunidad cristiana que sabe encarnar la fe en sus actividades ordinarias, con momentos significativos para la reflexión y la oración, y que desemboca en un compromiso de fe misionera. La Universidad Católica respeta las iniciativas de reflexión y oración de los pertenecientes a otras iglesias y religiones con importante presencia universitaria.

 

48. Las diversas asociaciones o movimientos pueden ser de una grande ayuda para desarrollar los aspectos pastorales de la vida universitaria. Por esto debe promoverse la actuación de movimientos eclesiales dinámicos. La pastoral universitaria logra mejores resultados cuando se apoya en grupos o movimientos y asociaciones en completa armonía con los planes pastorales de la Arquidiócesis.

 

C. La Universidad Católica al servicio de la misión de la Iglesia

 

49. Las tareas prioritarias que la Universidad Católica debe cumplir son las siguientes:

 

  • Diálogo entre fe y cultura
  • Referencia a la dimensión Trascendente
  • Dimensión ética del progreso científico y técnico
  • Atención a la formación integral del estudiante
  • Servicio a la comunidad de México

 

a. El diálogo entre fe y cultura

 

50. Si es verdad que el Evangelio no puede ser identificado con la cultura, antes bien trasciende todas las culturas, también es cierto que "una fe que se colocara al margen de todo lo que es humano, y por lo tanto de todo lo que es cultura, sería una fe que no refleja la plenitud de lo que la Palabra de Dios manifiesta y revela, una fe decapitada, peor todavía, una fe en proceso de autoanulación"(31). Este diálogo de la Iglesia con la cultura se hace particularmente urgente en nuestro tiempo y es el sector vital en el que "se juega el destino de la Iglesia y del mundo en este final del siglo XX"(32).

 

51. Teniendo la Iglesia la misión de iluminar los valores y las expresiones culturales y llevarlos a su plenitud de sentido, su presencia en el ambiente universitario se inscribe en el proceso de inculturación de la fe como una exigencia de la evangelización. Como ha dicho el Papa: "una fe que no se hace cultura es una fe que no ha sido recibida plenamente, ni pensada enteramente, ni vivida fielmente"(33). En definitiva, la cultura universitaria constituye una realidad de importancia decisiva que la Iglesia no puede dejar de considerar en su misión de anunciar el Evangelio.

 

52. En su diálogo con la cultura moderna, la Universidad Católica se enfrenta a un doble peligro: para no quedar marginada respecto a las influencias culturales dominantes, se ve expuesta al riesgo de someterse pasivamente a ellas, pese a que no todos los aspectos son compatibles con su identidad cristiana. Por otra parte, la universidad se enfrenta a la tensión entre la asunción de un nuevo desarrollo de cualidades del hombre generado por la cultura moderna y la salvaguardia y promoción de nuestra cultura mexicana, surgida de la capacidad de inspiración y asimilación de las culturas tradicionales por obra de la evangelización, y cuya identidad debe defender, ayudándola a incorporar los valores modernos sin sacrificar el propio patrimonio que es una riqueza para México y para toda la familia humana. Este es el verdadero reto cultural que enfrentamos los católicos mexicanos hoy en día, por lo que no podemos rehuir el diálogo con la cultura moderna, ni renunciar tampoco a que nuestra fe se constituya en creadora de cultura(34).

 

b. La referencia a la dimensión Trascendente

 

53. Una característica de la cultura actual es su falta de referencia a lo trascendente. Como decía recientemente el Papa:

"Ya se trate de elecciones diarias o de orientaciones de la existencia, de ética o de estética, la referencia habitual pública, en particular la difundida por los medios de comunicación social, ya no está inspirada en la visión cristiana del hombre y del mundo. Como suele decirse, la religión se ha privatizado, la sociedad se ha secularizado y la cultura se ha vuelto laica"(35). En la carta apostólica Tertio Millennio Adveniente, el Papa habla de "la indiferencia religiosa" y de una "atmósfera de secularismo y relativismo ético". El efecto negativo que tal falta de visión trascendente determina sobre los valores propios de una cultura y de una sociedad son obvios, pues cuando los valores se organizan sin referencia a lo trascendente, pierden su propia consistencia, se relativizan y desaparece la visión unitaria del hombre.

 

54. La Universidad Católica tiene entre sus características esenciales esta referencia a lo trascendente. El Papa Pablo VI en la encíclica Populorum Progressio destacaba:

 

Un humanismo cerrado, impenetrable a los valores del espíritu y a Dios, que es la fuente de ellos, podría aparentemente triunfar. Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero "al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano" (De Lubac, El drama del humanismo ateo). No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto... Lejos de ser la norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo si no es trascendiéndose. Según la tan acertada expresión de Pascal: "El hombre trasciende infinitamente al hombre"(36).

 

c. La dimensión ética del progreso científico y técnico

 

55. Al faltar la visión trascendente, se atribuye actualmente la primacía a lo experimental, reduciéndose el interés al progreso científico y técnico. La Iglesia sin duda aplaude el progreso y los beneficios que éste ha aportado a la familia humana. Sin embargo, el progreso es ambivalente, es decir, que puede utilizarse para el bien o el mal. Tampoco constituye un fin en sí mismo, siendo necesario que en el ámbito de la Universidad Católica se proponga la cuestión de a dónde está llevando este progreso y qué limites exigen de él la moral y el bien común. Debe ponerse en evidencia cómo la moral es intrínseca al progreso y viene exigida por la ciencia misma, dado que ella está al servicio del hombre y no al servicio de su destrucción. Baste pensar en los medios de comunicación social, que pueden ser utilizados para la manipulación de la verdad y la degradación de las personas, o para una más adecuada promoción de los seres humanos. Igualmente en el campo de la ciencia médica, hay métodos avanzados que han salvado a innumerables personas, y sin embargo algunos procedimientos amenazan con irrumpir en áreas de la existencia humana que pertenecen sólo a Dios, con consecuencias peligrosas para la vida y para la dignidad del hombre.

 

Se trata de problemas extremadamente graves, a los cuales la Universidad Católica debe dar una respuesta que siempre persiga el bien del hombre, sin la mínima preocupación de ser tachada de retrógrada, o de ir contra la ciencia o contra el progreso. Ciertamente, si bien no es lícito hacer descuentos en el campo de la moral, sin embargo es necesario esforzarse para hacer cada vez más comprensibles las razones profundas en que se apoyan las opciones éticas cristianas, para facilitar su acogida. En este sentido, la Universidad Católica debe ser consciente de su misión y del reto que tiene de ser un faro que guíe el progreso en la dirección del bien verdadero de la humanidad, superando la mentalidad de la ciencia por la ciencia y de la tecnología como el único signo de progreso y de la "calidad de la vida".

Naturalmente la libertad de investigación y de enseñanza son reconocidas, pero salvaguardando siempre los derechos de las personas y de la comunidad, y dentro de las exigencia de la verdad y del bien común. "Es esencial que nos convenzamos de la prioridad de lo ético sobre lo técnico, de la primacía de la persona humana sobre las cosas... Los hombres de ciencia ayudarán realmente a la humanidad sólo si conservan el sentido de la trascendencia del hombre sobre el mundo y de Dios sobre el hombre"(37).

 

d. La atención a la formación integral del estudiante

 

56. En este contexto de primacía de lo técnico, la educación universitaria tiende a hacerse utilitarista y la universidad se convierte en un lugar prevalente, cuando no exclusivo, de entrenamiento para una función profesional. Sin duda es deber de la universidad adiestrar para el servicio profesional pero no hasta el punto de olvidar el lugar central que corresponde a la formación de la persona del estudiante. Nosotros no podemos quedar satisfechos por haber abierto a nuestros estudiantes el acceso a una profesión si no les hemos abierto o ayudado a profundizar sus auténticas personalidades como seres humanos y como miembros de una sociedad. De igual modo, en la educación de los estudiantes la Universidad Católica integra "la dimensión académica con la formación de los principios morales y religiosos"(38), por eso en sus programas de estudio incluye una adecuada formación ética de la profesión para la que se prepara, a través de cursos específicos de deontología profesional. Además las implicaciones morales, presentes en toda disciplina, se consideran como parte integrante de la enseñanza de la misma disciplina.

 

e. Servicio a la comunidad de México

 

57. Inmersa en la sociedad humana, la Universidad Católica no puede ignorar los grandes problemas sociales de nuestro tiempo, antes bien, orienta su esfuerzo de análisis e investigación a estudiar en profundidad sus raíces y causas. Se trata de un compromiso que no atañe sólo a los profesores e investigadores, sino que incide directamente en la formación de los estudiantes a quienes se ayuda a adquirir una conciencia social y una actitud mental no egoísta. La Universidad Católica propone al estudiante no sólo los medios aptos para desarrollar la mejor carrera profesional posible, sino que ofrece los instrumentos para un servicio de responsabilidad social. Como decía el Santo Padre, en la Universidad Católica "deben elaborarse los programas para la reforma de actitudes y estructuras que influyan la entera dinámica de la paz y de la justicia en el mundo... No basta ofrecer a los desheredados del mundo migajas de libertad, migajas de verdad, y migajas de pan. El Evangelio invita a mucho más... Pero esta conciencia pasa muchas veces a través de las aulas de la Academia, a través de noches de estudio y horas de oración"(39).

 

58. Particular importancia se asigna a la promoción de la justicia social mediante la aplicación del Evangelio interpretado a través de la doctrina social de la Iglesia, para lo cual se presenta en las aulas de nuestras universidades una enseñanza adecuada de esta doctrina social, tal como aparece, sobre todo, en los más recientes documentos: "Centesimus annus" y "Sollicitudo rei socialis". En las actuales circunstancias, esto significa promover sobre todo el compromiso por desarrollar nuevos puestos de trabajo, y el apoyo a las iniciativas de los más necesitados en el campo social, económico y cultural. En todo caso, incumbe a la Universidad Católica dejar claro que la vida económica y social de las naciones es mucho más que un problema técnico, y que en la actualidad no se guía suficientemente por principios morales. La economía es una ciencia autónoma, pero no puede dejar de colocarse en un horizonte ético por la razón de que la ética se ocupa del fin del hombre y de los medios para alcanzarlo; un fin y unos medios que están también implicados en la actividad económica.

 

59. En definitiva, por su visión cristiana, la Universidad Católica "no transmite la cultura como un medio de potencia y de dominio. No considera el saber como un medio de crearse una posición o acumular riquezas sino como un deber de servicio y de responsabilidad hacia los demás"(40).

 

 

 

V. AGENTES DE LA EDUCACIÓN (41)

 

60. Sería un error pensar que en la obra de la educación el único agente activo es el educador. En nuestro segundo sínodo diocesano decíamos: "Todos los cristianos estamos llamados, aunque de manera diversa, a ser agentes educadores y dinamizadores de la educación"(42). En lo que he insinuado en los apartados anteriores, ya se puede vislumbrar un horizonte activo de personas que colaboran en dicha obra. La tarea educativa está a cargo de un sinnúmero de agentes internos y externos que rodean esta labor. A continuación destaco los principales agentes en este relevante quehacer

 

a. El Espíritu Santo

 

61. Frecuentemente apoyados en las técnicas y en los métodos, en los cuales un sinnúmero de personas que se dedican a la educación ponen su esperanza, se olvida de que el principal Agente de la educación es el Espíritu Santo: "Es el Espíritu quien suscita el deseo de una respuesta plena; es Él quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; es Él quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo..."(43). Sólo Dios puede realizar en el educando una obra tan definitiva como es la asimilación auténtica de una cultura de vida y el plasmar la imagen de Cristo en su ser y en su obrar; es el Espíritu Santo el que da la luz y el que comunica la energía suficiente para que se realice esta obra en la persona(44). "Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento" (1 Cor 3, 6).

 

De aquí debemos deducir que toda persona que actúe en la educación de un individuo o de un grupo, tiene el deber de estar abierta del todo a la acción del Espíritu Santo; de no hacerlo tendrá como consecuencia el no realizar en el educando una obra divina, sino sólo humana, y, por tanto, muy difícilmente denominable "educación católica".

 

b. El Obispo

 

62. En su debido momento, he hecho ver cómo, tanto por parte de la Escuela como de la Universidad católicas, existía un vínculo de comunión especial con la misión pastoral del Obispo, con aquellos que el Espíritu Santo ha puesto para regir la Iglesia de Dios. Aunque los pastores respeten la autonomía de la enseñanza escolar y universitaria como el carisma de cada institución, la autoridad jerárquica puede intervenir para salvaguardar el auténtico carácter cristiano de la Escuela y Universidad católicas: es deber del Obispo diocesano, decía, "velar por la rectitud de la enseñanza y la observancia de la moral cristiana". Al mantener y fortalecer la identidad católica los Obispos cumplen como agentes de la evangelización escolar y universitaria. La relaciones estrechas, personales y pastorales entre la escuela y universidad con el obispo diocesano conllevan una confianza recíproca, una colaboración coherente y un continuo diálogo.

 

c. Los padres de familia

 

63. Ciertamente, como mencioné al inicio de este documento, no debemos olvidar que son los padres los primeros y principales responsables de la educación de sus hijos y que la escuela obra en estrecha colaboración con ellos y como asumiendo una delegación o encargo que, lejos de eximir a los padres les compromete en una actitud de participación en la vida escolar y atención constante al proyecto educativo. Los padres de familia tienen la primera e intransferible obligación y derecho de educar a sus hijos(45), y de educarlos cristianamente. La familia es la escuela del más "rico humanismo(46)". "No basta engendrar un hijo, hay que educarlo". En casi todas las familias se aseguran los cuidados primarios de los hijos; pero esto no es suficiente, se requiere, además, una educación de la inteligencia y de la voluntad.

El hijo de una familia cristiana exige, de por sí, que se le rodee de un ambiente que le ayude a alcanzar el ideal de llegar a ser un hombre y una mujer auténticos(47).

 

Una etapa importante en la educación de los hijos es la primera infancia. Ante todo hay que rodearlos de un clima de amor; la caridad familiar es la atmósfera donde el niño puede respirar mejor. Un matrimonio integrado engendra hijos formados. Es necesario iniciarlos en el ejercicio de las virtudes humanas y en la vida de fe(48); hay que enseñarles a decir siempre la verdad, y decirles, también, siempre la verdad. Es imprescindible que los hijos vean que sus padres están muy compenetrados entre ellos para no crearles conflictos de conciencia. Un padre cristiano, además, tiene que educar a sus hijos en el amor a la cruz, "único camino hacia la resurrección". "Guardar la palabra de Cristo es una exigencia que implica a la vez la transmisión de la fe. Todo cristiano debe ser transmisor de la fe, pero lo deben ser de manera primordial los padres en relación con sus hijos"(49).

 

64. En relación con las instituciones educativas católicas, los padres cristianos tienen la libertad y el derecho de elegir la escuela en la que se puedan formar mejor sus hijos, pero también tienen la obligación y el deber de buscar el lugar más propicio para dicha educación. No pueden encerrarse en la comodidad de pensar que el local que está más cerca de su casa sea el mejor. El centro más propicio para la educación de sus hijos no es el que está más cerca - aunque a veces pueda coincidir -, sino aquel que forma a sus hijos humana, cristiana y apostólicamente mejor. En este sentido también los padres son, pues, agentes de la educación de sus hijos.

 

d. El educando

 

65. "La pedagogía contemporánea de inspiración cristiana ve en el educando, considerado en su totalidad compleja, el principal sujeto de la educación"(50). En cualquier obra cristiana de educación, la fuerza del Espíritu Santo siempre actúa; podría además, intervenir la familia del educando encarnando todas las características necesarias para una educación excelente; incluso podría conseguirse al educador más completo, pero si el educando no está, debido a la misteriosa libertad humana, dispuesto a recibir positivamente ni la gracia del cielo, ni un ambiente familiar propicio, ni el testimonio y las enseñanzas cristianas de su educador, la formación ciertamente no se haría efectiva. En este sentido el papel del educando cobra toda su relevancia en términos de educación cristiana.

 

66. El papel de quien es formado no se reduce a prestarse a lo que sus educadores quieran realizar en él. En su preparación, el educando ha de tener una actitud positiva de cara a su formación que podría resumirse en tres disposiciones fundamentales: un mínimo esfuerzo de sinceridad, que implica abrir el corazón al educador al estilo del apóstol Bartolomé en cuyo corazón no había doblez. Un cierto sentido de obediencia, que no implica la virtud consumada pero sí una primera moción de buena voluntad hacia las orientaciones del educador. Y por último, un primer movimiento de responsabilidad, que es la actitud fundamental para lograr una madurez. Ciertamente las virtudes de la sinceridad, de la obediencia y de la responsabilidad son hábitos que han de ir siendo asumidos por el educando; sin embargo, debe existir un "germen" de ellos al principio de toda obra educativa. Desde el primer encuentro con el educador, el formando debe poseer las actitudes mínimas que lo puedan llevar a emprender un camino serio para su formación.

 

67. Realmente todo sujeto puede y debe ser educado. Pero considerando "la totalidad compleja" que posee cada individuo, en la práctica se ven muchos casos en los que la libertad se decide misteriosamente por la "no educación".

¡Cuántos sujetos, al sentirse como "esclavizados" por las exigencias de un conjunto de criterios formativos, deciden abandonar, en su corazón, el deseo de una educación cristiana completa, siguiendo sólo externamente las directrices que se les dan! Lo repetimos por última vez: la respuesta del educando es un misterio de la libertad y por ello él se convierte en el "agente trascendental" de su propia educación.

 

e. El educador

 

68. Los maestros -ya sean laicos, ya religiosos- están entre los protagonistas más importantes que han de mantener el carácter específico de la escuela católica. Es indispensable, pues, garantizar y promover entre ellos una "actualización" que tiene por objetivo tanto su testimonio cristiano, cuanto los aspectos relativos a su actividad docente, ayudándoles a profundizar en una visión cristiana del mundo y de la cultura, y adquirir una pedagogía adaptada a los principios evangélicos.

 

69. El papel del educador tiene su última fuente en Cristo. Él es el único Maestro que todavía hoy sigue atrayendo a sus "discípulos" hacia sí. La fuerza persuasiva de su enseñanza está precisamente en su coherencia de vida: "sus palabras, sus parábolas y razonamientos no pueden separarse nunca de su vida y de su mismo ser"(51). Por eso el rol del educador, no puede partir sino de una congruencia entre lo que dice y hace, pues ¿cómo podría el formando aceptar los consejos de una persona que no avala con su testimonio el ofrecimiento que hace de criterios evangélicos?

 

70. El educador debe saber crear, alrededor de quien educa, un clima de amor, de alegría, de estudio, de piedad y de amistad: "El mejor método de educación es el amor a vuestros alumnos, vuestra autoridad moral, los valores que encarnáis. Este es el gran compromiso que asumís, antes que nada, ante vuestra conciencia"(52). El amor se presenta como entrega total a los educandos e implica, además estar con ellos mucho tiempo, afrontar el sacrificio de la incomprensión que implica muchas veces la propuesta de la verdad. No se trata sólo de pensar que se está amando, cada discípulo ha de sentirse auténticamente amado por quien lo forma; a tal grado esto, que ante los ojos del educando, el formador no será sólo visto como un "superior" sino como un padre, un amigo, un hermano. En este medio el contorno cultural y católico penetran mejor.

 

71. El arte de la educación en la escuela católica, no está exactamente en la puesta en práctica de un conjunto de métodos psicológicos, pedagógicos o sociológicos. Aunque estos métodos son útiles, no debemos poner en ellos todo nuestro esfuerzo sino, sobretodo, en la calidad del formador. En este sentido, la formación consiste en proponer a los educandos la figura de una persona que encarne, no sólo intelectual sino vivencialmente los valores humanos, cristianos y apostólicos que quiere dar a conocer a quien educa. No se puede olvidar que el aspecto cultural, por muy bien presentado que esté, no aprovechará tanto a los discípulos como el testimonio de un hombre que ya ha experimentado en sí mismo realmente "su entronque personal con Jesucristo". El educador ha de estimular a la reflexión crítica, a la vivencia de los valores, a la entrega generosa, a través del "testimonio de una vida espiritual auténtica tanto personal como comunitaria"(53).

 

72. No se debe olvidar que aunque el trato del educador es casi siempre hacia la "masa" de alumnos, la educación produce todos sus frutos cuando se realiza en el diálogo de "tú a tú". ¡Cuántos educandos pueden concretizar mejor en su vida personal, tanto los aspectos culturales como los criterios evangélicos, cuando se encuentran ayudados individualmente por un formador auténtico! En esto también el educador ha de seguir el ejemplo de Jesús que ayuda uno a uno a los que nos consideramos sus discípulos y no sólo masivamente.

 

73. Por último, de un modo especial, los frutos de la enseñanza orgánica de la fe y de la ética cristianas, dependen, en gran parte, del profesor de religión. Él es persona clave que no sólo se presenta como maestro de fe, sino que ofrece un testimonio de vida, a semejanza de su modelo Cristo. Es preciso hacer lo posible para que la escuela católica tenga profesores idóneos para su misión. Su formación es una de las necesidades más importantes. Para ello es de desear que se aprovechen los medios e instituciones de formación de la fe y para la catequesis ya existentes y aprobadas por la Santa Sede o la diócesis. La colaboración en la formación pastoral y didáctica de los maestros de religión es una actividad de gran ayuda que todos debemos favorecer.

 

VI. HOMOGENEIDAD DE LA ENSEÑANZA RELIGIOSA

 

74. Considerando la importancia fundamental de los libros de texto elegidos, los responsables escolares presentan una gran atención a la elección de los que servirán de base a los cursos de religión y moral, cerciorándose de que reflejan con absoluta fidelidad la doctrina aprobada por el magisterio, sin incluir opiniones teológicas particulares o proposiciones objeto de discusión. Es una grave responsabilidad de los educadores y padres de familia evitar todo experimentalismo en materia que afecta el dogma y la moral. Igualmente se les debe enseñar la religión a los alumnos en toda su integridad, sin omitir ninguno de los elementos que constituyen el patrimonio de la fe y la moral cristianas. Afortunadamente contamos con la guía válida en el Catecismo de la Iglesia Católica que constituye un punto de referencia fundamental, tanto para la presentación de las verdades de la fe, como para el estudio sistemático de la ética cristiana. La autoridad competente de la diócesis responderá con mucho gusto ante cualquier duda sobre la fidelidad e idoneidad de algún texto.

 

75. Es muy aconsejable que los educadores se sirvan de aquellas técnicas de enseñanza y medios didácticos que pueden favorecer la comprensión e interiorización de la doctrina cristiana. Tal como aconseja la moderna pedagogía, es bueno fomentar la participación, la reflexión personal, la cercanía a las propias experiencias de los niños, jóvenes y adolescentes, adecuándose a las edades y circunstancias reales de los alumnos, de modo que éstos perciban la religión como una respuesta a sus inquietudes y un estímulo en el crecimiento y maduración personal.

 

EXHORTACIÓN FINAL

 

76. Conscientes de que la educación cristiana es un proceso que se desarrolla en la continua interacción entre la actuación experta de los educadores, la libre cooperación de los alumnos y el auxilio de la gracia, todos los miembros de nuestra Iglesia local estamos profundamente agradecidos a cuantos consagran su propia existencia a la misión fundamental de la educación, en todas las instituciones educativas.

 

La misión que, con gran esperanza, la Iglesia confía de un modo especial a las escuelas y universidades católicas, reviste un significado cultural y religioso de vital importancia que concierne al futuro mismo de la humanidad. ¿Debo recordar, una vez más, con cuánta ilusión la Iglesia y la misma sociedad esperan de ellas una renovada conciencia de la propia identidad y de la propia misión? Ella las hará más capaces de responder a la tarea de llevar el mensaje de Cristo al hombre, a la sociedad y a las culturas.

 

Pido a Dios y a María Santísima de Guadalupe que nos conceda la alegría de ver en nuestra Arquidiócesis de México, personas con una formación sólida, capaces de cambiar las estructuras de pecado y llevar a nuestra Nación a un progreso humano y cristiano definitivo. ¡Así sea!

 

+ NORBERTO RIVERA C.

Arzobispo Primado de México

 

Fiesta de San Juan Bosco

México-Tenochtitlán a 30 de Enero de 1997