CARTAS PASTORALES

 

 

 

 

Norberto Cardenal Rivera Carrera

Arzobispo Primado de México

 

Carta Pastoral

 

"Queremos ver a Jesús"

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

PRESENTACIÓN

 

I. LA CUARESMA: UN MOMENTO PRIVILEGIADO PARA ENCONTRARSE CON CRISTO

 

II. “QUEREMOS VER A JESÚS”

 

III. “HA LLEGADO LA HORA EN QUE SEA GLORIFICADO EL HIJO DEL HOMBRE”

 

IV. LOS ENCUENTROS DE LA CUARESMA

 

María, la hermana de Marta y de Lázaro

Pedro

Judas

Juan

La gente que estaba en Jerusalén

Anás y Caifás

Poncio Pilato, el procurador romano

Los soldados

El Buen Ladrón

María, la Madre de Jesús

Tu encuentro con Cristo

 

V. LA ESPIRITUALIDAD CUARESMAL

 

1. “Si el grano de trigo...”

2. “El que ama su vida, la pierde”

3. “Si alguno me sirve, que me siga”

 

VI. EL CUMPLIMIENTO DE LA MISIÓN DE CRISTO: LA OBRA DE LA REDENCIÓN

 

1. “¿Qué voy a decir?”

2. “Ahora es el juicio de este mundo”

3. “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré todos hacia mí”

 

ORACIÓN PARA LA CUARESMA 2006

 

 

 

 

 

 

 

CARTA PASTORAL COMO AYUDA

 

PARA VIVIR LA CUARESMA DEL AÑO 2006

 

 

 

Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Éstos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: “Señor, queremos ver a Jesús.” Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les respondió:

 

“Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.”

 

Vino entonces una voz del cielo: “Le he glorificado y de nuevo le glorificaré.”

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno. Otros decían: “Le ha hablado un ángel.” Jesús respondió:

 

“No ha venido esta voz por mí, sino por ustedes. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será derribado. Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.”

Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.

 

(Jn 12,20-33; Evangelio del V Domingo de Cuaresma, ciclo B)

 

 

ORACIÓN PARA LA CUARESMA 2006

 

Señor Jesús,

que te preparas para subir al Calvario,

concédenos la gracia de acompañarte en este camino

con sentimientos de humildad,

implorando el perdón de nuestros pecados

y la reparación de todo el mal que hemos hecho.

 

Abre nuestro corazón al amor auténtico,

que consiste en la entrega total a ti

y a nuestros hermanos.

 

Danos un corazón sencillo,

siempre pronto a obedecer

tu santísima voluntad.

 

Y no nos dejes caer en la tentación. Amén.

 

 

 

 

 

I. LA CUARESMA: UN MOMENTO PRIVILEGIADO

PARA ENCONTRARSE CON CRISTO

 

1. Un año más la cuaresma se nos presenta como un camino de preparación para vivir el acontecimiento central de nuestra redención: la pasión y resurrección de Cristo, que se entrega a la muerte por amor a cada uno de nosotros. Estos cuarenta días de oración y amor nos disponen para aprovechar la gracia de los Días Santos que celebraremos en el Triduo Pascual. El gran protagonista de estos días es Jesucristo, Dios hecho hombre, que se prepara para vivir los días decisivos de su misión. Él, el Hijo de Dios, es el centro de la vida cristiana y, por ello, es también el centro de la cuaresma.

 

2. La actitud que nos debe guiar en estos días es la misma que sostuvo la vida de san Pablo: la fe en el Hijo de Dios que nos amó y se entregó a Sí mismo por cada uno de nosotros (Cf. Gál 2, 20). La cuaresma es el tiempo para vivir a fondo esta convicción: Jesucristo, Dios hecho hombre, se entrega a la pasión por mí, por amor a mí. El hecho histórico de la muerte de nuestro Señor sigue siendo un caudal de gracia para cada cristiano, para cada discípulo de Cristo.

 

3. Es verdad que en nuestra sociedad actual, a veces se corre el riesgo de quedarse en una experiencia del cristianismo como una tradición cultural, como una creencia, como algo heredado de nuestros padres que forma parte de la cultura propia, como la gastronomía, las canciones o los bailes del folklore popular. Pero el cristianismo es mucho más que eso; es un encuentro personal con Cristo que me amó y se entregó a sí mismo por mí, por amor a mí, por amor a cada ser humano, con nombres y apellidos.

 

4. La cuaresma es un período del año muy propicio para buscar este encuentro profundo con Cristo que transforma toda la existencia, y esto se logra a través de la oración, de la práctica de las virtudes teologales y de la intensa vida sacramental en la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, encargada y sostenida por él para continuar su obra.

 

5. La cuaresma es un período de conversión, de volver al amor primero, de rechazar el pecado para unirse a Cristo, para unir toda nuestra vida al Señor. Este encuentro profundo con Cristo nos lleva a renovar lo que hacemos, la forma como pensamos; a aceptar lo que él ha revelado y la Iglesia nos enseña. El encuentro con Cristo se traduce en un amor de entrega, en un compromiso de correspondencia obsequiosa al amor de Dios a través de nuestros actos y de nuestras decisiones (Cf. Itinerario Pastoral para la Misión 2000, 61; La Parroquia Comunidad para Todos, 27-28).

 

6. "La conversión debe tener siempre expresiones y compromisos concretos; en nuestra Arquidiócesis los énfasis parecen ser: conversión al sentido de Iglesia particular, conversión que renueve la entrega a la propia vocación; conversión que lleve a la valoración y promoción del laicado; y dar prioridad a la búsqueda de los alejados" (Itinerario Pastoral para la Misión 2000, 61)

 

7. "La conversión es creíble si se traduce en actitudes y acciones de caridad tales como renunciar a sí mismo, perseverar en la oración, creer en el poder de Dios, construir relaciones fraternas y de comunión, estar siempre dispuestos al perdón, ejercer la autoridad como servicio, realizar lo ordinario y extraordinario con la actitud de ofrendar la vida a Dios a través del servicio a los hermanos. El llamado de Cristo, el Señor, es radical: para ser instrumentos de salvación tenemos que ser testigos creíbles de su amor, lo que sólo es posible caminando y actuando cotidianamente con Jesucristo y como él lo hizo" (La Parroquia Comunidad para Todos, 27-28).

 

8. Durante estos días, la liturgia nos presentará un camino de preparación en el que, a partir de la contemplación de algunos sucesos de la vida de Cristo que le van llevando hasta su pasión y muerte, el cristiano es constantemente invitado a salir de una actitud de mero espectador y participar en la experiencia que está viviendo Jesús. En el presente año, el ciclo de las liturgias dominicales de cuaresma se cierra con el texto evangélico que abre esta carta: Jn 12, 20-33. Aquí, a partir de la llegada de unos griegos interesados en ver a Jesús, Cristo anuncia su pasión que terminará con la muerte violenta, cuyo significado más profundo sólo puede ser entendido aceptando que esa muerte es la entrega voluntaria que Cristo hace de sí mismo para la salvación de todos y cada uno de los hijos de Dios. En definitiva es la revelación de la identidad de Jesús y del significado central de su misión.

 

9. El episodio está estructurado en dos partes fundamentales: una narrativa (la llegada de los griegos, versículos 20-22) y otra discursiva (la enseñanza de Jesús, que toma ocasión de la petición de los griegos, versículos 23-33). De las dos, la más importante es la segunda, pues en ella escuchamos directamente a Jesucristo explicándonos el fundamento de su misión. Sin embargo, el hecho de que los que introducen este discurso de Cristo son unos griegos, considerados como paganos y extranjeros, nos lleva a pensar que la intención de Jesús es dirigirse a todos los seres humanos, también a cada uno de nosotros.

 

10. Con esta actitud misionera enseñada por Jesús, nos preguntamos: en nuestra ciudad ¿quiénes son los paganos?, ¿quiénes los extranjeros?, ¿quiénes son los griegos a los que debemos llevar el Evangelio?

 

11. En estos pocos versículos aparecen tres revelaciones de Jesús e, intercaladas entre ellas, dos respuestas humanas (en los versículos 29 y 34) caracterizadas por la incomprensión. Ambas reflejan el drama que recorre la historia humana y la historia de muchos personas de hoy: el drama de las constantes invitaciones de Dios y de los numerosos rechazos humanos. Cristo se ofrece continuamente al hombre como el único Salvador, y el ser humano puede aceptar o rechazar ese ofrecimiento.

 

12. Todavía hoy, cada voluntad humana, cada libertad, puede abrirse o cerrarse a esta revelación de Cristo, aceptarla o rechazarla; puede buscar comprender o pasar indiferente; puede decidirse a amar en profundidad o tomar una actitud de acatamiento superficial, simplemente legal, de lo que Cristo le propone. También hoy, el ser humano, cada ser humano, se encuentra en el fondo de su alma, de su conciencia, con la voz de Dios que le señala la ruta del amor, de la entrega a él y a los demás; y todavía hoy puede responde libremente, sin presiones.

 

13. Consciente de encontrarse ya a las puertas de la muerte, Jesucristo quiere explicar a sus oyentes el objetivo hacia el que se dirige, un destino de humillación que, al mismo tiempo, es la hora de la vida y de la luz, en la que se cumple el juicio de las personas que van a mostrar su bondad o maldad; la hora de la gloria para Cristo y para sus discípulos. Es el anuncio definitivo del cumplimiento de la "hora" que tanto había anunciado Jesucristo (Cf. Juan 2,4; 7,30; 8,20), la "hora" que era la razón de ser por la que había venido al mundo.

 

14. En este pasaje evangélico del V Domingo de Cuaresma aparecen varias paradojas, como morir para dar fruto, amar la vida y perderla, que explican el núcleo del misterio pascual. Se unen la luz y la cruz. El Hijo, Dios hecho hombre, elevado en la cruz, es la salvación para quienes miran ese signo de suplicio. La cuaresma es el período del año que nos lleva a contemplar la cruz de Cristo y mirarla con esperanza, precisamente porque en ella está clavada la "Luz" verdadera (Cf. Jn 1, 9; 8, 12; 9, 5: 12, 46) que ilumina a cada ser humano y le comunica la vida nueva.

 

 

 

 

II. "QUEREMOS VER A JESÚS"

 

"A su manera, muchos hombres y mujeres que hoy se sienten alejados de la Iglesia, nos están diciendo: "Queremos ver a Jesús". A todos ha de ser anunciada la Buena Nueva de Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte, reconciliador de la humanidad con el Padre, esperanza única de salvación para cuantos creen en él" (JUAN PABLO II, Mensaje al Congreso español sobre Evangelización,

3 de septiembre de 1985).

 

15. "Queremos ver a Jesús": esta es la mejor actitud para vivir la cuaresma, para entrar en ella. La cuaresma debe ser recorrida con el deseo sincero de encontrarse con Jesús, de buscarlo a él y encontrarlo como el Salvador, mi Salvador. "Ver" es un verbo que, en el Nuevo Testamento, recibe significados muy importantes. Puede significar "visitar a", "encontrar" (Cf. Lc 8, 20 y 9, 9); pero en el contexto de la teología del Evangelio según san Juan, quiere decir "creer en". Los griegos, paganos, se presentan ante el apóstol Felipe, expresándole su deseo: quieren "creer" en Jesús. También nosotros, durante este tiempo cuaresmal, queremos creer en Jesús, queremos renovar nuestra fe, queremos centrarla en él, único Salvador. Nuestra oración puede ser: "creo, Señor, pero ayuda mi fe". Deseamos encontrarnos con Jesús para fortalecer nuestra fe, para creer con más fuerza, y vivir con más fidelidad y plenitud nuestra fe.

 

16. Los que se acercan a Jesús son paganos, y eso es relevante. Son los primeros paganos que se acercan a Jesús en el Evangelio de san Juan (son "Hellenes", y no "Hellenistai", que es la palabra que se usaba para los griegos prosélitos del judaísmo). Quizás por eso Felipe acude a Andrés, en lugar de dirigirse directamente a Jesús: sabe que Cristo suele limitar su predicación a los judíos (Cf. Mt 15, 24; Mc 7, 27). Pero el texto añade que 'van a adorar', y eso significa que están abiertos a la fe; así se entiende que Cristo hable claramente de su hora.

 

17. El Evangelio dice que Jesús les responde, pero no señala a quién responde: ¿a Felipe y Andrés? o ¿a los griegos? En realidad, parece como si Jesucristo aprovechara la ocasión para ofrecer una explicación universal, completa, dirigida a todos los que acababan de vivir su recepción gloriosa en Jerusalén, entre "hosannas" y ramas de palmera (Cf. Jn 12, 12-19). También es un mensaje que nos sirve a nosotros, situados a un poco más de veinte siglos de distancia del hecho. Nos ayuda a entender la misión de Cristo, en su realidad más profunda; nos descubre el misterio de su sacrificio. En realidad, el Evangelio no nos dice si esos griegos llegaron a ver a Jesús, pues desaparecen enseguida, pero seguramente oyeron la explicación de Cristo que descubre la inminente llegada de su "hora".

 

18. En esta cuaresma puedes hacer como los griegos: tomar un tiempo de tu vida para acercarte a Jesús, para buscarlo, para orar, para adentrarte en el misterio de su entrega al sacrificio de la cruz por amor a todos, de cualquier tiempo, y a cada uno en particular. Necesitamos encontrarnos con Jesús para descifrar plenamente nuestra vida, el misterio de la muerte, del dolor, del sufrimiento. Necesitamos encontrar a Jesús para dar sentido desde la cruz a todo lo que nos presenta la vida de cada día. Pero no basta con eso. En el Evangelio, Cristo aparece como el primer misionero. Descubre su mensaje y su identidad a los hombres. También nosotros, hoy tenemos la misión de descubrir el mensaje y la identidad de Cristo a nuestros hermanos, explicarles quién es y proclamar la salvación que él nos ha conseguido. La Iglesia es misionera como Cristo.

 

"Misionar es la razón de ser de esta Iglesia particular en la Ciudad de México. Sabemos que hoy es urgente relanzar en esta ciudad la misión fundamental que Cristo le confió a la Iglesia, armonizando e impulsando la fecunda variedad de carismas. Evangelizar las culturas que conforman la ciudad capital es una tarea difícil que sólo será posible cumplir con proyectos de largo alcance que tengan consistencia y continuidad que aúnen personas y complementen capacidades" (La Misión Permanente en nuestra Iglesia Local, 22-23).

 

19. A nosotros, cristianos de la Arquidiócesis de México, nos toca desarrollar una tarea semejante a la de Felipe y Andrés, somos los encargados de acercar a nuestros hermanos a Cristo. Él mismo ha asignado esta misión a todos los bautizados (Cf. Mt 28, 18-20). La cuaresma y la Semana Santa son períodos privilegiados para brindar a muchos hermanos nuestros la oportunidad de acercarse al conocimiento de Cristo. Eso se puede hacer a través de nuestro testimonio, pero también, invitándolos a participar en las solemnes liturgias de estos días, en las representaciones de la pasión del Señor que se realizan en nuestras parroquias, explicándoles nuestra fe, realizando misiones que ayuden a despertar el amor por la revelación cristiana y expliquen su contenido, o acercándose al hermano necesitado para brindarle nuestra ayuda, nuestra cercanía, y reconciliándonos con quien estemos enfrentados. Cuaresma y Semana Santa son tiempos fuertes de gracia en los que recibimos dones de Dios que debemos atesorar, pero sabiendo que no son sólo para nosotros. Los cristianos somos el rostro de Cristo para todos los hombres.

 

 

 

 

 

III. "HA LLEGADO LA HORA EN QUE SEA GLORIFICADO

EL HIJO DEL HOMBRE"

 

"Porque hemos sido creados, hemos sido llamados, hemos sido destinados, ante todo y sobre todo, a servir a Dios, a imagen y semejanza de Cristo que, como Señor de todo lo creado, centro del cosmos y de la historia, manifestó su realeza mediante la obediencia hasta la muerte, habiendo sido glorificado en la resurrección" (JUAN PABLO II, Homilía en Santiago de Compostela, España, 20 de agosto de 1989).

 

20. "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre". Jesús habla de ser glorificado justo después de haber probado la gloria humana, de haber sido aclamado por el pueblo de Jerusalén y los peregrinos que en esos días se preparaban para celebrar la pascua. San Lucas, cuando cuenta el episodio de la última entrada de Jesús en Jerusalén, nos dice que la multitud gritaba: "¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas" (Lc 19, 38).

 

21. Jesús entró gloriosamente en Jerusalén rodeado de los vítores de la gente y acompañado por la fama. Por eso, el hecho de que Jesucristo hable precisamente ahora de ser glorificado quiere acentuar la diferencia entre la gloria que ha recibido y la gloria que le espera. Es un salto de la gloria terrena -con la que parecen conformarse sus discípulos- a la gloria que va unida a la hora del cumplimiento de su misión. La "hora" de Cristo no se cumplió con la entrada gloriosa en la ciudad Santa, sino que está por cumplirse todavía.

 

22. En repetidas ocasiones san Juan presenta a Jesús hablando de su "hora" (Cf. Jn 2, 4; 7, 30; 8, 20), hasta el punto de que el término adquiere un sentido misterioso, que sólo en este momento parece que será develado en su significado más profundo. "¡Ha llegado la hora!" Es la hora del regreso de Jesucristo al Padre a través de la crucifixión, la resurrección y la ascensión. A partir de ahora, y en los capítulos siguientes del Evangelio de san Juan (Cf. Jn 13, 1; 17, 1), Jesucristo nos repetirá que ha llegado la "hora".

 

23. En este momento se descubre el misterio de Jesús, que entrega su vida, porque nadie se la puede quitar (Cf. Jn 10, 17-18). La entrega de Jesús es voluntaria, querida, conciente. Él la podría evitar, pero hay una motivación profunda que le lleva a aceptarla: el amor a sus hermanos, a cada persona, y la obediencia al Padre. Entrega su vida para redimir a los pecadores, sabiendo que la retomará de nuevo en la resurrección.

 

24. La actitud de Cristo de estar siempre pronto a cumplir la voluntad del Padre, por amor, es una de las grandes certezas que iluminan la vida del cristiano: también el creyente tiene la tarea de identificarse amorosamente con la voluntad de Dios, con plena confianza en él; y siempre lo hará por y en el amor, como correspondencia al amor con que Dios lo ha amado. Porque él nos ha amado totalmente, también nosotros podemos demostrarle nuestro amor en la entrega de nuestras vidas para cumplir su voluntad (Cf. Jn 14, 15; 14, 21; 14, 23; 15, 14).

 

25. Estamos, pues, ante el momento definitivo de la vida de Cristo, que nos invita a tomar partido a favor de él, a corresponder a su amor, a vivir en una actitud de aceptación de su palabra. Es el momento de la humillación que glorifica, de su humillación y de su vaciamiento total; y es el momento de la respuesta para cada uno de nosotros, también presentes en estos acontecimientos. No somos espectadores, sino protagonistas. Sabemos que nuestra vida está definitivamente unida al misterio de Cristo en razón del bautismo recibido.

 

26. Ese bautismo nos ha convertido en criaturas nuevas, miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Con él morimos y con él resucitamos. Por eso, la pasión de Cristo no es un suceso histórico ante el que podemos permanecer indiferentes, sino un misterio en el que se decide nuestra vida, nuestro futuro, nuestra salvación; un misterio en el que el Hijo de Dios hecho hombre se inmola en su humanidad para reparar nuestros pecados y abrirnos las puertas a la vida eterna junto al Padre. Cristo sale a nuestro encuentro para llevarnos a la casa del Padre de las misericordias.

 

27. Para captar el significado profundo de la glorificación de Cristo, hay que acudir a un texto de san Pablo en el segundo capítulo de su carta a los filipenses: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre" (Fil 2, 5-11).

 

28. Los últimos versículos hablan de la glorificación. Es una glorificación que viene de Dios y que es reconocida por toda la creación, que expresa su adoración a Cristo doblando las rodillas y confesando que Jesús es el Señor. El texto es un himno litúrgico, y san Pablo lo cita como parte central de su carta, con el fin de motivar a los filipenses para que se comporten de forma humilde y servicial con los demás.

 

29. San Pablo presenta a Jesús como ejemplo: los filipenses, como todas las personas, sólo llegarán a la glorificación que Dios les otorga, si pasan por la humildad y la obediencia a la voluntad de Dios, tal y como hizo Jesucristo. Este mensaje sirve también para los cristianos de hoy: la glorificación que Dios nos promete, la vida eterna junto a él, sólo se alcanza viviendo en la humildad y en la obediencia a Dios, en la entrega de nosotros mismos a él y a los demás, por amor. Nosotros, los siervos, somos transformados en hijos, del mismo modo que Cristo, el Hijo, por amor se hizo siervo.

 

 

 

 

 

IV. LOS ENCUENTROS DE LA CUARESMA

 

30. La cuaresma nos recuerda los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto (Cf. Mt 4, 1-11; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13), en un lugar del territorio de Judea que hoy día se conoce con el nombre de Gjebel Qarantal, o Monte de la Cuarentena, caracterizado por un paisaje desolador, baldío, de relieve accidentado, con altas colinas y profundas barrancas llamadas "wadis". Allí, Jesucristo vivió cuarenta días dedicado a la oración y a la penitencia en absoluta soledad.

 

31. Desde la carretera de Jericó a Jerusalén, la que recorrió el buen Samaritano de la parábola (Cf. Lc 10, 30-35), hay una buena perspectiva de esa zona desértica, y desde allí se puede ver un monasterio construido directamente en la roca seccionando la montaña. En ese monasterio greco-ortodoxo, edificado en 1895, se encuentra una gruta, hoy convertida en capilla, donde según la tradición, vivió Jesús esos cuarenta días. Aquellos cuarenta días fueron para Cristo un momento de absoluta soledad, donde no hubo nadie que estuviese junto a Él. A pesar de ello, no se puede considerar un período de aislamiento, pues Jesús se estaba preparando para llevar a cabo la obra de la salvación del género humano, movido por el amor. Se preparaba para la misión que tenía como fin abrir las puertas de la vida eterna a todos los seres humanos que quisieran aceptar la salvación.

 

32. En aquellos días, la humanidad estaba muy presente en la mente y en el corazón de Cristo. Y enfrentó y venció el mal para que con él lo enfrentáramos y venciéramos todos. En Jesucristo, en ese momento y en toda su obra de redención estaba presente cada ser humano, con sus características más íntimas, con sus dificultades, con sus debilidades, con su capacidad de amar. Por ser Dios, infinito, todopoderoso, Jesucristo "piensa" en cada ser humano individualmente, en todos, hasta en el que nunca llegó a nacer. Esa es la cuaresma de Cristo, cuaresma de ofrecimiento y oración por todos.

 

33. En la vida de Cristo, además de esa cuaresma de preparación para la vida pública, hay otra "Cuaresma", otra preparación, quizás más intensa y dura, que corresponde a los días inmediatamente anteriores a su pasión y muerte. Es el momento en el que experimenta la traición y el abandono de los suyos, y es también el momento donde se intensifica su kénosis o total abajamiento de la divinidad, voluntaria y misteriosamente elegida por él. Es, efectivamente, otra preparación; si la anterior era una preparación para la vida pública, ésta es una preparación para la pasión, para la inmolación de sí mismo.

 

34. Según el Evangelio de san Juan, el texto evangélico que nos sirve de base para esta reflexión (Juan 12, 20-33) presenta la última manifestación de la divinidad antes de la crucifixión. Es uno de los textos evangélicos que nos ofrece la liturgia en la cuaresma, un episodio de inmediata proximidad a la última Cena y al Misterio pascual de Cristo. Jesucristo es manifestado como Hijo de Dios por una voz del cielo, del mismo modo que sucedió en su bautismo (Cf. Mt 3, 17; Mc 1, 11; Lc 3, 22) o en la transfiguración (Cf. Mt 17, 5; Mc 9, 7; Lc 9, 35): Vino entonces una voz del cielo: "Le he glorificado y de nuevo le glorificaré". Es el último destello de su divinidad antes de su resurrección y después de la resurrección de Lázaro.

 

35. La preparación de Cristo para su muerte también está marcada por la soledad. Sin embargo, en esta ocasión no se retira al desierto; son más bien los seres humanos los que le abandonan y traicionan. Aquellos a quienes de diversas formas ha expresado íntimamente su amor, le dejan ahora en un vacío de apoyos humanos. El hecho acentúa el dramatismo de estos momentos finales, aunque hay otros, los menos, que permanecen fieles y cercanos. Desgraciadamente, muchas de estas actitudes de abandono de Cristo en los momentos difíciles siguen repitiéndose en el mundo de hoy.

 

36. En esta cuaresma del año 2006 estamos acercándonos, junto con Cristo, a su misterio pascual, a su pasión y a su victoria definitiva. Para hacerlo con mayor profundidad, contemplemos las reacciones de los contemporáneos de Jesús ante este momento decisivo, examinemos nuestras actitudes y lleguemos a una decisión basada en el amor.

 

María, la hermana de Marta y de Lázaro

 

37. Es propio de la mujer y de su generosidad en el amor el querer agradar siempre y en todo a la persona amada, incluso en elementos aparentemente superficiales como el vestido o la propia imagen. Así, María, la hermana de Marta y de Lázaro, muestra su amor a Cristo de modo generoso, delicado, femenino, ungiendo los pies del Señor con una libra de perfume de nardo puro, carísimo, derramado magnánimamente (Jn 12, 1-8). Es algo aparentemente exagerado, pero es una muestra de amor hospitalario y de agradecimiento a Jesús por haber resucitado a su hermano Lázaro. Como ella, también nosotros, en esta cuaresma y en toda nuestra vida, podemos tener muchos gestos de amor obsequioso con Dios para expresarle nuestro amor y agradecerle todos los beneficios que a diario nos concede.

 

38. El gesto de María es un consuelo para el Señor, un precioso gesto de amor que le reconforta. Judas Iscariote critica el hecho delante de Cristo, usando un argumento al que sabe que es muy sensible el Maestro: le habla de los necesitados a los que se podría socorrer con ese dinero. Sin embargo, el Señor defiende a María y ensalza el significado de su acto de amor. También hoy, no son pocos los que critican los actos delicados con los que muchos mexicanos muestran su amor a Dios y a la Santísima Virgen; pero no por que existan las críticas, los actos pierden valor.

 

39. Hay diversas formas de expresarle a Dios el amor que le tenemos, desde la limosna generosa hasta el sacrificio ofrecido; desde el apostolado más exigente hasta el cumplimiento responsable de los propios deberes por amor: todos son actos de entrega, de donación. Y, si siendo actos buenos, tienen como fondo este deseo sincero de agradar a Dios, siempre serán actos meritorios que Dios acepta, verdaderos consuelos para el corazón de Cristo.

 

Pedro

 

40. Pedro es uno de los grandes protagonistas de este período que antecede al Misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo. Su presencia en el Evangelio se caracteriza por grandes afirmaciones de fe y de amor que siguen a momentos en que Cristo expresa su gloria, especialmente a través de los milagros. Sin embargo, ahora, cuando su testimonio de fidelidad a Cristo resulta más comprometedor, llega a negar tres veces a Cristo, y con esa traición nos muestra su debilidad humana. Pedro, el hombre de los grandes arranques de valor, se viene abajo cuando se encuentra con otro Cristo distinto al que él había conocido en el lago de Tiberíades. Ahora, ve a un Cristo débil, derrotado, preso, en manos de los verdugos, que, no obstante, le mira con amor (Cf. Lc 22, 61); y de esa mirada de amor nacerá su arrepentimiento.

 

41. En nuestro seguimiento de Cristo, nos puede suceder como a Pedro: no sabemos reconocer a Jesucristo en el dolor, en la debilidad, y eso nos escandaliza. Pedro se había quedado con la imagen del Cristo del poder, de los milagros, sin captar al Cristo del amor, que también se muestra y se hace presente en la desolación, en la derrota, en la debilidad, en el dolor. Pero Pedro tiene a su favor el saber reconocer humildemente su pobreza: "Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador" (Lucas 5, 8), y el acudir enseguida a Cristo (Cf. Jn 21, 7); eso le salva.

 

42. Frecuentemente, ante la experiencia de nuestra debilidad que nos hace muy difícil avanzar en la práctica de las virtudes cristianas, puede venir la desesperación, el desánimo, el desaliento, el abandono de los esfuerzos por vivir la santidad cristiana, por colaborar con la gracia. Pero esta es una actitud que debemos superar. No hay que escandalizarse de la propia debilidad. Al revés, cada vez que el cristiano experimenta su debilidad, descubre, a través de ella, la necesidad de Dios que hay en su conciencia. Es la debilidad la que nos hace darnos cuenta de que no somos autosuficientes y de que necesitamos de Dios, y esto podemos y debemos aprovecharlo para acercarnos más a Él.

 

43. Jesucristo tomó sobre sí nuestra debilidad incorporándola al misterio de la redención. Con su cruz nos redimió desde nuestra debilidad, y esto es un verdadero apoyo para levantarnos. La debilidad humana entra ya en los planes de Dios, se ha convertido en instrumento de salvación. Con ella, y a través de ella podemos continuar la obra de Cristo, podemos colaborar en la salvación de muchos hermanos, porque podemos ganar méritos ante Dios ofreciéndola y superándola por amor; pero nunca desde el desánimo y el desaliento, sino desde la profunda confianza y el amor a Dios.

 

Judas

 

44. Mientras Cristo se prepara para su pasión, Judas prepara fríamente la pasión de Cristo. Negocia con la figura de Cristo, lo vende por treinta monedas de plata (Cf. Mt 26, 15). Su traición es una traición sin salida, sin esperanza. Hay, en su vida, una cerrazón misteriosa ante la elección que Cristo había hecho de él, ante los milagros y los signos de amor que había visto en Cristo. Su mente parece polarizada por otros intereses difíciles de descubrir: intereses políticos, de poder, económicos; algo se intuye en los Evangelios, pero es muy difícil hacer un juicio exacto.

 

45. Desgraciadamente, Judas, en su dramático recorrido junto a Cristo, no es un caso único en la historia. Sus motivaciones de fondo, sus intereses al margen de los de Jesús, a pesar de vivir junto a él, parecen repetirse en algunos cristianos que, en su debilidad, entregan a Cristo y rompen su amistad con él, incluso por cosas mucho más pequeñas que treinta monedas de plata.

 

46. La traición de Judas nos enseña a vigilar continuamente sobre nuestras intenciones y los deseos más íntimos del corazón, para vivir nuestro amor a Cristo con autenticidad, con sinceridad, buscando agradarle en todos los actos de nuestra vida.

 

Juan

 

47. Juan, el "discípulo amado", aparece en los Evangelios como el único que acompaña a Cristo hasta el pie de la cruz. Es el modelo de fidelidad —de fidelidad por amor— en los momentos difíciles, en la persecución. Es verdad que él también había huido en la noche del jueves, durante la oración en el huerto de Getsemaní, igual que todos los demás apóstoles (Cf. Mt 26, 56; Mc 14, 50), pero vuelve enseguida junto al Maestro, guiado por el amor, para acompañarle en su sufrimiento hasta el final.

 

48. Todos somos discípulos amados que podemos corresponder con nuestro amor al amor que Cristo nos tiene. Esta cuaresma es una oportunidad de gracia para acercarnos a Cristo y crecer en el amor por él, haciendo que nuestra entrega a él sea más obsequiosa, más completa, más generosa.

 

La gente que estaba en Jerusalén

 

49. También, en estos momentos finales de la vida de Jesús, las "masas" tienen su protagonismo. Aparecen en el Evangelio como gente fácil de manipular, que un día recibe a Cristo con ramas de palmera y pocos días después grita que sea crucificado. Son voluntades volátiles, fáciles de teledirigir por los formadores de la opinión pública, que manejan la verdad según sus intereses. ¡Cuánto pesa la opinión de la masa en la opinión de cada persona! No resulta fácil no dejarse arrastrar por la imagen que nos pintan de un político, de una persona de la Iglesia, de un miembro de nuestra propia comunidad, de un deportista. Son gente a los que ni siquiera conocemos, pero basta el hecho de haber oído hablar mal de ellos para formarnos una opinión negativa que nos guíe en nuestro actuar respecto a él.

 

50. Es muy fácil inducir el odio en las masas, pero es muy difícil conducirlas hacia el amor. En el Evangelio se ve cómo los sumos sacerdotes destruyen en muchos corazones la adhesión a Cristo. Él había querido indicarles el camino de la vida, y los sumos sacerdotes los arrastran a pedir la muerte del inocente, la crucifixión.

 

51. "La ciudad posee su propio lenguaje ruidoso y sensacionalista, y poco dado a aceptar el valor del silencio. Sus habitantes lo expresan de distintos modos: el escándalo es fuente segura de noticia; paradójicamente se publicitan las debilidades, aunque son consideradas como lacras sociales; los medios de comunicación tienen el poder de orientar o confundir al ciudadano en la búsqueda de la verdad. Nosotros debemos entrar con la propuesta concreta de los valores evangélicos, con toda la riqueza que ofrecen los recursos del Espíritu que inspiró las santas Escrituras y valiéndonos de los profesionales creyentes que se mueven en el mundo de los medios de comunicación." (La Parroquia Comunidad para Todos, 37-38)

 

Anás y Caifás

 

52. Anás y Caifás representan a la autoridad que se permite juzgar a Cristo, a quienes detentan el poder y lo ejercen más como una prerrogativa personal que como un servicio. Están cerrados a la autocrítica o al examen personal de su conciencia frente al bien o el mal; están cerrados al mensaje de Cristo. Para ellos, un hombre que se hace pasar por Hijo de Dios sólo puede ser un blasfemo. No se plantean ni siquiera la hipótesis de que Jesucristo pueda ser Dios; es algo demasiado grande para sus mentes dedicadas sólo a preocuparse de sus intereses políticos y económicos, incapaces de elevar la mirada por encima de ellos.

 

53. Anás y Caifás no se encuentran con Cristo. Lo tienen delante, pero no llegan a conocerlo y descubrir en él al Hijo de Dios, porque simplemente proyectan sobre él su concepción de lo que debe ser el Mesías. Son los hombres de los prejuicios, que juzgan antes de analizar, que rechazan antes de escuchar. Pero no son personajes ausentes de nuestras sociedades.

 

54. Hoy como siempre resulta necesario vencer muchas resistencias culturales y mentales para poderse abrir sinceramente a Cristo, a la revelación de Dios en él. Nuestra razón, nuestra libertad tienen que vencer muchas resistencias para llegar a aceptar las formas con que Cristo quiere manifestarse en nuestras vidas. Hace falta un esfuerzo ascético, una verdadera voluntad de querer ver a Jesús, para llegar hasta él, a lo más profundo de su identidad. Sólo la experiencia de la oración, la caridad, y la vida de gracia abren nuestra mente y nuestro corazón al Cristo del evangelio.

 

Poncio Pilato, el procurador romano

 

55. Poncio Pilato es el prototipo del hombre indiferente, que no se complica la vida. Pasa ante Jesucristo y ni siquiera se preocupa por saber a fondo quién es esa persona que tiene delante y que se presenta como un Maestro. Condena a Cristo entre la curiosidad y el miedo, sin juzgarlo apegado a la ley y sin ni siquiera escucharlo. En el Evangelio de san Juan, se recoge su diálogo con las autoridades judías (Jn 18,29-31; 19,4-8; 19,14-16; 19,21-22) y con Jesús (Jn 18, 33-38 y 19, 9-12).

 

56. En cada uno de los dos interlocutores de Jesús se ven diversas actitudes: las autoridades judías quieren a toda costa presionar al procurador, Poncio Pilato, para que condene a muerte a Jesús; sin embargo, Jesucristo, con sus palabras, en lugar de buscar su propia salvación, busca salvar a Poncio Pilato, acercarle a la verdad que él revela. Pilato piensa que Jesús se cree rey de este mundo y no acierta a descubrir en aquel preso al Mesías, al único Salvador. No encuentra delitos en él, pero decreta su muerte. Pierde la oportunidad de encontrarse cara a cara con Dios hecho hombre, y reconocerlo como tal.

 

57. Cuántos hermanos nuestros, como el procurador Poncio Pilato, siguen indiferentes al llamado de Cristo que les invita a cambiar su vida, a la conversión, a abandonar la vida de pecado y a buscar al Salvador. La cuaresma es un momento propicio para esta conversión, pero hace falta superar la indiferencia que nos lleva a quedarnos anclados en lo nuestro, nuestros problemas, nuestras preocupaciones, sin abrirnos a Dios.

 

Los soldados

 

58. Los soldados son los hombres que cumplen su deber y nada más, incapaces de amar a Jesús cuando lo ven padecer por amor a los hombres. Obedecen órdenes, porque es lo único que saben hacer. No pueden descubrir a Dios en aquel reo que les han entregado para que hagan con él lo que quieran. Incluso algunos aprovechan para descargar su odio sobre ese prisionero indefenso y desamparado.

 

59. También en nuestro mundo, hay muchos seres humanos que viven sólo de sus deberes civiles, de lo que "tienen que hacer", incapaces por ello de tomar algo de su tiempo o de su atención para dedicarlo a descubrir a Jesús y encontrarse personalmente con él. Más bien, en ocasiones, Jesús se convierte en la descarga de sus frustraciones, en alguien con quien pueden descargar sus tensiones o echarle la culpa de su intranquilidad interior. Para ellos, Jesucristo también tiene un mensaje en esta cuaresma; les dice: "yo puedo dar sentido a tu vida". Él quiere entrar en la vida de los hombres y mujeres de hoy y hacerles conocer el amor que Dios les tiene; amor que llega hasta la donación completa de Jesucristo que se entrega a la muerte por salvarlos.

 

El Buen Ladrón

 

60. No era un hombre inocente, y lo reconoce. Es honesto. Hay que pensar en él como en un hombre duro, curtido por la vida; alguien que, por la pena que se le impuso, tendría sobre sí delitos de sangre. Quizá se habría reído de Cristo si le hubiera escuchado predicar las bienaventuranzas, normas de vida posiblemente muy contrarias a las suyas; pero se conmueve al ver la humildad que Cristo muestra ante sus verdugos que le castigan. Cristo no porfía, no maldice su suerte; simplemente acepta el sufrimiento, lo asume consciente y deliberadamente. El "Buen Ladrón" es el hombre arrepentido que se dejó alcanzar por Cristo en los últimos minutos de su vida sobre la tierra. Los dos comparten la agonía. Los dos se encuentran para siempre en la vida eterna.

 

61. El "Buen Ladrón" nos enseña que no hay que perder nunca la esperanza, que la misericordia de Dios siempre está al alcance de nuestra mano, mientras haya arrepentimiento humilde. No importa lo lejos que se esté de la casa del Padre, ni el tiempo transcurrido desde que se abandonó la seguridad del hogar. Dios está siempre dispuesto a sanar el alma que se acerca a él con humildad, buscando la salvación. Por eso, esta cuaresma puede ser un buen momento para hacer una confesión sincera, como el "Buen Ladrón", y volver a la casa del Padre. Este Padre amoroso ya ha salido a tu encuentro dispuesto a darte el perdón y el premio de la vida eterna. Sólo hace falta tu arrepentimiento.

 

María, la Madre de Jesús

 

62. La presencia de la Madre de Jesús es siempre discreta, pero muy intensa. María fue siempre apoyo para su Hijo, como lo es ahora para cada cristiano. Fortalece a su Hijo en la decisión de asumir generosa y libremente la voluntad del Padre. Está junto a él en su dolor, hasta el pie de la cruz y hasta la sepultura del amor de sus entrañas.

 

63. Nosotros, durante la cuaresma, podemos tomarnos de la mano de María y vivirla con ella. El rezo del Rosario, con la contemplación de los misterios dolorosos, nos ayudará a prepararnos para la pascua junto a ella, con ella, como ella, meditando en nuestro corazón (Cf. Lc 2, 19; 2, 51).

 

"El Rosario escoge algunos momentos de la pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: "no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42).

 

Este "sí" suyo cambia el "no" de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo! En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor "hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 8).

 

Los misterios de dolor llevan al creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora" (JUAN PABLO II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, 22).

 

64. En México, la presencia de la Santísima Virgen tiene un nombre y un rostro propios: el de la Santísima Virgen de Guadalupe, la Madre del Tepeyac, siempre cercana al sufrimiento humano. Durante esta cuaresma, el significado y la pedagogía del mensaje y del hecho guadalupano han de ser una fuente de inspiración para nuestra acción y para nuestra espiritualidad pastoral (Cf. Evangelización de las Culturas en la Ciudad de México 2998). María de Guadalupe nos enseña a estar junto a la cruz de nuestros hermanos, unidos a ellos en su dolor y unidos a Cristo. María de Guadalupe, la Madre del amor auténtico, nos acompaña en esta cuaresma mostrándonos con su testimonio el camino de la fidelidad en el amor a Dios y a los hermanos.

 

Tu encuentro con Cristo

 

"El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo harán apartarse de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, puesto que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos tener la fuerza de expresar" (JUAN PABLO II, Carta encíclica Fides et Ratio, 32).

 

65. Efectivamente, el verdadero alcance de un auténtico encuentro con Cristo nos llevará siempre hasta la fidelidad más completa, hasta la fidelidad plena; como a la Santísima Virgen, como a Pedro y a Juan, como a María, la hermana de Lázaro y de Marta, como al Buen Ladrón, como a muchos cristianos que a lo largo de la historia han llegado incluso a dar su vida por testimoniar a Cristo. Y es que un verdadero y profundo encuentro con Cristo enciende en el alma un amor y una certeza de estar en la Verdad, que lleva incluso a preferir perder la vida antes que perder esta profunda relación de amor y esta certeza que ilumina todos los aspectos de la vida.

 

66. El cristianismo, en su esencia, es el seguimiento de Cristo por amor. No es una simple tradición cultural transmitida, ni siquiera una doctrina o un código de leyes. El verdadero cristiano es aquel que se ha encontrado personalmente con Cristo a través de la oración, de los sacramentos, de la vida espiritual. El cristiano es alguien que conoce a Cristo, lo ama y, por tanto, busca imitarle, seguirle y transmitirlo a los demás. Esta cuaresma puede ser un momento apropiado para encontrarnos con Cristo y fortalecer nuestra vocación misionera cristiana.

 

67. En esta Cuaresma, Cristo va a tocar el alma de muchos; pasará a nuestro lado y buscará una respuesta. Por eso, atraídos por la fe, saldremos al encuentro de Cristo y lo buscaremos con intensidad. La Eucaristía será el lugar seguro de encuentro, de oración en diálogo profundo con él. "En el proceso de fortalecimiento de la fe, la Eucaristía es el lugar privilegiado para el encuentro con Jesucristo vivo" (JUAN PABLO II, Discurso a la Pontificia Comisión para América Latina, 23 de marzo de 2001). En la Eucaristía se abre el corazón para amar lo que Dios ama y seguir sus huellas con fidelidad. Cristo, realmente presente en ella, es el verdadero protagonista de la cuaresma, que quiere encontrarse con cada uno de nosotros, contigo. Este período sólo se puede vivir provechosamente si se da en él un profundo encuentro con Cristo, que nos lleve a aborrecer el pecado y amar a Jesús sobre todas las cosas.

 

 

 

 

V. LA ESPIRITUALIDAD CUARESMAL

 

1. "Si el grano de trigo..."

 

"Él, aunque inocente, carga con los sufrimientos de todos los hombres, porque carga con los pecados de todos. "Yahvé cargó sobre Él la iniquidad de todos": todo el pecado del hombre en su extensión y profundidad es la verdadera causa del sufrimiento del Redentor. Si el sufrimiento "es medido" con el mal sufrido, entonces las palabras del profeta permiten comprender la medida de este mal y de este sufrimiento, con el que Cristo cargó. Puede decirse que éste es sufrimiento "sustitutivo"; pero sobre todo es "redentor". El Varón de dolores de aquella profecía es verdaderamente aquel "cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1,29). En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque Él únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien" (JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici Doloris, 17).

 

68. "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto". Jesucristo será el grano de trigo que morirá para dar el fruto de la salvación y la remisión de los pecados. Él es perfectamente consciente de que su misión redentora pasa por la aniquilación completa de sí mismo, por la muerte más ignominiosa, la del reo despreciado e increpado por todos. Lo sabe y lo acepta. Así lo transmite a los que le están oyendo. Lo dice comenzando con un "En verdad, en verdad, os digo": el doble "Amén", una fórmula que indica toda la solemnidad de la enseñanza, la profunda verdad que contiene y el significado universal que sobrepasa el hecho al que se refiere.

 

69. Jesús habla de la muerte para conquistar la vida. En el contexto en el que se encuentra el Señor, el significado es muy claro: la muerte de Jesús será un medio para traer la vida verdadera a los hombres. El contraste de fondo, que no está dicho explícitamente, pero se deduce del contexto, presenta la posibilidad de que si Jesús eludiese la muerte, no daría fruto; su vida y su misión quedarían estériles. Es algo a lo que después se va a referir con la expresión "¿qué voy a decir?"

 

70. La comparación que presenta Cristo se interesa más por los frutos del grano que por el grano mismo. No importa lo que le pase al grano, sino el hecho de que dará frutos. Así hace ver que no se fija tanto en el destino que le espera, sino en que servirá para traer la salvación a los seres humanos y abrirles las puertas de la vida eterna. Jesús es plenamente consciente de que su muerte será la victoria sobre el pecado.

 

71. En el Evangelio de san Juan, la palabra "fruto" aparece en varias ocasiones (Cf. Jn 4, 36; 12, 24; 15, 1-8; 15, 16). En Juan 4, 36 y en Juan 15, 1-8 Jesús utiliza la palabra con dos significados, en dos dimensiones distintas: la propiamente natural, de la agricultura, y la dimensión sobrenatural en la que "fruto" significa las personas que vienen a Cristo, que se encuentran con él, verdadero Dios y verdadero hombre, y, a través de él, llegan a la salvación de su alma.

 

72. En el capítulo 12 de san Juan, hay una nota de mayor dramatismo, porque Cristo hace hincapié en que sólo a través de su muerte se puede dar este fruto. Por eso, aquí, más que ante una parábola, estamos frente a la trágica predicción de su destino, asumido libremente. Además, en esta ocasión, Cristo habla de "mucho fruto". Acentúa su libre elección del momento y de las condiciones de su muerte, y explica que todo eso lo acepta para dar mucho fruto. La muerte de Jesús permite que todos podamos alcanzar a Dios de un modo nuevo: la posesión eterna e inmediata de su amor. Con esto responde a lo que los griegos le pedían: "queremos ver a Jesús", descubriéndoles el lado íntimo de su identidad y de su misión. Cristo se presenta como el que morirá para darnos la salvación eterna.

 

73. A la luz de la generosa donación que Cristo hace de sí mismo, esta frase se convierte en una de las dos grandes leyes para dar frutos espirituales. La primera ley es que hay que morir a sí mismo para dar frutos de vida eterna: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, dará mucho fruto". El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la redención.

 

74. "En la lucha 'cósmica' entre las fuerzas espirituales del bien y las del mal, de las que habla la carta a los Efesios (Cf. Ef 6, 12), los sufrimientos humanos, unidos al sufrimiento redentor de Cristo, constituyen un particular apoyo a las fuerzas del bien, abriendo el camino a la victoria de estas fuerzas salvíficas" (JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici Doloris, 27).

 

75. La segunda ley de la fertilidad espiritual la encontramos en Juan 15,5: la unión con Cristo, con la vid: "El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada". Sólo en la renuncia a sí mismo y en la unión con Cristo, el cristiano puede realizar la vocación a la que ha sido llamado por Cristo que nos ha elegido para dar fruto: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda" (Jn 15, 16).

 

76. El amor de Cristo hacia los hombres es un amor auténtico, que se manifiesta en la entrega generosa de toda su vida. Cristo se entrega consciente y deliberadamente a la muerte, al aniquilamiento de sí mismo, por nuestra salvación. Este es el verdadero amor.

 

77. Hoy, cuando se habla de amor, muchas veces se hace desde una concepción egoísta de la vida, y el amor se reduce a recibir un placer del otro. Entonces, "amar" significaría más o menos gozar placenteramente. Otras veces se reduce a un concepto vago, como una especie de "energía" que llena el planeta. Pero el amor auténtico es algo muy distinto de esas concepciones del "amor"; el amor es donación total de sí mismo.

 

78. El amor de Cristo, modelo de todo amor auténtico, es amor de entrega, amor que lleva a dar la vida al otro, por el otro. Ese es el amor al que nos invita Jesucristo: "Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 12-13). Nadie tiene mayor amor que dar la vida por los que ama, aunque aquellos a los que ama no le correspondan. Este es el amor auténtico.

 

79. Ojalá que esta cuaresma sea para todos los cristianos de la arquidiócesis de México una oportunidad especial para vivir el verdadero amor que prefiere el sacrificio total de sí mismo (el grano que muere) antes que dañar al hermano; que busca el perdón antes que la revancha; que está dispuesto a entregarse a los demás. Este amor vivido con integridad es fuente de felicidad para el alma, según las palabras del Señor: "Mayor felicidad hay en dar que en recibir" (Hch 20, 35).

 

2. "El que ama su vida, la pierde"

 

"Jesús no es el Mesías del triunfo y del poder. En efecto, no liberó a Israel del dominio romano y no le aseguró la gloria política. Como auténtico Siervo del Señor, cumplió su misión de Mesías mediante la solidaridad, el servicio y la humillación de la muerte. Es un Mesías que se sale de cualquier esquema y de cualquier clamor; no se le puede "comprender" con la lógica del éxito y del poder, usada a menudo por el mundo como criterio de verificación de sus proyectos y acciones.

 

Jesús, que vino para cumplir la voluntad del Padre, permanece fiel a ella hasta sus últimas consecuencias, y así realiza la misión de salvación para cuantos creen en él y lo aman, no con palabras, sino de forma concreta. Si el amor es la condición para seguirlo, el sacrificio verifica la autenticidad de ese amor. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9, 23). Estas palabras expresan el radicalismo de una opción que no admite vacilaciones ni dar marcha atrás. Es una exigencia dura, que impresionó incluso a los discípulos y que a lo largo de los siglos ha impedido que muchos hombres y mujeres siguieran a Cristo. Pero precisamente este radicalismo también ha producido frutos admirables de santidad y de martirio, que confortan en el tiempo el camino de la Iglesia.

 

Aún hoy esas palabras son consideradas un escándalo y una locura (Cf. 1 Corintios 1, 22-25). Y, sin embargo, hay que confrontarse con ellas, porque el camino trazado por Dios para su Hijo es el mismo que debe recorrer el discípulo, decidido a seguirlo. No existen dos caminos, sino uno solo: el que recorrió el Maestro. El discípulo no puede inventarse otro" (JUAN PABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001, 2-3).

 

80. "El que ama su vida la pierde, y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna". Parece como si Jesús, en este momento de la conversación, en lugar de referirse principalmente a los griegos, se estuviera dirigiendo a los discípulos, hablándoles con una especial intensidad. Es, por decirlo así, una invitación que hace el Maestro a seguirlo hasta la muerte. Está explicando cuál será su destino, pero al mismo tiempo plantea a sus discípulos que la entrega personal de su vida, no es un final, un ocaso completo, sino culminación de una vida verdadera que le llevará a la vida eterna. En el fondo, Cristo presenta su muerte como un inicio, como condición para alcanzar la salvación, la vida eterna.

 

81. En las culturas semíticas, los contrastes vivaces eran muy usados para expresar con más claridad lo que debía elegirse como bueno frente a lo malo (Cf. Dt 21, 15; Mt 6, 24; Mc 14, 26). Por eso, Jesucristo, en el pasaje evangélico sobre el que estamos reflexionando, contrapone "amor" y "odio"; es un modo de fijar la atención sobre la elección más conveniente a partir de las consecuencias de cada una. Jesucristo habla de amar u odiar la vida. El contenido de esta frase parece enigmático: el que ama la vida la pierde; y el que la odia en este mundo, la guarda para la vida eterna.

 

82. El evangelista san Juan usa aquí la palabra "Psijé" para designar la "vida", y esto es muy significativo. Los judíos, al revés que los griegos, no tenían claramente definida la distinción alma-cuerpo; por eso, san Juan usa la palabra griega "psijé" —que en griego significa "alma"— como la más adecuada para expresar el "yo" humano que vive, sin temor a que su auditorio judío pudiera entender esta palabra como opuesta a cuerpo.

 

83. La palabra "bios", con la que los griegos designaban la vida, no era suficiente en este caso, ya que san Juan sabe que Jesús se estaba refiriendo al "yo" que vive, al "nefes" judío, al hombre vivo, como en Juan 10, 15. Para la vida eterna usa otra palabra que es "zoe", la vida que el creyente recibe de lo alto. Es la vida "psijé" no "zoe", la que puede ser amada u odiada, y ese amor u odio, elegido libremente, tiene consecuencias distintas. Esto es lo que Cristo está explicando a los suyos.

 

84. El contraste entre los verbos "odiar-amar", aparece varias veces en los Evangelios (Cf. Lc 14, 26; Mt 10, 37). San Juan nos transcribe tres ocasiones en las que lo usó Jesucristo: aquí, donde contrapone el odio a la propia vida con el amor de la propia vida en este mundo; en Juan 3, 19-20, en que enfrenta el amor a la luz con el amor a las tinieblas; y en Juan 12, 43, que establece un contraste entre la gloria de Dios y la gloria entre los hombres. En estos dualismos, las tinieblas, la propia vida en este mundo y la gloria humana, aparecen "tocados" por el mal que se hace presente entre los hombres.

 

85. El amar a cualquiera de estos últimos se convierte en un obstáculo que imposibilita el amar a Dios sobre todas las cosas. Siempre, en los tres casos, el lenguaje es claro y contundente, e implica la elección entre un bien y un mal. En este caso concreto de Juan 12,25, parece como si Cristo quisiera repetir lo que ha dicho antes acerca del grano de trigo, pero diciéndolo ahora con más claridad, como explicándolo a fondo, sin comparaciones.

 

86. El tema es el mismo: morir para vivir, pero aquí Jesucristo introduce una variante: antes, en la comparación del grano de trigo, estaba claro que Jesús tenía que morir para darnos la vida; ahora vemos que los que quieran ser discípulos de Jesús tienen que pasar a través de la muerte para alcanzar su propia vida eterna. Ya no habla Cristo de sí mismo, sino que se refiere a todos los que quieran seguirle. Es, por decirlo así, la enseñanza de Jesús para que cada discípulo suyo alcance la vida eterna que él le ofrece con su muerte.

 

87. Cristo habla de una vida eterna más allá de la vida en este mundo, y de una continuidad entre ambas. En forma antitética, Cristo expresa que la vida verdadera se pierde cuando se quiere conservar y gozar de la vida de este mundo, mientras que cuando la vida de este mundo se utiliza para donarla generosamente a Dios y a los demás, sin guardarse nada para sí, entonces se llega a la salvación eterna. La enseñanza es clara: el que ama su vida en este mundo hasta el punto de no estar dispuesto a sacrificar su existencia terrena, se priva de la vida eterna; y el que odia esta vida terrena, temporal, renunciando a los placeres y a la limitada felicidad que ofrece y busca darse generosamente a Dios y a los demás, es quien conquista la vida eterna.

 

88. Para alcanzar la vida eterna, hay que superar un mundo hostil. Trayendo a nuestros días esta enseñanza, podemos analizar la gran realidad que encierra. Vivimos en un mundo que tiene la fuerte tentación de convertir todo en mercancía para el disfrute o el provecho personal, sin negarse nada; un mundo que incluso llega a aceptar que la vida humana, entendida sólo como unidad biológica, pueda ser comercializada o manipulada según su utilidad. Ante esta cultura tan extendida que, con su fuerte influencia, puede alejar al ser humano de Dios y del designio amoroso de felicidad que nos ha preparado, Cristo aparece como un Mesías que se sale de cualquier esquema; un Mesías que no se puede comprender con la lógica del éxito y del poder.

 

89. El seguimiento de Cristo, que lleva a la salvación, se convierte en una lucha contra un mundo que maneja unos valores distintos. Pero Cristo ha vencido ese mundo con su entrega a la muerte en la cruz, y esa cruz queda como el signo de su victoria en la que hemos vencido todos. "La Iglesia desde siempre cree y confiesa que sólo en la cruz de Cristo hay salvación. Una difundida cultura de lo efímero, que asigna valor a lo que agrada y parece hermoso, quisiera hacer creer que para ser felices es necesario apartar la cruz. Presenta como ideal un éxito fácil, una carrera rápida, una sexualidad sin sentido de responsabilidad y, finalmente, una existencia centrada en la afirmación de sí mismos, a menudo sin respeto por los demás" (JUAN PABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001, 6). La cruz de las renuncias de esta vida ofrece realísticamente un camino de salvación en el que el ser humano puede encontrar sentido al sufrimiento y al dolor.

 

90. Efectivamente, el dolor sigue presente en el ser humano, y sólo en la cruz de Cristo encuentra sentido, valor. Sólo desde esta cruz se entiende que lo verdadero debe prevalecer sobre lo útil, el bien sobre el bienestar, la libertad sobre las modas, la persona sobre la estructura. Sólo con la aceptación libre y amorosa del sacrificio se puede asumir una conducta ética sin ceder a las tentaciones que continuamente se presentan. El cristiano, desde la cruz de Cristo, sabe que su actitud ante los problemas del mundo no puede ser pasiva, que criticar no basta; que es necesario ir más allá: es necesario ser constructores.

 

91. El cristiano, en efecto, no puede limitarse a analizar los procesos históricos en acto, manteniendo una actitud pasiva, como si excedieran sus capacidades de intervención, como si estuviéramos guiados por fuerzas ciegas e impersonales. El creyente está persuadido de que todo acontecimiento humano está bajo la providente mano de Dios, quien pide a cada uno que colabore con él en la orientación de la historia hacia un fin digno del hombre, aún a costa del propio sacrificio personal unido al sacrificio de Cristo. Cada cristiano, en su ambiente, es portador de la cruz y desde ella edifica la sociedad del amor, cediendo el mando de su vida a sus propios principios y no a la simple satisfacción de sus tendencias.

 

92. El sufrimiento es "verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él, el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión" (JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici Doloris, 31). Y la respuesta al sufrimiento humano está en el amor, en el amor de Cristo que entrega su vida por amor. El dolor es una prueba (Cf. JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici Doloris, 23) que evidencia el amor, que hace presente el amor de Dios en el mundo.

 

93. El sufrimiento humano es una expresión de amor, así como el dolor por el ser querido que ya no está junto a nosotros es un modo nuevo de expresarle nuestro amor. El dolor es un camino de esperanza gracias a la resurrección de Jesucristo. Eso es lo que refleja el rostro de la Piedad de Miguel Ángel: hay un dolor por su Hijo muerto y al mismo tiempo, una serena esperanza confiada en que no todo acaba ahí: hay un después. Sufrir es completar el sacrificio de Jesucristo a favor de la Iglesia. Por ello, los cristianos, "ciertamente, debemos hacer todo lo posible para atenuar el sufrimiento e impedir la injusticia que provoca el sufrimiento de los inocentes. Sin embargo, también debemos hacer todo lo posible para que los hombres puedan descubrir el sentido del sufrimiento, para que estén en grado de aceptar el propio sufrimiento y unirlo al sufrimiento de Cristo. De este modo, el sufrimiento se funde con el amor redentor y se convierte, por tanto, en una fuerza contra el mal en el mundo" (BENEDICTO XVI, Discurso a la curia romana, 22 de diciembre de 2005).

 

3. "Si alguno me sirve, que me siga"

 

"Jesús camina delante de los suyos y a cada uno pide que haga lo que Él mismo ha hecho. Les dice: yo no he venido para ser servido, sino para servir; así, quien quiera ser como yo, sea servidor de todos. Yo he venido a vosotros como uno que no posee nada; así, puedo pediros que dejéis todo tipo de riqueza que os impide entrar en el reino de los cielos. Yo acepto la contradicción, ser rechazado por la mayoría de mi pueblo; puedo pediros también a vosotros que aceptéis la contradicción y la contestación, vengan de donde vengan. En otras palabras, Jesús pide que elijan valientemente su mismo camino; elegirlo, ante todo, "en el corazón", porque tener una situación externa u otra no depende de nosotros. De nosotros depende la voluntad de ser, en la medida de lo posible, obedientes como él al Padre y estar dispuestos a aceptar hasta el fondo el proyecto que él tiene para cada uno" (JUAN PABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001, 3).

 

94. "Si alguno me sirve, que me siga". Jesús habla con claridad de cómo deben seguirle sus discípulos. La idea que quiere transmitir es que el seguirle a él hasta la muerte, para participar de su victoria, distingue a sus discípulos. La recompensa por el seguimiento es compartir el mismo destino de Cristo: la resurrección, la victoria sobre la muerte, la vida eterna. Con la frase: "si alguno me sirve, que me siga", Jesucristo está invitando a sus discípulos a estar dispuestos a seguirle en el sufrimiento y en la muerte.

 

95. En este momento, Jesús habla de "si alguno me sirve", de "servicio", pero más adelante aclara: "ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). No hay contradicción entre las dos frases, el que sirve a Jesús no es un siervo, sino alguien que le sigue como amigo. Cristo le invita a seguirle desde el amor, como amigo. Esta es la base del cristianismo, es ante todo un seguimiento de Cristo en y desde el amor.

 

96. La recompensa que Jesús promete a sus seguidores es estar con el Padre que los honrará. De esta forma, Jesucristo está concretando todavía más lo que acababa de decir acerca de que quien odia la vida en este mundo, la conservará para la vida eterna. Ahora sabemos que la vida eterna consiste en estar con Jesucristo en el amor del Padre. Jesucristo sigue explicando el significado que tendrá la hora de su muerte y resurrección para todos los hombres. Muchos mártires, a lo largo de la historia de la Iglesia, han encontrado consuelo en esta enseñanza y han vivido al pie de la letra esta frase. Han servido a Cristo, han seguido plenamente sus pasos, y han encontrado consuelo en él. También nosotros, cristianos del siglo XXI, encontramos luz para nuestra vida en esta enseñanza de Cristo. Sabemos que seguirlo nos lleva a la recompensa del gozo eterno vivido en el amor del Padre. Ya, desde ahora, ese pensamiento nos impulsa a ser mejores seguidores de Cristo, a ponerle en el centro de nuestra vida, a encontrar consuelo en él: "Cristo es todo para nosotros y por tanto: "si quieres curar una herida, él es médico; si ardes de fiebre, es manantial; si estás agobiado por la iniquidad, es justicia; si tienes necesidad de ayuda, es fuerza; si temes la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas es luz; si buscas alimento, es comida" (San Ambrosio, De virginitate, 16,99). Nuestra vida debe desembocar en el encuentro con Cristo: "Iremos a donde el Señor Jesús ha preparado las moradas para sus pobres servidores, a fin de estar también nosotros donde se encuentra él: esto es lo que él ha querido" (San Ambrosio, De bono mortis, 12,53)" (Juan Pablo II, Carta apostólica Operosam diem, 1 de diciembre de 1996, 25)

 

97. El amor y la entrega personal de sí mismo a Dios y a los demás no despersonalizan. A veces se podría pensar que la entrega, el salir de sí mismo, el darse a Dios o darse a los hermanos, nos resta posibilidades de realizarnos como personas, pero no es así. El vaciamiento de nosotros mismos en la entrega a Dios y a los demás, nos lleva a no preocuparnos tanto de nuestro pequeño mundo en el que solemos enredarnos, a abrir los horizontes del espíritu y a buscar lo que realmente llena el alma: el amor de correspondencia al amor de Dios, que se hace hombre y se entrega por mí. Este es el gran resumen de la espiritualidad cuaresmal, es lo que Cristo hace durante toda su vida y, de un modo especial, en su pasión: aceptación voluntaria de una muerte cruenta, en la obediencia al Padre, por amor. El cristiano, en su vida cotidiana, tiene muchas oportunidades para mostrar su amor a Dios en la entrega de sí mismo a él y a los demás, en la obediencia a la voluntad de Dios y en innumerables actos de caridad que se le presentan como oportunidades para crecer en el amor, para crecer como persona.

 

98. Negarse a sí mismo significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios: este es el camino de la conversión, indispensable para la existencia cristiana, el camino que llevó al apóstol san Pablo a afirmar: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gál 2, 20). Jesús no pide renunciar a vivir; lo que pide es acoger una novedad y una plenitud de vida que sólo él puede dar. El hombre tiene enraizada en lo más profundo de su corazón la tendencia a pensar en sí mismo por encima de todo, a ponerse a sí mismo en el centro de los intereses y a considerarse la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo rechaza este repliegue sobre sí mismo y no valora las cosas según su interés personal. Considera la vida vivida como un don, como algo gratuito, no como una conquista o una posesión. En efecto, la vida verdadera se manifiesta en el don de sí, fruto de la gracia de Cristo: una existencia libre, en comunión con Dios y con los hermanos. Si vivir siguiendo al Señor se convierte en el valor supremo, entonces todos los demás valores reciben de éste su correcta valoración e importancia. Quien busca únicamente los bienes terrenos, será un perdedor, a pesar de las apariencias de éxito: la muerte lo sorprenderá con un cúmulo de cosas, pero con una vida fallida (Cf. Lc 12, 13-21). Por tanto, hay que escoger entre ser y tener, entre una vida plena y una existencia vacía, entre la verdad y la mentira (Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001).

 

 

 

 

VI. EL CUMPLIMIENTO DE LA MISIÓN DE CRISTO:

LA OBRA DE LA REDENCIÓN

 

1. "¿Qué voy a decir?"

 

"Los acontecimientos del Viernes Santo y, aún antes, la oración en Getsemaní, introducen en todo el curso de la revelación del amor y de la misericordia, en la misión mesiánica de Cristo, un cambio fundamental. El que "pasó haciendo el bien y sanando" (Hch 10, 38), "curando toda clase de dolencias y enfermedades" (Mt 9, 35), Él mismo parece merecer ahora la más grande misericordia y apelarse a la misericordia cuando es arrestado, ultrajado, condenado, flagelado, coronado de espinas; cuando es clavado en la cruz y expira entre terribles tormentos (Cf. Mc 15, 37; Jn 19, 30). Es entonces cuando merece de modo particular la misericordia de los hombres, a quienes ha hecho el bien, y no la recibe. Incluso aquellos que están más cercanos a Él, no saben protegerlo y arrancarlo de las manos de los opresores. En esta etapa final de la función mesiánica se cumplen en Cristo las palabras pronunciadas por los profetas, sobre todo Isaías, acerca del Siervo de Yahvé: "por sus llagas hemos sido curados" (Is 53, 5). Cristo, en cuanto hombre que sufre realmente y de modo terrible en el Huerto de los Olivos y en el Calvario, se dirige al Padre, a aquel Padre, cuyo amor ha predicado a los hombres, cuya misericordia ha testimoniado con todas sus obras. Pero no le es ahorrado —precisamente a Él— el tremendo sufrimiento de la muerte en cruz: "a quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros" (2 Cor 5, 21), escribía san Pablo, resumiendo en pocas palabras toda la profundidad del misterio de la cruz y a la vez la dimensión divina de la realidad de la redención" (JUAN PABLO II, Carta encíclica Dives in misericordia, 7).

 

99. "¿Qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre". En este momento aparece en Jesús la tentación de pedir al Padre que le salve de esta hora, de su "hora". Aquí, por primera vez en el Evangelio de san Juan, se toca la humanidad sufriente de Cristo. Jesús confiesa su temor ante la terrible lucha que le espera con Satanás, con el Príncipe de este mundo que será derrotado por él (Cf. Jn 12, 31). Cristo se enfrenta a la tentación de pedir al Padre que lo libre de su hora, que le ahorre sufrir la ignominia y el dolor. Es la misma lucha que sufrirá en Getsemaní, donde terminará por imponerse sobre sí mismo y seguir la voluntad de Dios antes que su querer humano, que naturalmente aborrece el dolor (Cf. Mc 14, 36). Cristo triunfa en los dos momentos sometiendo su libertad a la voluntad de Dios. La oración que pronuncia: "Padre, glorifica a tu nombre", es precisamente una súplica para que se cumpla el designio de Dios. En Jesucristo luchan la voluntad divina y la voluntad humana, pero vence el querer de Dios. Es el primer paso de la kénosis, o vaciamiento de sí mismo, aceptado libremente por Jesucristo, por amor.

 

100. Dios sólo será glorificado cuando Cristo cumpla completamente su misión en la entrega completa de sí mismo, a través de la muerte y la resurrección. Pero ahora, el Padre adelanta la glorificación de Cristo, que se somete al designio del Padre y recibe del cielo una confirmación: "le he glorificado y de nuevo le glorificaré". Es una anticipación de la gloria que recibirá Cristo resucitado.

 

101. Jesús mismo explica la finalidad de esa voz que ha venido del cielo. No es para él, sino para los que le escuchan. Es como una aprobación de Dios, desde lo alto, a lo que está diciendo el Señor. Desde el cielo, el Padre responde a la petición del Hijo y le asegura la victoria ante el duro destino que le aguarda. De ese modo garantiza a los presentes el triunfo de Jesús, a pesar del sufrimiento por el que debe pasar. Jesús se va a sacrificar, pero en ese mismo acto va a encontrar su glorificación. Los judíos de entonces esperaban un mesías glorioso y Jesús los prepara con esta explicación para que acepten su mesianismo de humildad, de servicio, de entrega, de amor, de aniquilación de Sí mismo. El Padre, desde el cielo, refuerza la autenticidad de este mesianismo.

 

102. La enseñanza de este texto es fundamental para la vivencia de la cuaresma y para toda nuestra vida cristiana. Nos invita a guiar nuestras vidas por la voluntad de Dios, con la fe cierta en que ese es el camino de la felicidad y del triunfo para la eternidad. Nos invita a superar las dificultades que sufrimos como consecuencia de nuestra debilidad humana para aceptar generosamente la voluntad de Dios, uniéndonos a él que también venció su debilidad humana confiando en el Padre.

 

2. "Ahora es el juicio de este mundo"

 

"Esta redención es la revelación última y definitiva de la santidad de Dios, que es la plenitud absoluta de la perfección: plenitud de la justicia y del amor, ya que la justicia se funda sobre el amor, mana de él y tiende hacia él. En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de que el Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que lo "hizo pecado por nosotros" (2 Cor 5, 21)— se expresa la justicia absoluta, porque Cristo sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad. Esto es incluso una "sobreabundancia" de la justicia, ya que los pecados del hombre son "compensados" por el sacrificio del Hombre-Dios. Sin embargo, tal justicia, que es propiamente justicia "a medida" de Dios, nace toda ella del amor: del amor del Padre y del Hijo, y fructifica toda ella en el amor. Precisamente por esto la justicia divina, revelada en la cruz de Cristo, es "a medida" de Dios, porque nace del amor y se completa en el amor, generando frutos de salvación. La dimensión divina de la redención no se actúa solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad, que viene de Dios. De este modo, la redención comporta la revelación de la misericordia en su plenitud. El misterio pascual es la culminación de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo" (JUAN PABLO II, Carta encíclica Dives in misericordia, 7).

 

103. "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera". Cristo realiza la justicia de Dios con su crucifixión, asumida voluntariamente, y con su resurrección gloriosa. Si no hubiera sido por ello, no nos habría conquistado la vida eterna en Dios.

 

104. En estas palabras de Jesús: "ahora es el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera..." se anuncia la victoria de Cristo sobre el mal. Es otro aspecto de la "hora" de Jesús. La "hora" de Cristo traerá la condena y la derrota para el Príncipe de este mundo, Satán, pero también otorgará la vida a los que sean atraídos por Jesús (Cf. Jn 12, 32). Es un momento de contrastes: condenación para el Príncipe de este mundo, y vida para los discípulos de Jesús: luz que vence sobre las tinieblas.

 

105. Efectivamente, la hora que conduce a Jesús a la glorificación es también el momento de la expulsión de su mayor enemigo, Satanás. La humillación de Cristo derrota al "padre de la mentira" (Cf. Jn 8, 44) y de la soberbia. La victoria de Cristo quitará la autoridad al demonio que dominaba el mundo hasta considerarlo su principado (Cf. Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11), su posesión (Cf. Mt 4, 8-9). Es una victoria definitiva sobre el mal, pero ahora, cada cristiano debe hacer realidad esta victoria en su vida, debe hacerla suya con su libertad, con su capacidad de amar, de elegir el bien y de rechazar el mal. La vida cristiana es una tensión constante entre esa victoria ya obtenida por Jesús y la libre apropiación que hace de ella el cristiano, cada cristiano, habilitado gracias a la muerte y resurrección de Cristo, para vencer el mal con el bien (Cf. Rm 12, 21).

 

106. Jesucristo se convierte en el Juez ya que el Padre "le ha constituido en juez supremo porque es el Hijo del hombre" (Jn 5, 27). Juzgar es una facultad propia de Dios, y Jesús, por ser Dios y hombre a la vez, goza de la facultad de Dios para juzgar y de la posibilidad de hacerlo entre los hombres. La facultad exclusiva de Dios (Cf. Gn 18, 25; Jue 11, 27; Tb 3, 2; Sal 7, 9; Sant 4, 12; etc.), el Juez Universal (Cf. Hbr 12, 23), el Juez Justo (Cf. 2 Mac 12, 6; 12, 41, Sal 7, 12; Jr 11, 20; 20, 12; 2 Tm 4, 8; etc.), sólo la posee Cristo y la ejecuta de modo absoluto por ser Dios. Él es el Juez Justo que conoce el interior del corazón de los hombres, y sólo él puede juzgar el mundo entero. No es un juez como los jueces humanos, que se ocupan de los litigios entre los hombres (Cf. Lc 12, 14), sino un Juez total de vivos y muertos (Cf. Hch 10, 42), que juzga los corazones de los hombres porque los conoce perfectamente. Cristo es un juez que no juzga sobre las apariencias (Jn 7, 24), sino en profundidad, en lo más hondo del hombre. Sólo él puede decir al mundo cuál es su mal de raíz, dónde está escondido su enemigo. Por eso, solamente Cristo puede sacar a Satanás a la luz y vencerlo.

 

107. Al ser humano no le toca juzgar (Cf. Mt 7, 1; Lc 6, 37), no tiene la suficiente capacidad para hacerlo sin errar. Sólo Cristo puede realizar en la historia humana, en este mundo, el juicio en que se condena al "Príncipe de este mundo". Es una sentencia ejecutada por alguien que, siendo Dios, a la vez también es hombre. El que ya ha condenado a Satanás, juzgará también a la humanidad (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1021-1022 y 1038-1041). Nos juzgará Cristo, Dios hecho hombre, que ha tenido experiencia de la vida humana, de sus dificultades, de sus tentaciones, y se ha hecho solidario, en la condición humana, con aquellos a los que debe juzgar. Precisamente en virtud de esta total solidaridad puede decir como juez: "Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era peregrino y me hospedasteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, prisionero y vinisteis a verme... En verdad os digo, todo aquello que hicisteis a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 35-36 y 40). El Hijo del hombre permanece unido a todos los hombres para siempre desde el primer momento de la encarnación. Por ello experimenta en sí mismo el sufrimiento de cada uno y la indigencia del ser humano que necesita de los demás (Cf. Jn 19, 28).

 

108. El Hijo del hombre pasó por el mundo perdonando los pecados; y esa es una de las graves acusaciones que le hacen sus enemigos porque reconocen que ese poder sólo pertenece a Dios. Pero él tiene verdaderamente esta facultad "en la Tierra" (Cf. Mc 2, 10) por su divinidad. Los judíos saben que Dios tiene este poder para perdonar pecados, pero con Cristo es la primera vez que ven que un hombre perdona en la tierra las faltas cometidas. Es real, el perdón de Dios se hace más cercano, más accesible. Esa era y es la voluntad de Dios, que quiere de nuevo acercar a sus hijos a la felicidad que sólo él puede ofrecerles con su amor. Y ahí se muestra el juicio de este mundo que comienza desde el nacimiento de Cristo, Dios que penetra en la historia humana. Al final del relato de la curación del paralítico, el evangelista san Mateo nos dice que las muchedumbres "glorificaban a Dios por haber dado tal poder a los hombres" (Mt 9, 8). Se refiere al poder para perdonar los pecados, las ofensas a Dios. Ahí se ve un anticipo del sacramento del perdón, que es juicio y curación. La cuaresma es una buena ocasión para acercarse al sacramento de la reconciliación en el que Dios actúa a través de un hombre, de un sacerdote, dotado de una potestad que ha recibido de Dios para juzgar y perdonar los pecados. Es el poder de Dios que juzga el mundo, que sigue así presente entre nosotros y nos reconcilia con el Padre como nos reconcilió el Hijo desde la cruz.

 

109. La cuaresma es el momento más propicio para aprovechar el perdón de Cristo que nos quiere liberar del pecado y acercarnos de nuevo a su amor. El pecado es alejamiento del amor de Dios, rotura de la relación con él. Como en el primer pecado (Cf. Gn 3), también hoy, el Maligno, a través de diversos medios, hace al ser humano olvidar el amor de Dios, alejarse de él. Para ello, igual que en el pecado de Adán y Eva, comienza generando la desconfianza en Dios. En todo pecado, Dios, el Creador, es puesto en estado de sospecha: "¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?" El Príncipe de este mundo hace ver al hombre que la voluntad de Dios que se concreta en sus Mandamientos, no nace del amor del Señor, sino del capricho de un tirano, que es presentado como enemigo de la criatura, del hombre; como obstáculo de realización, no como Padre. Y el Maligno reta al ser humano, lo presiona para que llegue a amarse desordenadamente a sí mismo hasta enfrentarse o desinteresarse de Dios. En el caso de Adán y Eva, el engaño es tan claro que el alma se defiende de la falacia con una puntualización: "Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte". Pero el Maligno no es tomado por sorpresa, y sabe replicar acusando de nuevo a Dios: "De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal".

 

110. Esta acción del Príncipe de este mundo se refleja en una mentalidad muy extendida hoy que ve los mandamientos de Dios como una tiranía, como una ley esclavizante. Detrás está la acción del Príncipe de este mundo que cierra al hombre al amor de Dios. Eva, apartada del amor, cayó en la trampa, desobedeció al Creador, traicionó a quien la había creado por amor, prefirió obedecer al Señor del odio y de la mentira, y consideró la falacia de la serpiente como algo dignificante para ella. En nuestras sociedades, son continuas las invitaciones a dudar de Dios y a ver su Ley como una esclavitud; a considerar su amorosa voluntad como opresora, y a su Iglesia como tiránica y retrógrada, obstáculo para la plena realización del ser humano, para la liberación de los viejos tabúes. Estas son las secuelas del pecado de las que nos quiere salvar Jesucristo.

 

111. Jesús, el hombre universal, se acerca a la muerte. Mediante la expresión el "Hijo del hombre", Jesús quiere subrayar la universalidad que caracteriza su misión entre los hombres. No quiere sólo reconciliar a los hombres con Dios, sino también a los hombres entre sí. Por eso, no se denominó nunca a sí mismo como "Hijo de David", que hubiera sido el título mesiánico más reconocible. Es verdad que otros le dieron ese título sin que él lo rechazara, pero evitó cuidadosamente aplicarse un título que habría sugerido la reducción de su misión a una sola nación, a un único pueblo, el pueblo de Israel. Al presentarse como "Hijo del hombre" quiere significar que su misión no tiene límites, que es universal, que se abre a todos los seres humanos de su tiempo y de siempre. Jesucristo, con su juicio, destruye todas las barreras que oponen a los hombres entre sí. Igual que, durante su vida, se dirigía a judíos y gentiles, a pueblos enemistados, ahora se ofrece para todos, se inmola por todos para abrirnos el camino de la salvación.

 

3. "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí"

 

"De la misma manera que la cruz puede reducirse a mero objeto ornamental, así también "tomar la cruz" puede llegar a ser un modo de decir. Pero en la enseñanza de Jesús esta expresión no pone en primer plano la mortificación y la renuncia. No se refiere ante todo al deber de soportar con paciencia las pequeñas o grandes tribulaciones diarias; ni mucho menos quiere ser una exaltación del dolor como medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento por sí mismo, sino el amor. Y la cruz acogida se transforma en el signo del amor y del don total. Llevarla en pos de Cristo quiere decir unirse a él en el ofrecimiento de la prueba máxima del amor. No se puede hablar de la cruz sin considerar el amor que Dios nos tiene, el hecho de que Dios quiere colmarnos de sus bienes. Con la invitación "sígueme", Jesús no sólo repite a sus discípulos: tómame como modelo, sino también: comparte mi vida y mis opciones, entrega como yo tu vida por amor a Dios y a los hermanos. Así, Cristo abre ante nosotros el "camino de la vida", que, por desgracia, está constantemente amenazado por el "camino de la muerte". El pecado es este camino que separa al hombre de Dios y del prójimo, causando división y minando desde dentro la sociedad. El "camino de la vida", que imita y renueva las actitudes de Jesús, es el camino de la fe y de la conversión; o sea, precisamente el camino de la cruz. Es el camino que lleva a confiar en él y en su designio salvífico, a creer que él murió para manifestar el amor de Dios a todo hombre; es el camino de salvación en medio de una sociedad a menudo fragmentaria, confusa y contradictoria; es el camino de la felicidad de seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias, en las circunstancias a menudo dramáticas de la vida diaria; es el camino que no teme fracasos, dificultades, marginación y soledad, porque llena el corazón del hombre de la presencia de Jesús; es el camino de la paz, del dominio de sí, de la alegría profunda del corazón" (JUAN PABLO II, Mensaje para la XVI Jornada Mundial de la Juventud, 14 de febrero de 2001, 5).

 

112. "Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí". Esta es la tercera vez en el Evangelio de san Juan que Cristo habla de "ser levantado". Anteriormente, lo ha hecho en otras dos ocasiones: la primera vez en el capítulo 3: "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna" (Jn 3, 14-15), y la segunda en el capítulo 8: "Les dijo, pues, Jesús: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él" (Jn 8, 28-29). Las tres se refieren remotamente al cumplimiento de la profecía de Isaías sobre el Siervo Doliente de Yahvé: "He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera" (Is 52, 13). La palabra "levantado" es, en este caso, un signo de prosperidad para el Siervo que ha sido humillado y ha sufrido las mayores torturas. En el texto del Evangelio de san Juan, las tres veces, Jesús se refiere a algo físico, corporal: es levantado de la tierra, es izado como la serpiente de bronce que colocó Moisés sobre un mástil para que el que fuese mordido y la mirase no muriese (Cf. Nm 21, 6-9), y será levantado por los que ahora le escuchan. También en las tres aparece esta acción unida al triunfo de Cristo, con tres diversas manifestaciones: atraerá a todos los hombres, dará la vida eterna a los que crean en él y se verá que lo que él hablaba y enseñaba venía del Padre a quien siempre se mantuvo fiel. Los tres signos de triunfo serán comprobados por los hombres, del mismo modo como se puede constatar el hecho de que sea levantado. El mensaje de fondo es claro: está hablando de la muerte con la que será ejecutado, pero al mismo tiempo está señalando con claridad que esa muerte será en beneficio de los hombres, para que se acerquen a Cristo, para que tengan vida eterna, para que crean en Él y reconozcan su divinidad; como el centurión (Cf. Mc 15,39), el pagano que afirma que Jesucristo es el Hijo de Dios precisamente al verle morir en la cruz.

 

113. También nosotros, en esta cuaresma, contemplemos a Cristo crucificado, que se entrega por nosotros, por amor a cada uno de nosotros. Contemplemos la pasión de Cristo para descubrir en ella al Hijo de Dios que se entrega por cada uno de los seres humanos, para que tengamos vida eterna. Que la cruz no sea para los cristianos un objeto de escándalo, sino una escalera de salvación.

 

114. ¿Era necesario para la salvación del hombre que Dios entregase a su Hijo a la muerte en la cruz?, ¿podía ser de otro modo? ¿podía Dios, digámoslo así, justificarse ante la historia del hombre, tan llena de sufrimientos, de otro modo que no fuera poniendo en el centro de esa historia la misma cruz de Cristo? Evidentemente, una respuesta podría ser que Dios no tiene necesidad de justificarse ante el hombre: es suficiente con que sea Todopoderoso. Desde esta perspectiva, todo lo que hace o permite debe ser aceptado. Esta es la postura del bíblico Job. Pero Dios, que además de ser omnipotencia, es sabiduría y amor, desea, por así decirlo, justificarse ante la historia del hombre. No es el Absoluto que está fuera del mundo, y al que por tanto le es indiferente el sufrimiento humano. Es Emmanuel, Dios con nosotros, un Dios que comparte la suerte del hombre, y participa de su destino. Su sabiduría y su omnipotencia se ponen, por libre elección, al servicio de la criatura. Si en la historia humana está presente el sufrimiento, se entiende entonces por qué su omnipotencia se manifestó con la humillación mediante la cruz. El escándalo de la cruz sigue siendo la clave para la interpretación del gran misterio del sufrimiento, que pertenece de modo tan integral a la historia del hombre (Cf. JUAN PABLO II, Cruzando el Umbral de la Esperanza, Dios es amor. Entonces, ¿por qué hay tanto mal?).

 

115. La cuaresma es un camino de esperanza, una esperanza gozosa e inquebrantable. Sabemos que la cuaresma tiene un final feliz; culmina en la resurrección de Cristo, victoria sobre la muerte, centro del misterio cristiano, suprema revelación de Dios en Cristo. La cuaresma nos lleva a pensar que el dolor y la tristeza, el pecado y la muerte, ya han sido vencidos por Cristo, y nosotros podemos apropiarnos de esa victoria. Lo que logró la Cabeza, lo pueden legítimamente esperar los miembros del mismo Cuerpo. Esta esperanza cierta de una felicidad eterna es lo que hace que el cristianismo no sea una utopía, sino una realidad posible y al alcance de la mano, gracias a la redención operada por Cristo. Sabemos que las promesas se realizarán.

 

116. La cuaresma de esta vida es espera de la resurrección, de la vida eterna. Esta vida eterna que nos espera es una certeza inamovible que nos hace juzgar todo lo demás como pasajero, no definitivo; ni siquiera los peores males de la humanidad. Esto no quiere decir que los males de este mundo no nos afecten y que al cristiano no le importe ni su suerte ni la de sus hermanos en este mundo, sino que puede luchar con todo el empeño y la abnegación posible, sabiendo que la victoria está asegurada en Cristo. La cuaresma nos enseña a librar un continuo combate contra el mal para instaurar el reino de Cristo, sabiendo que contamos con la presencia del Espíritu Santo, nuestro guía, y con la seguridad del triunfo final.

 

117. En la resurrección de Cristo, el Espíritu Santo Paráclito se reveló sobre todo como el que da la vida: "Aquél que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros" (Rm 8, 11). En nombre de la resurrección de Cristo, la Iglesia anuncia la vida que se ha manifestado más allá del límite de la muerte, la vida que es más fuerte que la muerte. Al mismo tiempo, anuncia al que da la vida: el Espíritu vivificante; lo anuncia y coopera con él en dar la vida. En efecto, "aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia" (Rm 8, 10) realizada por Cristo crucificado y resucitado (Cf. JUAN PABLO II, Carta encíclica Dominum et Vivificantem, 58).

 

118. Ahora, cargando con nuestras cruces y unidos a María Dolorosa, sigamos muy de cerca a Cristo que en esta Santa Cuaresma se dirige al encuentro de su pasión y muerte para resucitar al tercer día. Él es nuestra victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

 

México, D. F. a 1 de marzo de 2006,

Miércoles de Ceniza

 

Su hermano y obispo que los bendice,

 

Norberto Card. Rivera Carrera

Arzobispo primado de México